Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

Theodore

No sé realmente por qué me despierto, puede que por la soledad que de repente noto a mi alrededor incluso cuando sigo dormido.

Todo en mí ahora es frío, pero el calor que Leah irradia a pesar de tener la piel tan helada como yo es algo que no me pasa desapercibido cuando palpo el otro lado de la cama y descubro que estoy solo.

Abro los ojos y me quedo mirando al techo.

Es lo único que puedo hacer por el momento, ya que salir de la cama significa enfrentarme a mi primer día como melhanäi.

.. Yno sé si estoy preparado. Juego con el anillo de odites que me trajo Abitha en plena madrugada, junto con más bolsas de sangre.

Su gema roja ocupa gran parte de la joya plateada y brilla cuando un rayo de sol que se cuela por la ventana rebota en ella.

Dejo mi mano ahí, en mitad de la luz, disfrutando del calor del sol matutino hasta que lo encuentro demasiado fuerte y tengo que apartarla para no empezar a oler a pollo frito.

—Mientras lleves el anillo, el sol no podrá dañarte —me explicó Abitha anoche—. Solo molestarte.

Pero yo aparto la mano igualmente, ya no me fío ni del sol.

Cuando la posibilidad de acabar quemado se vuelve aburrida, salgo por fin de la cama. Lo primero que noto es a mi estómago descontrolándose cuando veo dos bolsas de sangre que Leah me ha dejado en la mesilla.

No entiendo cómo puedo seguir teniendo hambre. La cantidad de bolsas de sangre que tomé de madrugada consiguieron calmar mi sed, pero no dejo de sentir un rugido que me pide más...

—¿Mejor? —me preguntó Elías después de verme beber diez bolsas del tirón.

Esperaba que le dijera que ya tenía la sed bajo control, así que evité decirle que incluso desde la otra esquina de la habitación podía seguir viendo la vena de su cuello palpitar.

—Sí —le respondí directamente. Pero di un paso hacia atrás cuando él, sonriente, lo dio hacia delante.

Me levanto de la cama y cojo la primera bolsa con más ganas de las que me gustaría. Hinco los dientes y comienzo a sorber sin control cuando la primera gota cae en mi lengua. Inmediatamente después, hago lo mismo con la segunda.

Tiro las bolsas a la papelera del baño, donde me detengo a mirarme en el espejo.

Apenas he cambiado, mi cuerpo sigue siendo igual, solo un poco más pálido; mi rostro sigue siendo el mismo, solo tiene los rasgos algo más afilados.

Lo que más llama mi atención, lo único realmente nuevo en mí, son las cicatrices de mi cuello y mi antebrazo izquierdo, las últimas cicatrices de mi vida como humano.

Eso se repite en mi cabeza como una maldición:

Como humano...

Como humano...

Como humano...

Ya no lo soy. Ni siquiera entiendo qué tipo de criatura me devuelve la mirada. No entiendo cómo funciona mi corazón, cómo puedo seguir teniendo las mismas funciones vitales y llenando mis pulmones de oxígeno cuando ni siquiera es necesario.

—El lumiriate es nuestra principal fuente de energía.

Él nos dota de la fuerza para mover nuestro cuerpo y del vigor para usar nuestros sentidos de un modo que los humanos solo pueden soñar —me contó Leah cuando anoche volvió de las cocinas con el asqueroso mejunje de raíces de azurea—.

También nos da la fertilidad para procrear, así que bebe.

Pensé que como vampiro ya no tendría que tomarlo.

Entiendo la teoría, pero no llego a comprender cómo puede mi vida depender de un árbol y que a la vez este dependa de mí y de los que son como yo. Es una comunión con la naturaleza que los humanos jamás hemos respetado, una que me cuesta admitir.

—Ya estás despierto —dice Leah al entrar mientras me enjuago los dientes.

Se sienta en la cama mientras yo salgo del baño y comienzo a vestirme.

El traje de tres piezas me queda igual que siempre, pero me noto raro en él cuando la intensidad de mis ojos no se equilibra con lo oscuro que es mi interior.

Me quedo con el pañuelo rojo característico de los Bane en la mano, incapaz de ponérmelo.

Leah enseguida se da cuenta y se levanta para ponerle remedio. Me quita el pañuelo y comienza a colocarlo debajo del cuello de mi camisa.

—Ahora mismo eres uno de los vampiros más fuertes y letales de todo Salrath —me susurra—, pero sigues siendo un Bane.

Termina de colocar el pañuelo y da dos pequeños tirones de él para acercarme a su rostro y robarme un beso. Uno mucho más dulce y apaciguado de los que solemos darnos.

—¿Puedo ser ambas cosas?

—¿Desde cuándo Theodore Leville le pregunta a alguien lo que puede o no puede ser? ¿Acaso le pediste permiso a alguien para ser un capullo?

—Eso fue cosa de individuos como tú.

—Deja de echarme la culpa de tu mala gestión emocional.

—¿Es que no crees que me vas a volver loco en cualquier momento?

—Diría que por ahora estás a salvo.

—¿Contigo al lado? Podría enloquecer solo con mirarte diez segundos.

Leah no lleva bien que le diga cosas así, no parece acostumbrada a recibir halagos, así que hace lo que hace siempre: aparta la mirada y me da un golpecito en el pectoral para alejarse sin dejarme ver lo mucho que se habrán incendiado sus mejillas.

—Vamos, te están esperando —me dice desde la puerta, pero yo no me muevo de donde estoy—. Lo harás bien, no le harás daño a nadie.

Me uno a ella y bajamos las escaleras de The Bane, yo mucho más erguido y alerta de lo que pretendía en un primer momento, pero es que en cuanto dejo la tranquilidad de mi habitación, un sinfín de estímulos llegan a mí: los clientes que entran atemorizados y nerviosos para pedir los servicios de algún Bane, sus miradas conforme paso con un claro acelerón de sus corazones bañados en incertidumbre.

.. El olor que todas esas sensaciones destilan penetra por mis fosas nasales como invitaciones a que saque los colmillos.

—Cada emoción humana despierta alguno de tus sentidos de depredador, pero tienes que aprender a ignorarlos y solo dejarlos salir cuando realmente tengas hambre.

—Pero es que tengo hambre. —Me quedo mirando a un cliente que, entre todas sus capas de sollozos y sudor, parece exageradamente apetecible.

—No. —Leah me coloca justo delante de ella para asegurarse de que me centro en su mirada y en nada más—. No tienes hambre, ya has comido. Lo que tienes son los estímulos disparados. Ahora no necesitas comer.

—No necesito comer —repito, como si fuera un puto loro—. No necesito comer.

Llegamos hasta la sala de reuniones principal de la fonda, donde muchísimas caras amigas me miran entre dubitativas y contentas.

Winnifred no se puede controlar y aparta a los demás para llegar hasta mí y darme un abrazo.

—Theo —dice, sonriente, feliz de que siga en pie, sin ser del todo consciente de cómo alargo mis brazos a su alrededor y, poco a poco, voy dejándome embriagar por el olor de su pelo y lo mucho que siento las palpitaciones de su corazón sobre mi abdomen.

Mis ojos comienzan a cambiar cuando Leah evita que vaya a más.

—No tentemos más a la suerte. —Aparta a Winnifred de mí, y yo solo puedo sonreírle de vuelta para no alarmarla ante el hecho de que ahora mismo es más desayuno que amiga.

—¿La transición te ha convertido en un vampiro o en un tablón de madera? —se burla Gina cuando llega a mi lado y me da un amistoso golpecito en la espalda.

—Estoy intentando no comeros —le respondo en voz baja con la confianza que sé que tenemos.

—Entonces habrá que mantener tus manos ocupadas.

—Me ofrece un cigarrillo que acepto al segundo.

Me ayuda a encenderlo y, en cuanto noto el humo caliente descendiendo por mi garganta, sé que a partir de ahora fumar no solo será una adicción, sino también una manera de contrarrestar la calidez de la sangre, una necesidad.

Le devuelvo el golpecito a Gina y sigo caminando hasta mi habitual asiento, donde Elías espera de pie. Me pregunta si estoy bien con un simple movimiento de cabeza que no necesita palabras y que tanto él como yo entendemos. Yo le respondo que sí con otro.

—Siéntate, porque tenemos mucho de lo que hablar —me dice.

Cuando lo hago y me veo frente a todos los Bane de nuevo, me doy cuenta de lo poco que les importa que ahora sea un vampiro.

El peso de todo lo que hemos vivido juntos en el pasado sigue siendo mayor que la decisión desesperada de un moribundo.

Yno puedo evitar preguntarme qué habría pasado si alguno de ellos se hubiera presentado ante mí con el mismo dilema: ¿habría sido tan humano como ellos?

¿Habría sido capaz de entenderlo y aceptarlo?

Quiero pensar que sí, pero algo dentro de mí sigue gritándome lo hipócrita que soy.

—¿Qué ocurre? —le pregunto a Elías para centrarme en algo que no sean mis pensamientos.

—La noche que Leah y yo fuimos a hacernos con el cargamento de raíz de lumiriate escuchamos algo entre los marineros marcados con la espiral despuntada.

—Simpatizantes de los nuevos acuerdos —aclaro, por si acaso en estos días me he perdido algo. Elías asiente.

—Hablaron de lo mucho que el Dirigente había estado trabajando para estabilizar la energía de Wicksole y dijeron que pronto presentaría en sociedad su nuevo avance, una cápsula de energía que promete dar potencia infinita —explica Leah.

—¿Cómo es eso posible?

—Aún no sabemos los detalles del cómo, lo que sí sabemos es que tiene que ver con la sobrecarga de energía que sufrió el lumiriate y su estabilización —interviene Gina.

—Puse a Winnifred y a Gina a investigarlo —continúa Elías—. Han sido más que eficaces en la recopilación de información.

—Porque los marineros borrachos son inútiles cuando una cara bonita se les pone delante —responde Winnifred.

Todos reímos o dejamos escapar un murmullo de aprobación. Gina niega con la cabeza, igual de divertida a pesar de no haber usado los mismos métodos que su compañera. Sus nudillos enrojecidos lo dejan claro.

—Pero si la estabilización del lumiriate en tierra humana tiene que ver con la sobrecarga, significa que cada vez necesitarán más y más muertes para alimentarlo... Yestaremos más en peligro que nunca. —Leah no parece contenta con la información.

—Solo los melhanäis —dice un Bane entre todos los que estamos reunidos.

Me cuesta tanto identificarme como un melhanäi que en un primer momento normalizo el comentario, y ha de ser Leah quien salga en nuestra defensa:

—¿He de recordaros que, cuantos más melhanäis necesiten, más humanos aparecerán muertos? ¡Sois su fuente de alimento! —Eleva la voz—. Ni melhanäis ni humanos estamos a salvo mientras el Dirigente siga aspirando a transformar en electricidad la energía que tenemos al otro lado del océano.

—Tiene razón. —Miro al impertinente que ha hablado, y debo de haber sido más agresivo de lo normal, porque se encoge en su asiento mientras se aplasta contra el respaldo de la silla—. Tenemos que evitar que esas cápsulas lleguen a nuestras calles.

—Según hemos oído, el Dirigente se reunirá con las autoridades y los más adinerados de la costa este del continente humano para presentar la nueva cápsula en la antigua fortificación.

—Cuánta gente importante —comento entre calada y calada. El cabrón se estará quedando sin dinero y necesita que otros ricos empiecen a subvencionar el baño de sangre que suponen sus aspiraciones desde que empezó su guerra inventada.

La antigua fortificación es un edificio que se situó a orillas de Elmbound para controlar la llegada de barcos enemigos a las costas de Salrath. Es un edificio impenetrable. Como pongan un buen cordón de seguridad, será prácticamente imposible llegar al Dirigente y su cápsula.

—Necesitamos ayuda —dice Elías.

—Uf . —Echo mi cabeza hacia atrás, enseguida sé a quién se refiere.

Gina y Winnifred se tapan la boca para no reír demasiado alto.

—¿Qué ocurre? —Leah no aguanta la incertidumbre de nuestras reacciones.

—La antigua fortificación es prácticamente inexpugnable, pero tengo dos noticias —le respondo—. La buena es que conozco al tipo perfecto para atravesar esos muros. La mala es que conozco al tipo perfecto para atravesar esos muros.

Los Bane se vuelven a mirar entre sí, recordando los momentos que pasamos en las trincheras con ese hombre..., con ese loco.

Elías elige a un pequeño grupo de asalto que nos ayudará a llegar hasta él. Todos sabemos que es una misión suicida, pero ninguno se opone.