CAPÍTULO 45
Leah
En un principio a Elías le parecía una locura venir solo nosotros dos a hacernos con el cargamento, pero cuando ve que el puerto está repleto de seguridad y marineros ayudando a desembarcar los contenedores con la espiral despuntada, me da la razón.
Aunque no lo admite, el «joder» que se le ha escapado ha sido suficiente.
—Y me habría ido mejor sola —le digo.
Mi rapidez y facilidad para esconderme en las sombras es ahora muchísimo más útil que la suya para disparar.
—Jamás habría dejado el futuro de Theo en las manos de una melhanäi.
—No, por supuesto que no... Es mejor condenarlo desde un principio. —Va a replicar, pero no le dejo hacerlo—: Si hubieras traído a todos los Bane y Steelson, esto se habría convertido en un mar de sangre. Cogemos lo que hemos venido a buscar y nos vamos sin ser vistos.
—No es mi estilo.
—Lo sé, por eso no tendrías que haber venido. —Lo miro con el gesto endurecido.
—¡La última vez no hubo tanta vigilancia!
—La última vez la central eléctrica no había tenido una brecha de seguridad... Esto es culpa nuestra. —Con un movimiento de cabeza señalo a todos los hombres y mujeres que rondan por el puerto.
—¿Qué sugieres? —me pregunta después de que ambos hayamos estudiado el panorama desde nuestro escondite en la linde de los diques.
—Que me trates con respeto —le respondo sin mirarlo.
—Creo que respetar a la asesina de mi hermano va a ser más complicado que llegar hasta ese contenedor —señala uno que un gran brazo mecánico está bajando del barco— y hacernos con el lumiriate.
—Yo no lo maté. —Uso el tono de voz más firme que puedo.
—Le has transformado.
—¿Y eso es peor que la muerte?
Por lo muchísimo que tarda en responder, sé que no tiene clara la respuesta.
—Oh, por los dos continentes... —Elevo un poco la voz sin darme cuenta—. Luego soy yo el monstruo.
Elías se queda mirando al suelo, sumido en su propia desdicha, en el dolor que le produce plantearse la muerte de su amigo como su única salvación.
—Theo no... Él mismo me pidió en incontables ocasiones en las trincheras que acabara con su vida si lo mordía o lo arañaba algún melhanäi que pudiera transformarlo —me explica, y con esto sí consigue mi atención—.
Puede que él haya olvidado sus súplicas, ahora que su madre es quien es y que su odio hacia el Dirigente por todas las mentiras que nos llevaron a la guerra es mayor que el dolor de sus recuerdos.
Pero yo no puedo olvidarlas. Theo jamás quiso convertirse en un melhanäi.
—Lo sé. —Algo dentro de mí se apiada de Elías y me hace llevar una mano a su espalda—. Por eso le vamos a dar la opción.
—¿Lo prometes? ¿Prometes que le darás la opción? ¿Que, si decide morir, le dejarás hacerlo en paz? —Frunce el entrecejo cuando cruza sus ojos con los míos.
—¿Quién en su sano juicio preferiría morir?
—¿Lo prometes? —insiste Elías.
—Los humanos profesáis vuestro amor de maneras extrañísimas...
—Leah...
—Sí, lo prometo —le digo finalmente—. Lo prometo.
—De acuerdo... —Se gira, tan poco convencido de mis palabras como yo—. Ahora hagámonos con ese lumiriate.
A mi señal, avanzamos. Tendremos que ir ocupándonos de los inconvenientes conforme vayan apareciendo en nuestro camino hacia el barco.
Nos movemos pegados a las sombras, evitando el brillo de las farolas que parpadean sobre nosotros y que reflejan los contenedores.
Hay un par de guardias de seguridad en la entrada principal a los diques.
Elías asiente y saca una cuerda gruesa de su mochila.
Mientras él rodea los vehículos para acercarse por detrás de los guardias, yo me mantengo a unos metros de ellos, oculta tras unas cajas viejas.
Siento cómo el pulso se me acelera. Escucho sus voces y sus risas ahogadas.
Puedo distinguir el brillo metálico de las armas en sus cinturones.
—El otro día apareció otro maldito cuerpo —se queja el que tiene el tatuaje de la espiral en el cuello—. Tendrán que hacer algo si no quieren que siga arrastrando muertos.
—El río tampoco es una opción, según parece. Mira cómo acabaron los desgraciados que lo intentaron...
—¡Pues que empiecen a quemarlos!
—¿No crees que sería demasiado llamativo?
—¡Pero tendríamos más calorcito en estas malditas noches de vigilancia!
Ambos comienzan a reír de nuevo escandalosamente.
A la señal de Elías, lanzo una piedra hacia un contenedor vacío al otro lado de la calle.
Los guardias se vuelven, curiosos. Elías aprovecha el despiste para abalanzarse y pasar la cuerda alrededor del cuello del primer guardia, mientras el segundo intenta sacar el arma, pero me lanzo hacia él y le estampo mi codo en la nuca.
Ambos caen inconscientes sin hacer demasiado ruido.
Los metemos en un vehículo para que nadie los vea tirados en el suelo.
Llegamos a los diques. Alo lejos, una figura masculina con una linterna en la mano hace la ronda: un marinero que parece demasiado alerta para nuestro gusto.
Sabemos que solo tenemos unos minutos antes de que vuelva a pasar por aquí, así que nos movemos rápido, siguiendo los rincones oscuros de las grúas y las cadenas, hasta que nuestros pasos nos llevan a un callejón sin salida entre la linterna que amenaza con desvelarnos y los marineros reunidos alrededor de un bidón en el que han encendido un fuego.
—¿Cuándo será la presentación? —pregunta uno.
—Al parecer el Dirigente se niega a abandonar la fábrica hasta que se haya probado la nueva cápsula de energía —responde un compañero.
Elías y yo nos miramos con el gesto torcido, sin acabar de entender a qué se refieren.
—¿Es esa nueva cápsula el milagro que estábamos esperando? —interviene uno que parece que lleva más alcohol que sangre en las venas—. ¡Porque estoy harto de los apagones, los problemas con los melhanäis y su puta madre! —Lanza una pequeña piedra a la farola que titila cerca de ellos.
—Eso es lo que espera demostrar el Dirigente cuando...
—¿Quién anda ahí? —pregunta alertado el guardia de la linterna cuando nos intuye escondidos detrás de unos barriles llenos de pescado.
El murmullo de los marineros que se calientan se acrecienta con el clic de las navajas que despliegan. Una fila de linternas parpadea en la negrura del muelle.
—Mierda —susurro.
Junto a mí, Elías respira pesadamente, nervioso, con el puño blanco alrededor del cuchillo. No queremos llamar la atención con el sonido que harían las balas.
—Si las cosas se ponen feas... —comienza él.
—No soy yo quien necesita correr —le digo con una sonrisa que apenas deja a la vista mi bondad—. Intenta no ponerte en mi camino.
Él responde con una risa irónica. Pone tanta confianza en sus puños y filos como en mis habilidades melhanäis.
Los marineros, veinte al menos, se detienen en una formación cerrada, con navajas, palos, y algunas armas improvisadas a base de pesadas herramientas y cadenas apuntando hacia los barriles que nos ocultan. Siento sus latidos frenéticos, la mezcla de odio y adrenalina en cada uno de ellos.
—Rendíos —ordena un marinero, la voz resonando en el aire frío—. No hay salida.
—Eso mismo le estaba diciendo a mi compañero: no tenéis escapatoria —le digo después de que Elías y yo salgamos de nuestro escondite.
El pelotón ruge en risas roncas que pretenden ridiculizarnos.
Los primeros hombres se lanzan hacia nosotros. Elías da un paso atrás, listo para recibir a quien se acerque, pero yo soy de las que prefiere adelantarse. Me deslizo entre los hombres, moviéndome como una sombra, desarmando a la mayoría uno a uno antes de que puedan reaccionar.
Mi mano se aferra a una muñeca y la tuerce; una navaja cae al suelo y la tomo, usándola para repeler al siguiente atacante con un movimiento ágil y preciso.
La navaja reluce en mi mano, y cada golpe encuentra su objetivo.
Me muevo con la rapidez y la elegancia que solo un vampiro puede alcanzar.
Corto una pierna aquí, una mano allá; nunca fatal, pero lo suficiente para derribar a uno, dos, tres de ellos en cuestión de segundos.
De reojo, veo a Elías enfrentarse a dos marineros que le superan en tamaño, pero no en agilidad.
El más grande se lanza hacia él, y veo en su rostro un destello de desesperación.
Sin pensarlo, me lanzo en picado hacia el agresor, empujándolo lejos y atrapándolo por el cuello.
Nuestros ojos se encuentran, y él se congela cuando ve mis colmillos.
Dejo que el miedo lo paralice, y luego lo lanzo al suelo, inmovilizándolo con una sola mano mientras le arrebato el arma.
Elías aprovecha el desconcierto para deslizarse entre los marineros y cubrir mis flancos cuando dos de ellos se acercan con cadenas.
Lanzo a uno de ellos lejos, con una fuerza que hace crujir sus huesos contra el poste de una farola.
Su compañero de cadenas, el único que ya queda en pie, retrocede un paso, temeroso.
—Por favor... no... —empieza a suplicar—. ¡Por favor!
Elías le da un golpe seco en la nuca con el mango de su navaja y también cae.
Cuando el muelle queda en silencio, me vuelvo hacia Elías, que se está recolocando la ropa, respirando aún rápido. Me observa con una mezcla de temor y gratitud, como si finalmente comprendiera quién —o qué— soy.
—Sigues en pie —le digo.
—No me gusta ese tono de asombro —responde con una chispa de humor.
Lo observo un momento más antes de devolverle la sonrisa, y ambos nos giramos hacia el camino que se extiende ante nosotros.
Finalmente, estamos solos en el muelle en el que han descargado el contenedor marcado con la espiral despuntada. Elías se centra en abrir el candado de la puerta con un par de ganzúas, pero, a pesar de que sus dedos trabajan con precisión y rapidez, no consigue abrirlo.
—Quizás sería mejor si lo hago yo —propongo, consciente de que me sería demasiado fácil romperlo con una sola mano.
—Lo tengo —me asegura.
—No lo dudo, ¡lo que no tenemos es tiempo! —Miro a todos lados para asegurarme de que ningún otro marinero se acerca.
—Creo que es todo cuestión de paciencia y perspectiva, si dejas que...
Harta de su palabrería, lo aparto y uso ambas manos para desencajar a la fuerza el arco del cuerpo del enorme candado.
—No era necesario, lo tenía a punto.
—Por supuesto.
Abro las puertas del contenedor lentamente, revelando cajas y más cajas llenas de tierra en la que pequeños árboles de lumiriate han sido trasplantados, además de los enormes troncos cuyas copas llegan hasta lo más alto del contenedor.
La satisfacción casi me hace olvidar el peligro. La sensación de tener tantísimo lumiriate a escasos centímetros de mí, aunque esté moribundo, me proporciona un chute de energía que he de controlar cuando sube en sacudidas violentas por mi espalda.
—¿Cuál cogemos? —Elías saca el saco de lona que hemos traído, pero el ruido de una alarma a lo lejos me sobresalta. Alguien debe de haber descubierto a los marineros inconscientes del dique.
—Mierda —Elías se esconde de las linternas que ahora se han triplicado y que apuntan directamente a nuestro contenedor.
—Las raíces de los árboles grandes serán imposibles de cortar, así que hazte con los trasplantados que tengan las raíces más gruesas.
—De acuerdo. —Se introduce en el contenedor sin rechistar, haciéndonos caer a los dos en la cuenta de que es la primera vez que hace algo que le pido sin quejarse—. No te acostumbres.
—No osaría.
Yo me quedo fuera del contenedor, dispuesta a conseguirle a Elías el tiempo necesario para que se haga con la mayor cantidad de raíces posibles.
—¡Aquí! —grita uno.
Mis ojos se inyectan en sangre y se oscurecen a la par que mis colmillos asoman mientras siseo para advertirles que no den un paso más. Pero hoy todos los humanos de este puerto han decidido ser estúpidos y dar ese paso.
—Como gustéis —le digo al pequeño grupo que ha aparecido en el muelle, detrás del que ha dado la alarma.
Los ojos de un marinero se abren al entender qué criatura tiene delante, y la vacilación en su rostro me da el margen que necesito.
En un susurro, cierro la distancia, esquivando con facilidad el cuchillo que tiene en su mano mientras él lanza un ataque torpe.
Sus movimientos son lentos, descoordinados; para mis sentidos, sus intenciones son tan claras como si estuviera gritando cuál será su próximo movimiento.
Deslizo mi mano fría alrededor de su garganta y siento el latido de su arteria antes de arrojarlo lejos.
Su cuerpo se estampa contra el suelo con un golpe sordo.
Los otros tres avanzan al ver a su compañero en el suelo, con una mezcla de rabia y terror.
Ellos saben qué soy, pero no entienden lo que han despertado.
El segundo marinero se lanza hacia mí, pero sus movimientos son torpes, y yo me muevo con la gracia de un gato cazando.
Me deslizo a un lado, agarro su muñeca y lo desarmo, el cuchillo cae al suelo con un tintineo mientras lo retuerzo en el aire y lo lanzo contra las cajas apiladas en el muelle.
Su cuerpo cae pesadamente, sus gritos se pierden en el estruendo de las olas que rompen en los diques.
—Me esperaba más. —Dejo que mis palabras floten entre ellos.
Uno de los hombres retrocede, pero el último, un gigante de hombros anchos y manos callosas, intenta intimidarme. Me sonríe, casi sin dientes.
Pero siento el calor de su cuerpo, el aroma metálico de la sangre que corre bajo su piel, y sonrío también.
No tiene oportunidad. Doy un paso hacia adelante, y en el siguiente parpadeo ya estoy detrás, mis colmillos destellando bajo la luna antes de clavarse en su cuello.
La sangre es espesa y cálida, se desliza por mi garganta con la fuerza de la vida que tomo.
Sigo bebiendo hasta saciar mi hambre y el hombre cae, desplomado y exhausto después de haber intentado quitarme de encima con movimientos bruscos de espalda.
No lo mato. Lo dejo ahí, retorciéndose en su miseria.
El último de los marineros corre, sus pasos resuenan en las tablas del muelle. Podría alcanzarlo fácilmente, pero me quedo en la penumbra, viendo cómo huye. El miedo en sus ojos y la desesperación en su respiración me bastan. Su pánico me alimenta tanto como la sangre de su compañero.
—Pensaba que no querías dejar un mar de sangre —me dice Elías cuando se une a mí después de haber llenado el pequeño saco de raíces de lumiriate. Mantiene una distancia prudencial conmigo hasta que mi rostro vuelve a humanizarse.
—Esto no es un mar de sangre, es un aperitivo —le rebato. Apenas hay un par de salpicaduras de sangre en la madera del muelle.
—Ya...
Limpio el rastro de sangre de mis labios y ambos salimos corriendo para evitar las linternas, alarmas y docenas de marineros más que están empeñados en atraparnos. Pero no lo hacen, conseguimos salir del puerto con el lumiriate.