CAPÍTULO 27
Theodore
Noto cómo dos agujas ardientes se introducen en las venas de mi antebrazo y me agarro a la roca para no perder el equilibrio.
He sentido muchos tipos de dolor, más que cualquier hombre de mi edad, pero ninguno como este.
Es un dolor muy focalizado que me quema el brazo entero, pero que tampoco da tregua al resto de mi cuerpo.
Extiende su efecto hasta mi último poro, enmudeciéndome, atravesándome un grito a mitad de garganta.
Leah me sujeta contra la roca con una mano en la muñeca y otra apretando tanto mi pecho que podría romperme una costilla.
Me clava las uñas en la piel, a través de la ropa, sin importar las marcas que deja en mí.
Amí tampoco me importa. Si alguien ha de marcarme, que sea alguien con la fuerza de Leah.
Cuando por fin mis pulmones son capaces de recibir aire, el grito que había estado guardando se desvanece y da paso a un resuello que sale de lo más profundo de mí.
La sangre sale de mí y entra en ella, y me introduce en un trance en el que el ardor comienza a ganarle la batalla al dolor y, de repente, mi cuerpo se convierte en llamas.
Mi sangre se mueve de manera extraña, mareándome, obligándome a apoyar la coronilla en la roca que tengo a la espalda para no dejarme caer de rodillas.
El deseo y el aturdimiento se entrelazan en mis entrañas.
Leah no deja de gemir cada vez que mi sangre mancha sus labios.
Quizás sea la conmoción, pero su gemido es el sonido más sensual que he escuchado nunca, y conseguirlo solo con dejar que me muerda hace que mi necesidad por dejar que siga comiendo de mí sea aún más grande.
Aprieto la cadena y ella comienza a mover su mano por mi dorso, estimulando cada centímetro de mi piel y haciéndome cerrar los ojos mientras la falta de control se hace con la situación; como si, de alguna manera, pudiera acelerarme aún más el corazón y conseguir que la sangre bombeara más rápido hasta ella.
Te va a matar, me advierte una vocecilla dentro de mi cabeza.
Pero qué manera más placentera de morir, me dice otra.
¡Reacciona!
—Ya está bien —le digo a Leah, que ni siquiera se molesta en mirarme—. Leah, para —le exijo. Me cuesta una barbaridad mantener los ojos abiertos.
Tiro bruscamente de la cadena y consigo que deje de succionar por unos segundos.
—¡Para! —Tiro una vez más, esta vez usando toda mi fuerza, ignorando la incómoda sensación afrodisiaca que me suplica que no lo haga, que siga dejándome morder.
Tiro una última vez de la cadena en el ángulo perfecto para conseguir que su cuello cruja y saque sus colmillos de mí.
Cuando lo hace, deja dos punciones que parecen invitar a todo el frío de la celda a meterse en mi cuerpo y, conforme Leah cae al suelo, yo lo hago con ella, tiritando contra la roca hasta que mi cuerpo entero se apaga.
Abro los ojos lenta y pesadamente. Mi mente tarda unos instantes en recordar el dolor, el placer, el desenfreno, el miedo.
.., la mordida. Planto las manos en el suelo para incorporarme y un escalofrío recorre mi columna vertebral.
Mis sentidos están alertas. Siento una extraña fuerza latente en mis músculos mientras me incorporo, como si la oscuridad misma me hubiera insuflado vida.
—¡Por fin despiertas! —Leah se arrodilla delante de mí y me pone las manos en la cara.
—Tienes las manos más calientes de lo normal. —Ni siquiera sé por qué se lo digo, simplemente sale de mi boca.
—No, es que tú estás más frío.
Cuando consigo que Leah deje de estar borrosa, atisbo el gesto de preocupación que domina sus rasgos. Aunque los finos regueros de sangre que descienden desde sus labios hasta su cuello le dan un toque irresistible.
—Estoy bien —le digo, apartando la mano con la que sujeta mi cuello; no puedo concentrarme en lo que digo si ella está tocándome.
—Poco a poco —me advierte mientras me muevo hasta conseguir tener mi espalda pegada a la roca—. Cuando me he despertado y te he visto tan pálido... —Se frota los ojos.
Bajo mi mirada y elevo mis brazos para poder ver a lo que se refiere. Mi piel está mucho más blanca de lo habitual, además de fina, como si no hubiera nada entre ella y las venas que tan claramente veo ahora.
—¿Qué me ha...?
—La fiebre blanca —responde ella antes incluso de que yo termine la pregunta—. Has estado a punto de contraerla.
—¿Cómo que...? —Cierro los ojos para después abrirlos con la esperanza de entender mejor las cosas. No tengo suerte—. ¿Qué tiene que ver esto con la fiebre blanca?
—Todo, Theo. —Se echa el pelo hacia atrás, sentándose delante de mí con una delicadeza muy poco común en ella. Está claro que va a soltar algo que sabe que no me va a gustar—. ¿Conoces los síntomas de la fiebre blanca?
—De primera mano. Fue lo que se llevó a mis padres. Antes de la guerra —respondo, ya mucho más centrado en la conversación—, cuando los vuestros rompieron el tratado y comenzaron a llegar a nuestro continente.
—Joder. —Se muerde el interior de las mejillas, mirando a todas partes menos a mí—. Te dije que era peligroso, que un vampiro que no puede controlar su hambre supone una amenaza enorme para vosotros.
—Ve al grano, Leah. —Flexiono las piernas y apoyo mis muñecas en las rodillas—. Me duele demasiado la cabeza.
—Cuando un humano es drenado casi por completo, gran parte del pigmento de su piel desaparece, las venas se hinchan intentando mover la poca sangre que queda y el cuerpo colapsa, produciendo fiebres tan altas que, si no recibe una transfusión...
—Acaba muriendo —termino yo. Ella asiente—. Vosotros sois los responsables de la fiebre blanca —resumo—. Quienes mueren por ella han sido un saco de alimento para algún chupasangre.
—Cada vez ocurre menos, pero hace años, cuando los vampiros comenzaron a llegar, era muy difícil...
Me dan igual sus argumentos, sus justificaciones. Me da igual que no fueran sus colmillos los que se llevaron a mis padres. Ahora no puedo hacer más que imaginármelos en el suelo de casa, convulsionando y tosiendo sangre mientras los vecinos me apartaban de la horrorosa imagen de su final.
Iban a morir, y yo no podía hacer nada. Solo lloraba, y seguí llorando después de que se hubieran ido. La impotencia y el sentimiento de inutilidad se aferraron a mí y me convirtieron en el hombre que soy hoy.
Me bajo la manga de la camisa, empapada en sangre. Me fijo en los dos pequeños agujeros que tardarán unos cuantos días en cicatrizar sin la tinta melhanäi.
—Theo, di algo —me pide Leah.
—Solo espero que no tengas más hambre. —Me abotono la manga—. Porque la próxima vez te partiré el cuello antes de que me muerdas.
Las antorchas están a punto de consumirse y Leah también. Tras varias horas sin recibir alimento, y teniendo en cuenta lo poco que ha comido estos últimos días, vuelve a retorcerse del dolor de estómago.
Podría aliviar su sufrimiento, pero ella jamás podrá aliviar el mío, así que supongo que no hacer nada nos deja en igualdad de condiciones.
Sin yo hacer ni decir nada, Leah se pone tensa. Se pone en pie, dispuesta a saltar a lo que sea que acecha en las sombras.
Yo no oigo ni veo nada hasta que la antorcha más cercana dibuja la figura de Frederick.
—Vaya, veo que sigues vivo —me dice. No se molesta en esconder la decepción—. He de felicitarte por tu fuerza de voluntad, Leah. —Ahora la mira a ella—. Puede que este humano te importe de verdad.
Ambos nos miramos, sin llegar a decir nada. No queremos saber lo que piensa el otro.
—Eso nos vendrá de perlas para las negociaciones. —Frederick se frota las manos.
—¿Negociaciones? —Me pongo en pie con una actitud renovada. Las negociaciones son lo mío.
—Tenéis amigos poderosos ahí fuera, os quieren en la sala de superiores antes de que os matéis aquí abajo el uno al otro. —Se acerca a mí y me quita los grilletes. Agradezco dejar de sentir ese peso tan incómodo en mis brazos—. Andando. —Me empuja.
Me anoto una razón más por la que matar a este idiota.
De vez en cuando miro por encima del hombro con disimulo para asegurarme de que Leah viene detrás. Para ella está siendo peor, apenas puede mantenerse erguida del dolor de estómago.
Nos hace cruzar un pasillo largo y estrecho hasta una sala en la que, nada más abrir la puerta, puedo ver a todo tipo de melhanäis.
He matado especímenes de casi todas las castas que ahora me miran; de hecho, sabría enumerar la debilidad de cada uno de ellos para aniquilarlos de un golpe. Pero jamás había visto tantos melhanäis diferentes juntos, congregados como humanos para debatir y consensuar algo. Mi muerte, supongo.
Es inevitable que una sensación incómoda de inferioridad repte por mi espalda.
Nos lanza de malas maneras al centro de la estancia y caemos de rodillas. Yo enseguida me recupero y me pongo de pie. Leah, en cambio, se queda en el suelo con las manos en el vientre.
—¿Qué le ocurre? —pregunta una melhanäi de escamas verdes. Es inevitable fijarse en su lengua bífida.
—Tiene hambre —responde Frederick, sentándose en su sillón.
—¿Es que no ha comido? —La melhanäi señala mi manga manchada de sangre.
—No lo suficiente —dice una ninfa, riéndose.
—Rosaly, un placer volver a verte —la saludo, generando incomodidad entre los suyos.
—Entonces no está en condiciones de participar en un interrogatorio, ¿no crees? —le rebate la ponzoñosa que ha hablado primero.
Desprende un aura rígida, de mano inflexible y criterio claro; no permite que nadie se tome nada a la ligera.
Frederick deja ver una mueca de resentimiento un segundo, y después chasquea los dedos para que otra vampira, de pelo castaño corto, le acerque una bolsa de sangre con la cabeza gacha.
—Está bien. —Frederick le lanza a Leah la bolsa de sangre de mala manera, como si esta fuera un perro que tuviera que estar agradecido por recibir las migajas.
Pero Leah está tan centrada en su dolor que no es capaz de ver ni escuchar nada a su alrededor.