Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Leah

Han tardado más en sacarme la bala de la espalda que en darme ropa.

—¿Por qué tengo que ir yo? —les he preguntado mientras la camisa se manchaba de sangre. La herida de la espalda ha tardado más de lo normal en curar—. Las autoridades me buscan.

—Hay más pelirrojas en la ciudad —me ha dicho Frederick—. Además, ese Theodore Leville solo ha accedido a ello si eras tú la que iba en nuestro nombre.

—Es culpa tuya que el mandatario hiciera una redada por La Brada, comprometiendo así la legitimidad de la rebelión, por lo que has de ser tú quien se arriesgue a sufrir las consecuencias de las posibles mentiras o traiciones de Theodore Leville —me ha explicado la melhanäi ponzoñosa con un tono impaciente.

«Cállate ya y sigue arriesgando tu vida por nosotros sin rechistar», es lo que he entendido yo en realidad.

Pero da igual el peligro, da igual la hipocresía, da igual que a la hija de una capitana melhanäi la traten ahora como carnaza.

Lo importante es la rebelión, completar el cometido que mis padres comenzaron, ese por el que ahora voy de camino a The Silver Siren en uno de esos modernos vehículos a motor y acompañada de dos vampiros que me ayudarán a cargar el armamento que Theo les ha prometido.

¿Es por esa misma ambición que mi madre perdió todo resquicio de humanidad durante la guerra? ¿Enviaría ella también a melhanäis más jóvenes que ella a hacer el trabajo sucio sin importar si su sangre se derramaba?

—Vamos. —Uno de los vampiros que me acompaña me saca de mi ensimismamiento cuando deja el vehículo aparcado enfrente del local.

Ya ha anochecido, por lo que los primeros clientes han entrado: los más descarados, a los que les importa una mierda su imagen y no se molestan en poner excusas en casa.

En cuanto entramos, el olor a tabaco y perfumes baratos se junta con el del sudor de las bailarinas y el alcohol derramado.

Mis compañeros sisean en cuanto ven la cantidad de carne en la que hincar los colmillos.

Hay un par de hombres inconscientes en la barra y una mujer que está a punto de quedarse dormida en una silla viendo el espectáculo.

—Ni se os ocurra. —Le pongo el dorso de una mano en el pecho a cada uno—. No hemos venido a comer.

Ambos se quejan de manera muda, pero lo acaban aceptando.

Les señalo el camino después de cruzar miradas con mi jefa. Me acerco a ella y le digo las palabras exactas que le ha dicho Theo a mis superiores:

—Me pica el huevo derecho. —Arrugo el gesto, sabiendo que incluso sin que esté delante, Theo está disfrutando de esto.

—Pues no es lo que te esperaba oír decir después de tanto tiempo.

—No deja de limpiar copas mientras me habla—.

Por ahí se va a la trastienda —les indica con un movimiento de cabeza a los hombres que me acompañan—.

Tampoco esperaba que acabaras siendo aliada de Theodore Leville, después de aquella primera noche en la que casi os acabáis matando el uno al otro. ..

Los dos vampiros que me acompañan se escabullen a la trastienda sin perder un segundo.

—Thalia, yo... —No sé qué decir.

«Me he aprovechado de ti las noches que he necesitado calor y te he mordido a cambio de conseguir que me dieras los turnos de trabajo que me venían bien para los planes de la rebelión» no creo que sea una opción.

—Aunque en verdad debería haberlo visto venir, ¿verdad? —Ignora por completo mi patético intento de disculpa—. Esa conexión, la manera en que Theodore te miró desde el primer momento...

—¿Theo tiene una manera de mirarme? —No puedo evitar preguntarlo.

En cuanto veo cómo se le tuerce el gesto, sé que ha sido mala idea.

—Ya incluso lo tuteas, tienes confianza con el criminal más peligroso de Wicksole.

No sé si es porque casi rompe las copas cuando las devuelve a su sitio o porque ni siquiera me mira cuando me acusa, pero me molesta en exceso.

—Tú lo tienes como jefe. Él es el dueño de este local. No tú. ¿Eso te hace mejor?

—Eso me hace una superviviente. —Planta un dedo en la barra con más dignidad de la que realmente tiene y por fin me mira.

—¿Y tu actitud de mierda? ¿Es supervivencia o celos? —La­deo la cabeza, cansada de que todo el mundo me diga qué hacer y cómo.

—Coged ese cargamento y salid de aquí —me ordena con la mandíbula tensa—. No te molestes en volver. —Me da la espalda tras recolocarse el pañuelo que oculta su tatuaje de tinta melhanäi de la yugular.

Una pequeña punzada de culpa me atraviesa, pero pronto se me pasa. Seguro que encuentra a cualquier otro vampiro dispuesto a morderla.

—Una copa de whisky —pide el hombre que acaba de sentarse en el taburete de al lado.

Me giro y veo que es quien me temía: Gifford.

—Sabía que te encontraría por aquí —me dice, y se me eriza hasta el último pelo de los brazos.

Al principio ni siquiera me creo que me esté hablando a mí—.

Esos ojos celestiales, esas curvas peligrosas —no tiene reparo en pasar su mano por mi contorno— y ese pelo en llamas.

—Llega hasta mi capucha y me la quita para que mis ondas pelirrojas salgan a la luz.

Thalia le sirve el vaso de whisky y se aleja rápido, no quiere tener nada que ver con el mandatario, que le da un buen trago a la bebida.

—En un principio tuve mis dudas —sigue hablando—.

Cuando me desperté en mi cama más de veinticuatro horas después, pensé que jamás te encontraría, pero luego pensé en estas.

—Señala mis pechos y suspira con los ojos cerrados como el cerdo que es—.

Madre mía, querida, un par de tetas como estas son difíciles de olvidar, y yo sabía que las había visto en otro sitio. ¡Yaquí estás!

—No sé a lo que se refiere, lo siento —le digo cuando, por los espejos que cubren las columnas, veo a mis compañeros salir de la trastienda con una caja enorme de madera.

Intento alejarme de él, pero no lo permite. Me agarra del brazo izquierdo con una de sus manazas.

—Te vienes conmigo a comisaría. —Aprieta—. Te diría que tendrás un juicio justo, pero te aseguro que no vivirás ni un día más para seguir negando lo evidente.

—Suéltala —dice uno de mis ayudantes cuando se paran a nuestro lado y dejan la caja en el suelo.

En ese momento, dos agentes más que estaban camuflados entre el gentío del local se acercan y flanquean al mandatario.

—¿Qué lleváis ahí? —pregunta Gifford, señalando la caja de madera.

Un humano quizás no sea capaz de detectarlo, pero yo ya puedo ver cómo se le comienzan a hinchar las venas cerca de los ojos y la boca a mis compañeros.

—Déjenos ir, no quiere hacer esto —le ruego al mandatario. Lo último que quiero es ser la protagonista de una masacre.

—¿Qué es lo que no quiero exactamente? ¿Hacerte pagar por haber envenenado al Dirigente? —se ríe—. ¿Enfrentarme a estos dos?

—Es de mí de quien debería tener miedo —le advierto—. La última vez fui capaz de dejar fuera de juego a tres como usted. Yno los maté por órdenes directas, porque aún los necesitábamos con vida. Pero no vuelva a ponerme a prueba.

El mandatario aprieta los labios, ofendido.

—Tú, abre esa caja —le ordena a uno de sus agentes—. Tú, encárgate de la otra.

Cuando el primer agente se acerca a la caja de madera, mis compañeros tienen la excusa perfecta para sacar sus colmillos. Uno de ellos lo coge por la pechera y lo atrae con tal fuerza que su cuello parece mantequilla.

El mandatario se levanta bruscamente y derriba el taburete mientras retrocede para ponerse detrás de su otro esbirro.

—Se lo he advertido —le digo—. Ahora no podré pararlos.

Mis compañeros pierden el control en cuanto el olor a sangre fresca inunda sus fosas nasales. Yo, con lo poco que he comido últimamente y lo débil que estoy, tampoco puedo evitar sucumbir a mi lado más salvaje.

A nuestro alrededor todo el mundo empieza a gritar e intenta salir despavorido del local.

El ansia nos lleva a desmembrarlos. Mi ropa acaba siendo del mismo color que mi pelo mientras me alimento sin pensar en los inocentes que nada tienen que ver con nuestra situación ni con el hecho de que ciertos humanos se aprovechen de nosotros para su beneficio.

Ni siquiera pienso en que el mandatario ya se ha ido, o en Thalia, que llora aterrorizada en una esquina.

Solo salto de un lado a otro olfateando para localizar a mi próxima víctima antes de que mis compañeros me la arrebaten.

Por fin se hace el silencio y solo puedo escuchar mi respiración acelerada. Los humanos o bien se han ido, o están muertos, esparcidos por el local, que ahora tiene pintura roja hasta en los cristales.