Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Theodore

Al día siguiente, ya en el puerto, cuando el sol acaba de desaparecer y en el cielo no quedan ya más que unos finos trazos de naranja chillón que el azul oscuro no tarda en engullir antes de tornarse negro, Leah y yo nos cuidamos poco de mirar a un lado y a otro mientras esperamos a Lucrezia y sus hombres.

Finalmente, solo Gina y Elías han querido acompañarnos, pero sus nervios están mucho más disparados que los nuestros.

—Gracias —le digo a Elías, ofreciéndole una calada de mi cigarro.

Él acepta con reticencia.

—Solo vengo a salvarte el culo cuando los policías nos pillen infiltrados en unas instalaciones privadas en las que unos humildes trabajadores generan la energía de nuestra ciudad sin joder a nadie —dice con un retintín muy evidente antes de darle lo que, más que una calada, parece una bocanada.

—De verdad espero que ese sea el caso, amigo.

—Habéis venido. —Lucrezia aparece con otros dos hombres entre los contenedores de carga.

—Por supuesto. —Leah se adelanta y le da la mano amistosamente. Ahora me queda claro que estas dos se han visto más de una vez, y no puedo evitar la curiosidad de saber si habrán hablado de mí en algún momento—. ¿Qué? —me pregunta cuando se da cuenta de cómo las miro.

—Llevas todo este tiempo confraternizando con mi enemigo. —Lo digo con un tono ofendido que sé que Leah es capaz de interpretar.

—¿A quién de las dos se lo dices? —salta Lucrezia, riéndose de mi desconfianza crónica—. Te ofrecería la mano a ti también, pero no sé yo... Quizás te sigue doliendo el brazo después de la mordida.

La miro con el gesto serio y los labios apretados.

Leah disfruta de mi parálisis momentánea.

—¿Algo que decir, Lucrezia? —le pregunto.

—Tu hipocresía no tiene nombre.

—En realidad, lo único que yo llegué a jurar es que jamás llevaría uno de esos horribles tatuajes en el cuello. ¿Me ves con él? ¿A que no? Sigo cumpliendo con mi palabra.

—Tiene que ser maravilloso que la percepción de la realidad se ajuste a tus palabras y no al contrario, Leville.

—Está bien, vamos al grano. —Elías interrumpe nuestro tira y afloja.

Señala el bullicio que se está formando detrás de los contenedores y al poco empezamos a escuchar gritos con órdenes.

Nos asomamos entre los contenedores y vemos que el barco que llega del continente melhanäi se acerca a la costa con las luces apagadas.

—Justo a tiempo —dice Lucrezia.

Mi curiosidad aumenta a medida que los trabajadores, enfundados en ropas oscuras, se mueven con precisión y eficiencia; están al tanto de la importancia de mantener en secreto lo que descargan.

—Gina, prepara el vehículo y espéranos en la calle que conecta el puerto con la central —le pido cuando un enorme brazo mecánico empieza a descargar los contenedores marcados con la espiral despuntada en grandes plataformas con ruedas de las que tiran otros vehículos.

Ella no dice nada. Asiente y se pierde en el laberinto de metal para llegar al volante.

—Habrá que darles unos minutos de ventaja, no queremos que nos pillen en la carretera —puntualiza Lucrezia.

—Yo os espero allí —nos dice Leah sin llegar a mirarnos—. Despejaré la entrada para que no tengáis problemas con el vehículo.

—Pero ¿cómo...? —Da igual lo que yo fuera a decir, Leah desaparece en un abrir y cerrar de ojos.

—Me gusta, es buena para ti —me dice Lucrezia. Yo acentúo mi expresión molesta por el hecho de que la vampira me haya dejado con la palabra en la boca, y la miro—. Regula tu egocentrismo, es un buen partido.

—¿Que regula mi...? —Exhalo antes de sacar mi pistola—. Vámonos antes de que yo regule tu tono.

Salimos del puerto evitando que cualquiera de los trabajadores nos vea y nos apretamos en el interior del coche después de que Gina pase a recogernos. Tres delante y tres detrás.

—Vamos. —Señalo los vehículos que remolcan las plataformas con ruedas y que se incorporan a la carretera.

Mientras avanzamos junto al puerto, el paisaje se llena de estructuras industriales y almacenes con chimeneas que expulsan columnas de humo en el horizonte.

La zona industrial parece respirar con vida propia, con maquinarias pesadas que ahora mueven algunos de sus cables al viento nocturno para que todas las farolas con las que nos encontramos brillen con esa luz amarillenta tan llamativa.

Las fábricas se alinean a ambos lados de la carretera, mostrando signos de años de uso intenso.

Algunas estructuras revelan el paso del tiempo.

Son la prueba de la industrialización de esta región, la misma que a lo mejor comenzó la guerra y que hace que su humo esté tan manchado de sangre como las manos de quienes nos enviaron a luchar por una mentira.

—Aparca aquí —Lucrezia le pide a Gina que aparque a un lado y, a lo lejos, el convoy de contenedores marcados entra en una zona vallada y controlada por varios guardias de seguridad—. Lo demás lo tendremos que hacer a pie.

Salimos del vehículo y nos valemos de las pocas farolas que hay en la calle para acercarnos lo máximo posible.

—¿Y ahora qué? —pregunta Elías cuando nos quedamos pegados a la pared de una esquina observando cómo los guardias vuelven a quedarse solos y a rondar el perímetro.

Leah cae del cielo encima de uno de ellos y le parte el cuello antes de que pueda dar la voz de alarma y, apareciendo de un punto a otro en cuestión de segundos, evita que lleguen a disparar antes de que los tres primeros estén en el suelo.

Con el cuarto se toma algo más de tiempo, no parece querer romperle el cuello. Le rompe un brazo al desarmarlo y le tapa la boca para que no se escuchen sus gritos mientras succiona de su cuello.

Dejando a un lado los finos quejidos del hombre y los gruñidos de Leah, la calle ha entrado en un silencio absoluto que nos permite avanzar.

—Aquí tienes. —Lucrezia le ofrece un pañuelo a Leah para que se limpie justo después de que deje caer al hombre inerte.

Me quedo mirándola, no sé si fascinado o asqueado, hasta que un nuevo sentimiento aparece en mis entrañas por haberla visto mordiendo a otro hombre: celos.

Estoy jodidamente loco, me digo.

Leah sonríe, disfrutando de lo mucho que me cuesta aún adaptarme a nuestras diferencias y el dilema al que me arrastran.

—Ayer me dejaste con hambre. —Se encoge de hombros.

Se agacha para quitarle al guardia una llave que le cuelga del cuello y con la que abre el primer portón.

—Esto era lo fácil —nos dice, y entra—. Ahora os toca a vosotros. No podéis esperar que me vaya comiendo a cualquiera que se ponga en nuestro camino.

Echo a correr junto con los demás con la mano en la pistola que cuelga de mi cinturón. Le pegaré un tiro a cualquiera que parezca más jugoso de lo normal.

Atravesamos un patio asfaltado hasta llegar al gigantesco portón abierto de una nave en la que meten los contenedores y que concentra toda la seguridad exterior.

—Tenemos que entrar ahí —puntualiza Gina cuando nos refugiamos a la sombra de un pequeño edificio del personal, a punto de darse la vuelta por la cantidad de rifles que podrían apuntarnos en unos minutos—.

Yantes de que se cierre el portón. —Señala el último contenedor, que está entrando en la nave.

Lucrezia se gira hacia sus hombres y, con solo un par de gestos que yo también entiendo, estos se marchan corriendo.

—Tendremos una buena distracción —le aclaro a Leah, que, como no estuvo en las trincheras humanas durante la guerra, no conoce los códigos.

—¿Qué tipo de distracción?

Al este de nuestra posición, estallan dos explosivos que se hacen con toda la atención de los guardias, quienes desenfundan sus armas y comienzan a correr hacia la humareda que se levanta detrás del edificio contiguo.

—Del tipo que, aunque les ponga en alerta, nos abrirá el camino —dice Lucrezia antes de salir corriendo hacia los contenedores.

Los demás la seguimos y la imitamos cuando se mete bajo la última plataforma. Nos agarramos a cualquier hierro que sobresale para pegarnos a la chapa, luchando contra la gravedad.

—¿Este es el último? —pregunta una mujer dentro de la nave.

Solo podemos ver sus tacones, que clava en el suelo a cada paso que da, y el final de una bata blanca que le llega por la mitad de las pantorrillas.

—Así es —responde el conductor.

—De acuerdo, hagámoslo rápido, quiero todo descargado ya.

—Pero los guardias...

—Están ocupados —le corta—. Yel Dirigente está en camino. No perderé ni un minuto, no permitiré ningún error en la prueba de hoy.

Lucrezia y yo nos buscamos con la mirada y solo necesito que abra los ojos un poco más de lo normal para entender ese «tenemos que movernos rápido».

Cuando el conductor y la científica se acercan a ayudar a los del primer cargamento, nos descolgamos de los bajos de la plataforma y nos ocultamos entre diferentes contenedores ya vacíos.

—Deduzco que se los llevarán hoy de vuelta al barco para volver a traerlos llenos —susurro, pasando los dedos por la marca de la espiral despuntada.

Me asomo con cautela y observo que es el mismo símbolo que la científica tiene tatuado en el antebrazo.

—Eh, Elías —le pido que se asome—. Ya sabemos que el cabrón del que se encargó Cornelia era un científico... o un guardia. Todos están marcados.

Lucrezia se ha entretenido quitando los tornillos que sujetan la rejilla del enorme conducto de ventilación que hay en la pared.

—¿Eso es tinta melhanäi? —Leah por poco se delata por la efusividad con la que se asoma a nuestro lado.

—¿Y qué si lo es? —La agarro de un brazo para echarla hacia atrás.

—La tinta melhanäi no es tan fácil de conseguir. Solo un tipo de melhanäi ponzoñoso puede tatuarla con su aguijón... Y,además, ¿por qué iba un melhanäi a tatuar a quienes están matando a nuestro pueblo?

No encuentro una respuesta lógica a su pregunta, así que no se la doy. La miro con la misma pregunta en los ojos.

—Lo tengo —celebra Lucrezia.

Gina la ayuda a bajar la rejilla sin hacer ruido y comienzan a entrar en el conducto de ventilación. Yo me quedo el último, porque no me fío de nadie a mis espaldas.