Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

Leah

No sé qué puedo hacer aparte de beberme y rellenar este vaso.

Es una sensación demasiado parecida a la de la espera de la guerra, día tras día, semana tras semana.

En mi casa, cuando ni mi padre ni mi madre volvían de sus misiones.

Solo que esta vez me encuentro en la otra punta del mundo, en el bar de una fonda cuyo dueño me tiene presa sin ni siquiera habérmelo ordenado.

Estoy aquí solo porque quiero, porque soy idiota. ..

Muchos de los Bane han ido hace horas a echar una mano a The Silver Siren para terminar con las reconstrucciones necesarias después de la sobrecarga de energía del lumiriate y los alzamientos melhanäis.

No sé si Theo se ha bebido el té, ni siquiera sé si seguirá vivo.

Cierto es que no he escuchado ningún tiro proveniente de su habitación, por lo que entiendo que Elías no ha tenido que descargar ninguna bala, pero puede que hayan pasado ya demasiadas horas y Theo se haya consumido solo, sin necesidad de ayuda.

Yno sé si eso lo convierte en la persona más valiente que he conocido jamás o en la más terca.

Cuando voy a rellenar el vaso por quinta... ¿Sexta?... Quizás por séptima vez, unos pasos atropellados entran en el bar.

—¡Leah! —Elías aparece con los ojos demasiado abiertos y la frente bañada en sudor.

—¿Qué ocurre? —Me levanto del taburete como un resorte, sin necesidad de que me responda. Agudizo el oído y me centro en lo que me pueda llegar de la habitación de Theo cuando empiezo a escuchar gritos y golpes.

Salgo del bar y corro escaleras arriba con mi rapidez sobrehumana, dejando a Elías atrás para llegar cuanto antes a la habitación de Theo. Cuando abro la puerta, lo veo arrancándose una toalla que parece haberse quedado pegada a unas quemaduras de su brazo izquierdo.

—¿Qué has hecho? —Observo con horror la cantidad de sangre que arrastra con cada uno de sus tirones, desgarrando su piel y abriendo heridas que me dejan ver capas demasiado profundas—. ¡Theo!

—Tengo que quitarme la toalla, me está haciendo daño —dice, sin dejar de dar tirones.

—No, tú te estás haciendo daño. —Intento bajar su brazo, pero no lo consigo, muestra una fuerza descomunal.

—No lo entiendes... —Da el último tirón que acaba con la toalla en el suelo y su brazo completamente demacrado.

Él se echa hacia atrás por el esfuerzo y se apoya en la ventana, sin importarle lo mucho que tiñe de rojo sus cristales, que ya solo dejan pasar la luz de la luna.

El olor de su sangre llega a mis fosas nasales y me es inevitable no detectar algo diferente en ella: un toque terroso que antes no tenía.

—Un segundo. —Miro hacia su mesilla y, a pesar de que los trozos de porcelana de la taza siguen por el suelo, la jarra está tirada en la cama, con algo de líquido a su alrededor mojando las sábanas y el colchón—. Te lo has bebido.

Le agarro la mano izquierda y veo cómo la piel de su antebrazo comienza a regenerarse a una velocidad inaudita debido al lumiriate. Las cicatrices no desaparecen por completo, pero su piel parece querer unirse a toda costa.

Con la otra mano le giro el mentón y veo que los puntos de su cuello han saltado y han seguido el mismo proceso de curación que su brazo. Paso mis dedos por su yugular y él cierra los ojos y ladea la cabeza, pidiéndome que no deje de hacerlo.

Rozo la piel de su cuello, mucho más fría de lo que mis yemas tenían memorizado.

Hay algo casi sagrado en su respiración, en cómo se vuelve más lenta y bombea la sangre que solo corre por sus venas por el lumiriate, como si en mi toque encontrara un refugio del nuevo mundo al que aún no está preparado para enfrentarse.

Hay una paz que se desliza entre nosotros, como un hilo invisible que nos ata y nos sostiene, pero también una tensión latente, como si el más leve movimiento pudiera encender una chispa de la que no podríamos escapar.

—¿Theo? —Elías llega hasta el marco de la puerta y, si yo soy capaz de oler su sudor y su adrenalina, desde luego Theo también, por lo que enseguida abre los ojos de nuevo y se le inyectan en sangre cuando ve a su amigo y lo interpreta como un comienzo de caza.

Lo retengo por el cuello para que no llegue a él en un parpadeo. Elías retrocede cuando entiende la mirada de Theo y ve lo muchísimo que me cuesta hacerme con el control de su impulsividad.

—Elías, no es buena idea que ahora mismo Theo esté con humanos —le digo después de tener que apretar más a Theo por el cuello para que deje de zarandearse.

Cuando este entiende que está actuando como un animal, me mira, decepcionado consigo mismo.

—Lo siento, Elías, yo... —Theo retrocede hasta estar pegado de nuevo a la ventana.

—Tranquilo, hermano —le dice, aunque ya tenía su mano encima de la pistola de balas Haren.

—Elías, necesito que encuentres a Abitha y vayáis a Elmbound, Lucrezia os entregará bolsas de sangre. Yo tengo aquí unas pocas, pero no serán suficientes...

—¿Por qué no te lo llevas al bosque a cazar animales?

—Para un recién transformado la sangre animal no sacia. No cuando tienen tantísima hambre.

El hombre no reacciona de inmediato, sigue mirando a su amigo asombrado y asustado.

—¡Elías! —llamo su atención.

—Sí, sí, eso haré. Volveré en cuanto pueda. —Cierra la puerta tras él.

Cuando nos quedamos solos, Theo parece relajarse y el animal que ha conseguido abozalar vuelve a la superficie. Se mueve nervioso de un lado a otro, frotándose las manos.

—Tengo mucha sed... —me dice—. Sabía que la iba a tener, pero no tanta... ¡Puedo oler desde aquí al maldito cocinero de la primera planta! Yno me refiero a su puchero de ajo y setas. ¡Lo huelo a él! —Se da un golpe en la cara para centrarse.

—Tranquilo, lo controlarás rápido. —Me acerco al armario y abro la bolsa de tela en la que guardo reservas de sangre.

—¿Cómo lo sabes? Soy un peligro. —Esto último lo balbucea.

—Porque me tienes a mí como mentora —le respondo, como si hubiera tenido muchos recién convertidos a mi cargo antes cuando en verdad jamás me he querido responsabilizar de ninguno—. Ysi alguien hará lo posible por controlar su sed y no acabar comiéndose a sus amigos, serás tú.

—¿Qué he hecho? —Se asoma por la ventana para que no vea su rostro cuando saco la primera bolsa de sangre y le salen los colmillos.

—Has elegido vivir. No hay nada de malo en eso.

Me acerco todo lo delicadamente que puedo para no asustarle cuando le pongo la sangre delante. Su cabeza parece dejar de darle vueltas a las cosas y se aferra a la bolsa.

Cuando perfora el plástico con los colmillos y comienza a beber, no puedo evitar encontrarlo hermoso.

Hay algo en esa monstruosidad recién despertada que me paraliza, me arrastra hacia él tanto como su fragilidad, aún latente bajo su piel, ahora algo más pálida.

Sigue siendo él. La manera en que ladea la cabeza, la leve inclinación de sus hombros, el gesto de sus manos agarrando la bolsa tal y como me ha agarrado a mí los muslos algunas veces.

.. Todo es familiar. Solo que ahora se ha vuelto algo más: más peligroso, más quebradizo, más Theo.

Mis ojos siguen cada movimiento mientras él se inclina, como si el tiempo se ralentizara para permitirme grabar cada detalle en mi memoria cuando un fino chorro de sangre se le escapa por la comisura y resbala hasta su mentón.

Un destello de satisfacción atraviesa su rostro, y su belleza se vuelve aún más cruel, como si el placer del primer sorbo hubiese revelado un nuevo nivel de él que jamás había sospechado.

Cuando termina la bolsa, la tira al suelo, y no necesito que me diga nada, directamente le entrego una segunda y después una tercera. Se bebe todas mis reservas sin reparos.

—¿Mejor? —le pregunto cuando se ha terminado la última.

—Eso creo... —Se mira las manos, que ya no parecen tan nerviosas ni erráticas en sus movimientos—. Pero hay algo que...

—La alimentación va de la mano de un buen chute de adrenalina, por eso normalmente estamos tentados de cazar, y por eso es un peligro que, al menos por ahora, estés a solas con ningún humano.

Cualquier olor, acto o pulsación acelerada podría despertar tus instintos y.

.. bueno... Te enseñaré a cazar animales, pero esta noche será mejor que no salgas.

—Pero ¿cómo conseguís controlarlo? —Comienza a mover los hombros, intentando descargar la tensión de toda la adrenalina que aún le comprime el pecho.

—Hay otras maneras de descargar adrenalina.

—¿Cuáles? —Me mira como si fuera a darle una solución milagrosa para dejar de ser una criatura sedienta de sangre, cuando lo único que puedo hacer es reemplazar una necesidad por otra hasta que Elías traiga el resto de la comida.

—No sé si decírtelo después de que hayas acabado con todas mis provisiones.

Con un dedo recojo uno de los chorros de sangre que ya le llegan al cuello y me meto el dedo en la boca para saborearlo.

—¿No me lo merezco?

Vampiro o no, Theo sigue siendo el de siempre, por lo que interpreta mi mirada enseguida y no puede apartar sus ojos de mi dedo mientras su lengua juguetea con el filo de sus colmillos.

—Aún lo estoy decidiendo.

—¿Y qué podría hacer para convencerte? —Ignora los pocos centímetros que nos separaban y, con un brazo en mi espalda, me arrima a la dureza de su torso.

Lo hace más bruscamente de lo habitual, sin controlar aún su fuerza.

Le empujo por los hombros y lo lanzo a la cama, donde aterriza de espaldas, asombrado por lo poco que le ha dolido. Llego hasta él en un suspiro y, tras tirar la jarra de porcelana al suelo para que sus trozos se unan a los de la taza, me siento a horcajadas encima de su cadera.

—Pedir perdón —le respondo al fin.

—Jamás. Nunca he pedido perdón, solo... —La sonrisilla se le desvanece ligeramente, mientras entiende el nuevo significado que el lema de los soldados humanos adquiere para él.

—Sangre —termino por él. He escuchado ese lema más veces de las que puedo contar—. Siempre has reclamado sangre, ahora lo harás de forma diferente. Pero también podrías empezar a pedir perdón...