CAPÍTULO 31
Leah
—Te han soltado —le digo nada más ponerme frente a él, y dejo que los primeros chorros comiencen a resbalar por mi pelo y mi cuerpo—. No estaba segura de que lo fueran a hacer.
—No iba a morir en un cuchitril melhanäi —me asegura—. ¿A ti qué tal te ha ido en The Silver Siren?
Le cojo la pastilla de jabón de las manos y comienzo a frotarla entre mis manos.
—El local va a necesitar una buena reforma. —Me mira molesto—. ¡No ha sido culpa mía!
—¿Qué has hecho?
Sus brazos, restregando por su torso el poco jabón que le he permitido coger, acaparan toda mi atención. Se tensan y endurecen a cada movimiento.
Aunque debo reconocer que cuando sus manos descienden hasta la V que se le forma en la parte inferior del vientre, la curiosidad me lleva a mirar un poco más abajo y mi humedad crece.
—Librarme del mandatario Gifford —le respondo cuando consigo arrancarme de mi ensimismamiento—. Sabe quién soy. Yqué soy...
—¿Y qué has tenido que hacer para conseguirlo? —El primero de sus nervios se dispara. Sabe que nada bueno.
Aun así, no puede evitar quitarme el jabón y frotar en mi cuello la mancha reseca de sangre que yo no soy capaz de quitar.
Me dejo llevar por la suavidad con la que lo hace, tan poco habitual en él. Dejo que mi mente se evada de cualquier otra cosa que no sea el deseo de que la mancha de sangre perdure para que no deje de acariciarme.
—¿Y bien? —Me recuerda que me toca hablar, no sin antes jactarse de lo mucho que mi mente se ha evadido por su tacto, sonriendo de lado y recreándose en la dichosa mancha y en lo rígidos que están ahora mis pezones.
—Me matan de hambre durante tres días y me envían con dos vampiros cuya concepción de la cordura es más confusa que la de Frederick, ¡no es buena idea! —parloteo, dando vueltas a la respuesta directa para evitar darla.
—Dime de una vez qué has hecho.
—Puede que haya unos pocos cadáveres en tu local. —Trago de inmediato toda la incomodidad que se ha acumulado en mi garganta.
—¿Cómo? —Deja de jugar con las puntas del pelo que caen por mis brazos—.
¿Te metes en mi local para conseguir algo para tu rebelión y acabas masacrando a hombres y mujeres inocentes?
—Me agarra tan fuerte del brazo que por poco me levanta del suelo—.
¿Ytienes la desfachatez de presentarte en mi fonda y meterte en mi ducha?
Está tan inclinado sobre mí que el agua que le cae sobre el pelo forma un chorro en su frente que acaba estrellándose contra mis pechos como una cascada.
—¿Qué quieres que te diga, Theo? ¿Que no va en mi naturaleza comportarme como un animal cuando tengo hambre? —Me zafo y casi nos resbalamos—. Tú eres igual.
—Yo jamás...
—¡Deja de echarme todas las culpas a mí!
—Ahora me acerco yo tanto que lo obligo a retroceder—.
¡Yno te atrevas a decir que tú jamás matarías a inocentes!
Mataste a miles de melhanäis inocentes en la guerra y ahora matas por dinero.
Me importan una mierda las excusas que te cuentas. Eres como yo, pero sin colmillos.
El agua podría comenzar a evaporarse a su alrededor en cualquier momento, la ira se arremolina y adquiere forma y consistencia en los músculos de sus brazos y piernas, que comienzan a tensarse.
—Soy peor, ¿quieres saber por qué? —Me mira con los ojos sumidos en un verde más pálido de lo normal, más vulnerable—.
Porque te tengo en mi ducha, desnuda, desarmada, y debería matarte con mis propias manos, pero me pones una y otra vez en una situación en la que tengo que justificar mis actos, flexibilizar mis principios y luchar contra cada uno de mis ideales por ti.
—¡Pues tenemos un puto problema! —le grito, sin acabar de procesar lo que me ha dicho.
—¡Claro que lo tenemos!
—Porque a mí me pasa lo mismo, y esto —nos señalo a uno y a otro alternativamente— no puede pasar. Solo nos joderá y complicará. No está bien.
—No lo está —repite.
No digo nada. No soy capaz. Me quedo mirando cómo el agua cae por su cabeza y sus hombros, cómo corre veloz por su cuerpo hasta llegar al suelo y perderse por el sumidero, junto con su orgullo, frágil tras abrirse en canal para mí. Mostrándose lo más frágil que lo he visto jamás.
Maldita fragilidad...
Ambos damos un paso al frente a la vez y, mientras él me abraza, mis manos van directas a su cuello, donde las planto para agarrarlo bien mientras nuestros labios chocan.
No estoy segura del momento en el que todo mi ser ha comenzado a tener hambre de él, incluso cuando mi sed de sangre está controlada. Es un hecho que no puedo seguir negando: lo deseo. Deseo al criminal más peligroso de Wicksole, de Salrath, del continente humano.
Es ese pensamiento el que me lleva a separarme de él unos segundos y mirarlo con la respiración acelerada, analizando si quizás lo desearía igual si fuera de otra manera.
Theo se impacienta pronto y se inclina sobre mí, pero yo, por instinto, retrocedo de nuevo. Dejando que los ardientes chorros de agua se unan al remolino caliente que se está empezando a formar en mi estómago.
Desliza su mano por mi cintura y me atrae bruscamente, provocando una exclamación que no creo que él llegue a oír; me ahoga de nuevo con sus besos.
Planto mis manos en sus hombros y lo empujo contra la pared, aprieto mi cuerpo contra el suyo sin importar que nos quedemos sin aire. Lo agarro del pelo y tiro para reclamar su boca de nuevo, mientras mis pechos resbalan por sus pectorales y mis pezones dejan un rastro que él no quiere perder.
Me agarra por una pierna y la eleva para anclarla a su cadera mientras mueve mi barbilla para jugar por mi cuello y beber el agua que cae por él.
No hay incitaciones lentas ni seducciones que me dejen entrever lo que está por venir.
No. Así no es Theo. Él mete directo su mano entre los dos y toca por primera vez mi entrepierna, jugando con los pliegues hasta dar con el punto palpitante e hinchado.
—Por los dos continentes... —Me flaquean un poco las piernas ante la repentina sensación, y me tengo que agarrar a él.
Aprieto sus brazos, sin permitirme pararme a pensar en si debería dejar que esto sucediera.
Sé que no. En el fondo de mi ser sé que esto no está bien, quién es él, quién soy yo y lo que eso significa.
Pero toda sensación de irresponsabilidad se escurre por mi piel como el agua que cae sobre mí cuando me toca.
Mis colmillos quedan al aire por un deseo irrefrenable que no puedo controlar.
Quiero morderlo, quiero volver a tener su sangre en mi boca, quiero sentir el latido de su corazón en mi lengua.
Pero ahora mismo es él quien hinca sus dientes y besos en mi cuello, dibujando líneas tan vertiginosas como el ritmo de su mano en mi entrepierna, lamiendo cada poro de mi piel.
Cuando se aleja para mirarme a los ojos, intento desviar la mirada, no quiero que me vea con los ojos a punto de inyectarse en rojo y los colmillos al aire, no porque me dé vergüenza, sino porque no quiero que sepa que quiero morderlo.
Pero cuando miro hacia abajo y veo el movimiento de su muñeca al meter sus dedos en mí, es casi peor. Gimo al notarlos; los mismos dedos que han acabado con tantas vidas y que amenazan con acabar con mi sensatez.
Mi deseo se descontrola aún más y puede que atraviese su piel con mis uñas en cualquier momento.
Pero no puedo, no puedo permitirlo; tengo que ser capaz de no ceder ante él.
Aunque Theo lo pone muy difícil cuando me agarra del mentón con la mano que tiene libre y me obliga a mirarlo.
Estudia mis rasgos, que comienzan a tornarse salvajes, sin dejar de mover su otra mano.
—Conmigo no tienes que esconderte —me dice—. Sé perfectamente a quién tengo entre manos. —Aprieta sus dedos contra las paredes de mi interior hasta hacerme abrir bien la boca y dejar mis colmillos visibles.
Me agarra la cara y vuelve a estrellar sus labios en los míos, en un beso que reclama cada una de nuestras diferencias. Una sed primitiva se apodera de mis sentidos.
Cierro los ojos, dejando que la intensidad del momento me envuelva.
La dualidad de la lujuria y la sed de sangre se entrelazan en un juego peligroso, la línea entre la pasión y la oscuridad se desdibuja.
Pero si alguien es capaz de moverse por las sombras y salir victorioso es Theodore Leville, por lo que lo arrastro conmigo a ellas sin darle opción a huir.
Mis manos se deslizan por la piel húmeda de su espalda mientras me arrodillo ante él, quedando a la altura de su cadera.
Mi cuerpo entero se queja de la sensación que le he arrebatado, ya que Theo ha tenido que sacar sus dedos de mí para enredarlos entre mi pelo, pero no pienso ser la única en esa situación. Él sufrirá conmigo.
—Prometo no morder —le digo burlona, con mi sonrisa muy cerca de él.
Theo me mira desde arriba y, por un instante, juraría que no le importaría que lo hiciera; aprieta mi pelo para que empiece a hacer aquello para lo que me he arrodillado.
—No sigas torturándome —me dice con un tono de voz tan grave que parece que su eco se queda flotando en el vapor.
—Pero es que se me da tan bien. —Agarro su miembro; apenas puedo cerrar el puño a su alrededor.
—Demasiado. —Intenta ocultar la reacción que ha tenido todo su cuerpo al notar mi tacto—. Yeso no me gusta.
Sin previo aviso, tomo cada centímetro de él en mi boca.
Sus gemidos resuenan en el espacio íntimo que compartimos, dejando claro lo muchísimo que deseaba esto.
Mis sentidos se agudizan, y la necesidad de satisfacción ajena intensifica el movimiento de mi cuello, haciéndole echar la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en la pared y dejar que el agua corra por su torso hasta llegar a mí.
Mi lengua juega con los pliegues que mis labios mueven y los relieves que sus venas forman.
Theo arquea la espalda cuando nota que la mano que acompaña mi boca acelera sus movimientos. Casi de manera instintiva, froto mis muslos entre sí por el calor que no está siendo aliviado y que ahora asciende feroz por todo mi ser.
Sin poder evitarlo, mis colmillos rozan peligrosamente su piel.
—¿Y esto? ¿Te gusta? —le pregunto cuando lo veo apretar el puño—. Te gusta demasiado el peligro.
Lo miro desde abajo, hundiendo mi mirada entre las pestañas que ahora luchan contra el agua que cae sobre mí mientras chupo su punta. La imagen debe de despertar algo en Theo que él había querido dejar enterrado, pero que ahora es inevitable que se apodere de él.
Me aparta bruscamente y me levanta de un tirón. Ahora es él quien se agacha y se arrodilla delante de mí, cogiendo mi pierna izquierda y poniéndola por encima de su hombro, empotrándome contra los cristales a los que me tengo que aferrar si no quiero caerme.
Aquí da igual el bienestar del otro, solo importa su placer. Theo es un hombre que disfruta haciendo sentir cosas a quienes tiene alrededor: desde el peor de los dolores en cualquier tortura hasta el mayor de los placeres en una ducha.
—Yo no puedo prometerte lo mismo —me dice; pero antes de que le pueda preguntar a qué se refiere, me muerde el clítoris y me tiene que ayudar a mantenerme en pie cuando eleva una mano y agarra uno de mis pechos.
Su lengua recoge toda la humedad que se había acumulado ahí y después explora los recovecos más profundos mientras succiona como cuando yo succioné su sangre.
Y es ese recuerdo, mezclado con la sensación que ha secuestrado mi cuerpo, el que me lleva a mover mis caderas sobre su boca.
Mis gemidos resuenan en el baño. Theo se lleva una mano a su entrepierna y, entre suspiro y suspiro que a veces deja escapar de entre mis labios inferiores, se da placer con la imagen de mí deshaciéndose en su boca.
—Theo... —musito, temblorosa.
—Eso es. Di mi nombre —me pide.
En cualquier otra situación le rebatiría y torturaría hasta que me lo pidiera mínimo una vez más, pero ahora mismo no puedo pensar en nada que no sea obedecerle para que libere el nudo de mi bajo vientre.
—Theo —repito, dándole un golpe al cristal de la ducha.
A él le encanta escuchar su nombre y acelera el movimiento de su mano sobre sí mismo y su lengua sobre mí. Así que lo hago una vez más:
—¡Theo! —Esta vez lo grito mientras mis caderas tiemblan por última vez, haciendo que mi cuerpo estalle en miles de esquirlas.
Cuando miro hacia abajo, veo cómo él está vaciándose. Se levanta, también con la respiración alterada, y se queda mirándome, apagando la ducha y dejando que el vapor nos cubra y oculte todo lo prohibido que hay en lo que acabamos de hacer.
—Theo —le digo, en un tono mucho más dulce. Él pone atención a cada una de mis palabras—. Me voy a quedar a dormir.
—¿No crees que deberías pedirme permiso en vez de asumirlo?
—No —le digo después de recapacitar un segundo. Por poco le hago reír—. Tienes docenas de habitaciones sin ocupar en esta fonda; si no quieres que duerma contigo, puedo irme a otra. —Me aparto el pelo hacia un lado y comienzo a escurrirlo.
—Preferiría que no te viera nadie —me dice, enrollándose alrededor de la cadera una toalla. Amí me lanza otra, pero sé, por cómo le queda a él, que irá bastante justa para tapar mis pechos y mi cadera en su totalidad.
—¿Te avergüenzas de esto? —Intento usar el tono más neutral de mi repertorio, no quiero que note el miedo escondido detrás de mis palabras.
—No —dice, ya caminando hacia la habitación. Solo se da la vuelta para decir—: Soy un sinvergüenza, ¿recuerdas? Cuando decido algo, no me echo atrás. —Eleva una ceja y hace un movimiento de cabeza para que lo siga.
Y lo hago. Lo sigo. Creo que podría seguirlo el resto de su mortal vida.