CAPÍTULO 37
Leah
Pasados unos pocos días, procuramos salir de noche, cuando el sol ya no nos puede delatar.
La vigilancia alrededor de The Bane se ha triplicado desde nuestra huida de la central, pero saben que la fonda de Theodore Leville es un fuerte que no pueden conquistar, por lo que los agentes acampan fuera, esperando cualquier momento de debilidad para ponerle unas esposas.
Pero nunca son suficientes, nunca cuentan con el caos que sigue generándose en la ciudad por las noches después de tres días seguidos sin energía en Wicksole.
—Vía libre —dice Theo después de soltar la cortina—. Avisaré a Elías. —Apaga el cigarrillo que ha estado fumándose mientras esperábamos a que la calle se despejara.
—Preferiría que vinieras solo tú. —Le detengo—. Si el melhanäi ve demasiados humanos no se creerá mi coartada y jamás nos contará nada.
—¿Me estás pidiendo que vaya solo a lo más profundo de Elmbound cuando los melhanäis estáis en pleno apogeo? —Levanta una ceja.
Razón no le falta. Desde que el lumiriate se reguló, los melhanäis estamos recibiendo el exceso de energía que la maquinaria humana no se está llevando.
Me siento como en casa, con el pecho lleno; es una sensación que hacía años que no tenía, que ni siquiera recordaba.
Mi cuerpo entero rezuma poder, recordando tiempos mejores.
Esos en los que nuestra tierra no estaba en peligro y de lo único que nos teníamos que preocupar era de sobrevivir a la rutina, preparar la siguiente festividad melhanäi o acudir a algún evento real.
Recuerdo el último vestido de gala que se puso mi madre antes de enfundarse el uniforme militar para morir en él, recuerdo la sonrisa de mi padre al verla y besarle la mano antes de llevársela a bailar durante horas.
—Te estoy pidiendo que confíes en mí. —Me pongo la gabardina larga y no me doy cuenta de lo que le estoy pidiendo hasta que me comienzo a sacar el pelo de entre las capas de abrigo.
Cuando lo miro, puedo ver cómo le cuesta incluso procesar la información que le acabo de dar. Su cabeza ni siquiera lo contempla como una posibilidad.
—Te estoy pidiendo algo imposible, ¿verdad? —le pregunto, algo decepcionada por no ser su excepción en todos los aspectos posibles.
Está dispuesto a traicionar sus principios y darles la espalda a los ideales que tan arraigados tenía por mí, pero la confianza es un fuerte que aún no se ha derribado...
—Me fío de mi instinto y este me dice que puedo ir contigo a Elmbound —responde tras una pausa que sé que se nos hace eterna a los dos.
—Eso no es lo mismo que fiarse de mí.
—Es suficiente. —Ya está de camino a la salida.
Ignora lo mucho que me importa esto. Yno porque sea un tío incapaz de sentir —que también—, sino porque para él la confianza no es importante.
Le ha ido bien hasta ahora enfrentándose a todo solo.
Sí, con sus amigos y su banda detrás, pero solo en primera línea.
—Esa desconfianza tuya significará tu muerte algún día —le digo.
—Te lo haré saber si es así.
Paso a su lado y aprovecho que ha abierto la puerta para pasar primero, dejándole atrás, con ganas de rebatirme algo que sabe que ya no escucharé.
Lo que sí que escucho es su espiración, lenta y calculada, conteniendo sus manos para no agarrarme de un brazo y meterme de vuelta en la sala para darme algún que otro azote que me enseñe a no hablarle así.
Pero precisamente es eso lo que me llevará a hacerlo una y otra vez, lo que hace que se me escape una sonrisa.
El paseo a Elmbound ha sido intenso, mirando siempre al suelo para no cruzarnos con miradas indeseadas, tanto de policías como de algún que otro desquiciado que Theo ha tenido que acabar quitando de en medio para que no supusiera un estorbo.
Incluso hemos pasado rápido de largo por delante de The Silver Siren, que sigue abandonada, con las ventanas reventadas, los suelos aún llenos de sangre y las chicas viviendo en la última planta de The Bane hasta que se pueda reformar su lugar de trabajo.
Theo lo ha dado por perdido hasta que se restablezca la energía y el orden vuelva a las calles. Se ha quedado mirando al edificio como si una parte de él hubiera sido tan abandonada como el local en el que ha invertido tanto dinero durante años.
Camina diferente desde que lo hemos pasado, como con un peso más sobre los hombros. Oquizás con un peso menos... No llego a diferenciarlo.
—¿Cuánto queda? —La impaciencia se hace con él cuando la calle principal de Elmbound parece no acabar nunca.
Mira a un lado y a otro como si en cualquier momento alguien le fuera a apuntar con una pistola, aunque tengo que darle crédito, al fin y al cabo, estamos en territorio de los Steelson.
Algunos melhanäis, borrachos con la plenitud que hacía años que no sentíamos, están descontrolados, y hay más de un humano en alguna esquina que se mueve demasiado poco como para apostar a que sigue vivo.
El caos de las calles se va disipando mientras los agentes atrapan y ponen bajo custodia a los más peligrosos, pero Elmbound es un auténtico embrollo de colmillos, garras y dientes dispuestos a hacerse con el control absoluto de la ciudad.
Nosotros avanzamos sin hacer caso de los gritos o los aullidos, al menos hasta que un licántropo se nos pone delante.
—No queremos problemas —le digo, poniéndome delante de Theo y enseñándole mis colmillos al hombre que tiene la boca y el pecho llenos de sangre.
Theo se queda tan tieso como yo, sin duda recordando la fuerza sobrehumana que los licántropos tienen en el continente melhanäi incluso cuando no están transformados.
—¿Por qué lo proteges? —me pregunta el melhanäi con la lengua aún cubierta de sangre fresca—. No es más que un humano.
—El efecto del lumiriate se acabará, y volverán a ser los humanos quienes te pongan un bozal... ¿De verdad quieres matar a uno de los pocos que está dispuesto a hacer algo por nuestra causa?
—¿Lo estoy? —me susurra Theo.
Le doy un codazo en las costillas.
—No creo en la bondad, mucho menos en la humana. —El licántropo da un paso hacia delante.
—No quiero hacerte daño —insisto.
—Es adorable que pienses que puedes llegar a hacérmelo.
—No te acerques más —le pido por última vez cuando da otro paso.
—¿Es que te doy miedo?
—No, es que no quiero coger pulgas.
Le cojo el brazo y se lo retuerzo mientras salto sobre su espalda. Lo tiene tan torcido que solo necesito un pequeño tirón para rompérselo. Pero reacciona rápido y me estampa contra una farola.
Se ríe al verme resoplar para quitarme el pelo de la cara, pero no dejo que se acerque más a Theo. Llego hasta él en un parpadeo y le rompo una rodilla de una patada en dirección opuesta a la articulación.
El licántropo cae al suelo dolorido, pero no pasan más de diez segundos antes de que sus huesos comiencen a crujir para recolocarse.
—Sois tan fáciles de odiar... —comenta Theo, colocándose a mi lado mientras los dos miramos con el gesto torcido cómo se le colocan los huesos.
—Dirás de envidiar —le corrijo—. Ya quisierais los humanos curaros con la misma facilidad.
—¿Envidiaros?
A estas alturas ambos hemos olvidado que hay un licántropo levantándose del suelo. Nos sumergimos por completo en nuestra discusión.
—Antes preferiría perder la pierna a verme así de patético retorcido en el suelo —me dice.
—Ah, ¿sí? ¡Pues es fácil! ¿Qué hueso quieres que te rompa?
El licántropo se lanza sobre nosotros, pero Theo desenfunda rápido su pistola y, sin mirarlo, le mete una bala Haren entre ceja y ceja, dejando que la plata se distribuya por su cerebro sin darle opción a regenerarse.
—¡Theo! —le regaño cuando el eco del disparo retumba por la calle y el licántropo cae al suelo.
—Ahora no me digas que tú pensabas perdonarle la vida.
—¡No! —Parece satisfecho ante mi falta de duda—. Pero no pensaba atraer a todas las autoridades hacia aquí.
—Ya... —Se guarda la pistola cuando escuchamos silbatos y gritos de los agentes al final de la calle.
—La próxima vez no te preguntaré qué hueso romperte, ¡iré directa a por el cuello!
—lo amenazo mientras lo cojo por la muñeca y nos escabullimos por las callejuelas que llevan a las entrañas de Elmbound—.
Por aquí. ¡Vamos! —Le hago señas a Theo desde el otro lado cuando veo que no está por la labor de seguirme—.
Oh, venga, sabes que no necesito meterte en un callejón oscuro para matarte.
Se ríe, elevando las cejas y negando con la cabeza, sin dejar de mirar las paredes del callejón.
—En verdad estoy estudiando la viabilidad de poner una de estas en la puerta de mi habitación —dice, tan sereno como si lo dijera en serio. Solo lo aclara cuando ve mi cara desconcertada—: Ver esos muslos y pechos apretados debería ser una medicación diaria contra el estrés.
Agacho la cabeza por un supuesto agotamiento, pero en realidad lo hago para que no vea cómo me sonrojo.
—Eres insufrible. —Me adelanto mientras él cruza el callejón.
Llego a una minúscula placita en la que convergen diferentes callejuelas. Hay un cartel colgante de madera que marca la entrada a un garito de tatuajes aparentemente normal, pero que en verdad es la guarida del único melhanäi de todo Salrath que ha podido hacer los tatuajes de tinta melhanäi.
Escucho el clic del seguro de la pistola de Theo. La tiene escondida en el bolsillo de la gabardina.
—No será necesario —le digo.
—Eso espero. —Se quita el sombrero para entrar detrás de mí.
—¿Llevas lo otro ?
Le da un golpecito al otro bolsillo. Yo asiento.
—¿Hola? —saludo cuando la campanita de la tienda avisa de nuestra llegada y veo el local repleto de velas.
—Buenas noches. —Un melhanäi ponzoñoso de mediana edad muy elegantemente vestido pese a sus tatuajes sale a recibirnos.
—¿En qué puedo ayudarles? —nos pregunta.
A mí deja de mirarme enseguida, me reconoce como una de los suyos, pero a Theo no le quita el ojo de encima.
Carraspeo y miro a todas partes para cerciorarme de que no hay nadie más.