Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 48 #2
69%

CAPÍTULO 48 #2

—Sabes que nada de lo que he dicho antes lo decía en serio. —Apoya su peso en los codos e intenta moverme para ponerme debajo, pero no se lo permito.

—Aunque seas un recién transformado y tu fuerza ahora mismo sea inaudita, yo soy mucho más fuerte que tú, un vampiro de cuna, así que no te esfuerces, te harás daño. —Uso una voz maternal que le saca de sus casillas.

—Juegas sucio.

—Dijo el jugador estrella. —Meneo mis caderas solo para notar lo durísimo que está y lo mucho que le cuesta contenerse.

—Tú serás un vampiro de cuna, pero ¿sabes lo que soy yo?

—Se incorpora para acercar su cara a la mía y robarme un beso.

Mete una mano entre nuestras caderas para rozarme la entrepierna y sacarme un suspiro de sorpresa.

En ese momento, aprovecha mi distracción y, con una velocidad que me deja media melena por la cara, me tira al colchón y se coloca encima—.

Un hombre que tuvo que buscar las maneras de contrarrestar la fuerza de los melhanäis que se empeñaban en morder su cuello. Tengo mis tácticas.

Aprieto los labios para que no sea tan evidente lo mucho que disfruto de la ferocidad y la agresividad que se han sumado a nuestros encuentros sexuales, lo mucho que me gustan esas tácticas suyas.

—¿Qué cuello? ¿Este? —Le tiro de la nuca con una mano para acercarlo a mi boca y comenzar a besarlo, a dejar que mi lengua juegue por su yugular.

Su piel se eriza cuando dejo que mis colmillos asomen y rocen sus poros, tan seductores como peligrosos.

Él gruñe y hace lo mismo con mi hombro mientras lleva una de sus manos a mi cadera y mi muslo, donde se agarra sin importar cuánto clava sus dedos.

El dolor se junta con mi excitación y su adrenalina, y acaba formando una mezcla explosiva en la que no sabemos si tomarnos o devorarnos el uno al otro.

—Este cuello, a partir de ahora, es solo mío —le digo. Ni siquiera tengo control sobre mis palabras; es lo que mi cuerpo entero me pide que le diga; y simplemente lo hago. Se lo exijo.

—Solo si toda tú eres solo mía. Mía y de nadie más. —Sus manos recorren impertinentes e impacientes mis pechos y abdomen mientras desgarran la ropa que poco parece importarle hacer jirones con tal de tenerme totalmente desnuda ante él.

—Solo tuya. —Suspiro cuando sus colmillos pasan a jugar con mis pezones.

—Dilo otra vez —me pide, casi en una súplica que deja escondida detrás de la urgencia de volver a escucharlo.

—Soy solo tuya, Theodore Leville. Tuya y de nadie más.

Termina por romper mis pantalones, y me da igual el tirón que deja mi piel dolorida; en cuanto se arranca los suyos, me penetra sin previo aviso y con una fiereza que deja mi primer gemido a mitad de garganta.

Y entonces me besa para no dejarlo escapar. Un beso feroz y profundo, como si quisiera devorarme desde dentro. Sus labios, tan insólitamente enfurecidos, reclaman cada una de las palabras que he dicho para asegurarse de que son verdad.

Un ligero roce de sus colmillos me hace estremecer.

Son extraños y, a la vez, extrañamente familiares, como si siempre hubieran estado ahí, aguardando el momento en que yo misma los descubriera.

Mis manos se enredan en su pelo y lo atraigo más hacia mí, rendida a esta nueva versión de él, a este Theo que parece haber encontrado un lugar permanente en mi piel y mi alma.

El sabor de su aliento tiene algo metálico, un vestigio de la sangre que acaba de tomar, y despierta mi hambre, haciéndome imposible no hincar mis colmillos en su labio inferior hasta hacerlo sangrar dentro de mi boca.

Theo gime, pero no se aparta, simplemente me mira, con su humanidad escondida detrás de la oscuridad de sus iris mientras se lame las heridas.

—Joder, te amo —me dice de repente, dejándome tan estupefacta como solo este hombre puede dejarme—.

Te amo hasta el punto de querer poseerte, atraparte en este infierno mío para siempre, hasta que no quede en ti nada que no sea yo.

No sé qué parte de mí es capaz de amar así, sin límites, sin razón, pero si hay algo hermoso en esta eternidad que me ha tocado vivir, es este deseo de ti.

Sus labios encuentran los míos una vez más, y el peso de sus palabras queda suspendido entre nosotros como una promesa maldita, mientras sigo moviéndome al ritmo de sus embestidas, que me penetran una y otra vez.

—Theo... —No puedo evitar decir su nombre.

Pongo mis manos en su espalda baja, y araño su piel cada vez que siento que va a derretirme por dentro. Un fuego comienza a prender en mi bajo vientre, consiguiendo una presión entre mis piernas, que me suplican cerrarse mientras tiemblan indomables.

—No sé cómo lo hiciste mientras era mortal para controlarte en la cama; juro que podría destrozarte en cualquier momento —me dice entre jadeos mientras se agarra a la pata de la cama y me embiste con su nueva fuerza para acercarme a un éxtasis inaudito.

Echo la cabeza hacia atrás y siseo entre mis colmillos, porque gemir no es suficiente, porque los dos entendemos que nos destrozamos mutuamente de la manera que más nos gusta.

La misma manera en la que, de repente, mi cuerpo entra en una parálisis momentánea mientras busca cómo liberar hasta el último ápice de tensión, hasta que una última embestida de Theo consigue que este se una a mis temblequeras mientras ambos nos gritamos en el oído del otro y nos liberamos de la presión de nuestras extremidades, mientras millones de partículas punzantes nos recorren hasta el último centímetro de cuerpo para después dejar una sensación sobrecogedora que nos hace saltar al mínimo roce del otro.

Theo se tira a mi lado en la cama y acaricia mi torso y mi vientre.

—Me sigues debiendo una disculpa. —Le recuerdo, recolocándome en la cama.

—Pensé que esto lo compensaría.

—Eres bueno en la cama, Theodore Leville, pero no tanto como para hacerme olvidar mi orgullo.

Ambos dejamos a un lado el hecho de que en las últimas horas los dos hemos confesado nuestros sentimientos de las maneras más inesperadas posibles.

—¿No tanto ...? ¿A quién has conocido mejor que yo en la cama? —Parece realmente molesto, por lo que no le contesto, no le cuento hasta qué punto el sexo vampírico puede mejorar, solo me río y dejo que se hunda un poquito más en su desdicha.

Los siguientes minutos son solo miradas y caricias que permiten el jugueteo de todo lo que nos hemos dicho y lo que nos queda por decir, pero que preferimos encerrar por el momento.

—Lo siento —me susurra cuando menos me lo espero, cuando aún estoy recuperando el aliento—. Siento mucho todo lo que te dije antes. —Me da un beso en el hombro desnudo antes de enredar sus brazos alrededor de mi cintura y abrazarme desde atrás.

Es la primera vez en su vida que pide perdón.