Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Theodore

Un sonido en plena madrugada me saca rápidamente del sueño en el que había conseguido sumirme y cojo la pistola de mi mesilla. Apunto a las ventanas, que están abiertas de par en par y dibujan una silueta salvaje, recortada contra la luz de la luna.

—¿Es que nunca vas a dejar de apuntarme? —Leah da un paso adelante para desvelar su identidad.

Su pelo está más alborotado de lo normal y su mirada tiene un toque furtivo del que aún no se ha podido desprender.

Miro a mi lado, donde la acurruqué hace unas horas.

Parece mucho más recuperada que entonces.

—Te la juegas demasiado —digo, sin llegar a bajar la pistola cuando veo que tiene un pequeño hilo de sangre cayéndole por la comisura del labio.

Me acomodo en mi cama, apoyando mi espalda en el cabecero y la mano que sujeta la pistola sobre una rodilla.

—No quería despertarte. —Parece divertirle que no baje la pistola, y apoya sus rodillas en la cama, situándose justo delante de la pistola.

—¿Por eso vas a alimentarte a estas horas?

Hablamos entre las sombras de mi cuarto como si ambos estuviéramos más que acostumbrados a ellas, a tratar sin una sola luz de por medio.

—Lo dices como si la calidad de la sangre dependiera de la hora a la que la tomo.

—No son solo las horas. La Brada era una locura anoche... ¿A quién puedes encontrar allí que no esté colocado, borracho o lleno de vete tú a saber qué?

—No te sabría decir. Yo no bebo cualquier mierda. Me he ido a los bosques cerca del río. Hay pocos conejos, pero los necesarios para saciar la sed.

Se baja de la cama, perezosa, pronunciando cada movimiento de cadera y brazos, y va al baño para lavarse la cara y la boca.

—Conque conejos, ¿eh?

Leah se seca los labios y hurga entre los bolsillos de su pantalón para ponerse el brillo de labios que siempre lleva, el que me hace oler a fresas incluso desde aquí.

—No es lo ideal, pero por esta noche servirá —me dice desde la puerta del baño.

—¿Y en qué se diferencia la sangre animal de la humana o la melhanäi? —Me dejo llevar más por sus movimientos hacia mí que por mi curiosidad.

Llega de nuevo al colchón y gatea hasta llegar a mis piernas, baja la que yo tenía flexionada para poder sentarse a horcajadas sobre mí, pero recoloca la mano con la que sujeto la pistola y apoya el cañón en su pecho.

—Por si acaso —me susurra juguetona.

—Bien. No sé si sigues con hambre.

No bajo la pistola. La dejo contra su pecho; justo donde ella la ha puesto.

—La sangre animal nos sacia el hambre, pero no nuestros instintos —me explica mientras comienza a mover la cadera encima de mi entrepierna.

—¿Qué instintos? —Parpadeo más lento de lo que querría para que no se dé cuenta de lo muchísimo que sus roces me están distrayendo.

—Los de la excitación y la adrenalina de la caza. —Comienza a mover sus dedos por mi torso, clavándome sus uñas poco a poco cuando ve que tengo que contener la respiración por su tacto.

La yema de sus dedos dibuja un sendero lento y deliberado, trazando líneas invisibles sobre mi pecho, y, a pesar de lo fría que es su piel, cada centímetro que recorre es fuego.

Mis músculos se tensan bajo su caricia, pero no por el miedo o la duda; es esa sensación de caída, de perderme por completo en la intensidad de Leah, de lo que significa que vuelva a caer rendido a ella.

Me mira con una calma que contrasta con el caos que desata en mi interior. No sé cuánto tiempo pasa. Tal vez son segundos, tal vez siglos. Solo sé que estoy atrapado en la suavidad de su toque, en la curva de su sonrisa apenas esbozada.

Todo en ella es tan devastadoramente hermoso, tan profundamente perfecto, que me encuentro en una lucha constante por mantener la cordura y los ideales que ella se empeña en destrozar.

Y nadie jamás me ha destrozado nada.

Por eso es especial.

—Estás cachonda. ¿Es eso lo que me quieres decir?

—¡Y no puedo hacer nada al respecto! —se queja con un tono teatral—.

¿Crees que tú puedes hacer algo? —Se inclina sobre mí y aprieta su pecho contra la pistola cuando consigue acercar su rostro al mío.

Lame mis labios delicadamente con la punta de la lengua y mi antojo de fresas se hace tan evidente que por poco la muerdo.

Ella ríe, consciente del efecto que ha tenido en mí y se va a alejar, pero no lo permito. Tiro la pistola al suelo y agarro su cuello para atraerla de nuevo a mí. Sus labios encuentran los míos en un choque inevitable, y de inmediato el mundo se desvanece, reducido al sabor de las fresas.

El beso es urgente, desesperado, como si ambos estuviéramos intentando llenar un vacío que nunca habíamos sabido que existía. Siento su cuerpo apretarse contra el mío, sus manos aferrarse a mis hombros como si temiera que fuera a desvanecerme en cualquier momento.

Mis dedos, ágiles y ansiosos, se hunden en su espalda, recorriendo cada curva, aferrándome a ella como si fuera la única cosa que puede anclarme en el caos de mi vida.

Me pierdo en la suavidad de su piel y, aunque sé que esto está mal, que hay una línea que no deberíamos cruzar, no encuentro la fuerza para detenerme.

Mi mente está dividida entre el placer abrumador y el eco lejano de la razón, pero en este momento no hay espacio para dudas. Me hundo más en ella, mis manos se cierran con más fuerza alrededor de su cintura, atrayéndola más cerca, sintiendo cómo su respiración se entrelaza con la mía.

Lanzo mi boca a jugar con su cuello y su oreja; no dejo un solo centímetro de piel sin humedecer mientras me recreo en sus primeros gemidos. Intensifica sus movimientos y comienzo a desnudarla. Le quito la blusa y sus pechos quedan al descubierto ante mí.

Se queja al tener que elevar los brazos para sacarla por completo.

—¿Estás bien? —le pregunto.

Paro y busco con los dedos algún rastro del tiro que se llevó en la espalda, pero no lo encuentro. Su piel ha sanado por completo, ya ni siquiera hay hinchazón.

—Sí, tranquilo, apenas es un dolorcillo interno... Pero ¿qué es esto? ¿Theodore Leville siendo emocionalmente responsable?

—Siempre lo he sido. Eres tú quien se empeña en hacerme parecer lo contrario.

Llevo una de mis manos y mi boca a sus pechos y comienzo a dedicarles la atención que se merecen y que a Leah tanto parece gustarle. La piel se le eriza por completo y no puede evitar arquear la espalda ligeramente cuando mordisqueo uno de sus pezones.

—¿Conque yo te hago ser irresponsable? —me pregunta como puede entre jadeos cortos—. El hecho de que seas un criminal no tiene nada que ver, ¿no?

—Absolutamente nada. —No despego mis ojos de su torso.

—Pues yo diría que sí. —De un tirón rápido que apenas he sentido, me ha bajado los pantalones y me ha dejado desnudo—. Eres tú quien me ha arrebatado la sencillez de una vida en la que era más fácil odiaros a todos. Eres tú quien ha asesinado y enterrado todo en lo que yo creía. Eres culpable.

La miro, consciente de que somos lados opuestos del mismo espejo, torciendo nuestro propio ser para justificar la compañía del otro.

—Entonces supongo que no somos tan diferentes. Deberíamos entregarnos a las autoridades —le digo.

—Mañana sin falta. —Asiente mientras se quita el pantalón.

Solo el colgante de odites reluce ahora sobre su piel. Estiro la mano para cogerlo y admirar bien su belleza. Se sienta sobre mí y, sin previo aviso, me mete de lleno en ella.

Llevo la cabeza hacia atrás mientras aprieto uno de sus muslos con una mano y el colgante de odites con la otra.

Las venas se deben de notar mucho en mi cuello, Leah no puede evitar inyectar sus ojos en rojo y dejar asomar sus colmillos mientras lo mira e incrementa la subida y bajada de sus caderas, haciendo que las embestidas sean deliciosamente profundas.

—Pensé que ya no tenías hambre.

—No me salen los colmillos por hambre. —No puedo apartar mis ojos de cómo se mueve encima de mí, dejando que su pelo se coloque rebelde por encima de su rostro, escondiendo lo que parece que le da reparo decirme.

Aunque no hace falta que lo haga, puedo intuir a lo que se refiere y, por desgracia, mi cabeza no piensa con la claridad de hace unos minutos, así que le digo lo que todo mi cuerpo lleva pidiéndome desde que la tuve desnuda en mi ducha, puede que incluso antes:

—Muérdeme.

—Theo... —Se frena—. Me dijiste que jamás dejarías que...

—Si vamos a empezar a contar todo lo que en su momento dije que no haría y al final he acabado haciendo, podríamos pasarnos toda la noche. —Comienzo a tirar de su colgante para acercarla más a mi rostro—. Ahora solo quiero que sigas moviéndote encima de mí mientras me muerdes.

Sus ojos brillan intensos en el mismo rojo de la gema de odites, recuperando el toque furtivo con el que llegaron a mi habitación.

—La mordida es diferente —me explica—. Cuando nos alimentamos es una cosa, cuando lo hacemos por placer... perdemos tanto el sentido de la realidad y el presente como vosotros. Es un momento vulnerable que jamás he compartido de esa manera con nadie. Es algo muy íntimo.

—Conmigo solo quiero que te sientas fuerte —le susurro—. Jamás permitiría que te sintieras vulnerable.

Me mira con los ojos entrecerrados, determinando si mis palabras son sinceras.

—¿Puedo fiarme de ti, Theodore Leville? —me pregunta.

—Jamás —le respondo con una sonrisa ladeada—. Pero mientras seas tú quien tenga mi vida en tus manos, sí. —Sigo tirando del colgante de odites mientras vuelvo a echar la cabeza hacia atrás y llevo sus labios hasta mi cuello.

Leah inspira profundamente el olor de mi cuello para después recorrer con sus besos arriba y abajo mi yugular, haciendo que me endurezca dentro de ella.

Un latido ensordecedor golpea en mis oídos cuando sus colmillos rozan mi piel, y entonces, el mundo entero se rompe en un estallido de sensaciones.

El mordisco es profundo, pero el dolor apenas dura unos segundos.

Un calor abrasador se extiende desde el punto donde sus colmillos me penetran, irradiando por todo mi cuerpo con una intensidad que me deja sin aliento.

Siento cómo me aferro a ella con más fuerza, mis dedos clavándose en su carne mientras todo a mi alrededor se desvanece.

No hay arriba ni abajo, solo el vértigo de estar suspendido en una marea de éxtasis que me consume mientras reanuda sus movimientos de cadera sobre mí, dejando que yo entre también en ella de una manera muy diferente.

Mi sangre fluye hacia ella, pero a cambio, ambos recibimos algo más profundo, más primitivo. La realidad se disuelve, se difumina en una nebulosa cálida y embriagadora donde el placer y el dolor se confunden y nos volvemos uno, sin saber dónde termino yo y dónde empieza ella.

El efecto es inmediato, un trance compartido.

Siento su cuerpo tensarse contra el mío, y ambos nos hundimos más y más en este abismo en el que cada sensación es amplificada, cada roce, cada respiración nos arrastra más lejos de la cordura.

La mordida, succionando lo que soy, lo que siento, no es solo una toma de sangre, es una declaración de lo absolutamente locos que estamos los dos.