Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 46
65%

CAPÍTULO 46

Theodore

Parpadeo, pero no estoy seguro de si estoy abriendo los ojos o solo imaginando que lo hago.

Mi cabeza late con un dolor profundo que me empuja y me aplasta contra la cama.

La luz mañanera es tenue, apenas un hilo que perfora mis párpados, pero aun así duele.

Siento un ardor que me recorre el cuello, algo punzante y crudo que baja hasta la clavícula.

Todo se siente embotado, como si mis nervios estuvieran atrapados en alguna especie de limbo entre el dolor y el entumecimiento.

No sé dónde estoy, ni siquiera tengo claro cómo terminé así. Solo recuerdo...

Leah... Sí, a ella la recuerdo. Aquí, a mi lado, hablando de salvación.

A medida que mi respiración se vuelve más pesada, mi mente empieza a ordenar retazos de recuerdos, pequeños destellos de lo que pasó.

El secuestro, la tortura, el aspecto de Leah.

.. Mi pecho me duele al recordar, como si la sangre aún recorriera a chorros mi cuello.

Las imágenes vuelven lentamente, como piezas de un rompecabezas que alguien intenta encajar a la fuerza.

Trato de moverme y un aluvión de sensaciones me inunda, como si mi cuerpo no respondiera con fluidez, cada movimiento acaba siendo un latigazo de dolor.

Un momento de claridad me golpea, y en un parpadeo recuerdo un rostro.

Su sonrisa burlona, sus ojos amarillos..

. Como si pudiera verme aún ahora, vigilándome.

Fue él.

Frederick.

Ese pensamiento me sacude como un relámpago y, con un esfuerzo sobrehumano, abro los ojos. La habitación es un revoltijo de sombras, pero hay formas reconocibles: el contorno de una ventana, el borde de una puerta entreabierta, Abitha sentada en un sillón al lado de mi cama...

—Estás despierto —dice esperanzada, incorporándose en el sillón para estar aún más cerca de mí.

La luz matutina es ahora incluso más molesta y no puedo evitar cerrar y abrir los ojos con fuerza mientras pongo la mano delante de mi cara para evitar el reflejo del sol en el suelo y las paredes.

—Un segundo... —Abitha se levanta y corre las pesadas cortinas de los ventanales, dejando la cantidad justa de luz indirecta para no tener que encender ninguna lámpara—. ¿Mejor?

Parpadeo un par de veces más.

—Sí... —No entiendo por qué, pero sí, me encuentro mejor.

Me cuesta hablar, las cuerdas vocales rozan entre sí para producirme un dolor que amenaza con dejarme inconsciente de nuevo en cualquier momento.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto a Abitha a duras penas.

—Eres mi hijo, no iba a dejarte solo en ningún momento; quieras o no —me contesta como si volviera a tener diez años.

Claro que quiero que sea mi madre, claro que quiero creer que no se perdió por completo al transformarse, claro que el niño interior al que hace años maté me está suplicando que la abrace, pero no lo hago, simplemente me incorporo un poco en la cama a pesar del bombeo que noto en el cuello y apoyo mi espalda contra el cabecero.

Me llevo las manos a la zona dolorida y noto la piel abultada en algunas zonas y tirante en otras; además de malamente cosida.

—Frederick es simpatizante de los nuevos tratados —le advierto, volviendo a recordar la cara del cabrón que me destrozó la piel.

—Lo sabemos, ¿cómo crees que llegaste aquí?

Intento recordarlo. Intento recordar algo más allá de mis extremidades entumeciéndose, incapaces de retener la sangre que Frederick me arrebata mientras Leah llora e intenta llegar hasta mí, pero no puedo.

Mis ojos comienzan a saltar de un punto de mi habitación a otro, y Abitha pronto se da cuenta de cómo se disparan mis nervios.

Mi boca se queda pastosa de repente. Alcanzo el vaso de agua que hay en mi mesilla y bebo sin miramientos, pero cuando el agua pasa por mi garganta, no sacia mi sed y me sirvo otro.

Cuando también me bebo este de un solo trago, abro y cierro la boca, aún pastosa, mientras lo miro, sin explicarme qué está sucediendo.

—Siempre fuiste muy olvidadizo —me dice, para alejarme del agobio.

—No es verdad. —Dejo el vaso en la mesilla.

—Díselo al Señor Orejitas.

—Uf. —Me llevo una mano a los ojos para frotarlos—. No, por favor.

—Te lo olvidaste en algún lugar del antiguo bosque, jugando con Elías, y no volvió a aparecer.

Ahora lo relata con dulzura, pero recuerdo lo mucho que solía desesperarle que me fuera olvidando las cosas por ahí.

—Pero apareció, ¿no? —Me encojo de hombros. Cada vez me es más fácil hablar.

—No, en verdad no.

—Sí, recuerdo bien que los trabajadores que empezaron a talar el bosque para convertirlo en una zona residencial nueva trajeron el peluche y...

—Tu padre le pidió al artesano que hiciera un conejo exactamente igual al Señor Orejitas. El que te entregamos fue uno nuevo.

—¿Cómo...? ¿Por qué?

Recuerdo el momento de felicidad, lo satisfecho que me sentí al verlo en la mesa, en mitad del salón, después de tantas noches en las que me costó conciliar el sueño sin él.

Desde entonces no lo solté, ni siquiera cuando se me consideraba demasiado mayor para dormir con él en una esquina de la cama.

Lo tuve a mi lado hasta la noche en la que la fiebre blanca me arrebató a mis padres.

.. Entonces lo perdí cuando los padres de Elías se encargaron de vaciar la casa.

Lo perdí junto con mi dicha, mi chispa, mi inocencia.

.. Ese maldito conejo de peluche se llevó consigo todo lo bueno que tenía.

—Simplemente no podíamos verte triste —responde, como si eso no hiciera de ellos los mejores padres del mundo.

—También te perdí a ti y tampoco pude encontrarte —digo sin mirarla.

—Eso no fue culpa tuya...

Estira su mano y nos sorprendo a ambos cuando dejo que me acaricie la mejilla. AAbitha se le hincha el pecho mientras exhala lentamente, recreándose en cada segundo que su piel está en contacto con la mía.

—Será mejor no volver a hablar del Señor Orejitas —le digo, sabiendo todo lo que eso me revuelve por dentro.

—Pero yo quiero seguir escuchando acerca de él. —Se queja Leah después de abrir la puerta y entrar con una taza de té y una jarra que deja en mi mesilla—. Me parece de lo más tierno.

Por alguna razón, el té huele como ningún otro que haya olido jamás. La vaharada que suelta me anima a beberlo de un trago. Todo mi cuerpo me pide que me lance a él.

—No sabía que conocieras el significado de la palabra «tierno» —le digo, demasiado cansado como para mostrar la verdadera euforia que se esconde dentro de mí al verla.

—A tu lado es difícil identificarla. —Se sienta en el borde de la cama.

—Pero aprendes el significado de tantas otras cosas...

Leah carraspea, incómoda por la presencia de mi madre.

—Qué bien verte de tan buen humor —me dice con una media sonrisa.

Es raro tenerla delante después de lo sucedido en aquel sótano, después de habernos despedido el uno del otro, de la nube de sentimientos que flotó entre nosotros sin que fuéramos capaces de ponerles palabras.

—¿Acaso no debería estarlo? El mundo me ha dado una segunda oportunidad. No todos los días se vuelve de entre los muertos.

Leah se gira para compartir una mirada fugaz con Abitha que enseguida me pone en alerta.

—¿Qué ocurre? —pregunto serio, dejando a un lado el tono animado.

—Hijo, tus heridas eran muy graves... Tus carótidas quedaron destrozadas... Perdiste tanta sangre... —Abitha no es capaz de hablar sin coger grandes bocanadas de aire.

—Pero a la vista está que la sangre de Leah me curó. —Me llevo las manos al cuello—. Tendré que hablar con el inútil que me cosió, ya que tener estas cicatrices en el cuello no estaba en mis planes, pero aquí estoy.

Hay algo dentro de mí que me grita algo que me niego a entender, algo que me niego a razonar. Intento no descifrarlo en los rostros compungidos de Leah y Abitha.

—Tú... moriste, Theo. Moriste en mis brazos. —Leah comienza a tener los ojos vidriosos.

—Eso no es posible. Seguro que perdí tanta sangre que mis pulsaciones bajaron en exceso hasta que tu sangre hizo efecto, ¡pero estoy bien!

—No estoy diciendo que no estés bien, estoy diciendo que en verdad no has vuelto de entre los muertos —insiste Leah.

Miro a mi madre, cuyo gesto se entristece cuando se cruza con el mío.

—No...

La molestia ante la luz natural, la sed que no soy capaz de saciar con agua... Las voces dentro de mi cabeza son ya tan altas y tan obvias que no puedo seguir ignorándolas. Me recoloco en la cama, aún más lejos de las dos.

—Aún no has completado la transición —me explica Leah—.

Tus heridas fueron tan graves que tu cuerpo no puede completarla por sí solo, necesitas ingerir raíz de lumiriate.

—Leah coge la taza de té que por poco les gana el pulso a las voces de mi cabeza, invitándome a meter su líquido por mi garganta de un solo trago.

Me quedo mirando la taza con los ojos inertes, con el temple controlado a pesar de la tormenta de sentimientos que se desatan dentro de mí.

—Si bebo eso sobreviviré —digo lo más tranquilo que puedo—, pero me convertiré en un vampiro.

Leah parece haber enmudecido, le da miedo hablar, o quizás le da miedo asustarme, pero no llega a utilizar palabras, solo asiente.

—No —digo con fuerza.

Una vida en las sombras, en la necesidad de alimentarme de sangre; en la miseria de tener que planear siglos de existencia cuando el mundo no hace más que pudrirse. Renunciar a un descanso definitivo, a no ser que una astilla encuentre mi corazón o yo reúna el valor para clavarla.

Abitha se levanta, más consciente que nadie de lo que se me pasa por la cabeza.

—Hijo, piénsalo, ¿por qué morir cuando tienes la oportunidad de...?

—¿De qué? ¿De convertirme en lo que he detestado siempre? ¿De ser un monstruo? —Elevo tanto la voz que creo que mis blasfemias llegan al corazón de Leah—. No podría volver a mirarme al espejo, ¡sería una abominación!

Cuando soy consciente de mis palabras la miro sin saber qué decir o cómo reaccionar. Ella baja la mirada con un dolor que no puede ocultar.

—Si eso es lo que realmente piensas... —Leah parecía tener esto planeado de una manera muy diferente, por lo que la decepción acompaña sus movimientos mientras deja la taza de té en la mesilla.

—Yo jamás pedí esto —le digo.

—A estas alturas deberías saber que la vida no es justa, Theodore Leville.

Yo tampoco pedí enamorarme de un puto suicida y aquí estoy, en su lecho de muerte.

Jamás descarté la posibilidad de hacerlo de un humano, incluso de un manipulador que en un principio quiso matarme, pero nunca imaginé que me enamoraría de alguien que valora tan poco su vida.

Es la primera vez que usa esa expresión, «enamorada». Yme pilla tan desprevenido que no soy capaz de salir de la coraza que he montado alrededor de mi corazón durante tanto tiempo.

—Pero es que eso no es vida —digo.

Leah me mira ahora con una lágrima cayendo por su pómulo, no sé si más afectada porque no haya reaccionado a su confesión de amor o porque siga insultándola sin derecho alguno.

—De acuerdo. —Con un delicado movimiento de dedos, tira la taza de té al suelo y deja que la porcelana se rompa en mil pedazos—. Pero no me pidas que me quede a ver cómo te mueres. —Se agarra al pomo de la puerta—. Adiós, Theo.

Sale sin mirar atrás, dejándome con una rabia tan grande que casi consigo que mi cuerpo reaccione y vaya tras ella.

Pero cuando lo intento, mis piernas no responden como querría, siguen entumecidas y doloridas.

Mi cabeza da vueltas. Cierro los ojos y me llevo una mano a la sien, que froto como si eso fuera a aclarar mis ideas.

—Theo, por favor... —insiste Abitha.

—Déjame solo.

—No me obligues a decirte adiós de nuevo, hijo. —Ella también llora.

—¡Que me dejes solo! —le grito.

Y, para mi sorpresa, me hace caso. Se va sollozando y cierra la puerta. Pero no llega a cumplir con lo que le he pedido, no me deja solo. Mis voces se quedan conmigo en la penumbra.

Un vampiro...

Un chupasangre...

Un monstruo...

Una bestia...

¿Acaso no he sido casi todo eso durante buena parte de mi vida?