CAPÍTULO 38
Theodore
El barro me cubre hasta las rodillas y no puedo moverme, no importa cuánto lo intente.
El sonido de las explosiones es ensordecedor, las balas silban a mi alrededor como un enjambre de avispas rabiosas.
Mis manos tiemblan mientras intento aferrarme al fusil, pero está resbaladizo de sangre y barro.
Ami lado, un compañero grita, su pierna está destrozada por una explosión de esa mágica energía amarilla que ahora confundo con las farolas de Wicksole cada vez que parpadeo.
Quiero ayudarlo, pero mis pies siguen atrapados. Lo veo morir a cámara lenta. El color se desvanece de su rostro y sus gritos se apagan, pero no puedo hacer nada.
El hedor de la muerte lo impregna todo. El aire está cargado de pólvora, tierra quemada y cuerpos en descomposición.
Camino sobre cadáveres apilados, algunos de ellos apenas reconocibles como humanos.
En mis oídos resuenan los gritos de los caídos, sus súplicas por agua, por un respiro, por un final.
Veo a un joven que no debe de tener más de diecinueve años, su rostro cubierto de terror, aferrando una carta de su madre mientras se desploma atravesado por una flecha que no vio venir. La desesperanza se apodera de mí. Esto no es una batalla, es un matadero, y todos somos carne.
—¿Qué hacemos, Theo? —me pregunta una compañera de armas entre el caos—. ¡Theo!
No sé en qué momento me convertí en la referencia de tantos hombres y mujeres. Maté al capitán, pero yo desde luego no lo soy. Solo soy un hombre que quiere vivir un día más, que mató a su superior porque estaba dispuesto a masacrarnos. Yahora nos están masacrando igual.
Me siento paralizado por el miedo y la culpa.
No puedo dejar de pensar en los que he perdido, en los que han caído justo a mi lado.
Cada explosión parece retumbar dentro de mi cabeza, y cada grito se clava en mi pecho como un puñal.
Estoy rodeado de muerte, pero sigo vivo —si es que esto puede llamarse vida—.
Me pregunto cuánto más puedo soportar antes de perder lo poco que queda de mí.
Despierto empapado en sudor en mitad de la noche. El peso de la pesadilla me aplasta el pecho.
Intento calmar mi respiración cuando me incorporo y me convenzo de que no estoy en las trincheras, sino en la fonda.
—Y todo eso fue por nada... —me digo a mí mismo cuando recuerdo que la guerra no fue más que una patraña—. ¡Joder! —Tiro todo lo que tengo en mi mesilla de un manotazo. La bombilla de la lámpara se destroza en diminutos trozos contra el suelo.
A la mañana siguiente solo tengo dos cosas claras: que he dormido como el culo y que ya son demasiados días sin ver a Leah.
Tras nuestra visita al tatuador, no quiso volver conmigo a The Bane, no quiso volver a poner un pie en Wicksole; supongo que habrá estado en su casa pensando en la cantidad de sangre y dolor derramado a un lado y otro del océano en una misión sin sentido que la ha llevado a perderlo todo.
Si hubiera podido, habría cogido el barco que ha salido esta misma mañana del puerto rumbo a su continente.
Pero lo que me mata no es eso, sino lo que la simple idea de perderla me hace sentir, lo vulnerable que soy cuando me la imagino alejándose del continente humano... De mí.
Al menos Wicksole ha recuperado su electricidad, y con ella, su rutina. Las calles vuelven a tener luz, a necesitar de mis servicios. La clientela comienza a llenar las salas de reuniones de la fonda.
—¡Leville! —Escucho un grito al otro lado de la puerta de mi despacho antes de que el mandatario Gifford aparezca con otros dos hombres detrás que, nada más verme, me apuntan con una pistola.
También tenía que volver esta rutina, me digo a mí mismo.
—Pase, mandatario, por favor, como si estuviera en su casa —le saludo con el mismo tono de siempre, como si hace una semana no hubiéramos estado en un tiroteo en un laboratorio clandestino en el que él masacró a inocentes.
Cuernos o no cuernos, colmillos o no, esos melhanäis eran inocentes. Yni siquiera obtiene nada a cambio por hacerlo. Lo hace para que el Dirigente le hinche el pecho con palabrería y promesas de poder sin sentido.
—¡No quiero sentarme, quiero...! —comienza, pero entonces mis hombres entran también en mi despacho y superan por más del doble a los suyos.
Winnifred se acerca a los agentes y los desarma.
—Insisto. —Señalo la silla enfrente de mí para que el mandatario tome asiento.
Elías guarda las armas de nuestros invitados después de fijarse en el olor a alcohol y mirar hacia el vaso vacío de mi escritorio. Me mira nervioso, sabe que en unas horas tenemos una reunión importante con la rebelión melhanäi, no debería de haber estado bebiendo.
Gifford se sienta con el bigote torcido. También con unas bolsas en los ojos con las que podría hacer té. Incluso juraría que con algo menos de pelo.
—¿Todo bien, Gifford? —le pregunto, acentuando mi preocupación por su bienestar.
¿Qué será de mi diversión si este hombre muere?
—He venido yo a hacer las preguntas, Leville —aclara. Abro los brazos sin decir nada—. ¿Cómo llegasteis el otro día al invernadero?
—¿Adónde? —Me hago el loco.
Gifford inspira y aprieta su puño, mordiéndose los labios.
—El Dirigente te quiere muerto.
—No he cometido ningún crimen.
—Has cometido muchos, entre ellos el peor de todos: entrometerte en los planes del hombre más poderoso del continente.
—Siento decirle que ese título no vale nada, porque miles de humanos y melhanäis murieron por engaños y conveniencias de unos pocos. —Me reclino en mi silla—. Ahora no hay nada más poderoso que nuestra sed de venganza.
—¿Es eso lo que vas a decirle antes de plantarte delante de él con tus pistolitas? —Se ríe—. ¿Te crees que una amenaza o un perdón serán suficientes?
Se me escapa una sonrisa irónica.
—¿Qué pedimos? —le pregunto a los míos.
—Pedimos sangre, no perdón —responden todos a la vez.
Me quedo impertérrito mirando al mandatario; solo levanto levemente una ceja.
Se le borra la sonrisa de un plumazo y endereza la espalda en un intento por recomponer su autoridad.
—No te equivoques, Leville, seré yo quien te mate, quien le presente tu cabeza al Dirigente. —Le da un golpe a mi mesa con el puño.
—Hoy no va a poder ser. —Miro descaradamente a sus dos agentes indefensos, plantados en mitad de la sala con ganas de salir corriendo de aquí—. Tendrá que seguir chupándosela al Dirigente para que le suelte la correa mientras intenta pillarme.
—¡Esta vez no te saldrás con la tuya! —Se pone en pie tan abruptamente que vuelca su silla y hace temblar mi mesa.
El clic del seguro de la pistola de Elías mientras aprieta el cañón contra la nuca del mandatario reverbera en los oídos de todos.
—Creo que los ciudadanos de Wicksole lo reclaman, mandatario —le dice—. Aquí ya no se le necesita. Gracias por sus servicios y su disposición a ayudar a la población.
Elías siempre ha sido el arraigado, el que buscaba encontrar en todo algo que le resonara del pasado para sentirse en casa allá donde estuviéramos, allá donde la guerra nos llevara.
Eso es lo que le hacía buscar margaritas hasta entre el barro de las trincheras cada vez que llegábamos a una nueva o cerrar los ojos e imaginarse que la asquerosa comida de lata era puré de patatas recién hecho de su madre.
Quería sentirse como en casa, como si estuviera en el jardín de su padre o en la cocina de su madre, aguantándome como a un hermano cuando sus padres decidieron criarme tras la muerte de los míos.
También es eso lo que le lleva a buscar familia allá donde va.
Elías fue el primero en llamarnos así a todos los Bane, «familia», como si la palabra no llevara implícita la necesidad de compartir sangre.
Yo lo entendí ya bien entrada la guerra; para entonces, él ya había creado con todos nosotros lazos indestructibles, imposibles de eliminar, ni siquiera por la muerte.
Así que es eso lo que le lleva a actuar de esta manera, a estar a punto de cargarse a la autoridad de nuestra ciudad y manchar mi alfombra con sus sesos como vuelva a suponer una amenaza para mí.
Gifford sabe que en la sala hay cinco personas más como él, dispuestas a cualquier cosa por mí. Él está solo, sus refuerzos no significan nada.
—Gracias. —Me inclino hacia delante todo lo que puedo en la silla para secundar las palabras de mi amigo, sin borrar la sonrisa burlona de mi cara mientras miro al mandatario.
—Acuérdate de mis palabras, Leville. —Me señala—. Estás muerto.
Se da la vuelta y se va como ha venido, dando golpes allá por donde pasa, provocando alguna que otra exaltación entre la clientela.
—Te veo bien —le digo a Gina cuando veo que sujeta su enorme escopeta sin problema de nuevo. Se ha recuperado de la herida de bala en el brazo.
—Me siento bien —dice, acercándose el arma al pecho, casi abrazándola, como si la hubiera echado de menos tanto como a la movilidad de su brazo.
Mi despacho se despeja, a falta de Elías, que guarda su pistola antes de juzgarme con una mirada.
—Tranquilo, ni siquiera la he terminado. —Señalo a la copa.
Levanta del suelo la silla que ha tirado el mandatario y se sienta con las manos sobre el estómago y las piernas bien abiertas, intentándole quitar hierro al asunto.
—Es todo demasiado complicado, amigo —le digo.
—¿Hablas del entramado político o de tus sentimientos hacia una de las criaturas que hace unos años masacrabas sin pensar? —Ladea la cabeza.
Me quedo mirándolo sin saber si llamarle la atención por su impertinencia o darle las gracias por ponerle palabras a lo que yo no soy capaz.
—¿Ambas? —Apoyo un codo en el reposabrazos y me sujeto la barbilla con el puño.
—Ya... —Asiente lento con la cabeza, como si le pesaran demasiado las ideas—. Mira, Theo —se echa hacia delante y apoya los antebrazos en mi mesa—, yo jamás confiaré en esos bichos —confiesa—, pero sí confío en ti. Ysi tú crees que tenemos que ir a esa reunión, te acompañaré hasta el final.
—Después de lo que vimos en la central eléctrica, ¿tú crees que es lo correcto? —le pregunto con la boca pequeña.
—Yo creo... —Le cuesta unos segundos organizar lo que cree—: Creo que si fuera mi pueblo el degollado a los pies de unos árboles para proporcionar energía a otros estaría más que dispuesto a matar a cada uno de los implicados.
—Eso no es lo que te he preguntado —le aclaro, poco satisfecho con su respuesta—. ¿Yahora? ¿Estarías igualmente dispuesto a hacerlo ahora?
—Pero no por ellos. —Señala a la ventana, como si su dedo apuntara justo al continente melhanäi—.
Por nosotros, por los engaños y el sufrimiento gratuito al que nos han expuesto durante años.
Por enviarnos a una guerra sin sentido en la que morimos.
—Ambos lo entendemos, sabemos que nosotros dos no morimos físicamente, pero sí sabemos lo que matamos de nosotros mismos en el proceso—.
Ypor la mierda de comida que nos obligaron a comer todo ese tiempo, ¿de qué coño iban?
¿Te acuerdas de lo mala que estaba esa carne encurtida?
Su espontaneidad me hace estallar en risas.
—Lo haremos, entonces —le digo—. Esas latas de conservas no pueden pasar a la historia sin antes haber pagado el precio que nos deben.