Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Theodore

Me despierto con un dolor agudo en la espalda que se irradia por todo mi cuerpo.

—Putos sedantes melhanäis —balbuceo mientras me doy cuenta de las pesadas cadenas que sujetan mis muñecas.

—¿Por qué crees que es melhanäi? —me pregunta Leah desde el otro lado del calabozo.

—¿Tú también estás aquí?

—Supongo que tenemos más enemigos en común que gustos —dice.

—¿Como los agentes de seguridad de la gala contra los que me enfrenté anoche solo porque tú me dejaste tirado?

—Sí, como esos, por ejemplo... Pero, en serio, Theo, ¿ solo lo hiciste por eso?

Le pondría las cadenas alrededor de la boca por esa ironía si tuviera energía para ello.

—Los humanos no usamos dardos para sedar, lo de los dardos con plumas y cerbatanas es algo vuestro. Por eso sé que es melhanäi —digo para desviar el tema.

—Lo dices como si fuéramos salvajes.

—Exacto. Salvajes que no buscan más que guerras.

—Nosotros no empezamos la guerra.

—Claro que sí, cuando decidisteis romper los tratados de paz y empezar a invadir nuestras tierras.

—Eso no fue... —se calla a media frase, hundiendo la cabeza entre sus rodillas, frustrada por no poder contarme lo que quiere—. Nunca tuvimos necesidad de romper los tratados o invadir otras tierras.

—Siento mucho discrepar, pero no me imagino cómo seres como vosotros podían estar integrados en ningún tipo de sociedad. —Me encojo de hombros.

—Cada especie de melhanäi es muy diferente a las demás, tenemos una cadena alimenticia muy diferente a la vuestra, por lo que se procuraba adaptar la sociedad a nosotros, en vez de adaptarnos nosotros a ella.

Los vampiros siempre nos formábamos y dedicábamos a oficios que tuvieran relación directa con la sangre para tener un suministro asegurado: hospitales, ejército, carnicerías.

.. La sangre animal funciona. No es tan buena, pero funciona.

¡Había melhanäis que incluso hacían donaciones de sangre para entregárselas a mi comunidad y así mantener el hambre a raya!

—Qué puto asco. —No puedo evitar decirlo.

—Di lo que quieras, pero funcionaba, éramos una sociedad en paz. No teníamos la necesidad de salir de nuestro continente.

Lo dice tan convencida que, por un momento, me replanteo todo lo que sé de la historia de la guerra.

—¡Ya estáis despiertos! —Un vampiro con aspecto enfermizo aparece a unos cuantos metros. Su pelo es tan rubio que refleja la luz de las antorchas.

—¿Qué significa esto, Frederick? —le pregunta Leah.

—Los superiores no estamos muy de acuerdo con las alianzas que has hecho últimamente. —Me mira con un desprecio evidente en los ojos, el mismo que le podría mostrar yo, pero opto por la indiferencia.

—¿Qué alianzas? —Leah se exaspera—. ¡Él es solo un humano empeñado en saberlo todo de su ciudad! ¡Nada más!

—Ya he oído hablar de él. —Habla como si yo no estuviera presente—.

Veterano de guerra condecorado y delincuente, además de detractor de los melhanäis.

.. Tiene todas las papeletas para no salir de aquí jamás.

—Leah se va a quejar, pero Frederick se planta a su lado en un abrir y cerrar de ojos y le pone un dedo en los labios para callarla—.

Además, ¿cómo que no tenéis una alianza?

Estabais muy juntitos cuando llegamos. —Muy despacio, desplaza los dedos por los pechos de Leah, apartando los mechones rebeldes del escote.

Pensé que lo primero que le arrancaría a este tío cuando tuviera la oportunidad sería la lengua, pero quizás ahora sean los dedos.

—Eso no es...

— Shhh, shhh, shhh. —No quiere escucharla, solo deleitarse en la suavidad de su piel.

—Ya lo entiendo. —Me muevo un poco hacia un lado para esquivar a Frederick y mirar a Leah a la cara—. Este es quien quiere jugar con mis juguetes. —Con esto, por fin consigo que Frederick se vuelva hacia mí y me dé la oportunidad de decirle—: Tú eres el cabronazo.

—Theo, basta —me advierte Leah.

—Eres un insolente —me dice Frederick.

Sé que ha intentado sonar amenazante, pero no hay quien se lo tome en serio con esa cara.

—Si sigues tocándola, verás hasta qué punto de insolencia puedo llegar —le digo.

Frederick estalla en risas y reanuda el toqueteo, pero esta vez sin dejar de mirarme.

—Pero es que a ella le gusta. Siempre le ha gustado, ¿verdad? —Le aprieta los mofletes y acerca su boca a la de ella—. Siempre ha sido una buena putita, dispuesta a lo que sea por la causa.

Aprieta tanto sus dedos que Leah comienza a comprimir el gesto en un intento por no quejarse del dolor que está a punto de dislocarle la mandíbula. Ycuando él ya ve que no puede apretar más, la suelta y le cruza la cara de un guantazo lleno de frustración por no poder controlarla.

Yo comienzo a reír a carcajadas, suscitando la intriga de los dos.

—¿De qué te ríes?

—De la maravillosa excusa que me has dado para que tu muerte sea lenta y dolorosa.

Me deleito con solo pensar en el enorme abanico de posibilidades de torturar a un vampiro.

—Miro al techo, soñando despierto con ello—.

¿Crees que si te arranco los dedos uno a uno las heridas se curarán lo bastante rápido para volver a abrirlas?

Frederick traga saliva, consciente de que hablo muy en serio.

—Veremos si te sigues riendo esta noche.

—Le quita las cadenas a Leah, que está demasiado débil para librarse de ellas—.

¿Cuánto has comido en los últimos días? —le pregunta, con una sonrisa torcida formándosele en la boca—.

Te dejaré aquí abajo con él hasta mañana a esta misma hora para que puedas alimentarte.

—No... —susurra ella.

—Solo saldrás de aquí tú, para que después nos puedas explicar cuáles eran tus intenciones encamándote con el enemigo.

—No, espera... —Leah parece querer volver a encadenarse, pero Frederick ha arrancado de cuajo las bisagras después de liberarla.

—Nos vemos mañana, ¡que te aproveche! —Se despide de ella con una caricia en la barbilla—. Ytú —me mira—, espero que no la indigestes.

—Siempre me han dicho que soy muy ácido.

Cuando nos quedamos solos con el crepitar de las antorchas, miro a Leah, al miedo que tiene de sí misma; y, por un momento, mi seguridad se quiebra. No sé si voy a sobrevivir a esta noche.

Es difícil controlar el paso del tiempo aquí abajo, pero sé que han sido demasiadas horas; ya da igual lo mucho que cambie de posición, apenas siento las piernas.

Las cadenas son largas, y me dan algo de margen de movimiento, pero no el suficiente.

—No hay salida —repite Leah por tercera vez, después de llegar de otra de sus excursiones por los pasillos de la cueva, buscando el mínimo resquicio entre las rocas.

—Creo que debemos empezar a pensar en un plan B —le propongo, también por tercera vez.

—¡No lo hay! —Se lleva las manos a la cabeza y se pasa los dedos entre el pelo—.

¡No lo entiendes! Cuando tenemos hambre es.

.. No vemos nada más, no entiendo ningún otro lenguaje que no sea el de los latidos de tu corazón bombeando sangre por todo tu cuerpo.

—Se queda mirándome como si yo fuera una chuleta.

Sus ojos comienzan a teñirse de rojo y le asoman los colmillos.

—¡Eh! ¡Céntrate! —le grito. Su cara vuelve a la normalidad—. Tiene que haber alguna manera de que combatas el hambre. ¿Nunca pasasteis hambre durante la guerra?

Yo recuerdo más de una semana famélica en las trincheras.

Leah se ríe, echándose todo el pelo hacia atrás, como si el mínimo mechón la acalorara.

—Los soldados vampiros eran sometidos a días de ayuno para después salir a la batalla, Theo. —Se señala al pecho con un dedo—. Nuestra hambre es un arma. Una que te va a matar.

—Tienes que...

Se acerca a mí y, en un abrir y cerrar de ojos, tengo su mano tapándome la boca y sus pechos apretándose contra mis pectorales.

—¿Por qué no me dejas hoy a mí decirte a ti lo que tienes que hacer?

—Hasta el tono de voz le ha cambiado—. No eres un vampiro, no sabes de qué va esto.

¡No lo sabes todo! Siento ser yo quien te dé esta lección de vida.

Así que te vas a callar, porque lo único que consigues cuando abres esa boca es dejarme escuchar con más claridad tu flujo de sangre.

—Planta un dedo en mi pecho y comienza a dar toquecitos al ritmo de los latidos de mi corazón.

Sus ojos aún son muy humanos, el gris aún no se ha vuelto hielo, pero la oscuridad tras sus pestañas sigue siendo profunda. Lo será en muy poco. Yme enfriará hasta dejarme congelado, imposibilitándome volver a respirar.

Asiento solo para conseguir que me quite la mano de la boca.

Lo hace, muy poco a poco, eternizándose en mi marcada yugular.

—Hay que racionar —le digo rápido.

—¿Qué te he dicho? —Se aleja con las manos en los oídos.

La ignoro, sigo con mi plan B.

—Hay que racionar —repito—. Durante la guerra, nosotros pasamos muchísima hambre.

Racionábamos la comida para que ninguno desfalleciera.

—Me acerco a ella—. Hagámoslo. No podrás soportar mucha hambre, pero sí una poca.

Así que, cada vez que comiences a perder los papeles, te permitiré beber un poco de mí.

—No. —Da un paso atrás—. En este punto no sé si sería capaz de parar.

— Tienes que serlo, porque si no tú morirás de hambre o yo por ser la comida.

—No. —Se aleja y me deja solo con la impotencia que me produce que alguien me lleve la contraria.

—Sabes que cuando no puedas soportar más el hambre, dará igual que estés en la otra punta de la cueva —ni siquiera me molesto en gritar, sé que esté donde esté es capaz de oírme—, vendrás y me matarás sea como sea. Bebe de mí.

Tarda un par de minutos en los que el silencio me hace preguntarme si habrá encontrado una salida de la cueva, pero reaparece camuflada entre las sombras de una roca proyectadas por las antorchas.

Un nudo en el estómago aprieta fuerte. Es una de las veces que más claro tengo que estoy mirando cara a cara a la Muerte. Me quito la americana y me remango la camisa del brazo derecho, dejando a la vista todas las venas que he tenido siempre bien marcadas.

—Joder, Theo, ¿y si no soy capaz de parar? ¿Sabes lo que os sucede a los humanos cuando no somos capaces de hacerlo? —Se agarra con más fuerza a la roca, sus piernas parecen querer adelantarse a su cuerpo.

—Cuéntamelo luego.

—¡Esto no es un juego! —me regaña.

—Lo sé. —Agarro la cadena del otro grillete—. Por eso vas a dejar que te ponga la cadena alrededor del cuello mientras te alimentas.

—¿Para qué?

—Para partírtelo en caso de que no pares.

—Sabes que eso no me matará.

—Pero te mantendrá dormidita hasta que vuelvas a tener hambre. —Aprieto las cadenas—. Yasí una y otra vez, si es necesario.

—Si quieres ponerme un collar, preferiría que fuera tu mano.

Sus palabras me ponen demasiado como para ocultar el bulto de la entrepierna. Leah se da cuenta y camina hacia mí mientras sus ojos se van enrojeciendo y sus colmillos van asomando.

Cuando está más cerca de lo que podríamos considerar seguro, se para, apretando la tela de su camisón a la altura de la cintura para no lanzarse hacia mí.

Doy el paso que termina por unirnos y noto cómo respira hondo, hinchando su pecho, absorbiendo su necesidad junto con mi aroma.

Cojo la cadena de mi brazo izquierdo y se la coloco alrededor del cuello. Leah da un respingo en cuanto nota el frío del hierro sobre sus clavículas.

—No dudes —me advierte, ya con su mirada congelada.

—No lo haré. —Aprieto los dedos alrededor de la cadena y la tenso un poco para encontrar el punto de tensión que partiría su cuello—. Que aproveche.