CAPÍTULO 47
Theodore
Cuando consigo levantarme de la cama, evito mirar los trozos de porcelana de la taza que se ha hecho añicos contra el suelo. Un dolor profundísimo me colma cada nervio, pero lo ignoro. Llego hasta la ventana.
Me agarro a la cortina como si fuera uno de los cabos que los compañeros de armas nos echaban por los muros de barro de las trincheras cuando estas empezaban a derrumbarse. Esta cortina me tiene al borde de la muerte y, aun así, es lo único a lo que me puedo aferrar.
La abro ligeramente y asomo mi brazo a la luz de la tarde, que ya tiene un toque mucho más naranja. Tengo que parpadear en exceso cuando el reflejo del suelo llega a mis pupilas como cientos de agujas intentando dejarme ciego.
En un principio no pasa nada, y por un segundo me siento especial, pienso que soy el primer humano que sobrevive a esto sin consecuencias.
Pero la piel reacciona de repente para sacarme de ese ensimismamiento, crispándose y desgarrándose en el siguiente parpadeo.
Lo primero que siento es el ardor, un dolor punzante y voraz, como si cada célula de mi cuerpo gritara al unísono, pero me niego a creer que sea mi propia piel la que reacciona así al sol que me ha bañado siempre, así que, aunque trato de retirar el brazo, mis músculos se niegan a responderme.
Miro mi propia piel, que burbujea y se agrieta, revelando capas de carne como papel quemado.
Lo que antes me sanaba y daba calor, ahora me destruye.
Siento cómo la carne arde y se encoge, pegándose al hueso como una costra de ceniza.
Mi sangre se evapora antes de brotar, y con ella se disuelve el poco calor que aún conservaba en las venas.
Quiero gritar, pero estoy hipnotizado por la transformación.
Es fascinante cómo la luz me castiga con la misma furia con la que yo castigué durante la guerra a aquellos con esta maldición.
Todo lo humano se está desmoronando. Lo puedo ver, lo puedo oler.
Finalmente, logro arrancar el brazo de la luz y lo acuno contra mi pecho cuando las llamas cesan, intentando protegerlo como un animal herido.
Mi piel sigue chisporroteando, desprendiéndose en fragmentos que caen al suelo como ceniza.
El dolor no desaparece; sigue latiendo en mis huesos, recordándome que ya no soy parte de este mundo. He dejado de ser quien era.
—¡Theo! —Elías entra precipitadamente después de abrir la puerta y ver cómo mi antebrazo izquierdo arde. Corre al baño y moja una toalla todo lo rápido que puede para enrollarla en mi brazo en cuanto se planta a mi lado—. Pero ¿qué haces?
—Tenía que saber si... No estaba seguro de... No lo sé. —Con él puedo ser sincero: no tengo ni puta idea de lo que estoy haciendo.
Me acompaña de vuelta a la cama, empujando los trocitos de porcelana con los zapatos hacia un lado.
—¿Qué ha pasado aquí? —me pregunta.
—Leah.
—¿Leah ha hecho esto? —Señala al té esparcido por el suelo mientras yo vuelvo a acomodarme en la cama.
—¿Te sorprende?
—Ayer me habría arrancado la cabeza si le hubiera dicho una sola vez más que era decisión tuya tomar ese té. —Se ríe—. Estaba dispuesta a abrirte la boca a la fuerza y meterte el té con un embudo.
Soy consciente de lo que siento cada vez que la veo y de lo que ella confesó antes de salir por la puerta de mi habitación, pero creo que no soy consciente de nada de lo que eso significa.
¿Amar? Ni siquiera he comprendido jamás eso de entregarle parte de tu corazón a otra persona.
¿Por qué hacerlo? Eso solo debilita, empequeñece y te pone en un peligro que no conozco, uno que no se puede combatir con rifles y escopetas.
—Ya... Puede que la haya fastidiado —le digo cuando dejo de cavilar a solas en mi mente.
—¿Tú...? No creo. Jamás has fastidiado nada con ese ego y ese piquito de oro que tienes.
—Eres un mamón. —Le doy un golpe en la espalda con el pie cuando se sienta al borde, y las heridas del brazo me lanzan impulsos de dolor por todo el cuerpo. La toalla ya está comenzando a teñirse de rojo en algunas zonas.
Elías se queda mirándome con una sonrisa apretada y una mirada melancólica.
—Pensé que no volvería a hablar contigo. —Sé que no comienza a llorar solo porque él sabe lo incómodo que a mí me resulta cuando alguien lo hace.
—Es raro que todos estuvierais diciéndome adiós y yo ni siquiera fuera consciente de haber muerto.
Conforme van pasando las horas, mi mente se vuelve más lúcida. Recuerdo la pira funeraria y el calor de las llamas, el esfuerzo tan grande que me supuso mover un dedo y el terror que sentí cuando nadie parecía darse cuenta. Hasta que Leah lo hizo.
—Aunque si alguien iba a tener una segunda oportunidad, por supuesto, ibas a ser tú.
—No la merezco... Ni siquiera sé si la quiero. —Con Elías es fácil hablar sin tapujos, sé que diga lo que diga, me escuchará.
—Quizás tú estés preparado para decirle adiós a este mundo, Theo.
.. Todos sabemos lo fácil que te ha resultado siempre ponerte delante del peligro y reírte en su cara.
.. Pero quizás el mundo no esté preparado para decirte adiós a ti.
—Cuando se pone así de moñas ni siquiera es capaz de mirarme a la cara.
Yse lo agradezco, yo tampoco sabría cómo mirarlo—. Los Bane no lo estamos.
—Pero ¿seguiré siendo yo?
—No creo que lo sepamos hasta que lo veamos...
—No sé si quiero arriesgarme.
—En un principio me planteé dejarte morir, Theo. —Me lo dice como si fuera la confesión de lo más horrible que ha hecho nunca, cuando yo mismo llevo horas en esta cama pensando que eso habría sido lo mejor—. Sé lo que pensabas al respecto, cómo te sentirías al despertar y...
—La piedad siempre ha sido tu punto débil, amigo —le digo, y él suelta una risa.
—La promesa que te hice en las trincheras sigue en pie, ¿sabes? —Elías eleva una mano, con los dedos hace la forma de una pistola y me la planta en la frente.
—¿Lo harías?
—Por ti haría lo que hiciera falta, Theo, hasta acabar contigo. —Baja la mano—. Tal y como tú harías por mí.
—Por ti y por cualquier otro Bane, aunque no siempre pueda manteneros a salvo.
Ambos pensamos en Cornelia, en lo mucho que vamos a echarla de menos.
—Ninguna de nuestras muertes debería pesar sobre tus hombros, Theo.
¿Y por qué lo hace entonces? ¿Qué tuvo aquel momento, en plena guerra, en el que salí de la carpa del capitán con su sangre en mi cuchillo que me hizo responsable de todos ellos?
—Promételo de nuevo —le pido—. Jura que me matarás si decido hacerlo y se me va de las manos.
—Desde ayer llevo balas Haren extra encima solo por ti. —Se da dos golpecitos en el bolsillo de su chaqueta.
—Me siento halagado. —Intento hablar sin que mi rostro refleje lo mucho que me duele el brazo.
—Deberías. Si siempre has sido un hijo de puta difícil de matar, no me quiero imaginar ahora...
—¿Asumes que seguiré adelante con la transición?
Elías mira a mi alrededor, buscando las palabras más adecuadas, pero entonces da con la jarra llena de té de raíz de lumiriate. La agarra y la arrastra por la mesilla hasta ponerla lo más cerca de mí posible.
El té ya está frío, pero sigue inundando mis fosas nasales como si fuera el dulce más apetecible del mundo.
—Es solo decisión tuya, Theo. —Suelta la jarra y a su lado pone su pistola—. ¿Cuál será?
Me quedo mirando la jarra y la pistola sin saber realmente lo que quiero. Solo hay una cosa en este mundo que quiero, y no está en esta mesilla.