CAPÍTULO 28
Theodore
—Dejadme hablar con él, por favor —dice la melhanäi que le ha robado el rostro a mi madre—. Lo haré entrar en razón.
Me empieza a doler la cabeza por el esfuerzo de encontrarle el sentido a todo.
Es ella, no sé cómo explicarlo, pero es ella, es Abitha Leville, con la misma peca en el pómulo izquierdo y los finos labios rosados que me besaban la frente antes de irme a dormir cada noche.
Con esos ojos marrones con trazas de mi mismo verde.
No hay ni una arruga más en su cara, tiene las pocas que recordaba.
Los superiores se miran entre ellos y, después de que la melhanäi ponzoñosa asienta, Frederick ordena que todos salgan y nos dejen a solas.
Cuando se acerca a Leah, me niego a soltarla y la estrecho contra mí; aún solloza por la bala atravesada en su espalda y es incapaz de moverse.
—Ni se te ocurra tocarla —le digo.
—¿La dejamos desangrarse aquí, entonces? —habla como si fuera capaz de hacerlo.
—Deja que se la lleve. —La vampira con la cara de mi madre me habla ahora a mí—. Frederick no le hará nada.
—Nada más , querrás decir.
Me quedo mirando la cascada roja que es su largo pelo. No sé si por anhelo o por pavor de enfrentarme a la vampira con la que me han dejado a solas.
—¿Sabes quién soy? —pregunta ella para comenzar la conversación que yo me niego en rotundo a tener.
—No. —Ni siquiera la miro, me siento en uno de los sillones que han dejado libres los superiores y me acomodo como si fuera mío.
—Sí que lo sabes, Theo —ella habla con mucha más dulzura que yo.
Una dulzura que recuerdo de inmediato y que me arranca el corazón. En mi mente vuelvo a tener diez años y soy pura inocencia. El hueco oscuro del armario me da miedo y le pido a mi madre que compruebe si hay monstruos bajo mi cama.
—No me llames Theo —le espeto.
—Soy tu madre, siempre te he llamado así. —Sonríe mientras da dos pasos vacilantes hacia mí.
Escucharlo de su boca tiene un efecto muy distinto del que me imaginaba. Creía que ver su cara había sido el peor golpe posible, pero no, el peso que se me ha instalado en el estómago y que me comprime los pulmones tras escucharla es mucho peor.
—Mi madre era una humana buena, siempre dispuesta a ayudar a los demás y a guiar a quienes lo necesitaban —la corrijo—. Puede que tuviera tu misma cara, pero no compartís espíritu. Tú ya no eres ella.
—He cambiado, hijo, pero sigo...
—No me llames así —le advierto.
—Sigo ayudando y guiando a quienes lo necesitan —se justifica.
—Te has unido a ellos.
—Porque ahora soy uno de ellos... Cuando se alimentaron de tu padre y de mí... —para, necesita coger aire; aún parece costarle hablar de ello—, todo cambió. Yo jamás quise esto, pero él murió y yo, simplemente, desperté...
—¿Despertaste?
—Cuando hay intercambio de sangre, es decir, cuando un vampiro bebe de ti y tú bebes de un vampiro, tu letargo no será eterno si mueres en las siguientes horas.
—Estoy a punto de reprocharle lo que fuera que hizo para acabar bebiendo sangre de vampiro, pero ella me detiene, explicándomelo antes de que lo exija—: Luché, luché como nunca, Theo.
Sabía que después de alimentarse de nosotros, esa criatura subiría a tu cuarto.
Yno podía... No dejé que eso pasara. Mientras destrozaba mi cuello fui capaz de coger la pata de madera de una mesa que se partió cuando lanzaron a tu padre por los aires.
.. y se la clavé. Una y otra vez. Hasta que su estómago tuvo un agujero casi tan grande como mis dos puños juntos.
—Vuelve a coger aire—. El vampiro tenía tantísima hambre que ni siquiera dejó de morderme al recibir las primeras estocadas y, para cuando empecé a perder el control de mi cuerpo, ya había ingerido gran cantidad de su sangre.
Tuvo que ser horrible.
Solo lo pienso, no lo digo en alto.
—Cuando se vio tan malherido, escapó sin plantearse si había alguien más en la casa —finaliza Abitha.
—Jamás supe... No vi... —Odio verme sin palabras justo cuando en la barrera que levanté el día de su muerte se abre la primera grieta.
¿Cómo no lo vi? Tendría que haber sido capaz de diferenciar las mordidas de sus cuellos, entender que no era normal escupir tantísima sangre...
—No te culpes por nada, Theo. —Hace un amago de cogerme una mano, pero yo la evito, poniéndome en pie y moviéndome por la sala.
—¿Y tú? ¿Tienes algo de lo que culparte? —le pregunto, tan frío como su sangre—. Me abandonaste. —Espero que el dolor haya quedado escondido detrás del orgullo.
—No era seguro —responde rápida, consciente de que era una de las preguntas que le tocaría aclarar en algún momento.
También se pone en pie—. Desperté enterrada.
Tuve que escarbar a través de la tierra para salir a la superficie y dar mi primer aliento como un ser nuevo.
Pronto entendí lo que es la sed de sangre de un vampiro primerizo y, aunque fui a verte a la casa de los padres de Elías, solo pude hacerlo a través de las ventanas.
Mis manos ya estaban manchadas de sangre.
—Se las mira, recordando lo frenética y salvaje que tuvo que ser esa noche de caza.
Así deben de haber empezado los brotes de fiebre blanca: con vampiros alimentándose sin conciencia, transformando a otros sin darse cuenta, y dejando sueltas por la ciudad a criaturas insaciables—.
Así que cogí el primer barco que pude para viajar al continente melhanäi.
—Y desde ahí luchaste con ellos en la guerra. —Señalo el suelo con fuerza, a la tierra que traicionó.
—Por supuesto que no participé en la guerra, me escondí, me mantuve al margen.
Tampoco me vale.
—Pero ahora sí luchas por su causa.
—Lucho por el bien común, hijo. —Voy a volver a pedirle que no me llame así, pero ella sigue hablando—: Son las altas esferas las que nos están matando, las que han manipulado desde el principio las verdaderas razones de la guerra.
—No me interesa.
—Pues lo siento mucho, porque lo vas a escuchar después de negociar tu lealtad. —Es la primera persona que me pone en mi sitio en mucho tiempo. Que me pone en mi sitio de una manera dulce.
—Sé cómo funciona esto: os tengo que dar algo más valioso que mi persona para que me dejéis ir —la corto—. No me uniré a vuestra causa, pero sí pagaré mi libertad.
Abitha eleva el mentón, esperando mi oferta.
—¿Qué necesitáis? —le pregunto.
—¿Es que puedes darnos lo que sea?
—Lo que sea con tal de alejarme de vosotros. De ti.