Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

No soy yo quien debería ayudarla. No soy yo quien le debe cierto respeto porque haya hecho grandes cosas por mi causa. Pero nadie lo hace. Miro a todos los desgraciados que a su vez la miran como si perdieran el tiempo.

Me acerco a coger la bolsa del suelo, tan elegante como si estuviera estrechándole la mano a un caballero, y se la acerco.

—Leah —susurro, poniéndole la mano en la espalda.

—Eso, veamos cómo te arranca la mano. —Se ríe Frederick.

Todos en la sala quedan expectantes.

—Leah —repito.

Cuando levanta la cabeza, sus ojos están rojos y sus colmillos más largos incluso que en la cueva.

Me mira con un siseo grave de su garganta, advirtiéndome de que me aleje.

Pero no lo hago; le tiendo la bolsa de sangre y, en cuanto la ve, la agarra con una fuerza que parece que ya no tiene e hinca los dientes en el plástico para empezar a beber.

Se aparta de mí mientras se alimenta y me da la espalda, como si no quisiera que la viera así.

Pero ella no entiende que da igual cómo la vea, con colmillos o sin ellos, con los ojos blancos o rojos, yo siempre la veré como un hermoso monstruo que me ha hecho romper promesas y saltarme ideales.

Esos son los peores monstruos, los que se hacen un hueco dentro de ti sin que te des cuenta.

—No tendréis un cigarrillo para mí, ¿verdad? —Le quito importancia al momento.

—Habla —me pide la melhanäi de escamas.

—Estaría bien que me dijerais de qué.

—¿Qué hacías con estas fotografías? —Las saca de entre su ropa.

—Las encontré en el apartamento de Leah. —Me acerco a la melhanäi—. Que, por cierto, ¿qué es? —Señalo la fotografía en la que parece haber un fogonazo en mitad de una maquinaria compleja que entrelaza cientos de tubos y cables.

Los melhanäis se miran entre sí antes de que la mujer con escamas guarde las fotos.

—El contenido de la fotografía no es lo importante, sino el sitio del que la extrajiste. —Reconduce las conversaciones tan bien como yo, he de reconocerlo—. ¿Qué hacías en la casa de un miembro de la rebelión y cómo sabías dónde encontrarla?

—Todo eso ya se lo expliqué a ella, de verdad que sois mucho menos sigilosos de lo que creéis.

—Pongo un brazo en jarra y señalo hacia el exterior con el otro—.

¡Tenéis a un maldito sátiro medio toro vigilando el acceso!

Ese gigantesco sombrero no engaña a nadie.

Seguiros la pista es fácil para cualquier veterano cualificado.

—Más razón aún para acabar con todos y cada uno de vosotros —dice Frederick, bebiendo de una copa.

—No te olvides de que eres tú el que está en mi tierra —le digo, con la misma soberbia sin necesidad de tener una copa en la mano. Él se calla—. ¿Cómo me encontrasteis vosotros a mí?

—Culpable. —Lucrezia aparece entre dos melhanäis con una mano en alto y una sonrisilla que denota lo orgullosa que está de haberme atrapado por fin.

El frío de este sitio no es nada comparado con la sensación que me retuerce las entrañas al verla. Es asco, un repugnante pozo de traición que no puedo expulsar. Quiero vomitar al pensar en las alianzas que los Bane y los Steelson hemos hecho en incontables ocasiones. La decepción pesa demasiado.

—Lo siento tanto por ti —le digo, pero nadie parece entenderlo, así que lo aclaro—: Vas a morir.

—Por cómo yo lo veo, te llegará a ti primero la hora. Saldrás de aquí fiel a nuestra causa o no saldrás —dice, segura de sus palabras, consciente de que los melhanäis presentes confían en ella tan plenamente como para dejarla hablar con libertad.

Estallo en risas.

—¿ Vuestra causa?

—Déjate ya de niñerías, esto ya no es la Guerra de las Treinta y Siete Lunas.

Esto ya no va de humanos contra me­lhanäis.

—Se cruza los brazos en el pecho—. Ahora es una guerra de clases sin importar la especie.

Son los que están en las altas cúpulas los que nos engañan y nos usan. ¡Tú mismo lo dices muchas veces!

—Jamás me uniré a vosotros —respondo con la barbilla en alto.

—Tú y tu ridículo empeño en no pasar página. Si fueras capaz de ver...

Me niego a escucharla, no quiero oír ni una palabra más.

—Jamás-me-uniré-a-vosotros —repito.

Lucrezia mira a Frederick y se encoge de hombros.

«Yo lo he intentado», es lo que quiere decir.

—¿Te puedes follar a una rebelde, pero no unirte a su causa? —me pregunta el chupasangre.

—No estés celoso, es que tú no eres mi tipo.

—Matadlo —ordena la mujer de lengua bífida—. No nos sirve de nada.

Un melhanäi alado da un paso adelante y me apunta con una pistola. Cierro los ojos, no rindiéndome a la bala, sino a la Muerte, que tantísimo tiempo lleva persiguiéndome.

—¡No! —grita Leah, poniéndose delante de mí. Del abrazo casi me tira al suelo.

La pistola se dispara y la bala acaba incrustada en la espalda de Leah, que grita del dolor al ser alcanzada de lleno en la columna vertebral.

—¡Leah! —La sujeto entre mis brazos. Mis manos, aferradas a su espalda, comienzan a mancharse de la sangre que brota de su herida.

No lo he visto venir. ¿Cómo iba a imaginarlo? Soy capaz de adelantarme a una explosión, a una avanzadilla enemiga secreta, a una emboscada..., pero no al hecho de que una melhanäi se interponga entre una bala y yo.

Apenas tengo tiempo de comprender lo que está pasando cuando su cuerpo se desploma frente a mí, y el estruendo del disparo aún retumba en el aire. No puedo pensar, no puedo reaccionar, solo siento su sangre, fría y abundante, empapando mis manos. Es demasiada, demasiada sangre...

Mi corazón late descontrolado mientras la estrecho contra mi pecho, desesperado por ver salir la bala por el mismo orificio por el que ha entrado para que pueda comenzar a curarse.

—¡Deteneos! —exige la vampira de corto pelo castaño—. Dejadme a mí hablar con él.

No...

Del shock casi suelto a Leah, casi me desplomo cuando mis rodillas flojean.

No es posible...

Pero lo es. El dolor en el pecho me dice que no estoy soñando.

Es ella.

Es mi madre.