CAPÍTULO 33 #2
Avanzamos por los conductos hasta que debajo podemos escuchar alta y clara la voz del mandatario Gifford cuando dice:
—Los avances están siendo magníficos, eso se lo puedo asegurar.
—¿Habéis conseguido estabilizar el lumiriate? —le pregunta el Dirigente, que va dos pasos por delante de él, caminando con impaciencia—. No podemos continuar con apagones cada dos por tres.
Nosotros los seguimos por arriba.
—No, la raíz sigue rechazando nuestra tierra, pero seguimos exprimiendo su poder.
—Hasta que se vuelva a agotar y tengamos que traer otra, y otra, y otra después... ¡Eso no son resultados, Gifford! —se queja el Dirigente—. El lumiriate es un recurso limitado, ¡quiero resultados antes de quedarme sin él!
Cruzan una puerta blindada con seguridad; nosotros solo notamos un ligero cosquilleo en los conductos al pasar por encima de las barreras magnéticas.
Cuando uno de los científicos baja una palanca, un destello cegador llega a nosotros a través de las rejillas por las que nos asomamos.
He de cerrar los ojos y abrirlos muy despacio para acostumbrarlos al brillo.
Es casi imposible mirar directamente la fuente de luz que han conseguido aislar; está dentro de una esfera, sujeta por cientos de cables y tubos que le insuflan agua y oxígeno a la raíz de lumiriate a la que un científico le aplica descargas eléctricas.
—Esto es lo que viste tú —le susurro a Leah, recordando sus fotografías.
Esto no es una central eléctrica, es un laboratorio.
—Sí, no fui capaz de llegar más adelante, pero esto pude verlo. —Traga saliva y aprieta los ojos cada vez que la raíz del lumiriate recibe una descarga.
—¿Qué te ocurre? —Le pongo una mano sobre la espalda.
—El lumiriate y los melhanäis estamos conectados. —Intenta mantener los ojos abiertos a pesar del dolor que parece que siente—. Estar tan cerca de una fuente de energía abierta me expone demasiado.
—¿Cuál es el problema? —pregunta abajo el Dirigente con impaciencia.
—El estado del lumiriate, señor —responde el científico—. Genera suficiente energía para mantener la ciudad, pero durante un periodo limitado de tiempo.
De una máquina conectada a la esfera, van saliendo las cápsulas amarillas que nutren cada uno de los barrios de nuestras ciudades en Salrath y que titilan tanto como las farolas, que no consiguen proyectar una luz estable.
—No me estás escuchando —masculla con la mandíbula apretada—.
Esos malditos melhanäis son mucho más longevos que los humanos, ¡algunos incluso inmortales!
Ytodo por la energía de ese trozo de árbol.
¿Por qué nosotros no podemos usarla en beneficio propio y conseguir una fuente de energía ilimitada?
—El proceso no es tan sencillo, señor, hay algo que se le escapa a la ciencia, algún componente del lumiriate que no es... cosa de química —le cuesta encontrar las palabras.
—¿Me estás hablando de magia? —Se burla de sus palabras con movimientos estúpidos de manos.
—Le estoy hablando de algo para cuya comprensión necesitaremos muchos años de estudios.
—Os di diez años.
—Necesitamos muchos más.
—No me sirve. —El Dirigente está a punto de perder la paciencia. Sale de la sala blindada y comienza a caminar pasillo arriba en largas zancadas.
Llegamos a un tramo en el que los conductos de ventilación se ensanchan.
—Cuidado aquí —susurra Lucrezia, que va en cabeza y es la primera en dar con los ventiladores que tenemos que sortear.
Nadie pregunta para qué sirven, pues enseguida el Dirigente nos lleva a una sala que parece un invernadero, con colosales ventanales que de día dejarán entrar la poca luz solar que recibe Wicksole.
La sala es un cuadrilátero en contacto directo con la tierra en el que hay plantados árboles decrépitos que se rompen con un simple roce de la mano.
Solo hay un enorme árbol en el medio, con sus retorcidas ramas estirándose hacia el techo acristalado y sus raíces rompiendo el suelo a su alrededor, pero a pesar de su magnitud, parece tan seco y moribundo como los demás.
—Pero ¿qué...? —Leah se lleva una mano a la boca—. Han talado ya muchísimo más de lo que creíamos.
—Y, por lo que han dicho, no debe de ser la primera plantación —añade Lucrezia.
Las raíces parecen fuertes, aunque cansadas de soportar a los árboles que intentan crecer, pero que enferman en el proceso.
—Nuestra tierra no es adecuada para...
—¡El problema no está en la tierra! —se queja el Dirigente, ignorando las caras de los científicos que los acompañan y que dan la razón al mandatario—. No los estáis alimentando lo suficiente.
El Dirigente es el único que no se alarma cuando más de una docena de policías se introduce en el invernadero y se desperdiga entre los árboles.
Gifford parece molesto por no saber qué está pasando cuando son sus propios hombres los que han sido movilizados.
—¿Qué pretende? —le pregunta una científica al Dirigente.
—Usted vaya a la sala blindada y dele al botoncito infernal en diez minutos.
—Pero... —Busca la aprobación del resto de sus compañeros científicos, pero ninguno se atreve a contradecir al Dirigente con tantísimos policías a sus órdenes.
Mientras la científica se va, el techo del invernadero se abre y una grúa deja uno de los contenedores del barco sobre el agujero.
Todos quedamos expectantes, mirando cómo el contenedor abre un compartimento del que pronto empiezan a caer melhanäis casi inconscientes. Alguno está más despierto, pero otros ni siquiera se levantan del suelo tras el impacto.
Tengo que ponerle una mano en la boca a Leah para ahogar su grito.
No la aparto cuando vemos cómo los policías se acercan a ellos y, uno a uno, los acuchillan encima de las raíces, regándolas con su sangre. Es una carnicería de la que algún melhanäi intenta escapar arrastrándose por el suelo, pero acaba encontrando el mismo final que sus compañeros.
Las lágrimas de Leah corren por mi mano que tapa su boca. Llora desconsoladamente al ver a sus compatriotas muertos, degollados encima del árbol que les da la vida.
—Llevaos el resto del cargamento a las celdas y alimentadlos lo justo para que no mueran —ordena el Dirigente.
Por el pasillo que lleva a los laboratorios, vemos a unos cuantos policías que arrastran carretillas llenas de hombres y mujeres drogados que echarán a las celdas.
—Por eso aparecen cuerpos marcados por melhanäis cada poco tiempo... —le musito a Elías—. Son el alimento de los melhanäis que tienen aquí presos.
Entonces la fábrica comienza a temblar. La científica ha debido de descargar electricidad sobre el lumiriate. Los cables que cuelgan de foco a foco chisporrotean mientras las luces parpadean.
—¡Es demasiada energía! —se queja un científico—. ¡Habrá una sobrecarga!
Leah grita, retorciéndose en el sitio con las manos en los oídos, aturdida por alguna frecuencia que nosotros no somos capaces de escuchar.
—Leah... ¡Leah! —Intento que se centre en mí, pero parece consumida con aquello que la está haciendo sufrir hasta el punto de comenzar a sangrar por los ojos—. ¡Leah!
Mi mano aguanta sus chillidos dentro de su boca, pero cuando sus colmillos asoman y se clavan en mi piel, no puedo evitar apartar la mano en un acto reflejo.
Justo cuando se apagan todas las luces y la fábrica deja de temblar, el grito de Leah inunda el invernadero desde los conductos de ventilación y ella se queda jadeante en el sitio.
—No estamos solos —el Dirigente señala nuestro conducto.