CAPÍTULO 30
Theodore
Aún algo desorientado y deseando que los cabrones de la rebelión melhanäi se maten entre ellos con las armas que les he ofrecido, camino por mi ciudad como si no fuera con el traje destrozado y lleno de sangre.
No necesito ir impecable, ni siquiera armado, para recordarle a cualquiera que me tiene que respetar.
Así se lo hago saber, con una rápida mirada enfurecida, al hombre al que le quito el cigarrillo de la boca.
Cuando se da cuenta de quién soy, agacha la cabeza y se aleja mientras me planto en el núcleo de La Brada a observar cómo, en un callejón a mi izquierda, un grupo de personas tose debido a la fiebre blanca. Ahora entiendo por qué hay tantos brotes en este barrio. No son enfermos, sino depravados.
Los miro con mucha menos compasión que antes e ignoro la lucecilla de entendimiento que titila en mi cabeza.
Cruzo media ciudad a un ritmo tranquilo, solo pensando en la cantidad de opio que me voy a fumar antes de meterme en la cama. Solo quiero que mi madre vuelva a estar muerta.
—¡Theo! —Winnifred y Cornelia me acurrucan en un abrazo cuando llego, media hora después, a The Bane.
Gina suelta un suspiro de alivio detrás del mostrador y llama a Elías.
—Está aquí —le dice con un tono tranquilizador a través del teléfono candelabro.
—¿Dónde cojones has estado? —Elías no me va a dar tregua durante días. Pero ahora mismo necesito que me la dé.
—Yo también me alegro de verte, Elías —le digo.
Me abraza y me da dos golpes en la espalda, aliviado de tenerme en casa.
Algún que otro Bane sale al rellano a darme la bienvenida, pero respetan mi espacio, dejándome a solas con mi círculo cercano.
—La próxima vez, haznos partícipes de tus planes —me pide Elías.
—¿Creías que entraba dentro de mis planes ser capturado por los Steelson para entregarme a los superiores de la revolución melhanäi?
—¿Cómo? —Gina sale de detrás del mostrador.
—Os contaré todo lo que ha sucedido, lo prometo, pero ahora necesito una ducha. —Me señalo de arriba abajo.
—¿Qué te ha pasado? —me pregunta Cornelia.
—Mañana. —Sé que solo se preocupan por mí, pero lo último que necesito, después de cuarenta y ocho horas como un muñeco de trapo lanzado, es que me sigan mareando.
Le pongo una mano en el hombro a Cornelia y les dedico a las tres lo que espero que sea una sonrisa cálida. Elías es el único que me sigue.
—Interrogamos a la señorita que sacamos de la gala —me informa mientras subimos las escaleras.
—¿Y? —Sé que tengo que preguntarle porque, si no, no me dejará en paz.
—Nos contó que otra de las chicas había envenenado a los mandatarios y el Dirigente, y que cayeron muertos sobre la mesa, pero ayer mismo vimos a Gifford al frente de una redada por La Brada...
—Qué cosas. —Que lo escuche no significa que tenga que poner interés.
—Así que asumimos que el Dirigente está bien y visitará la central de energía eléctrica del puerto pronto.
Eso sí me interesa, así que me paro justo antes de abrir la puerta de mi dormitorio.
—¿Y cuándo llega el siguiente cargamento del barco del continente melhanäi?
—Pronto. —Hace un gesto de complicidad, consciente de que he pensado lo mismo que debió de pensar él al enterarse de ello.
—Muy bien, mañana trazaremos un plan. Amí también me apetece hacer una visita a esa fábrica.
Elías parece satisfecho con mi respuesta y por fin me deja.
—Elías, por cierto, la muchacha...
—Sana y salva en su casa, con un pago extra para ella y su familia por sus servicios —responde con las manos cruzadas a la espalda y una pequeña inclinación.
—Puede ser que este sitio no se vaya a la mierda sin mí, después de todo.
—Siempre te lo he dicho —me dice mientras se aleja—: Eres tú el que se va a la mierda sin este sitio.
Me meto en mi dormitorio y echo el pestillo. No quiero que nadie me moleste. Me quito la ropa, dejándola tirada por el suelo, consciente de que tendrán que ser los de limpieza los que la recojan de ahí.
Desnudo, camino a oscuras hasta el ventanal para correr las cortinas y encender un par de velas distribuidas por la estancia.
De camino al baño, me quedo mirándome en el espejo y tengo que luchar contra la paranoia que me produce verme tan distinto solo por el mordisco de mi antebrazo.
La luz tenue de la habitación revela un reflejo que ya no reconozco del todo.
Mis ojos parecen haber adquirido una profundidad inquietante, una sombra que no estaba ayer.
La sensación de que algo ha cambiado se cierne sobre mí.
Son solo imaginaciones tuyas, me digo.
Cierro los ojos con fuerza para disipar la bruma que me invade, pero cuando los vuelvo a abrir sigue ahí.
Es como si la mordida de Leah hubiera dejado su marca no en mi carne, sino en mi esencia.
Aunque el mundo no adivine cambio alguno, yo me contemplo como si hubiera cruzado un umbral que juré no cruzar jamás.
Le doy un puñetazo al espejo y lo hago añicos.
Me meto en la ducha con los nudillos goteando sangre.
Abro el agua, que pronto me cae ardiendo encima.
Entre los chorros de agua y el vapor, oigo un sonido hueco que me hace abrir los ojos y me acelera el pulso, hasta que veo a Leah plantada en mitad de mi baño, mirándome a través de los cristales de la ducha.
—Los pestillos de tu ventana son una basura —me dice, y, más que su presencia, lo que llama mi atención es la cantidad de sangre que acumula su ropa—. Ah, sí, yo también necesito una ducha.
Comienza a desnudarse sin pudor alguno.
—¿Y qué te hace pensar que voy a compartir mi ducha contigo?
—Te he salvado la vida. —Cuando de cintura para arriba solo le queda el sujetador, puedo ver el moretón que aún tiene en la espalda, donde recibió el impacto de bala.
—Yo te la salvé a ti primero.
—¿Te refieres a cuando me rompiste el cuello? —Se quita el sujetador y reconozco que la imagen de sus pechos me imposibilita seguir con la discusión. Se quita las botas y los pantalones y se queda cruzada de brazos, con la piel erizada por el frío.
Lo único que se ha dejado puesto es su fino colgante de plata, del que por fin puedo ver la gema de odites. Con un gesto, la invito a unirse a mí.
La ducha es grande, lo suficiente como para que podamos mantener las distancias, pero ella no está dispuesta a mantenerlas.