CAPÍTULO 41
Theodore
Cuando comienzo a recuperar la consciencia, lo primero que noto es un ardor horrible en el hombro que me repta por el cuello y me martillea la cabeza mientras intento abrir los ojos. Me han dislocado el hombro. Seguramente al arrastrarme de un lado a otro sin pudor alguno.
Pero no me cabrea eso, ni siquiera les culpo.
Me cabrea que hayan usado las mismas tretas que suelo usar yo con los demás.
Sé bien lo que viene ahora: «¿Cómo te enteraste de la participación de nuestro rey en los nuevos tratados?
¿Qué viste en la central? ¿A quién se lo has contado?
». Todo para hacer una lista de nombres que ir tachando hasta asegurarse de que el secreto del lumiriate está a salvo de nuevo.
Todo esto, por supuesto, con juguetitos imaginativos de por medio, supongo.
De esos que me clavarán entre las uñas y me agujerearán el muslo hasta que el dolor me haga hablar.
Casi me aburre la falta de intriga cuando por fin abro los ojos y me veo en un sótano abandonado, tirado en el suelo y esposado de espaldas a una tubería de la que no me sería demasiado difícil encontrar la junta para romperla y salir.
—Novatos —gruño cuando me levanto, ignorando el dolor de mi hombro después de que intente tirarme otra vez al suelo de un calambrazo. Aquí ni las ratas ni las goteras me van a ayudar, así que me obligo a ponerme de pie.
Con cuidado de no forzar demasiado mi hombro, voy girando mis muñecas para que los giros de la tubería no impidan el paso de las esposas.
Cuando llego a una junta, comienzo a tantear los tornillos con los dedos y, cuando veo que están bien apretados, comienzo a usar los eslabones de las esposas para forzar el giro.
Me felicito cuando noto que el primer tornillo empieza a ceder.
Pero he de detenerme. Por unas pequeñas escaleras al fondo de la estancia aparece Leah, arrastrada por un hombre y un melhanäi que la tiran delante de mí.
No les grito lo imbéciles que son ni les amenazo con matarlos como la vuelvan a tocar, porque sé que no estoy en posición de hacerlo, pero me quedo con cada uno de sus rasgos: arrugas, lunares, pecas, cuernos, ojos, pelo.
.. Todo lo necesario para memorizar los rostros de quienes pienso matar algún día.
—Eh, mírame —le exijo a uno; ambos se dan la vuelta.
—¿Qué? —me pregunta el humano, salpicado de sangre y cansado de aguantarme cuando solo lleva aquí unos segundos.
—No, nada —le digo después de interiorizar sus caras—. Que tengáis buen día.
Mi sonrisa es tan sincera que los descoloca; se miran confusos hasta que deciden que lo mejor es irse.
—Leah... —susurro, estirándome hacia ella todo lo que el dolor me permite—. ¿Leah?
Está de cara al suelo y su pelo le tapa las facciones, pero su espalda es un reflejo de lo que sea que le han hecho ahí arriba.
Tiene las heridas infectadas con lágrimas de algún tipo de ponzoñoso que impiden que se curen.
Borbotean un líquido azul que, mezclado con su sangre, deja un reguero morado por su ropa.
—¿Qué te han hecho? —Y no lo pregunto porque no lo sepa, lo sé perfectamente; pero necesito detalles.
Quién le ha cortado la espalda, quién le ha roto el brazo que, poco a poco, va volviendo a su sitio.
.. Pero sobre todo necesito saber quién le ha partido el pómulo y el labio, quién le ha dejado el ojo izquierdo morado.
Se lo veo cuando por fin coge aire y se incorpora un poco con ayuda del brazo bueno.
—¿Frederick? —le pregunto.
Ella asiente con un breve gesto y se arrastra hasta una columna en la que se apoya. Se aparta el pelo de la cara. Su pecho y tripa están igual de marcados que su espalda.
—¿Qué te han preguntado? ¿Qué quieren? —sigo preguntándole aún con el dolor abotargando mis sentidos.
Leah me ignora, se centra en morderse el interior de las mejillas mientras se agarra el brazo y lo tuerce en un ángulo tan desagradable que se hace sangre en la boca al reprimir el grito de dolor. Se lo coloca para que los huesos comiencen a soldar.
—¿Leah? —insisto, pero ella sigue sin mirarme—. ¿Qué te ocurre?
Inspecciono lo pequeñitos que se vuelven su carácter y su fuerza cuando se acurruca de lado en la columna y me da la espalda. Se niega a responderme.
No lo soporto, no soporto que me aparte así, como si fuera el responsable de todo esto. Reflexiono sobre las últimas horas y después sobre los últimos días. Pienso en nuestro último encuentro, en cómo salió rota del estudio de tatuajes. Cambio mi pregunta:
—Leah, ¿qué he hecho? —le pregunto, con un tono tan suplicante que se da la vuelta y me mira por encima del hombro, sin creerse que yo, Theodore Leville, esté admitiendo cualquier culpa que me eche encima para que me hable—.
Por favor, mírame —le pido—, no me has dirigido la palabra, ni siquiera me has mirado desde la reunión con la rebelión.
—No... no puedo. —Puedo ver lo vidriosos que tiene los ojos antes de que vuelva a bajar la mirada.
—¿Qué no puedes? —Algo dentro de mí me dice que deje mi brazo atrás si es necesario para llegar hasta ella y consolarla. Recoger las lágrimas que están empezando a caer al suelo desde sus pestañas.
—Mirarte. —Sus hombros se sacuden en una pequeña súplica que me pide que no insista.
Pero yo, por supuesto, lo hago.
—¿Por qué? —Me desinflo en el sitio e incluso me olvido de aflojar los tornillos de la junta—. ¿Por qué? —suplico cuando ella no responde a la primera.
—Porque quiero volver a casa —me dice—. Necesito volver al continente melhanäi y deshacer todo lo que está mal allí, hacerle pagar a nuestro rey su maldita arrogancia.
Me considero un tipo inteligente, pero no consigo entenderla.
—¿Qué tiene eso que ver conmigo? —Siempre que su plan conlleve muerte, sangre y venganza, jamás la detendría.
—Tú estás aquí... Ysi te miro solo una vez más a los ojos, si vuelvo a entender tu mirada... Temo que jamás pueda alejarme de esta mierda de lugar, temo renunciar a cualquier otro anhelo para saciar el que tengo de ti. Yeso no es justo para mí.
No, no lo es; pero consigue contraerme el pecho y, tan egoísta como soy, quiero pedirle que me mire, que levante la cara para lograr lo que dice que le da miedo.
—Leah, yo... —No me dejan terminar. Los mismos dos tipos que han traído a Leah a rastras vuelven a bajar las escaleras y se colocan entre nosotros.
Un tercero se une a ellos y trae una tela que estira encima de una mesa, que pronto se derrumbará por la podredumbre de su madera, para dejar a la vista los juguetitos con los que sabía desde un principio que me amenazarían.
—Tan predecibles... —me burlo.
—Aquí nuestra amiguita no ha querido hablar y le ha pasado factura. —El humano señala a Leah—. Pero acabará hablando. —La mira con una cara de loco desquiciado que con gusto le borraría de un puñetazo—. Deberías ser más inteligente y...
—Y ahorrarme el dolor —termino por él, haciéndole callar—. Es lo que ibas a decir, ¿no? Ahorrarme el dolor y empezar a cantar todo lo que sé con respecto a la central eléctrica de Wicksole.
El cambio de argumento lo confunde un poco, y ni él ni el melhanäi que está a su lado dicen nada, solo se miran como los estúpidos que son.
—¿Desde cuándo los humanos y los melhanäis colaboráis? —les pregunto.
—Yo podría preguntaros lo mismo. —El sátiro, con un cuerno retorcido y otro recto, nos señala a Leah y a mí alternativamente con una navaja en la mano.
—Lo nuestro es diferente —le aseguro con tono pícaro—. Aunque, bueno, si es vuestro rollo, puede que no sea tan diferente... —Levanto ambas cejas—. ¿Vosotros también...? Ya sabéis...
—¡No! —Se ofende el humano.
—Vale, vale, solo digo que haríais buena pareja. —Me encojo del hombro que tengo sano y me echo hacia atrás.
—¡Cállate ya!
Ya le tengo fuera del estado emocional necesario en un interrogatorio.
Aunque el pequeño cuchillo que se me clava a toda velocidad en el muslo derecho y que me hace apretar los labios me deja claro que no será este papanatas el que lleve a cabo el interrogatorio, sino el cabrón que me acaba de lanzar el cuchillo desde la mesa podrida.
—Aquí las preguntas las hacemos nosotros —dice.
Es otro humano. Tan ancho de espaldas y peludo que casi parece un melhanäi.
—Me voy a ahorrar las preguntas del cómo, cuándo y dónde —juega con la punta de un punzón mientras se acerca a mí—, porque todo eso ya lo sé. Fuisteis lo bastante idiotas como para contárselo todo a Frederick en la reunión de superiores. Vamos a ir directos al qué y al quién.
—Ya veo que eres el inteligente del grupo... —digo, obligando a que mi cuerpo se acostumbre a tener un filo clavado—. Estoy impresionado.
—¿Qué visteis en la central? ¿A quién se lo habéis contado?
—Si no sabéis nada de eso, vuestra red de contactos da pena.
—Respuesta incorrecta. —Me inmoviliza contra la pared, apretándome el hombro dislocado, mientras me clava la punta del punzón en el hueco de los nudillos del meñique y el anular.
Me es inevitable soltar todo el aire en suspiros tan violentos que dirigen cierta parte del dolor a los pulmones.
Con el dolor repartido consigo no gritar.
.. Aunque la punta es larga y, cuando llega hasta el fondo y comienza a cortar el ligamento y a separar los huesecillos, grito como un condenado.
—¡Déjalo! —Leah intenta levantarse, pero no se lo permiten. La tiran al suelo de una patada; está demasiado débil para pelear.
Cuando mi torturador saca el punzón de mi mano siento un alivio inmediato, pero el dolor sigue ahí, agudo como un pálpito que lanza una sacudida con cada latido.
—Responde —me exige justo antes de darme en la cara con un puño reforzado con nudillos de acero. Me deja colgando de la tubería.
El sótano gira mientras mi conciencia intenta mantenerse en su sitio. Mis sentidos se ven empañados por el agudo aroma de la sangre que inunda mi boca.
—¿No? —me pregunta. Antes de que deje de tambalearme, me coloca una sierra detrás de las rodillas que me hace caer al suelo, con lo que acabo con el brazo roto.
Grito tanto que apenas escucho las súplicas de Leah.
Cierro los ojos con fuerza, pero no puedo escapar de la realidad, del hecho de que este cabrón está haciendo que me deje la garganta en este sótano de mierda.
Mi cuerpo, que siempre se ha movido con agilidad y determinación, ahora es un lastre inerte.
—Déjale hablar —le dice el otro hombre, conteniendo sus inexplicables ganas de sangre.
Como puedo, levanto la cabeza para mirarla. Leah se deshace en lágrimas detrás del melhanäi que la retiene. Y,después de memorizar hasta la última onda de su pelo, me obligo a apartar los ojos de ella para enfrentarme al que parece que va a ser mi verdugo.
—Tiene que ser... desesperante... intentar mantener un secreto que podría derrumbar los sistemas gubernamentales.
.. de ambos continentes en cuestión de días, ¿eh?
No sabéis si toda la información la he metido en una carta que se hará pública, si la he compartido con algún periódico bajo mis órdenes.
.. —El dolor me complica hablar, pero no dejo de hacerlo.
Yelijo bien en qué frases emplear mis esfuerzos—.
Os tienen que pagar bien, cabrones de mierda, para darle la espalda a todos los que murieron en esa guerra falsa.
—¿Sabes? En realidad no te necesitamos. —Frederick ha aparecido de la nada, con solo el rastro del polvo que ha levantado como testigo de su recorrido. Está en cuclillas y me agarra del pelo para mantener mi mentón alto—. Con uno de vosotros nos vale para conocer el alcance de vuestra traición.
—¿De nuestra traición? —se desespera Leah, dispuesta a pasar por encima del melhanäi que la retiene.
—Le has sido desleal a nuestro rey. —Se encoge de hombros mientras la mira—. ¿Cómo llamarías a eso?
—¡Ha sido nuestro rey el que nos ha traicionado, Frederick! —Leah le da golpes en la espalda al melhanäi a pesar de que su cara grita lo exhausta que está—. ¿Oes que ya te has olvidado de tus abuelos? ¿De tus padres? ¿De tu hermano? Hombro con hombro a tu lado luchando en la guerra.
—Los recuerdo muy bien. —Hay un tono amenazador en su voz. Es evidente que no quiere hablar de eso, no le gusta recordarlo.
—Es verdad, son tus principios los que has olvidado —le dice Leah, con más dignidad de la que él tendrá jamás.
—¡Es por ellos por lo que he tenido que olvidarlos! —se justifica, con movimientos tan bruscos de manos que mi cabeza se mueve dolorosamente de un lado a otro—. Ellos habrían querido que sobreviviera a la posguerra como sobreviví a las batallas.
—¿A base de matar a otros? —Leah está intentando razonar con la minúscula parte sensible dentro de Frederick—. ¿A los tuyos?
Pero Leah no comprende que la sensibilidad no viene por defecto en los humanos ni en los melhanäis. Yo sí lo veo, quizás por primera vez en mi vida. Quien no alberga sensibilidad es un monstruo. YFrederick es un monstruo; como lo son muchos humanos.
—¿Cómo se ganan las guerras si no? —pregunta antes de abrir la boca mientras sus colmillos salen y sus ojos se inyectan en rojo.
Clava toda su dentadura en mí. Yel dolor es tan extremo que mi cuerpo tarda unos segundos en reaccionar.
—¡No! ¡Theo! —Leah tira al melhanäi, pero no puede pasar a los otros dos humanos, que la retienen por los brazos—. ¡Theo!
Mis músculos se tensan involuntariamente mientras intento resistir el inminente trance que amenaza con arrastrarme hacia la inconsciencia cuando noto que no solo succiona, sino que también desgarra y arranca. Es increíble notar una quemazón allá donde parece que no queda piel.
No grito. No puedo hacerlo. Me está destrozando el cuello y la garganta mientras su cara y la mía se salpican de sangre. El aire se vuelve más pesado con cada respiración. Mi cuerpo cae débil en los brazos del malnacido al que juré matar.
Cada latido de mi corazón parece resonar en mis oídos como un presagio de lo que está por venir. Lo veo en los ojos de Leah, en su súplica, en lo mucho que pide ser ella a la que mate y no a mí.
A pesar del shock en el que entra mi cuerpo y las convulsiones que comienzan a arrastrarme a la oscuridad, me agarro al calor de mi pecho, al que me dejan Leah y su disposición a salvarme, incluso a intercambiarse por mí. Me serena haber encontrado el amor en mi lecho de muerte.