Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Leah

En el camino de vuelta a la fonda, los Bane han hecho lo posible por ocultar la identidad de Theo mientras Abitha y yo lo transportábamos en la misma camilla de tablones de madera en la que hacía escasas horas lo llevábamos a su incineración.

Abitha parece haber recuperado gran parte de su energía y sigue alimentándola cada vez que ve a su hijo mover un dedo y arrugar el gesto brevemente.

No se separa de él, ni siquiera cuando Lucrezia, ella y yo nos enteramos de que los Bane iban a tener una reunión de la que pensaban excluirnos.

Abitha se ha quedado en la habitación con Theo mientras Lucrezia y yo bajamos a interrumpir los planes de Elías, abriendo las puertas de la sala de reuniones con un estruendo.

—No tenéis permiso para estar aquí —nos dice Elías desde el sitio en el que siempre se sienta Theo, solo que él no se llega a sentar. No se atreve a tocar su sillón.

—Y vosotros no tenéis ni puta idea de lo que le está sucediendo ahora mismo a Theo —rebato yo—, por lo que creo que deberíais escucharme antes de tomar ninguna decisión.

—Lo que pasa es que está moribundo por tu culpa y solo nos queda esperar a ver si sale de esta... —Su mirada es casi más hiriente que sus palabras—. Ya hemos contactado con el señor Reed y el médico de la fonda para que vengan a...

—Theo no sobrevivirá —digo con voz contundente. Todos los presentes se giran para mirarme—. No al menos como vosotros creéis.

—¿Qué estás diciendo?

—Lo mismo que tú llevas pensando desde que lo sacamos de la pira, pero te niegas a creer.

.. —Comienzo a caminar hacia él. Lento, para que ninguno de los Bane se altere tanto por mis palabras como para disparar una bala Haren en cualquier momento—.

Las heridas que tenía Theo eran... imposibles de curar.

Ylo sé porque lo intenté, lo intenté con mi propia sangre.

Pero no fue suficiente. Oeso creía. Mi sangre hizo efecto, pero sus heridas eran tan graves que tardó en manifestarse.

Elías se frota el pelo sin llegar a mirar a sus compañeros.

—¿Nos estás diciendo que un vampiro mordió a Theo y que después él bebió tu sangre?

—Con la cantidad de sangre que estaba perdiendo.

.. —Por un momento me transporto de nuevo a la celda, al charco de sangre caliente en el que me tuve que sentar con él sobre mi regazo.

He de cerrar los ojos durante unos segundos para situarme de nuevo—.

Era prácticamente imposible que la transformación sucediera, apenas había sangre en mí para reemplazar toda la que él estaba derramando.

—Así que Theo está... transicionando.

Todos los Bane exclaman a la vez y un murmullo constante y pesado se hace con la sala.

—Ya habéis visto la mejora de su herida en el cuello...

Para cuando llegamos a la fonda, la herida estaba muchísimo menos hinchada y roja.

—Lo hiciste adrede... ¡Tú lo has convertido en un monstruo! —Elías se apoya en el respaldo del sillón de Theo.

—¡Claro que lo hice adrede! Le di mi sangre pensando en salvar su vida. ¡Theo es fuerte! Cualquier otro hombre habría muerto, Elías —intento que no le quite mérito a su amigo.

—Es que él ya está muerto. —Me mira como si a su amigo lo hubiéramos incinerado en el antiguo cementerio y el que está arriba, en su habitación, no fuera Theodore Leville.

No argumento que en el continente melhanäi los vampiros pueden serlo de cuna, como es mi caso, o transformados, como es el de otros tantos.

Tampoco le explico cómo funciona nuestro organismo, que, a pesar de tener la sangre fría, cumple con las mismas funciones vitales que el de los humanos gracias a la energía del lumiriate.

No le digo que nuestro envejecimiento se detiene llegada cierta edad para disfrutar del resto de nuestras vidas con una buena salud, siendo padres, hijos y abuelos de una apariencia física muy similar.

Y,desde luego, no le cuento que las personas que se transforman demasiado mayores suelen acabar entregando sus cuerpos al lumiriate voluntariamente para terminar sus vidas porque nadie quiere pasarse toda la eternidad con dolor de cadera.

Elías solo conoce una pequeña parte de lo que significa ser vampiro, y ya le parece una atrocidad, por lo que evito contarle los detalles.

—No lo está. —Elevo el mentón—. Pero lo estará si no hacemos algo rápido al respecto.

—¿Por qué dices eso? ¿Qué ocurre? —pregunta Gina, preocupada.

—Las transiciones suelen ser más... limpias, no se suele necesitar nada más para conseguir que el humano sobreviva a ellas, pero en el caso de Theo es diferente.

Él realmente está tan cerca de vivir como de morir —le explico—.

Necesita ingerir la raíz del lumiriate para conseguirlo, para hacerse con ese chute extra de energía.

—Para conseguir convertirse en lo que él más ha odiado siempre. —Elías sigue encerrado en su rencor hacia mí y no tiene pinta de querer razonar más allá de él.

—Un odio sin fundamento que incluso él supo ver en sus últimos días como humano.

—¡No digas eso! Theo siempre será Theo.

Me acerco un poco más a él.

—Por supuesto que sí. Dejar de ser humano no significa dejar de ser Theo.

—Él no lo querría... —añade Winnifred, secundando a su compañero.

—¡Pero no podemos dejarle morir! —exclama Gina.

—Creo que eso debería decidirlo él —les propongo—. Hagámonos con un poco de raíz de lumiriate, y dejemos que sea él quien decida si quiere tomarla o no.

Lo propongo como medida apaciguadora, pero, llegado el momento, estoy dispuesta a abrirle la boca a Theo sin su consentimiento y hacerle engullir la raíz si es necesario. No pienso dejar que ninguno de estos humanos de vidas efímeras y mentes cortas decidan por él.

—Estás condenando a un moribundo a decidir por su vida —se queja Elías.

—¿Qué otra opción tenemos? —Ahora miro mucho más duro a Elías, cansada de que no ponga más que pegas sin presentar una sola solución.

A la mañana siguiente, entro en el cuarto de Theo sin llamar antes a la puerta. Sé que nadie me respondería. Las bisagras chirrían tímidamente y me encuentro con Abitha, rota en un sillón junto a la cama donde su hijo suda en exceso y respira de manera entrecortada.

Conforme han pasado las horas, Theo ha ido ganando movimiento e incluso consciencia, pero no sé si lo que se mueve dentro de su pecho es su corazón o sus indestructibles ganas de vivir.

—Abitha —susurro, acuclillada para no alterarla.

Aun así, se asusta. Su espalda cruje por mil sitios y su cuello parece no poder con el peso de su cabeza cuando se incorpora.

—¿Está bien? ¿Theo está bien? —Palpa las sábanas de manera incontrolada.

—Lo está.

Cuando ambas lo miramos, Abitha está a punto de cuestionar mis palabras.

—Está bien —insisto, aunque incluso a mí me cueste decirlo—. Yestará mejor cuando le traigamos la raíz de lumiriate.

—¿Han accedido a ello? —Me mira esperanzada.

—Es que no les he dado opción. —Le doy un empujoncito con mi hombro.

—Gracias. —Me agarra una mano—. Sé que Theo no siempre lo ha puesto fácil, que sus ideas son algo... extremas, pero solo yo tengo la culpa.

—No creo que...

No me deja hablar:

—Le dejé creer que habíamos muerto, lo protegí toda su infancia de los monstruos de los que tanto miedo tenía, y luego el Dirigente lo lanzó a una guerra en la que tuvo que enfrentarse a ellos sin saber nada más que mentiras alimentadas por el gobierno y por su propia madre...

—La guerra nos moldeó a todos de formas en las que ni siquiera nos podríamos haber llegado a imaginar —le digo.

No hablo por mí, sino por quienes vi sufrir y cambiar a mi alrededor—.

Yo también solía pensar que los humanos eran monstruos, ¿sabes?

Su poco respeto por la naturaleza, su actitud destructiva, su temeridad.

.. En mi opinión, daban más miedo que cualquier melhanäi con garras o colmillos.

Más aún cuando... —Cojo aire—. Cuando trajeron a mi madre.

Su cuerpo, la manera en que su cuerpo...

—Lo siento muchísimo, Leah.

Me pasa una mano cariñosa por la mejilla para que no tenga que seguir hablando, rememorando el momento en que mi padre cayó de rodillas al suelo, destrozado, y se levantó, tras horas de llorar a la vera del cuerpo de mi madre, para no volver jamás a ser el mismo.

—Esa guerra nos destrozó a todos —le digo.

—Tus padres fueron muy afortunados de tenerte como hija. —Me sonríe tan ampliamente que creo que es sincera, pero nadie me lo había dicho nunca.

Todo el mundo me ha dejado claro en incontables ocasiones lo afortunada que soy yo por los padres que tuve, las dos grandes mentes de la guerra que me enseñaron y le otorgaron a mi nombre y sangre un privilegio del que pocos en nuestro continente gozan.

Jamás me había llegado a plantear si mis padres fueron afortunados o no al tenerme, así que no reacciono a su cumplido.

Me quedo mirando al vacío como si este fuera a ser capaz de decirme cómo sentirme.

Abitha se levanta y coge un paño que ha estado en agua toda la noche para limpiar el sudor de Theo.

—El agua ya no está fría —comenta.

—Ve a por hielos, yo me quedo con él —le digo, cogiendo el paño de sus manos—. Te vendrá bien salir un poco.

Abitha me mira a mí y a su hijo alternativamente.

—Está bien... —Se va poco convencida de dejar a Theo, pero consciente de que está en buenas manos.

Cuando me quedo a solas con él, no puedo evitar que mis ojos se vayan a la cama, por los recuerdos que compartimos en ella.

Llego a su cuello, ese que yo misma he besado, mordido y deseado más de lo que jamás creí posible.

Pero ahora no es el mismo, está cosido y enrojecido, con trozos de carne superpuestos a otros debido a los agujeros que no se podían llenar.

Que tenga una segunda oportunidad es algo inaudito, pero asumo que, si los milagros existen, se reservan para hombres como Theodore Leville; alguien que, a pesar del mal que ha causado, también ha hecho mucho bien para compensarlo.

—Te vamos a salvar. —Le pongo el paño húmedo en la frente y le quito las gotitas de sudor que perlan sus sienes—. Pero luego tú tendrás que salvarte a ti mismo, Theo.

Él murmura y gruñe al notar el agua por su rostro, y hace amagos de abrir la boca para beberse las gotas que llegan hasta la comisura de sus labios.

—Tienes sed. —Cojo la jarra de cristal de la mesilla y le sirvo un poco de agua. Le acerco el vaso a los labios y Theo los abre, ansioso. Bebe rápido y pronto comienza a toser. Le pongo una mano en el pecho y dejo el vaso en la mesilla para que se tranquilice—. Tienes sed..., pero no de agua.

—Leah... —murmura.

Es la primera vez que reúne las suficientes fuerzas para hablar y respirar a la vez, y ha decidido usarlas para decir mi nombre. Mi cuerpo entero reacciona a su voz y se inclina un poco más sobre él, sin quitarle la mano del pecho y agarrando una de sus manos con la otra.

—Te vas a poner bien. —Mis lágrimas pueden saltar en cualquier momento.

No sé lo que él entenderá de todo lo que está pasando o qué ve a su alrededor; sus ojos se mueven inquietos bajo sus párpados mientras intenta abrirlos, pero niega con la cabeza.

—¿Qué...? ¿Qué me...? —Se agarra fuerte a las sábanas, como si fueran lo único real, y le aprieto la mano para que sepa que yo también lo soy.

—Esta misma noche nos haremos con tu cura, te lo prometo. —Le plasmo un beso en el dorso de la mano, que noto fría incluso en comparación con la mía.

Theo estira los dedos y acaricia mi mejilla cuando por fin abre los ojos por completo.

No habla, sigue sin tener fuerzas suficientes, solo niega con la cabeza. No sé a qué le estará diciendo que no.

—Te traeré la cura. No seré yo la causante de tu muerte, Theodore Leville —insisto—. Si alguien ha de ser tu verdugo, serás tú mismo. Amí no me pidas que siga viviendo con el peso de tu último aliento sobre mis hombros.

—Eso ya lo perdí.

—¿Qué?

—En el momento... en que... puse mis ojos sobre ti... me robaste el aliento.

—Maldito seas... —Le arreglo el pelo revuelto y me vuelvo a sumir en el silencio que su inconsciencia deja.