Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

Leah

Las llamas de la primera pira funeraria ya se han extinguido y, por mucho que llevemos viendo arder el cuerpo de Cornelia, nadie se atreve a dar el primer paso cuando solo quedan cenizas.

Los melhanäis nos quedamos al margen, conscientes de que dicha mujer ha dejado hoy el mundo por culpa de los nuestros, por culpa de la guerra que creíamos terminada, pero que nos ha seguido a través del océano, de un hemisferio a otro.

Finalmente, Winnifred se acerca a recoger las cenizas en un jarrón, pero después de dos pasos cae de rodillas al suelo. Gina va en su ayuda y, juntas, llegan hasta la pira de piedra de la que recogen los restos de su amiga.

—Ella habría querido descansar en el mar —dice Winnifred. No creo que la cantidad de lágrimas que tiene en los ojos le deje ver con claridad, pero ella sigue recogiendo las cenizas con cuidado—: Era la única que siempre sacaba lo bonito de las mareas y las olas, incluso de las tormentas.

—Era la luz que siempre nos faltaba a los demás. —Gina se une a sus sollozos.

—No permitiremos que se apague. —Elías llega hasta ellas y las abraza mientras los demás nos dejamos envolver por el dolor de una familia rota.

Aunque hubiera preferido que dicho dolor se hiciera eterno, pues cuando Elías rompe el abrazo, camina hasta la segunda pira funeraria que encenderemos hoy y el pinchazo en el pecho solo empeora.

Parece irreal que los Bane, los Steelson y los melhanäis que acompañan a Abitha en su dolor estén hoy presentes alrededor de la pira funeraria de Theodore Leville.

Quién nos iba a decir que el cabrón más grande que ha existido en el continente humano sería quien nos reuniría a todos bajo la misma antorcha y el mismo deseo: que haya encontrado por fin la paz.

Quienes pasan cerca de nosotros por el prado respetan el ritual funerario que estamos llevando a cabo. Los miro con envidia. Parece que solo van pensando en cómo celebrar las festividades del Año Nuevo. No tienen que luchar contra la congoja, la tristeza o el desconsuelo.

No es ningún secreto que Theodore Leville detestó a los melhanäis hasta sus últimos momentos, aunque esa idea queda desdibujada cuando, en las últimas semanas, dicho odio se revirtió por las mentiras con las que su Dirigente le indujo a ir a una guerra en la que solo pudo ver lo peor de los monstruos que después siguieron visitándole noche tras noche.

Lo que me lleva a pensar que quizás era más miedo que odio, más desesperación que necesidad de muerte.

Siempre intentó esconder su fragilidad. La parte rota de su alma que se desmoronó, primero en el continente melhanäi, con tantos cadáveres a su alrededor, y después en Wicksole, cuando se enteró de que todos ellos habían caído en vano.

Una fragilidad que sospecho que solo unos pocos de los aquí presentes pudimos atisbar.

Ya la que solo yo caí rendida por completo.

Abitha apenas puede sostenerse en pie. Lucrezia y un par de melhanäis más la ayudan a mantener el equilibrio.

—Jamás pensé... No tan pronto... —balbucea.

A pesar de los años que ha pasado siendo una vampira, Abitha aún es nueva en todo el concepto de la inmortalidad.

Sabía que eso significaba ver morir a su hijo en algún momento, más aún cuando se reencontraron y ambos tenían casi el mismo aspecto físico.

.., pero ni ella ni nadie contábamos con que Theo no fuera a esquivar la muerte una vez más.

Ya lo había hecho en incontables ocasiones.

Solo una más...

Una más...

Mis pensamientos se entrelazan con los sollozos de Abitha y lo incapaz que es de contener sus propios pensamientos dentro de su cabeza.

—Tendría que haberlo buscado antes, tendría que habérselo confesado en cuanto regresé a Wicksole...

Me acerco a la pira para despedirme de Theo una última vez.

Veo lo pálido que está y el exquisito trabajo que han hecho los chicos de The Bane limpiando y cosiendo la herida del cuello.

Le han puesto uno de sus habituales trajes de tres piezas y el pañuelo rojo bajo el cuello de la camisa, con el bombín encima del pecho.

Mis dedos tiemblan cuando tocan su mejilla fría y me niego a creer que en poco menos de una hora no será más que cenizas. Busco la calidez que alguna vez me entregó, pero ya no está.

La gente murmura a mi alrededor, pero sus voces son apenas ecos distantes. Todo lo que importa está aquí, entre los maderos que arderán. No sé cómo despedirme. ¿Cómo se le dice adiós a Theodore Leville cuando la intensidad de su presencia era más fuerte que el fuego?

Elías se pone al frente de los demás y se despide por todos:

—Theo fue el mejor capitán que surgió del caos de la batalla.

Sin rango, sin estrellas, sin querer ni una de las malditas condecoraciones que después le dieron.

.. Asumió la responsabilidad de traernos a todos de vuelta a casa con vida, y lo logró —dice tras quitarse el sombrero y empezar a estrujarlo entre sus dedos para no romper a llorar.

Aún tiene los nudillos abiertos de lo mucho que tuvo que usarlos para sacarnos a Theo y a mí de la prisión del local abandonado de La Brada en el que nos había metido Frederick.

Luchó, al igual que sus amigos, con tanta furia y desenfreno por el destino que se había llevado a Theo, que solo unos pocos simpatizantes de los nuevos tratados pudieron escapar. Frederick entre ellos.

Sé que Elías ha planeado ya, en solo una noche, las cien posibles maneras en las que matar a ese malnacido. Pero tendrá que asumir que jamás llevará a cabo ninguna de ellas. Yo seré quien mate a Frederick.

—Pero no solo fue nuestro capitán —sigue Elías—. Fue nuestro compañero, nuestro protector, nuestro amigo... Nuestro hermano. —Con esta última palabra se le entrecorta la voz.

Abitha y él comparten una breve mirada que debe de transportarles a los tiempos en los que Elías y Theo eran pequeños. Abitha se resbala un poco más entre las manos de quienes intentan sujetarla.

—Fue increíble y único —añade Lucrezia—. Un increíble hijo de puta en ocasiones, pero único.

Consigue arrancar alguna risilla triste entre los Bane.

—Theodore Leville era tantas cosas que no podríamos mencionarlas todas hoy aquí —secunda Elías—, pero lo importante es no dejar que su recuerdo se desvanezca con sus cenizas.

Llega hasta mí con la antorcha en alto.

—Apártate —me susurra sin llegar a mirarme.

No es el momento de hacer valer mi orgullo, porque ni siquiera creo que pueda encontrarlo ahora mismo. Así que le echo un último vistazo a Theo y me alejo de la pira para dejar que los dos amigos compartan su último momento juntos.

De espaldas a todos los demás, Elías ha roto a llorar, y solo podemos ver cómo mueve los hombros en cada sollozo y recoge las lágrimas de sus mejillas con la manga de su abrigo.

—Adiós —le dice a su amigo después de plantarle una mano en un hombro.

Después da un paso atrás y encaja la antorcha entre los maderos de la pira, que pronto empiezan a arder.

El calor de las llamas me alcanza antes de que lo hagan mis suspiros, que se quedan atascados en mi garganta. Cada crujido del fuego me sacude el alma, me roba el aliento con cada chispa que se eleva al cielo.

Abitha ha caído al suelo. Lucrezia y los demás dejan que se desahogue con el césped seco que arranca entre gritos desesperados.

A pesar del calor, cuando las llamas están a punto de empezar a devorar a Theo, el mundo se congela cuando, entre las lenguas de fuego, veo lo imposible: sus dedos, esos que tan bien supieron acariciar mi piel, se mueven.

—Espera... —susurro, aunque nadie me escucha.

Al principio es apenas un temblor, un leve estremecimiento en su mano, como si el calor hubiera revivido un último espasmo nervioso.

Pero no, lo vuelvo a ver claramente: su mano se alza con una lentitud que me deja sin aliento.

Mi mente se niega a creerlo, pero mi corazón, ese que se negaba a decir adiós, me lo deja claro: está vivo.

El grito se queda atrapado en mi garganta, ahogado por la incredulidad y el miedo.

Me lanzo hacia él, ignorando las brasas que ya comienzan a arder a mi alrededor. Mis manos buscan las suyas, apartando con furia los maderos encendidos, sin sentir el calor que quema mi piel. Al tocarlo, sus dedos tiemblan bajo los míos, y mis ojos se llenan de lágrimas.

—¡Leah! —grita Lucrezia al verme combatir el fuego.

—¿Qué haces?

Sé que estoy ofendiendo a Elías, pero prefiero arriesgarme a recibir un disparo que dejar que Theo arda si existe una mínima posibilidad de que mi mente no se haya inventado sus movimientos.

—Espera —vuelvo a susurrar entre sollozos.

Noto mi voz rota por la mezcla de alivio y terror.

Agarro fuerte a Theo y salto con él lejos de la pira.

Enseguida todos se concentran a mi alrededor; algunos incluso intentan alejarme de Theo, pero no necesito más que un empujón para mandarlos lejos y que me dejen seguir examinándolo.

—Theo... ¡Theo! —Lo zarandeo por el cuello de la camisa.

—Aléjate ahora mismo. —Elías ya me está apuntando con su pistola.

—No, Elías. Mira. —Lucrezia le baja el brazo y señala los movimientos sutiles que Theo hace con los ojos debajo de los párpados, mientras mueve, como puede, los dedos de su mano izquierda.

Hoy los leños de la pira funeraria arderán sin un cuerpo. Theodore Leville ha desafiado a la muerte una vez más.