Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 40 #2
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CAPÍTULO 40 #2

Los Bane y los Steelson salimos corriendo escaleras arriba mientras disparamos o acuchillamos a quienes nos intentan detener.

—¡Son demasiados! —grita Lucrezia cuando ya estamos en la recepción de The North Shotbag y pasamos al lado del cuerpo del grandullón cornudo que guardaba la entrada, ahora apuñalado en el suelo con los ojos abiertos y el pecho vacío de aliento.

—Estamos en mitad de La Brada —le digo cuando nos situamos a los flancos de la puerta para inspeccionar el exterior—. Esto solo va a ir a peor.

El camino está lleno de humanos y melhanäis que pueden acabar siendo un daño colateral como no salgan pronto de las calles. Muchos melhanäis caminan por ellas sin importarles a quién se llevan por delante. Solo tienen una misión en mente: llegar a nosotros, y no se van a parar ante nada.

—¿Por qué atacar a sus compatriotas? —pregunta Lucrezia después de pegarle dos tiros a un melhanäi que acababa de destrozarle la caja torácica a otro con sus manos.

—Porque son simpatizantes de los nuevos tratados, seguro que son enviados del rey. —Cubro sus espaldas cuando salimos del hotel y nos aventuramos a las calles—. Yno creo que el rey quiera dejar cabos sueltos.

Lo confirmamos cuando el melhanäi ponzoñoso que salta sobre nosotros desde un tejado es abatido a tiros por Elías y cae a nuestros pies con un sonido que, además de dejarnos clara la cantidad de huesos que se ha roto, deja a la vista el tatuaje de la espiral despuntada en su hombro derecho.

—Nuestro Dirigente se ha ido de la lengua —se queja Lucrezia después de acribillar a cuchilladas al melhanäi que la ha arañado—. Les ha puesto precio a nuestras cabezas.

—La mía solo ha encarecido —comento.

Yo también tengo que usar el cuchillo, que saco de su funda en mi cadera cuando un melhanäi se llega hasta mí. Se lo clavo en el estómago y Lucrezia le da una patada para quitármelo de encima.

Asiento brevemente para agradecérselo.

—Si llegamos a mi fonda estaremos a salvo —les digo, y retomamos la carrera con aires de esperanza renovados.

La Brada se ha convertido en un escenario bélico en el que, aún a falta de trincheras y polvo, no nos faltan pilas de muertos y humo.

A nuestra espalda, de una de las ventanas de la última planta de The North Shotbag, sale disparado un melhanäi con sus alas rotas que se estrella contra el suelo.

Las plumas que se desperdigan son un reclamo para los humanos que desean encontrar en ellas la sensación tan adictiva que su roce produce, por lo que se apiñan a su alrededor como auténticas alimañas y comienzan a arrancarle hasta la última pluma, sin importarles los peligros a su alrededor.

Después de recargar mi pistola, disparo a quemarropa en el estómago de un melhanäi que estaba enroscando su larga cola de serpiente a mi alrededor.

—He tenido suficiente —dice Frederick, agarrado al saliente de un tejado desde el que me mira—. Ya has causado demasiados problemas. —Salta desde donde está y camina hacia mí tan tranquilo como yo hacia él.

Toda su boca, mentón y pecho están llenos de sangre.

—¿Tú? ¿Simpatizante del rey y los nuevos tratados? —le pregunto, poco convencido, incrédulo ante su cambio de ideas.

—¿Sorprendido? —Me muestra su tatuaje de la espiral despuntada, oculto bajo su ropa a la altura de las costillas superiores.

—Solo de que hayas sido lo bastante inteligente como para que nadie de la rebelión sospechara de ti —confieso—. De que seas una asquerosa ave carroñera que va a picar los ojos de quien le cuida, no, para nada.

Ignora mi insulto y se relame los labios despacio, dejándome claro lo muchísimo que disfruta de la sangre de quienes encabezaban la rebelión con él.

—¿Y quién te cuida a ti ahora? —A su espalda y por los tejados aparecen más vampiros.

—Amigos a los que jamás les han picado los ojos —contesta Elías por mí, colocándose a mi lado.

Cornelia, Winnifred y Gina se ubican un paso por detrás, con el resto de los Steelson y Lucrezia.

—Veamos qué son capaces de hacer los veteranos de guerra humanos. —Se lleva una mano al estómago—. Aún tengo hambre.

Los vampiros a sus órdenes atacan de inmediato, sin pausa, una carrera por ver quién de ellos comerá primero.

Se mueven endemoniadamente rápido y saltan de un lado a otro sin darnos más opción que tambalear mientras los cañones de nuestras pistolas intentan seguir su ritmo al apuntar y recargar, pero estamos entrenados, conocemos sus movimientos y sus tácticas: la forma abrupta en la que frenan antes de girar genera el momento perfecto para disparar.

Y así caen unos pocos antes de llegar a nosotros, con las balas Haren incrustadas en el pecho.

Dos de ellos han sido alcanzados de lleno en el corazón, y sus cuerpos comienzan a tornarse tan rígidos como la propia madera de las balas.

Uno de ellos incluso usa la fuerza bruta para meterse los dedos a través de la piel y sacar la bala, pero nada de eso sirve, ambos caen de bruces al suelo y, sin necesidad de fuego, su piel se va desprendiendo en pequeñas motas de ceniza negra que vuelan hacia el cielo.

Otros consiguen llegar hasta nosotros y tenemos que dispararles a quemarropa y emplear los cuchillos y las tácticas de combate cuerpo a cuerpo, conscientes de que la garganta es su punto débil.

A uno le rebano la mano y le arranco su anillo de odites, exponiéndolo a la luz solar que tanto escasea en Wicksole y que tan mortal es para ellos.

El vampiro retrocede gritando para buscar una sombra en la que refugiarse, pero en cuanto el mínimo rayo entra en contacto con su piel, empieza a arder.

Muchos de los nuestros comienzan a caer. Los gritos estallan en nuestros tímpanos cada vez que un chorro de sangre vuela sobre nosotros. Pero da igual, seguimos peleando, no podemos parar. Pero yo lo hago cuando escucho un grito proveniente de una garganta cuya voz me es demasiado familiar.

—Cornelia —digo en un sollozo mientras recupero el aire después de dejar inconsciente a un vampiro que cae a mis pies.

Nuestra amiga lucha con garras y dientes mientras intenta salvarse, pero son dos los que la atacan a la vez, y poco puede hacer cuando se le acaban las balas y el cuchillo se le cae de las manos.

—¡Cornelia! —grita Elías a mi lado.

Ambos comenzamos a abrirnos paso a través de la pelea, pero no llegamos a tiempo.

El segundo grito de Cornelia nos petrifica. Dos vampiros que la agarran por los brazos hincan sus colmillos hasta que la fuente que emana de su cuello es tan caudalosa que pueden beber la sangre a tragos.

Cornelia sigue con los ojos abiertos mirando al cielo, pero ambos sabemos que ya no ve nada.

—Sois los siguientes —me susurra Frederick demasiado cerca.

Me doy la vuelta y descargo un cargador sobre la penumbra que ha dejado a su paso, pero no acierto.

Mientras recargo, me quedo quieto, inspeccionando cada brisa y sollozo de quienes siguen luchando a mi alrededor para entender que el viento se mueve raro a mi izquierda. Miro en esa dirección e incluso antes de que aparezca Frederick, disparo, acertando de lleno cerca de su corazón.

Frederick se lleva una mano al pecho y retrocede, dolorido, hasta chocarse de espaldas con una pared. Yo lo sigo hasta ella.

—Es una pena, quería hacerte sufrir —le incrusto otra bala en el brazo con el que intenta sacarse la bala del pecho—, pero no tengo el tiempo suficiente para la cantidad de dolor que mereces. —Le disparo en la pierna y grita mientras cae al suelo.

—Malnacido —susurra.

—Eso me dicen. —Me encojo de hombros y me acuclillo frente a él—. Hoy dormiré un poco mejor sabiendo que he terminado contigo.

—¡Theo, cuidado! —Elías aparece entre la muchedumbre y me advierte del vampiro que viene hacia mí por la espalda, pero que él detiene con un salto ágil.

Aun así, es descuido suficiente como para que Frederick me pinche en la yugular una ponzoña melhanäi que consigue que se me quiebre la respiración y pierda la consciencia en el momento en que me tapan la cabeza con un saco negro.