CAPÍTULO 25
Leah
Doy gracias de que Elmbound esté más tranquilo que Wicksole.
Mi melena pelirroja se ha convertido en la descripción principal que se gritan todos los agentes entre sí.
Me tapo todo lo que puedo con un enorme abrigo de pelo pardo que he cogido al salir de la mansión del mandatario Gifford y me valgo de mi rapidez para saltar de sombra en sombra hasta casa sin ser vista.
Cierro la puerta rápido y apoyo la coronilla.
Como si supusiera una protección extra, echo la llave y me quito los tacones para ir directa al minibar del salón.
Aún estoy pensando en toda la información que ha soltado el Dirigente y cómo usarla a favor de la rebelión (sobre todo para compensar el enorme inconveniente que estará suponiendo para La Brada el movimiento de los policías).
«¿Es que no sabes hacer ni una cosa bien?». Ya puedo escuchar la voz de Frederick mientras me amenaza con azotarme por echarles a los agentes de seguridad encima de nuevo.
Abro el minibar y me hago con la primera botella que pillo. La abro y dejo caer un largo y cálido trago por mi garganta mientras subo a mi cuarto.
Los vampiros no solemos dormir, pero hoy algo me pide a gritos que lo haga. Quizás sea la razón, el miedo o la idea irracional de que meterme entre las sábanas me ocultará del mundo.
A la mañana siguiente, bajo perezosa las escaleras, con miedo a escuchar jaleo en la calle.
Pero no escucho nada, solo mi estómago. Voy a ir a la cocina para coger unas bolsas de sangre de la nevera, pero antes de hacerlo, antes incluso de que pueda hablar, lo huelo, siento su calor ahogando el aire de mi casa.
—¿Qué haces tú aquí? —le pregunto a la silueta que está sentada en el sillón orejero cerca de la ventana. Llego hasta ella y me siento en su regazo para retorcerle la tráquea. Me sería demasiado fácil arrancársela de un tirón—. ¿Cómo sabes dónde vivo?
—No es difícil seguirte el rastro —dice Theo—. Lucrezia explicó con detalle dónde había muerto Horace, después solo fue cuestión de peinar la zona.
Lo agarro del pelo y le volteo la cabeza para despejar su yugular. Tan palpitante como mi estómago, con la piel tan dura que me recrearía en la sensación de profundidad a medida que mis dientes fueran penetrándola.
Los colmillos comienzan a dolerme de lo mucho que me tiran. Se me escapan siseos graves desde el fondo de la garganta y mis dedos estrujan los mechones de pelo.
—¡Joder! —me quejo, después de bajarme de su regazo y empujarlo tan fuerte que desplazo el sillón.
Corro hasta la nevera, pero la encuentro vacía.
—¿Qué? —Rebusco.
—Creo que buscas esto. Solo te quedaba una —Theo se pone a leer la etiqueta pegada a la bolsa—. Pobre Robert Ashvoel.
—Dámela —le exijo, con una temblequera en la mano que nada tiene que ver con la debilidad.
—No —niega con la cabeza.
Llego hasta él y coloco mis manos en sus rodillas, dejándole decidir si mirarme a la cara o al escote.
—Me estás provocando. Quieres que te muerda —le digo—. Quieres que te muerda para después matarme y seguir diciendo por ahí que jamás has renunciado a tus principios.
Theo se queda paralizado en el asiento, sin decir nada, y me tira la bolsa de sangre. La cojo en el aire y, sin detenerme a abrirla como hago siempre, hinco mis colmillos y empiezo a beber desesperada. Me doy la vuelta para que él no vea cómo me retuerzo mientras la sangre baja por mi garganta.
—Vas a contarme qué pasó anoche con el Dirigente —me exige.
—Ya me había dado toda la información que podía sacarle y lo que venía después no me gustaba, así que lo puse a dormir.
—Tiro la bolsa de sangre ya vacía al suelo y me limpio la gota roja que se me escapa por la comisura antes de darme la vuelta—.
¿Tú sabías que las escamas de un melhanäi acuático se disuelven en alcohol para cambiar las propiedades de la bebida sin apenas alterar el sabor?
Ytanto el Dirigente como los mandatarios bebieron demasiado rápido y se quedaron dormidos antes de lo que esperaba. .. Tuve que improvisar.
—¿A casi ser atrapada lo llamas improvisar? —Eleva una ceja.
—Contaba con tu presencia en la gala, sabía que actuarías.
—Crees saber demasiado. —Carraspea para disimular lo mucho que eso ha herido su orgullo. Anticiparse a los demás es cosa suya; no le gusta que hagan lo mismo con él—. ¿Yqué dijo el Dirigente?
—Creo que eso ya no lo voy a poder compartir contigo. —Me cruzo de brazos.
—Claro que lo vas a hacer. —Cuando habla tan seguro de sus palabras me desespera—.
Me vas a contar de qué hablaron anoche el Dirigente y los mandatarios y me vas a explicar qué son estas fotografías.
—Saca una del bolsillo de su gabardina y me la muestra—.
¿Qué es esto? —Señala al lumiriate—. Fuiste tú quien hizo las fotografías en la central.
Por eso huías de las autoridades el día que te acorralé en La Brada.
Mi corazón va a salirse de mi caja torácica como siga hablando.
—Devuélveme las fotos.
Sin ellas no tengo nada, todo mi trabajo desde que llegué a Salrath no habrá servido de nada.
—No hasta que me cuentes todo lo que me tienes que contar.
—Tú no renuncias a tus principios. —Lo miro con el mentón en alto—. No me puedes exigir que renuncie a los míos.
—¡Sí puedo! —Se acerca—. Claro que puedo.
—¿Y se puede saber por qué?
—¡Porque tú me arrebataste mis principios el día que te salieron dos putos colmillos y no te maté!
Está tan cerca que necesito callarle la boca. Ysolo se me ocurre una manera de hacerlo. Me engancho a sus hombros y lo atraigo hacia mí para conseguir que nuestros labios se encuentren en un deseo mudo, uno que ninguno de los dos jamás admitirá; pues más que un deseo es una tortura.
Theo eleva mis piernas para asegurarse de que las enrollo alrededor de su cintura.
La sangre corre caliente por sus venas, y puedo sentir su pulso debajo de mi piel de mármol.
Siento la necesidad incontrolable de morderle, de saborear su esencia y perderme en la dulzura de su sangre.
Mis colmillos están listos, y la sed de sangre se intensifica con cada latido de su corazón.
Cuando sus manos están a punto de llegar a mis pechos, dos dardos atraviesan mi ventana. El primero se clava en la espalda de Theo, el segundo en mi garganta.
—¿Qué...? —Theo no puede terminar la frase.
Empiezo a ver borroso y noto cómo la fuerza de ambos se desvanece mientras caemos al suelo. Yo aterrizo sobre su pecho y dejo que su olor a perfume caro y tabaco me acompañe a dormir.