CAPÍTULO 32
Theodore
La mañana siguiente parece irreal, casi más por el sol que ha salido entre las nubes de Wicksole que por la vampira que tengo a mi lado en la cama cuando despierto.
La tengo muy cerca y estamos enterrados en varias capas de mantas, y aun así no la noto tan caliente como anoche, su sangre vuelve a ser fría, tanto como la temperatura mañanera que me eriza la piel cuando saco una pierna.
Me incorporo para apoyar la espalda en el cabecero y admirar el espectáculo que son sus curvas.
—¿Qué me has hecho? —le susurro mientras le aparto mechones revueltos de los hombros.
Suelto un suspiro que me recuerda lo mucho que perdí anoche..., pero también lo mucho que gané. Mis ideales y principios están en plena batalla en mi cabeza contra el placer, el deseo y una lucecilla que espero que no sea felicidad.
El pie de Leah asoma por entre las mantas y queda expuesto a la luz solar tan poco habitual en Wicksole, que ahora entra en finos pero potentes rayos a través de mis cortinas.
Me fijo en cómo su tobillo, expuesto a la luz, no sufre ningún tipo de quemazón.
Su largo colgante de odites la protege. Pero, aun sabiendo que no sufrirá ningún daño, no puedo evitar levantarme y rodear la cama hasta llegar a su esquina.
Recoloco las sábanas para que ninguna parte de su piel quede en contacto directo con el sol.
Leah sigue sin despertarse, pero parece que incluso dormida agradece el gesto, pues se gira y hace soniditos placenteros.
Hace unas semanas habría abierto las cortinas de par en par para hacerla sufrir, y ahora la protejo incluso de cualquier cosa que le suponga un poco de incomodidad. Me froto la cara antes de ponerme un pantalón cómodo que cojo del armario, intentando no darle más vueltas al asunto.
—Buenos días. —Leah se incorpora en la cama y sus pechos desnudos y su melena despeinada vuelven a comprometer mis principios.
Echo la cabeza hacia atrás y me aprieto los párpados.
—¿Qué ocurre? —me pregunta, perfectamente consciente de lo que ocurre.
—Nada, es que he dormido mal.
Pero es una mentira enorme. Es la primera noche en mucho tiempo que recuerdo haber pasado con la mente en blanco. Cero pesadillas. Cero remordimientos. Cero preocupaciones.
A través de la ventana veo a Lucrezia bajándose de un vehículo.
—No tendrá los huevos de entrar... —mascullo mientras la observo abrir la puerta—. Los ha tenido.
Abro el tercer cajón de la cómoda y cojo la primera pistola que encuentro.
—¿Theo? —me pregunta Leah, confusa, mientras salgo de la habitación con el arma en la mano.
Bajo las escaleras de dos en dos, descalzo, y me planto en mitad de la recepción en menos de lo que han tardado Elías y los demás en hacer lo mismo.
Elevo mi brazo y, sin pestañear, apunto a Lucrezia con la pistola.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto.
Gina ya está sacando su escopeta de detrás del mostrador. Los Steelson no reaccionan, parecen tener órdenes de no hacerlo.
—No solo entras en Wicksole sin mi permiso, sino que te plantas en mi fonda después de haberme vendido a la rebelión melhanäi.
—No pensé que te fuera a importar tanto. —Oculta una risa detrás de su puño y mira detrás de mí.
Leah acaba de bajar las escaleras con una de mis batas.
Elías es de los pocos que no la mira. Él me mira a mí, desconcertado.
Las marcas de los colmillos en mi antebrazo, de donde Leah se alimentó en The North Shotbag, están justo entre ambos.
—¿Los Steelson podéis formar parte de la revolución melhanäi y los Bane no podemos tener contactos?
—Si ahora lo llamáis así... —Carraspea para borrar cualquier rastro de burla y ponerse seria.
—¿Los Steelson forman parte de la revolución de esas cosas? —Elías no puede evitar mirar a Leah, quien muy educadamente se muerde la lengua para no echar más sal en la herida.
—Horace lo averiguó, ¿verdad? —le pregunto a Lucrezia. «Los están ayudando». Sus últimas palabras me resuenan con dolor—. Por eso pusiste tanto empeño en que se le ejecutara esa misma mañana, porque descubrió vuestro secreto.
—El hecho de que hubiera matado a uno de los míos también influyó.
—Sois unos... —Elías sacude la pistola en el aire, dispuesto a disparar, pero le freno.
«Aún no», le digo con una simple mirada.
—Estás tan obsesionado con culpar a los melhanäis por todo lo malo que nos ocurre que ni siquiera te has molestado en averiguar qué ocultan esos misteriosos cargamentos marcados que llegan a tu puerto —ríe Lucrezia.
—Ese barco está blindado —rebate Leah—. Es imposible acceder a él. Yvuestras caras no les son precisamente ajenas a los agentes de seguridad.
La miro con el rabillo del ojo con un aire serio y autoritario. No necesito que nadie me defienda.
—Por eso mismo jamás intenté acceder yo. —Lucrezia se cruza de brazos—. Por eso era Jebediah el que se infiltraba.
—Y supongo que ahora es cuando me dices lo que transportan para ponerme de vuestro lado. —Ladeo la cabeza.
—No. Ni siquiera los trabajadores saben lo que transportan, las autoridades lo mueven con sumo secretismo. Aunque tenemos nuestras teorías...
—¿Y no las vas a compartir? —Abro los brazos, abarcando a todos los presentes, dispuestos a escucharla.
—El barco llega mañana por la noche. ¿Por qué no lo comprobamos juntos? Te conozco lo suficiente como para saber que mis teorías te servirán de poco. Necesitas verlo con tus propios ojos, y nosotros —señala a Leah con la cabeza— necesitamos evidencias.
—El Dirigente visitará la central la misma noche que el barco atraque en el puerto —comenta Elías.
—Entonces le haremos una visita, es hora de que todos veamos lo que está sucediendo en esa central. —Lucrezia me tiende la mano.
—Esto no significa que nos unamos a vuestra rebelión —le advierto.
Sonríe más ampliamente de lo que la he visto sonreír jamás cuando le estrecho la mano.
A la tarde, cuando los Steelson se han ido, los Bane nos reunimos en la sala grande para tratar el tema que tenemos entre manos.
—Es una locura —dice Winnifred—. Si es difícil acceder al barco, sin duda la central será una fortaleza.
—Nos arriesgamos por nada. —Suelta otro compañero.
—¿Por nada? —Leah se ha quedado de brazos cruzados al fondo de la sala. Agradezco que se haya puesto ropa más adecuada—. Hay un pueblo entero sufriendo por lo que se hace en esa central.
—¿Quién le ha dado la palabra? —Elías me mira.
Comprendo su reticencia, pero le dejo claro con un gesto de manos que no vuelva a interrumpir algo que no interrumpa yo.
Leah sabe que puede seguir hablando en cuanto descifra mi gesto.
—En esa central se explota nuestro recurso más preciado, el núcleo de nuestra tierra, aquello que proporciona vida y energía a todo el continente melhanäi.
—No se mueve del sitio, pero tiene una voz tan potente que sus palabras llegan a todos los recovecos de la sala—: El lumiriate.
Él se nutre de nosotros, los melhanäis, y nosotros de él.
Somos uno. Sin lumiriate no existiríamos y viceversa.
—¿Y qué es eso del lumiriate? —Cornelia parece más dispuesta a escucharla.
—Un árbol milenario de nuestro continente.
—¿Un árbol? —Elías está a punto de reírse.
Voy a tener que tirarle a la cabeza el vaso de bourbon como siga mostrando la misma educación que los borrachos de The Silver Siren.
—Unos cuantos, en realidad —la corrige Leah—.
Son varios bosques de lumiriate los que nutren nuestra tierra y le proporcionan la energía que necesitamos para vivir.
—Todos la miramos como si en realidad no nos hubiera aclarado nada—.
Los humanos necesitáis agua y oxígeno para vivir, ¿no?
Nosotros, además, necesitamos la partícula que estos árboles desprenden en el aire y la tierra. Yesos árboles no se riegan con agua...
—Déjame adivinar... —comienza Cornelia.
—Mejor no lo hagas —le pide Winnifred, ya con la mano en la boca, a punto de vomitar la comida.
—Enterramos a nuestros muertos y derramamos su sangre en el bosque para que los árboles se sustenten de ellos.
—Es asqueroso —dice Elías.
—Vosotros le echáis mierda a la tierra de vuestros árboles.
No puedo evitar soltar una carcajada al ver la cara de mi amigo. Aunque en cuanto me mira, le pido perdón con un gesto de manos por la humillación pública.
—Sigo sin ver cómo esto nos afecta. —Elías se cruza de brazos.
—Si el Dirigente está talando nuestros bosques de lumiriate para traer su energía, drenará la de nuestro continente, debilitando a su gente y pudriendo la tierra.
—Esto lo dice con muchísimo más peso en cada palabra—: Nos están matando.
¿Yno se supone que es por cosas así por las que lucháis los soldados?
Busco a Elías con la mirada, sé perfectamente lo que esa declaración nos hace sentir a los dos.
—Quizás os convenza más este enfoque —añade Leah al ver que nadie responde—: Si tanto nos queréis fuera de vuestro continente, apremia que nos ayudéis a recuperar el nuestro. Nos iremos de aquí con mucho gusto.
Le doy vueltas a sus palabras mientras las de Rosaly, la ninfa del río, vuelven a mí: «Y yo quiero volver a mi continente y vivir cerca de un río que no esté tan contaminado por fábricas... Pero supongo que a veces la realidad se impone a los sueños». Se refería a esto.
—¿Por eso sois capaces de vivir aquí? ¿Porque ya hay grandes cantidades de lumiriate en el continente humano? —Gina es la única capaz de ver más allá de las simples palabras de Leah, que asiente, agradecida de que alguien haya caído en eso.
—Vuestro Dirigente os ha engañado desde el principio, os ha alimentado con mentiras desde antes de la guerra.
.. —Ahora sí se mueve entre todos los Bane—.
Pensadlo bien, los melhanäis jamás pudimos ser los primeros en romper el Tratado de Ilshule, ¡no podríamos alejarnos de nuestras tierras! Moriríamos lejos del lumiriate.
—Entonces...
—Fueron los humanos los primeros en romper los acuerdos y saquear nuestras tierras para robarnos el lumiriate y explotar su energía.
—Se da golpecitos en una mano con la otra—.
Esa es la única razón por la que nuestro antiguo rey mandó alguna pequeña legión al continente humano: para recuperar lo que es nuestro, nuestra fuente de vida.
—Se detiene a mirarnos uno a uno a los ojos para comprobar si su historia está calando—.
Después, el Dirigente lo usó como excusa para acusarnos de intentar colonizar vuestro continente y comenzó una guerra que solo tenía como objetivo conseguir el control de nuestras tierras y bosques. ..
—No seguiré aquí sentado escuchando patrañas. —Elías se levanta, ofendido porque una melhanäi esté acusando tan vilmente al Dirigente humano—. Todos aquí estamos de acuerdo en que Emory Fleming es un cabronazo que mandó a medio continente a la guerra, pero...
Leah no le deja seguir, está empeñada en hacerle comprender su realidad.
—Interesante el avance industrial y tecnológico que ha tenido esta costa del continente humano en los últimos años, ¿no? —pregunta retóricamente mirándome a mí.
Al instante, recuerdo la conversación que tuvimos en la barra de The Silver Siren hace lo que parece ya una eternidad: «Desde la guerra los avances industriales han sido enormes, pero no sé cómo ni por qué. Tampoco me importa una mierda». ¡Por fin entiendo el cabreo que se pilló después!
A pesar de que no tengo ni puta idea de lo que está ocurriendo en Salrath, comprender la mente femenina siempre es un logro para mí, así que lo celebro para mis adentros.
—No tenemos que creer sus palabras, solo tenemos que comprobarlas —le digo a Elías, evitando que se vaya de la sala—. No obligaré a nadie a ir a la central, pero me vendrían bien un par de ojos más.
—¿Tú vas? —me pregunta Elías, mirándome con más veneno en los ojos de lo que ha hecho nunca—. ¿Tanto te ha cambiado una noche con esta?
Me levanto de mi sillón, perezoso, y llego hasta él. Le aprieto un hombro de forma amistosa para decirle:
—Eres como mi hermano, Elías; y te admiro y respeto por tus principios y por tu sentimiento de protección, pero —aprieto tanto que comienzo a clavar mi pulgar por debajo de su clavícula, retorciendo su gesto— no vuelvas a reducirme a algo tan simple.
Me conoces lo suficiente como para saber que si me interesa acudir a esa central es por saber de una vez qué oculta nuestro Dirigente y, de ser cierto lo que los melhanäis dicen, hacer pagar a ese hijo de puta hasta el último mililitro de sangre humana que hizo derramar.
Si es verdad lo que Leah dice, nos utilizó para masacrar a un pueblo al que estamos robando.
El mensaje de «me acostaré con quien me salga de los cojones» queda implícito en lo que acabo de decir.
Dejo de apretar para que su dolor no se haga demasiado evidente ante los demás.
—Ahora tienes moral. —Se frota la zona dolorida.
—Si acaso, más razones para luchar contra las autoridades.
Elías desvía la mirada, poco convencido aún.
—Será demasiado arriesgado.
—Eso nunca nos ha detenido. Mañana al atardecer salimos. Esperaré en el vestíbulo a quienes quieran acompañarme.