Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Leah

El colchón sobre el que he conseguido conciliar más horas seguidas de sueño que en los últimos años se sacude violentamente bajo mi peso, lo cual me hace despertarme y ponerme alerta a pesar del dolor que aún palpita en mi espalda.

Miro alrededor, desconcertada, buscando el origen del movimiento, hasta que doy con él a escasos centímetros de mí: Theo.

Agita los brazos y mueve la cabeza de un lado a otro sin destensar el cuello en ningún momento. Aprieta tanto la mandíbula que es posible que se le salte algún diente, mientras que las venas y los ligamentos de su garganta se resienten por la violencia de sus movimientos.

—Theo... —le susurro delicada, acercándome a él, consciente de que mi cuerpo no le transmitirá calor suficiente para que se sienta arropado, pero intentándolo de todos modos.

La vibración que antes dominaba mi cabeza por completo y me sumía en un estado catatónico ha menguado. Mi cabeza sigue atolondrada, pero el lumiriate de la central térmica parece haberse regulado, por lo que las ondas que ahora nos llegan a los melhanäis son más tranquilas.

Anoche, al volver a la fonda, encontramos la ciudad sumida en el caos.

Los vehículos accidentados abandonados obstaculizaban las calles, había humanos que huían despavoridos de quienes aprovechaban la oscuridad para saquear y robar.

Ylos melhanäis, doloridos, salían arrastrándose por los callejones que conectan con La Brada en un intento desesperado por pedir ayuda.

Algunos, los que conseguían ponerse en pie, confundían el dolor con el hambre, y los que tenían apetito de sangre o carne cruda se abalanzaban sobre los humanos más desorientados.

Una auténtica masacre.

Theo no responde, sigue debatiéndose con los ojos apretados, al parecer sumido en la peor pesadilla que ningún hombre haya tenido jamás.

—¡Theo! —Alzo la voz y con ambas manos le sujeto la cabeza para que deje de zarandearla—. ¡Theo, despierta!

Solo reacciona ante el último grito. Abre los ojos, sobresaltado, escurriéndose entre las sábanas por las que intenta trepar para alejarse de mí mientras mira a un lado y a otro.

—Estás en The Bane, Theo, estás a salvo —le digo—. Soy yo, soy Leah... Estás bien, no voy a hacerte daño.

Por fin me mira y veo cómo, poco a poco, empieza a entender.

—Leah... —susurra.

Asiento delicadamente para no hacer ningún movimiento que pueda espantarlo ahora que parece que vuelve a ser él.

Suspira con la fuerza que suele tener y rechaza mi tacto para sentarse en el borde de la cama.

—Lo siento, pensé que no ocurriría esta noche —me dice, dirigiendo su mirada hacia la pipa de opio que se tuvo que fumar antes de dormir.

Yo caí inconsciente por mis heridas mucho antes.

Los Steelson vinieron con nosotros hasta la fonda, era demasiado peligroso hacerse camino hasta Elmbound con las autoridades pisándonos los talones y los melhanäis desquiciados.

Se alojaron en las habitaciones libres en The Bane después de ayudar a atender a Gina, a quien le costó mucho más no desangrarse cuando le sacaron la bala que había acertado de lleno en alguna vena principal.

Cayó agotada nada más terminaron de vendarla, y yo poco después.

—Los mayores miedos no son tan fáciles de ahuyentar —comento, consciente de lo que digo—. Aunque conmigo no tienes por qué hacerlo. Me gusta ver tu lado frágil.

—¿Mi lado qué? —Me mira por encima del hombro con la incredulidad pintando su rostro. Seguramente sea la primera vez que alguien le dice algo así.

—Frágil —le repito—. En el fondo no eres más que un niño roto, Theodore Leville.

—No me digas. —Se levanta de la cama y la rodea para llegar hasta mi lado, en cuya mesilla enciende un candelabro—. Creo que la que estaba rota hace unas horas eras tú. Veamos esas heridas.

—No cambies de tema —me quejo, pero no objeto, y comienzo a subirme el camisón.

—No lo hago. —Se acuclilla al borde del colchón para inspeccionar lo que seguramente ya solo sean moretones en mi espalda.

En cuanto sus cálidas manos rozan mi piel, esta se eriza sin remedio.

Las noto como un chorro de agua caliente cuando las pasa de una zona dolorida a otra—.

Están bien, para el amanecer apenas te quedará rastro de las heridas.

La calidez de sus dedos se filtra en mi carne fría, despertando una mezcla extraña de placer y dolor que no puedo evitar disfrutar.

Nunca me había sentido tan expuesta, tan consciente de mi naturaleza y, a la vez, tan viva.

Sus caricias son suaves, casi reverentes, y aunque mi piel no puede reflejar la calidez que me transmite, mi corazón se calienta con una sensación que no había sentido desde mi primer aliento.

—Yo creo que sí evitas el tema... —Ignoro mis sensaciones disparadas—. Cuéntame con qué estabas soñando.

—A lo que a mí me pasa por las noches no se le puede llamar soñar.

—¿Qué es, entonces? —Me doy la vuelta sin importar si ha terminado de inspeccionarme o no. Nos quedamos frente a frente; él sin moverse de su posición y yo con la cabeza apoyada en la almohada, como una niña pequeña dispuesta a escuchar el cuento que su madre tiene que contarle antes de dormir.

Él se queda mirándome, preguntándose si debe contestarme.

—Es dolor, en todas las formas posibles... Un dolor tan profundo que pasa de ser mental a físico en el momento en que mi cuerpo se paraliza para que mi mente me lleve de nuevo a sucesos que me niego a recordar, pero que no puedo dejar de revivir.

—¿La guerra?

—Sí, normalmente... Pero hoy... —Apoya ambos brazos en el colchón y hunde su cara entre ellos.

—¿Hoy...? —Le pongo una mano en el brazo para animarlo a seguir hablando. Necesita ayuda para hacerlo.

—Hoy ha sido diferente. No era un recuerdo como tal.

Había alguien en las trincheras que no debía estar ahí, que nos atacaba a mi tropa y a mí despiadadamente, y a quien yo mataba para que pudiéramos salir de ahí con vida.

—Entrecierro los ojos para pedir una aclaración, así que él me la da—: Mi madre.

Estaba ahí, tirada en el barro... Con mi tiro incrustado en el corazón.

Sin vida... Llena de la sangre de los míos.

—Deberías hablar con ella. No tuvo que ser fácil.

—Tampoco lo es para mí.

—No lo dudo... Pero ella ha estado lejos de ti todo este tiempo, consciente de que era lo mejor para ti a pesar de que le doliera dejarte atrás.

—¿Crees que sintió dolor al dejarme solo? —me lo pregunta genuinamente, como si no llegara a entender el amor incondicional, el afecto sin límites.

—Es tu madre. —No tengo que darle más explicaciones.

—No tengo claro que esa mujer lo sea. Cada vez que tengo esas pesadillas...

—Pero eso jamás pasó, Theo. —Llevo mi mano a su pelo para tranquilizarlo mientras dejo que mis dedos acaricien sus suaves mechones.

—Lo sé, pero sabiendo lo que ahora sé, podría haber pasado.

—No todos los melhanäis participamos en la guerra, al igual que no todos los humanos. Tu madre se quedó al margen.

—Pero para mi cabeza no es suficiente. —Cierra los ojos y se da dos golpecitos en la sien con los dedos—. Ni siquiera creo que sea suficiente para mi corazón.

—¿Es que tienes uno de esos?

—Y encima el mío late.

—¡El mío también late! Ysigue siendo menos negro que el tuyo.

—Eso no te lo rebatiré.

No decimos nada más durante los siguientes minutos, que pasamos sumidos en algo parecido a la calma.

—¿Y qué es suficiente para tu corazón? —me atrevo a preguntarle, aunque con eso rompa el silencio que nos une—. ¿Qué crees que busca?

Theo no responde de inmediato. Se escurre entre las sábanas después de darme la vuelta y encajar mi espalda en su pecho, luego pasa su brazo izquierdo por mi cintura para acurrucarme.

El ritmo pausado de su respiración es un eco que empieza a resonar en mi interior.

Cada latido de su corazón, tan frenético en comparación con mi inmortal quietud, me envuelve en una sensación que va más allá del deseo: es cariño puro, desnudo y absoluto.

Me siento pequeña entre sus brazos, protegida de una ciudad que nunca fue mía, y que él, a pesar de todo, insiste en compartir conmigo.

Cada roce me recuerda lo que soy. Para él no solo soy un monstruo, no solo soy una criatura de las sombras. Soy Leah. Simplemente Leah. Simplemente suya. Yo me siento suya. Yme gusta.

—Adrenalina, pero tranquilidad. Sorpresa, pero seguridad. Imprevisibilidad, pero estabilidad —me responde al fin.

—Tu corazón es muy complicado —le digo tras apoyar mi cabeza en su brazo derecho, que ha estirado por debajo de la almohada.

—Si alguien puede descifrarlo, creo que eres tú.

Me gustaría preguntarle por qué piensa algo así, pero noto su respiración más pesada, como si mi contacto hubiera calmado por completo sus miedos y pudiera por fin descansar. Así que dejo que lo haga, dejo que cierre los ojos y vuelva a dormirse.