CAPÍTULO 42
Leah
Cuando me sueltan, no solo mi cuerpo cae al suelo, también mi alma... Si es que en algún momento tuve una.
No peleo, no forcejeo, creo que ni siquiera respiro. Solo miro cómo Theo se desangra en el suelo después de que Frederick haya decidido que ya ha comido suficiente.
Nadie dice nada. Me echan un último vistazo despectivo mientras Frederick intensifica los sonidos que hace con los labios al relamerse la sangre que chorrea de su lengua.
La sangre de Theo, de su cuello, del orificio que le ha abierto en la garganta y a través del cual se le escapan sus últimos alientos.
—Replantéate lo de hablar —me dice Frederick, ya desde las escaleras—. Oserás el postre.
Se van y me dejan sola. Anhelando incluso su compañía. Da igual que sean ellos quienes me han torturado; su compañía es mejor que mi soledad mientras presencio, horrorizada, cómo el hombre más fuerte que he conocido sucumbe a la muerte a la que él ha condenado a tantos otros.
Me dejan sola viéndolo morir, con sus respiraciones entrecortadas como única compañía, con sus pequeñas convulsiones como única cosa viva en este sótano.
Yo me siento más muerta que nunca. Frederick ha metido su mano hasta el fondo de mi pecho y me ha arrancado lo único que aún palpitaba dentro de mí.
—Theo... —susurro, con miedo a acercarme.
Es demasiada sangre. Ha perdido demasiada, miro el suelo a su alrededor.
Ni siquiera beber de la mía le ayudaría.
Frederick lo sabe. Me ha dejado a su lado, sin ataduras, sin nada que me impida llegar hasta él, porque sabe que no podré ayudarlo aunque lo haga.
Él me mira desde el suelo, con sus ojos esmeralda apagándose. Amenazándome con la evidencia de que no volveré a verlos. De que cuando los cierre será para siempre. Eso genera en mí un miedo que no puedo ni concebir ahora mismo.
—¡Theo! —grito esta vez, más consciente de la última bocanada de aire que ha conseguido meter en sus pulmones entre toses. Si hay algún humano sobre la faz del continente que sea capaz de sobrevivir a esto es Theodore Leville .
Con esta afirmación como mantra, me arrastro hasta él por el suelo, usando mis manos y rodillas para pasar por encima del charco rojo que ya cubre todo el diámetro a su alrededor.
Cuando me siento a su lado, noto el suelo viscoso y caliente bajo mis piernas; y no me importa reparar en cómo mi pelo y mi ropa se inundan de su sangre mientras lo incorporo con toda la suavidad que la adrenalina ahora mismo me deja para apoyar su cabeza en mi regazo.
Muerdo mi muñeca tan bruscamente que, en mi intento por asegurarme de que salga una buena cantidad de sangre, me hago daño.
—Bebe. —Le pongo la muñeca derecha encima de la boca, dejando que mi sangre resbale por sus labios, pero él los aprieta y mueve la cabeza como puede hacia un lado, negándose a beberla.
—Theo. —Le enderezo la cabeza con la otra mano y me aseguro de que me mira—. No vas a morir. No vas a transformarte. Déjame ayudarte, mi sangre puede sanarte, curar tus heridas.
Evito fijarme mucho en los colgajos de piel de su cuello.
Theo me mira con los ojos mucho más relajados que su pecho, que se mueve en bruscas estocadas.
Levanta un brazo tembloroso como puede para, con un dedo, secarme las lágrimas que caen por mi mejilla izquierda.
Me mancha de sangre al quitármelas, pero parece preferir la sangre a las lágrimas en mi rostro.
Baja la mano, agotado por el esfuerzo, y asiente con un leve parpadeo lento que sirve de combustible para mis esperanzas.
Sonrío entre sollozos y le llevo la muñeca abierta a la boca antes de que se cierre la herida.
—Por favor. —Le acaricio el pelo mientras noto cómo sus labios succionan mi muñeca, sin saber si le suplico a Theo, a mi sangre o a la mismísima suerte para que se ponga de mi lado.
«Tranquila», me dice Theo sin palabras cuando me mira por última vez. Sus ojos hablan por él.
—No, por favor —sigo suplicando.
Él es el que se está muriendo y soy yo la que se derrumba al entender que mi sangre no está haciendo ningún efecto. Theo es lo bastante fuerte para mantener la entereza por los dos, pero no para regenerar la herida de su cuello.
Aparto mi muñeca de su boca cuando noto que mi herida ya se ha cerrado y sujeto su cara entre caricias que trazan el contorno de sus facciones.
—No me dejes aquí sola —le pido, sin importar cuántas de mis lágrimas caen en su pelo y su frente.
Mis palabras parecen dolerle más que su cuello y frunce el ceño al darse cuenta de que lo que le pido es imposible.
Deja al descubierto todo su miedo. No a morir, pues la Muerte lleva siendo su amiga desde la guerra, sino a dejarme atrás y caminar solo hacia ella.
Ese miedo tan peligroso de mostrar en este mundo y tan frágil de mantener entre nuestras continuas disputas.
En cada una de ellas, en cada desafío, he descubierto cosas de él que no habría podido llegar a imaginar.
Ahora me doy cuenta de que mi existencia está entrelazada con la suya de una manera que jamás vimos venir ninguno de los dos.
Cuando tomo la siguiente bocanada de aire que él no toma, acepto la verdad que siempre estuvo presente y oculta: lo amo.
A medida que sus ojos se cierran lentamente, una última lágrima se desliza por mi mejilla, dejando a la vista unos sentimientos que han llegado demasiado tarde.
No sé cuánto tiempo ha pasado, solo sé que el peso del cuerpo de Theo ha dejado de hacer presión contra mi regazo; ya apenas lo noto. Lo sigo meciendo sobre mí, pidiéndole a las sombras de la celda que lo ayuden a recuperarse, pero hace demasiado que dejó de respirar...
Estoy tan sumida en el vacío que me ha dejado que casi no escucho el barullo que se comienza a formar dos o tres plantas por encima de mi cabeza. Los tiros hacen gritar a los melhanäis y los humanos que se interponen en el camino de las exigencias de Elías y otros miembros de The Bane.
—Te he preguntado que dónde está —le repite Elías al hombre que solloza.
Elías no tiene paciencia ninguna y, al no recibir respuesta, vuelve a disparar, deteniendo por completo los quejidos del que se negaba a hablar.
—¿Me lo vas a decir tú? —le pregunta a otro que, por el chillido que deja escapar, es un melhanäi ponzoñoso.
—No ha sido muy inteligente por vuestra parte presentaros aquí. —La voz de Frederick entra en escena y rompe el silencio que el ponzoñoso intentaba mantener. Elías mata a este también para que sus sollozos no sean un estorbo.
Pasos y más pasos se unen a Frederick, y entiendo que es la horda de vampiros que está bajo su mando.
—No hemos venido solos. —Elías habla y otros pasos se unen también a él y los Bane.
—Podemos derramar más sangre en las calles de La Brada o nos podéis entregar a Theodore y nos vamos —dice Abitha, la madre de Theo.
—Y a Leah —añade Lucrezia—. Sabemos que también la tenéis a ella.
Elías hace un ruido de aprobación tardío; sé que soy la última de sus preocupaciones.
—En verdad la opción de la sangre no suena tan mal —dice Frederick con un tono que siempre ha pensado que es jocoso, pero que en realidad saca de quicio a todo el mundo—. Tenemos que quitar de en medio a todo aquel que conozca las intimidades de nuestro rey... Así que ibais a caer antes o después.
—Ah, bueno, si es así, déjame facilitarte el trabajo. —Escucho que Elías hurga en sus bolsillos, pero no llego a entender qué es lo que saca.
—Eso no lo habíamos hablado —le dice Lucrezia, más escandalizada de lo normal.
—Si nosotros morimos, vosotros lo haréis con nosotros. —Elías la ignora.
—No seríais capaces de inmolaros solo por un hombre.
—Frederick debería estudiar un poco más a sus enemigos antes de abrir su bocaza.
Debería haber conocido la lealtad que estos veteranos se tienen entre sí y cómo, para muchos de ellos, sus vidas se acabaron en esas trincheras, y el tiempo extra se lo dieron sus compañeros de armas. Claro que morirían unos por otros.
Por el clic que escucho, sé que Elías le ha quitado el seguro a una granada. Después le siguen otros dos.
—Por supuesto, van equipadas con mecanismo Haren —añade Elías.
Escucho cómo todos los melhanäis dan un paso atrás.
—No vais en serio... —Frederick intenta esconder el temblor de su voz, pero no puede.
—Compañeros, amigos, ha sido un auténtico placer servir a vuestro lado —dice Elías, seguramente mirando al resto de Bane.
Frederick estalla:
—¡Está bien, parad! ¡Ponedles la seguridad a esas malditas bombas!
Vuelvo a escuchar tres clics. YElías vuelve a sacar su pistola.
También escucho muchos suspiros aliviados.
—Bien, estamos en el punto de partida. Comencemos de nuevo. Dadnos a Theodore —Lucrezia tiene que darle un golpe a Elías para que añada—: Ya Leah... Ynos iremos de aquí.
—Podéis llevaros lo que queda de ellos. —Frederick debe de haberse hecho a un lado y, mientras Abitha y algunos de los Steelson se quedan arriba con las armas apuntando a sus enemigos, unos pasos apresurados comienzan a bajar las escaleras.
Cada vez los escucho más cerca, pero mi garganta es incapaz de pedir auxilio. Por los mismos escalones por los que me arrastraron, aparecen Elías, Lucrezia, Gina y Winnifred.
Las tres mujeres se quedan paralizadas al ver el enorme charco de sangre sobre el que estoy sentada sin soltar a Theo. Elías sigue avanzando, arrastra los pies hasta quedar de rodillas en el mismo charco, cerca del cuerpo inerte de quien para él es su hermano.
—Theo... —susurra.
Sus ojos parecen no poder abarcar el horror de sus heridas en el cuello, enseguida los hace saltar a mí. Estira el brazo y me agarra por el cuello.
—¿Has sido tú? —me pregunta, ya con lágrimas en los ojos y apretando tanto que bien podría arrancarme la cabeza.
—¿Estás loco? —Lucrezia corre hacia nosotros e intenta tirar del brazo de Elías para que deje de ahogarme, pero no puede, su fuerza es tal que apenas lo mueve unos centímetros.
—No he sido yo. —Es lo primero que digo en lo que para mí han sido milenios.
—¡Ha sido Frederick! —insiste Lucrezia.
—Pero ella es uno de los suyos —añade Elías sin dejar de mirarme ni apretar.
Sus ojos reflejan un odio profundo y arraigado. Bajo la vista hacia Theo y dejo que la última lágrima que estaba reteniendo caiga encima de su frente.
—¡Déjala! —Lucrezia por fin consigue que Elías aleje su mano de mi cuello.
Por un momento estoy por pedirle que siga apretando, que siga ahogando con sus dedos la culpa que me corroe por dentro.
—No pude... No pude hacer nada... —digo.
Abitha grita en los pisos superiores. Ha debido de escucharnos desde arriba y diferentes gritos, tiros, desgarros y empujones comienzan a sonar sobre nuestras cabezas. La pelea finalmente se ha desatado.
—Tenemos que irnos de aquí —dice Lucrezia.
—No podemos dejarlo... —Abrazo más fuerte a Theo.
—No lo haremos.
Elías carga con él, Lucrezia me ayuda a levantarme y, con Gina y Winnifred en la retaguardia, salimos de la tumba de Theodore Leville.