CAPÍTULO 40
Theodore
La Brada está en su peor momento desde la guerra.
Tras el apagón y los efectos que tuvo en los melhanäis, los ladrillos de las callejuelas siguen manchados con sangre seca, los adoquines preservan entre sus juntas agua de las últimas lluvias y charcos rojos que los viandantes pisotean sin importar cómo acaba el bajo de sus pantalones.
Los humanos que mendigan por las calles no parecen tan dispuestos a seguir a ningún melhanäi para conseguir sus habituales drogas, desquiciándose en el sentimiento de vacío que la adicción les deja.
Y, por supuesto, ha habido un brote de fiebre blanca. Los cuerpos han sido apilados por las autoridades en diferentes puntos. Les echan un poco de combustible y una cerilla comienza a hacer por ellos el trabajo necesario para limpiar el barrio de cadáveres.
Malditos vampiros, pienso.
Maldita Leah, concreto cuando la veo al final de la calle y me arrebata el aliento tan fácilmente como me hubiera arrebatado la vida con sus colmillos. Por fin la veo.
—Esto no me gusta —dice Elías, sin despegar la mano de la pistola que lleva a la cadera. Es la primera vez que va a entrar en The North Shotbag.
—Acabaríamos antes citando a quien sí le gusta este sitio. —Soy consciente de lo podrido que tengo a mi alrededor, pero no puedo separar los ojos de Leah, que se acerca con Lucrezia y los Steelson.
—Theo —me dice ella, con un tono serio que no representa ni una pequeña fracción de la patada que ha sido para mí en el estómago.
Pasa de largo sin pararse a decir nada más, con una mirada fría que no denota la complicidad que siempre hemos tenido. Sacudo la cabeza para alejar todo eso de mi mente. Lo importante ahora no es Leah, sino los nuevos tratados secretos que firmaron el Dirigente y el rey melhanäi tras la guerra.
Sigo a los Steelson con los Bane que me acompañan, y es inevitable que un grupo de humanos tan sincronizados y con aire misterioso no llame la atención entre los demás viandantes.
Ya dentro de The North Shotbag, tras haber bajado los pisos necesarios y haber esquivado el ring de peleas ilegales, llegamos a la sala de reuniones de los superiores de la rebelión.
Hoy está más abarrotada de lo normal. Todos deseosos de saber qué tenemos que contarles del apagón y lo descubierto en Elmbound.
Me es inevitable desviar la mirada durante unos segundos hacia mi madre, que parece impaciente por dejar las formalidades a un lado y acercarse para hablar conmigo, para continuar la conversación que dejé a medias.
—Hablad. —Frederick lo dice con una postura de indiferencia que me permitiría apuntar y disparar sin ningún problema a sus pelotas. Mi imaginación macabra me distrae tanto que me pierdo la explicación de Leah de lo sucedido desde la semana pasada y nuestra visita a la central.
—Eso no es posible —dice una de los superiores cuando Leah finaliza la narración con la muerte del melhanäi tatuador.
—¿Por qué? ¿Por qué no es posible? —le pregunto yo, esquivando la mirada de mi madre, que busca encontrarse con la mía.
—Es... Es nuestro rey, él no...
—Emory Fleming es nuestro Dirigente, y resulta que nos llevó a la guerra por algo que había robado previamente y que ha decidido ocultar a toda la población humana.
—Me giro un poco sobre mis talones para ver bien a todos los melhanäis que nos rodean—.
Puede que por fin humanos y melhanäis tengamos algo en común: un traidor a los mandos del continente.
—Si lo que dices es verdad... —comienza la superior de escamas verdes.
—¡No puede serlo! —Frederick da un golpe con su vaso en el brazo de su silla—. Seguro que esto no es más que otra misión fracasada de Leah. —La señala—. ¿Qué os hace pensar que podemos fiarnos de ella?
—No se debería poner mi palabra en tela de juicio cuando... —comienza a defenderse Leah.
—¿Cuando qué? ¿Cuando fuiste tú quien nos echó a las autoridades encima? ¿Cuando perdiste la oportunidad de pasar información al barco? —Intenta humillarla de cualquier manera.
—De poco habría servido, ¿no? Nuestro rey ya conoce todo lo que pasa aquí. —Leah eleva el mentón—. Habría arriesgado mi vida en vano.
—¿Para qué crees que estás aquí si no? —Frederick se echa hacia delante en su silla—. La princesita que se convirtió en la putita de la rebelión. —Se le escurre una sonrisa sibilina hacia un lado de la cara.
Es tan impertinente que no puedo evitar soltar una carcajada cuando desvío mis ojos al suelo para intentar tranquilizarme. Todos me miran; incluidos Frederick y Leah, que me advierte de que me calle con un imperceptible movimiento de cabeza.
—¿Qué te hace tanta gracia? —me pregunta Frederick, más que molesto por mi interrupción.
—Tú —respondo sin rodeos—. Lo idiota que eres. —Los superiores se miran entre ellos; yo no tengo reparo en aclarar mis risas—: Sigues sumando razones a mi lista de motivos para matarte.
—Tú no puedes matarme. —Aprieta tanto la mandíbula que puede que se clave los colmillos en el interior de los labios.
Yo desenfundo mi pistola, cargada con balas Haren, y disparo sin miramientos. Le doy en el interior del muslo, muy cerca de la ingle.
—Joder, he fallado —me quejo al observar que la sangre no sale directamente de su entrepierna.
Los humanos se ponen alerta, dispuestos a defenderse de las represalias que puedan tomar los melhanäis, pero estos están tranquilos, mirando a Frederick gritar. Estas reuniones tienen que torcerse demasiado a menudo, a juzgar por lo poco sorprendidos que parecen.
—Esas balas. —Frederick se retuerce de dolor en la silla, metiéndose los dedos por el orificio para sacarla.
—Como vuelvas a hablarle así, la siguiente irá a la cabeza —le advierto.
Leah sigue manteniendo sus estúpidas distancias conmigo, pero noto cómo se le tensa la espalda y se endereza al oírme.
—Como iba diciendo, si es cierto lo que dicen —la superior de escamas verdes usa un tono que advierte a Frederick que no permitirá que se la vuelva a interrumpir—, tenemos que asumir que la información que enviamos y que nos llega por parte del rey está corrompida.
—No creo que les importe nada lo que aquí esté sucediendo. —Mi madre habla por primera vez—. El rey jamás enviaría a sus tropas a defender el lumiriate y a recuperar a los secuestrados.
Muestra tal tesón al hablar que me descubro preguntándome si ya era así cuando era humana.
Recuerdo sus caricias, sus cuidados, su ternura, pero no su fuerza al hablar o su determinación al actuar.
La misma que tuvo que mostrar para que el mismo vampiro que acabó con su vida no subiera a mi cuarto esa noche.
Así que supongo que su misión como madre no solo fue protegerme de los monstruos que habitaban la noche, sino también de las partes más oscuras que el propio ser humano puede mostrar, aquellas que no son adecuadas para ningún niño.
—¿Y qué pensáis que podemos hacer al respecto? —Frederick se vuelve a sentar bien en la silla y tira la bala que ha conseguido sacarse cuando ha dejado de sangrar.
—Theodore y Leah tienen razón, debemos actuar.
Es la única vez que permito que mis ojos se crucen con los de mi madre; en ellos veo algo que casi no soy capaz de reconocer, hace demasiado tiempo que no lo recibo: orgullo.
En la mirada de los demás superiores solo veo incertidumbre, un rumbo perdido después de mucho tiempo siguiendo un mapa sin destino. Menos en el de Rosaly, la ninfa que parece no perder su espíritu jovial aunque se acabe de enterar de la traición de su rey.
—¿Sakaala? —Chasco los dedos antes de señalarla. Ella se ríe mientras niega con la cabeza—. ¿Viessa? ¿Ayla? ¿Tialha?
—Estarás una eternidad diciendo nombres de ninfas y no darás con el mío —dice.
—En verdad no me sé tantos... Es solo cuestión de mezclar sílabas para hacer ruidos sin sentido, ¿no es así?
—¿Por dónde sugerís que comencemos? —pregunta el superior que, por las cicatrices de la cara, parece un licántropo. Está cansado de mis juegos.
—Creo que...
—Un segundo. —Leah levanta una mano y pide silencio.
Se echa el pelo detrás de la oreja y los melhanäis parecen escuchar algo que a los humanos no nos llega.
—¡A cubierto! —grita mi madre, apartando a cualquiera en el camino entre ella y yo.
Los portones de la sala estallan en mil pedazos con una explosión que nos hace retroceder varios metros por los aires.
Las esquirlas del cemento que ha estallado junto con la puerta impactan contra nosotros, produciéndonos cortes y empujando algunas astillas profundo en las heridas que abren cuando nuestros cuerpos se estrellan contra alguna columna o pared.
Es solo un abrir y cerrar de ojos. Un jodido abrir y cerrar de ojos lo que me transporta de nuevo a la guerra mientras me incorporo, ignorando el dolor que comienza a esparcirse por mi espalda.
De pronto, la sala está sumida en gritos y tiros, que desprenden el fuerte olor a plomo que, en algún momento de la guerra, pensé que me intoxicaría.
Y, aun así, como si mi cuerpo entero recuperara en un suspiro la memoria muscular, saco la pistola para disparar, pero entonces me doy cuenta de que no sé a quién.
Un tumulto de melhanäis se apodera del espacio mientras los humanos vemos cómo se desgarran, muerden y cortan entre ellos.
—¡Salid de aquí! —me grita mi madre desde unos cuantos metros más allá, metida de lleno en la batalla, rompiendo cuellos a una velocidad que me deja más patidifuso que el hecho de verla con los ojos inyectados en rojo y los colmillos fuera—. ¡Idos! —me vuelve a gritar cuando ve que no reacciono.
Pero al final lo hago. Le meto una bala entre ceja y ceja a un melhanäi ponzoñoso dispuesto a clavarme sus uñas.
—¡Vamos! —Elías me tira de la hombrera de la gabardina para sacarme de aquí, pero él no entiende que se lo estoy poniendo difícil porque estoy buscando a Leah entre la muchedumbre que ya apesta al hierro de la sangre derramada.
O quizás sí lo entienda y sea precisamente por eso por lo que tira de mí con tantísima insistencia.
—¡Joder! —Me zafo de Elías de malas maneras, cabreado por no encontrarla.