CAPÍTULO 39
Leah
Incluso después de tantos días, las manos me siguen temblando cuando les exijo soportar algo de peso. La taza de té se me hace pesada cuando la llevo a mis labios para soplar el vapor.
Incluso tras haber sobrevivido a las patrullas que han acordonado medio Elmbound en busca del asesino del melhanäi tatuador, mis pensamientos siguen en un pozo oscuro y profundo del que no sé si seré capaz de salir.
Aquí, encerrada en mi casa, tranquila y calladita, he estado a salvo hasta el momento.
Esos malnacidos jamás se habrían tomado tantísimas molestias en hacerle justicia a un melhanäi asesinado si no fuera porque saben lo que su muerte significa.
Están desesperados por mantener el secreto de la fábrica de energía de Wicksole, y saben que ahora mismo más de una persona se puede ir de la lengua y joderles el plan.
Me asomo por la ventana y veo que Elmbound ya comienza a mostrar los primeros signos característicos de esta época del año.
Yno me refiero solo a las bufandas y los gorros, sino también a los chocolates calientes que algunos vecinos ofrecen a la puerta de su casa y las canciones sobre el solsticio de invierno que entonan coros de niños.
El cielo está blanco, pero los humanos parecen tener luminosidad de sobra.
Me quedo mirando las formas que hace el vapor de mi té en el aire al soplarlo, e inmediatamente me viene a la cabeza el humo de los leños que quemábamos en el Shämdom, la celebración melhanäi de la llegada del quinto astro nocturno: una gigantesca estrella que cae del cielo cinco veces al año en nuestro hemisferio y que, con su caída, bendice nuestras tierras.
Al final de cada año, cada pueblo se junta para festejar que el cielo nos ha bendecido con cinco astros, y los bosques alrededor de nuestras casas se llenan de alegría y desenfreno por la consagración de nuestro continente.
Solo un año no cayó el quinto astro: el año anterior a que comenzara la guerra contra los humanos.
Echo de menos los bosques, las casitas de madera, la tranquilidad de un pueblo pequeño, la facilidad para cazar y alimentarse de animales, el olor de la naturaleza.
Aunque seguro que ahora las cosas allí son muy diferentes... Seguro que hace años que no cae el quinto astro, seguro que los bosques se están muriendo y los pueblos han dejado de ser tranquilos.
Nuestro rey nos está matando solo para asegurarse un futuro para él. Su padre nos mandó a la guerra para proteger nuestra propiedad y principal fuente de vida, y él despojó su muerte de todo honor al vendérselo al Dirigente humano.
Aunque me siguen temblando las manos, encuentro la fuerza para apretar la porcelana entre mis dedos.
Mi madre, general del ejército, un símbolo de la guerra y una heroína para todos aquellos que creen en la justicia y el orgullo melhanäi, reducida a una simple muerte en vano, a un sacrificio que no sirvió para nada.
—Papá, quiero alistarme en el ejército melhanäi —recuerdo su cara cuando se lo dije, una de las pocas mañanas tranquilas, sin bombardeos ni cañonazos—. Quiero ayudar, como tú y como mamá.
Mi padre era un estudioso, ayudaba a nuestros ejércitos de otra manera; a veces de maneras que no disfrutaba.
Muchas noches llegaba a casa con la mirada perdida y la boca seca.
No se alimentaba con regularidad; tampoco parecía quererlo, ni siquiera necesitarlo.
Yeso era lo que más me preocupaba, pues un vampiro dispuesto a morir puede ser tan letal como uno hambriento.
Ymi padre parecía cumplir las dos condiciones.
«Mañana será un gran día para nosotros», era lo único que respondía cuando yo le preguntaba qué hacía en sus laboratorios.
Más tarde me enteré de que su sección había sido la encargada de desarrollar pequeños núcleos de energía lumiriate detonantes que podían hundir barcos humanos y destrozar trincheras enteras.
La misma energía que ahora intentan contener los humanos.
Los generales del ejército y el propio rey lo felicitaban por su trabajo, disfrutaban poniendo a prueba las excentricidades de mi padre, pero este no lo disfrutaba en absoluto. Creo que no se alimentaba porque su conciencia le gritaba que ya estaba arrebatándole demasiada sangre a este mundo.
—¿Por qué? —Me miró con los ojos más desquiciados que había visto jamás—. Ya hay mucha gente que van a enviar forzada a la guerra, tú no tienes por qué hacerlo.
—A mí no me envían porque mis padres son quienes son, y no me parece justo —le dije—. Yo también quiero ayudar a mi tierra.
—¡Y lo harás! ¡Encontrarás la manera de hacerlo! Pero, por favor...
—¡No, papá! No podéis meterme en una caja —señalé las paredes de nuestra casita— e ignorar que ahí afuera se necesita hasta el último vampiro. Nos están ganando.
—Tú no —esto ya lo dijo con los ojos vidriosos—. Por favor.
Por eso la rebelión me tiene tanta manía, por ser la hijita de mis padres, por ser uno de los pocos privilegiados que se pudieron quedar al margen.
Al margen de las batallas, el hambre y el sufrimiento, solo por mi cuna, por ser hija de una general del ejército y del vampiro cuyos avances ayudaron a no caer en combate al segundo día.
¿Y si no llego a rendirme a la fragilidad de mi padre? ¿Ysi no llego a hacerle caso? ¿Ysi hubiera seguido a mi madre a la batalla para morir en vano, como ella?
Aprieto más la taza, mis uñas chirrían contra la porcelana hasta que esta se rompe en pedazos, dejando caer el té caliente sobre mis piernas.
No me inmuto, dejo que el líquido queme mi piel, que está más fría de lo normal.
Sé que lo correcto sería regresar a mi continente, enfrentar al rey tirano que destrozó mi vida y la de tantos otros, y llevar a cabo la venganza que me corresponde.
No puedo ignorar las voces de mis padres que ahora aparecen en mis sueños, exigiendo justicia.
Las heridas aún están abiertas, y cada día que pasa siento que la ira dentro de mí crece, devorando cualquier rastro de la prudencia que también me suplican mis padres en mis recuerdos.
Pero tampoco puedo arrancar de mi pecho la verdad más cruda: si me marcho ahora, si cruzo ese mar de vuelta a mi hogar, dejaré atrás lo único que me mantiene anclada a este mundo, a no perder la cordura: Theo.
Yesa verdad me asusta más incluso que el hecho de que todo nuestro sistema político esté tan podrido como las raíces del lumiriate que intentan plantar en Wicksole.
Jamás me había permitido pensar así de alguien.
Cualquier cosa que se aleje de la justicia que se merece mi pueblo no es de valor, no merece la pena. Oeso me había dicho hasta ahora.
Por eso no quiero verlo, por eso me he negado a abrir la puerta cuando Theo ha venido a buscarme los últimos días y me he aferrado al cabecero de mi cama para no acudir a él más de una noche. Si lo veo no podré tomar una decisión imparcial; es veneno para mi conciencia.
Llaman a la puerta y es la primera vez en días que mis nervios se disparan, inyectándole demasiada adrenalina a mi cuerpo como para que no duela cuando me estremezco en mi sillón.
Me muevo rápida y silenciosa hasta la entrada, y me quedo plantada en medio de la alfombra para agudizar el oído.
—Venga, abre de una vez —me pide Lucrezia sin necesidad de levantar la voz, sabe que puedo oírla.
Espiro, cansada incluso antes de escucharla y aguantar sus peticiones.
—¿Qué quieres? —Abro la puerta solo un poco, lo que la cadena permite—. Es peligroso que estemos juntas después de lo de la central. Deberías esconderte.
—¿Qué tal te está yendo eso a ti? —me pregunta cuando, a través del hueco de la puerta, ve ropa por el suelo, el pasamanos de las escaleras destrozado (lo rompí hace un par de noches de pura desesperación) y el papel de la pared arrancado desde el techo para dejar la pintura descascarillada.
Carraspeo y cierro un poco más la puerta.
—Tenemos reunión en La Brada —me dice.
—¿Con los superiores?
Lucrezia asiente.
—La energía se ha restablecido —me informa—. Iremos con cuidado, tú incluso podrás dejarnos atrás si las cosas se complican, pero tenemos que hablar con ellos, contarles todo lo que vimos en la fábrica y lo que Theo y tú descubristeis después con el tatuador.
—Nos matarán solo por insinuar que nuestro rey...
—Pues plantaremos batalla —me dice, más segura de sí misma que yo—. Pero tenemos que hacer algo. ¿Te vas a quedar al margen?
Mi yo de hace una década me mira a través del espejo roto que tengo en la entrada. En algunos fragmentos me veo a mí, en otros la veo a ella, asintiendo, pidiéndome que esta vez me encargue del asunto con mis propias manos.
—Está bien. —Cierro y me cambio, recogiendo del suelo la ropa que menos sucia está y que más me puede proteger del frío.
No pasan ni veinte segundos cuando vuelvo a abrir la puerta y salgo, preparada para cambiar el pasado, para darle un significado a cada una de las muertes de la guerra, para conseguir que nada igual vuelva a suceder en el futuro.
—Eso está mejor. —Lucrezia sonríe y me da una palmadita en el hombro.
Me uno a ella, y a los Steelson que la acompañan, camino a La Brada.