Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Theodore

Los agentes comienzan a disparar a los conductos, abollando las zonas en las que las balas impactan, generando chispas cuando chocan con las rejillas que tan peligrosamente nos exponen a ellas.

Otros salen corriendo al interior de la fábrica, robándonos las posibilidades de retroceder por donde hemos venido, pues al comienzo de los conductos escuchamos jaleo.

—Tienen la salida cubierta —se queja Lucrezia, dándole un golpe al suelo del conducto y separándose un poco más de la rejilla cuando otra bala impacta en ella.

—¿Qué hacemos? —pregunta Gina, ya preparando la escopeta que hasta el momento llevaba a la espalda.

Yo debería estar escuchándolos, incluso dando ideas para salir con vida de aquí. Debería decirles que, superándonos ellos en número, la mejor baza es hacernos con el Dirigente y usarlo como moneda de cambio, pero la estrategia se queda en mi cabeza, lo único que sale por mi boca es un nombre.

—Leah. —La ayudo a incorporarse—. ¿Qué ha pasado?

—Sigue pasando —me corrige—. El lumiriate ha sufrido una sobrecarga de energía y la ha intentado repartir para no morir achicharrado. —Cierra y abre los ojos de forma exagerada cada vez que pestañea.

—¿Quieres decir que todos los melhanäis de Wicksole han sufrido lo mismo? —Elías también está ya preparando su arma.

—Seguramente. —Se lleva la mano a la sien—. Aún hay una reverberación molesta.

—¿Puedes andar? —le pregunto, sujetándole el rostro con las dos manos.

De repente escuchamos gritos provenientes de los conductos: ya están dentro.

—Tendré que hacerlo de igual manera, según parece.

Por puro instinto, voy a darle una pistola para su protección, pero se queda mirándola como si no fuera más que un juguete. Me sonríe irónica antes de sacar sus colmillos y pasarse la lengua por ellos.

—No estaré en mi mejor momento, pero sigo mordiendo —me dice con la voz más ronca y agotada de lo normal, pero sin perder un ápice de la fuerza que sabe que tiene que sacar para no ser un lastre.

—Yo digo que sigamos avanzando por los conductos, busquemos algún rincón bien posicionado y montemos una línea defensiva para ir ganando terreno por los túneles hasta que lleguemos a la salida —propone Lucrezia.

Le doy una patada a la rejilla, que le cae en la cabeza al hombre sobre el que me abalanzo después, usándolo como colchón.

—O podemos seguir al suicida de Theo —dice Lucrezia desde arriba, cabreada por mi falta de paciencia.

Los agentes que quedan en el invernadero abren fuego enseguida y me veo obligado a cubrirme tras unas cajas de sustrato apiladas en una esquina. Elías y Gina son los siguientes en seguirme. Después Lucrezia, que se protege en otro punto.

Nuestra munición es limitada, así que procuramos acertar a la primera.

—¡Maldito Leville! ¡Tenías que ser tú! —Inmediatamente después, Gifford acribilla la caja tras la que me cubro.

—Quiere matarte —comenta Lucrezia.

—En verdad tenemos un lazo muy estrecho: yo le doy trabajo dejando muertos por donde pillo y él procura mantener mi buen nombre haciendo un trabajo de mierda —le explico.

El espacio entre los árboles decrépitos se convierte en un desfile de balas y, conforme ellos avanzan por el invernadero, nos obligan a trasladar nuestra línea defensiva para cubrirnos, pero uno a uno, van cayendo, hasta que hemos de parar cuando Gina recibe un tiro en el brazo.

—¡Mierda! —se queja, imposibilitada de coger bien la pistola.

—Elías, atiéndela —le ordeno mientras aseguro nuestra posición.

La puerta del invernadero no está lejos, pero no llegaremos hasta ahí con Gina así. Con un arma menos, estamos condenados.

—¡Tenemos que llegar al Dirigente! —le digo a Lucrezia, gritando entre las astillas de las cajas.

—¿Cómo pretendes conseguirlo?

—Yo me encargo. —Leah nos ha escuchado incluso desde el conducto de ventilación y llega a nosotros en un suspiro.

—No, tú no; no estás... —Intento agarrarla, pero se escurre entre mis dedos.

Jamás sirvió de nada enviar a la batalla a un soldado herido. Menos aún cuando su muerte puede significar mi locura.

—¡Deteneos! —Escuchamos gritar al Dirigente.

Los disparos cesan y nos asomamos para ver a Leah con los ojos inyectados en rojo y los colmillos asomando, sujetando desde atrás el mentón y el hombro del Dirigente con sus largos dedos y sus uñas negras; usándolo como escudo.

No sé si todos lo notarán, pero yo sí: parpadea más de lo necesario y parece costarle mantenerse en pie.

—Vais a dejar que nos vayamos de aquí o este hombre será mi plato principal esta noche. —Cierra los ojos y se deleita con el olor de su cuello. Ahora le habla al Dirigente—: Ya no te gusto tanto, ¿verdad?

El Dirigente aprieta los labios por la impotencia.

—¡No nos puedes amenazar! —le grita el mandatario Gif­ford—. Tenéis todas las de perder.

—Parece mentira, Gifford. —Leah juega con sus uñas en el cuello del Dirigente, que está intentando no moverse demasiado para no acabar con él roto—. Usted ya ha visto de lo que soy capaz. —Sonríe de tal manera que creo que me roba el alma un poquito más.

Tan oscura pero tan brillante...

Abre la boca y se dispone a hincar sus colmillos. El Dirigente grita en cuanto los nota rozar su piel.

—¡Está bien, está bien! —Gifford deja su pistola en el suelo y ordena a los demás agentes que lo imiten—. Dejadlos pasar.

Elías, Gina, Lucrezia y yo salimos de nuestro fuerte y caminamos entre los enemigos sin llegar a bajar las pistolas, apuntando a cada uno con el que nos cruzamos, hasta llegar a Leah.

Decenas de agentes comienzan a congregarse en la puerta de cristal del invernadero y en la puerta que da a la fábrica.

—No tenéis adónde ir. —El mandatario Gifford se ríe mientras se encoge de hombros—. ¿Qué pretendéis hacer ahora?

Lucrezia y yo nos miramos, reconociendo ambos lo jodidos que estamos.

Los dos sabemos ver un jaque mate cuando lo tenemos delante.

Pero nuestra esperanza aparece reventando la cristalera a nuestro lado: un vehículo motorizado gigante, de los que remolcaban los contenedores, atraviesa las paredes del invernadero, proporcionándonos la distracción necesaria para correr hacia él entre los millones de cristalitos que vuelan y las balas que vuelven a dispararnos.

—¡Vamos, vamos, vamos! —Uno de los Steelson nos abre la puerta para que entremos.

—No mereces dar una sola bocanada de aire más —le dice Leah al Dirigente mientras abre en exceso su boca, dispuesta a arrancarle la yugular de un bocado.

Pero entonces un policía se acerca por la espalda de Leah y acierta en su pierna y espalda baja con sus balas.

Leah grita y le cierra los pulmones al Dirigente del golpe que le da contra el tronco del árbol más cercano.

—¡Que no escapen! —ordena Gifford.

—¡Te tengo! —Agarro fuerte la mano de Leah y la ayudo a subir al vehículo mientras disparo por última vez al cabrón que la ha herido.

—Puede que los Steelson no seáis tan mediocres después de todo —le digo a Lucrezia, cuando el conductor maniobra para alejarnos de la central y yo cierro la puerta.

—Si esa es tu manera de dar las gracias... —Lucrezia me mira, sudorosa y jadeante, chorreando adrenalina—. ¿Sabes qué? ¡Di lo que quieras! ¡Estamos vivos! —Se deja los pulmones en un grito de victoria mientras les da palmaditas amistosas a sus dos hombres.