Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 37 #2
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CAPÍTULO 37 #2

—Venimos a tatuarnos la espiral despuntada —le susurro—. Órdenes de la central eléctrica de Wicksole.

El melhanäi abre en exceso los ojos y corre a bloquear la puerta.

—¿Quiénes sois? Nadie me ha avisado. —El melhanäi parece estar perdiendo los nervios.

—¿No crees que sería mejor hablar esto en la parte de atrás? —Señalo con la cabeza a los ventanales de los escaparates.

—Sí, sí. Seguidme. —Cruza una cortina de abalorios que separa la tienda principal de una sala de tatuajes.

—Comenzará mi compañero. —Le doy una palmadita en la espalda a Theo, y noto cómo se tensa para el segundo golpecito.

—Es curioso que envíen a una melhanäi, todos los relacionados con la central del puerto suelen ser humanos —dice incrédulo mientras Theo se sienta en el sillón que hay en el centro de la sala.

—Casi todos, ¿no? Luego estamos melhanäis como tú y como yo. —Le guiño un ojo, y él de inmediato sucumbe a nuestras similitudes.

—Jamás pensé que fuera a encontrar a otros compatriotas dispuestos a hacer lo necesario para sobrevivir.

—Sonríe mucho más que antes mientras se acerca a Theo después de mostrarme el tatuaje de la espiral despuntada que tiene en el interior de su brazo, entre otros dos tatuajes bastante feos—.

Cuando el Dirigente en persona me pidió que formara parte de esto.

.. ¡Es mucho dinero! Es una buena vida; mucho mejor de la que hubiera tenido en el continente melhanäi.

Inspiro lento y profundo para calmar mis ansias por partirle el cuello.

—¡Sin duda!

—¿Dónde lo quieres? —le pregunta el melhanäi a Theo, que me mira con la mandíbula tensa y los ojos ardiendo en deseos de estrangularme—. Debería ser una zona más bien escondida, que no se vea con demasiada facilidad.

—Pues qué mejor sitio que el culo, ¿no? —propongo.

El melhanäi mira el aguijón de su cola: es lo que tiene que clavar para tatuar en la piel la tinta que él mismo genera.

—Está bien... Si es ahí donde lo quieres... —Le pide que le dé la espalda.

—Igualmente somos una especie inútil, ¿cómo es posible que en el continente aún no se hayan dado cuenta de la cantidad de lumiriate y melhanäis que están desapareciendo? Aeste paso todos los suministros estarán aquí y allí no quedará nada.

Mi mente divaga en mis últimos días en mi continente, en cómo las hojas de los árboles empezaban a caer sin motivo aparente y los ríos comenzaban a secarse.

—El rey es el único melhanäi inteligente, además de nosotros dos. —Ahora es él el que me guiña un ojo. Oquien lo intenta, al menos. Casi se le desconfigura la cara entera al hacerlo.

—¿El rey?

—Sí, el rey, ya sabes, con sus tratados con el Dirigente. —El melhanäi se acerca al culo de Theo—. Venga, bájate el pantalón, ¡no tengo toda la noche!

El melhanäi agarra el pantalón de Theo, pero este no aguanta más, se da la vuelta y le agarra del cuello con firmeza, al tiempo que sujeta el final de su cola para evitar el aguijón.

—Ni se te ocurra volver a ponerme las manos encima —le dice con la mandíbula tensa.

—Pero vosotros...

—Si lo ahogas, será imposible interrogarlo —le digo.

Meto la mano en el bolsillo del abrigo de Theo y saco la jeringuilla que contiene el veneno morado de un ponzoñoso particular de La Brada cuya baba mezclada con su orina hace cantar la verdad como un pajarito. Asqueroso... pero eficaz.

El melhanäi se queja del pinchazo e intenta zafarse, pero Theo aprieta tanto que tiene que sacar la lengua de la boca para poder coger aire a trompicones cuando Theo por fin le suelta la garganta.

—Habla —le exige, sin soltar el aguijón.

—No entiendo... qué... qué queréis... —Tose como si fuera a echar los pulmones por la boca.

—La central, los cargamentos llenos de melhanäis inocentes que después matan para regar el lumiriate, el barco, la explotación de nuestra energía... ¿Qué tiene todo eso que ver con los tratados que firmaron el Dirigente y nuestro rey después de la guerra? —le pregunto sin rodeos.

—¿Que qué...? ¿Que qué tienen que ver? —Se altera lo justo antes de notar cómo Theo aprieta alrededor del aguijón—. ¡Todo! —Pronto se da cuenta de lo que le hemos inyectado y de lo poco que puede hacer al respecto.

—¿El rey está detrás de los envíos del barco?

—Y del comercio del lumiriate. De todo —repite, con un tono impaciente—.

¿De verdad pensabas que los humanos estaban robando todo ese lumiriate y secuestrando a todos esos melhanäis sin que el rey lo supiera?

—Comienza a reír, mirándome de arriba abajo como si fuera una niña tonta—.

Déjame adivinar: de la rebelión, ¿verdad?

Uno de los muchos desesperados por convencer a nuestro rey de que la guerra no ha terminado y de que tenemos que recuperar lo que es nuestro.

—Hace sus carcajadas más ruidosas, llegando a echar la cabeza hacia atrás—.

¡Pues adivina qué! Ni el lumiriate es solo nuestro ni hay que convencer al rey de nada, ¡él ya lo sabe!

—Mientes. —Se lo arrebato a Theo para cogerlo de la pechera y enseñarle los colmillos.

Entonces me viene a la mente la críptica conversación que Gifford y el Dirigente tuvieron en la sala privada de la gala:

«¿ Él estará de acuerdo con eso?».

«Sus donaciones a la causa son altas, pero siguen siendo imperceptibles para la población, por lo que no hay peligro de que nada salga a la luz».

«Él» es el rey melhanäi y «sus donaciones a la causa», los melhanäis secuestrados, torturados y asesinados para alimentar el lumiriate.

Toda la sangre que he bebido en los últimos días se me revuelve en el estómago y aprieto mi puño alrededor de la ropa del tatuador hasta casi agujerearla con mis uñas.

—Los nuevos tratados no mienten, el Dirigente es dueño del lumiriate tanto como lo es nuestro rey, y este, a cambio de los recursos que deja que se lleven, gana más oro del que podría necesitar en su vida.

—Todo el que nos quitaron durante la guerra —puntualiza Leah.

—Sí, solo que ahora todo es para él. —Vuelve a reír—. Se enriquece más que ninguno de sus antecesores y se queda con el lumiriate en su palacio. Un tío listo. —Se lleva dos dedos a la sien.

El rey siempre había tenido fama de incrédulo, de ser demasiado inocente para la corona, de no ser más que un joven melhanäi asustado por el peso de la responsabilidad. Yresulta que, todo este tiempo, ha sido capaz de disfrazar de inocencia su picardía.

—¿Para qué enviar la rebelión al continente humano, entonces? —Aprieto la tela de su ropa entre mis dedos.

—Para quitaros de en medio, para teneros reprimidos por quienes os tratan como seres inferiores mientras lleváis a cabo misiones que él sabe que os matarán. —Se encoge de hombros.

—Y luego hay ratas como tú. —Mi labio superior ya tiembla de la rabia.

Me habría lanzado a su cuello para drenarlo de no ser por lo mucho que me repugna.

—Las ratas sobrevivimos. Vosotros, en cambio —espira con un gesto tierno en el rostro, como si le diéramos pena—, si habéis llegado hasta aquí, ya estáis muertos.

Theo me mira, preguntándome qué quiero hacer con el parásito que tengo entre las manos.

—Podéis matarme si queréis, pero eso no cambiará las cosas. —Se burla de nuestro destino.

—Puede que no, pero sí cambiará mi ánimo. —Theo le rompe la cola, haciéndole estallar en gritos durante las décimas de segundo que tarda en llegar a su cuello para partirlo.

Yo sigo en pie, sujetando el peso de mi dolor y el de mi cuerpo, consciente de que mi mente se ha metido en una espiral más enrevesada que la del símbolo de aquellos que juro que mataré.