CAPÍTULO 24
Theodore
—¿Qué estamos haciendo? —Elías se apoya en la mesa alta, dejando todo el peso del aburrimiento de la gala encima de ella.
—Esperar. —Me termino mi copa de champán.
—¿A qué? —Mira alrededor. La orquesta toca un vals mientras varias parejas bailan en la pista. Creo que ha escuchado violines para lo que queda de año.
—A que esa puerta se abra. —Señalo la puerta por la que se han metido los dos mandatarios y el Dirigente con Leah—. Yquedarnos con cualquiera que salga de ahí que no sea un cargo político para sonsacarle de qué han hablado el Dirigente y los mandatarios.
—Por «quedarnos con» —entrecomilla con los dedos— te refieres a secuestrar.
—Llámalo como quieras, pero me pienso enterar de lo que ha sucedido ahí dentro. —No tengo paciencia, no estoy para juegos léxicos o sarcasmos; no mientras imagino cómo hacer que Leah hable.
—Recibido. —Elías, que me conoce mejor que nadie, deja los tecnicismos a un lado y busca con los ojos a nuestros compañeros repartidos por la sala para, con señales, indicarles a todos que estén pendientes de la puerta que he indicado—. ¿Todo bien?
Se asegura de coger otras dos copas de champán del camarero que pasa a nuestro lado con una bandeja llena.
—Putos esnobs, ¿no tienen algo que no sea champán? —Igualmente acepto la copa.
—Estás evitando responder a mi pregunta.
—Yo no hago eso.
—Lo haces desde que teníamos doce años y aprendiste a responder ante tus padres de nuestras trastadas sin llegar a decir nada —se ríe—. Joder, es que has sido un maldito manipulador desde antes de tener pelos en los huevos.
—Gracias. —Elevo mi copa.
—No era un cumplido.
Para mí sí lo es. Aún recuerdo la sonrisa de mi madre cuando esta se daba cuenta de mis triquiñuelas. Estaba tan guapa... Me encantaba hacerla sonreír.
De repente, el ritmo y la armonía de la noche se ven interrumpidos por el grito de una mujer que nadie ve hasta que sale por la puerta de la salita privada.
—Ahora —ordeno. Ytodos los Bane comienzan a moverse por la sala.
Algunos invitados que han entrado en la salita se unen a los gritos de auxilio mientras las mujeres siguen saliendo.
—¡El Dirigente! —grita un hombre—. ¡El Dirigente necesita ayuda!
El caos llama a más caos y quienes no saben lo que sucede comienzan a salir en tropel, asustados, obstruyendo la salida con empujones y patadas.
Yo sigo quieto en mi mesa, terminándome la copa de champán, mientras algunos músicos usan sus instrumentos para abrirse paso a través de la muchedumbre. Los policías detienen a las señoritas que acompañaban a los mandatarios y al Dirigente y las reducen a golpes.
—¡No te muevas! —le grita un agente a una de ellas, dejándola tirada en el suelo con su bota pisándole la espalda.
Llego hasta él y del puñetazo que le doy lo desestabilizo y lo hago caer hacia atrás. Cojo la porra que ha usado para reducir a la mujer y le apunto con ella desde arriba.
—Como te levantes, te la meto por el culo.
Parece que se lo toma en serio. Se toma su tiempo para recuperarse del aturdimiento.
—Gracias —me dice la mujer.
—No hay de qué. —Le ofrezco una mano para ayudarla a levantarse—. Este tío es un inepto, hay maneras más agradables de reducir a una persona.
—¿Cómo? —Su rostro muestra el mismo miedo que tenía tirada en el suelo.
Cruzo miradas con Elías, que enseguida llega a nosotros desde el otro lado del salón, y la agarra para llevársela a la fonda.
—Tranquilícese, nosotros la trataremos bien —le dice a la temblorosa mujer que, cada dos pasos, se detiene, reacia a caminar.
Cornelia se une a Elías y, de un golpe seco en la nuca, deja a la mujer inconsciente.
—¡Cornelia! —se queja Elías.
—No hay tiempo —dice, cogiéndola por los brazos mientras él la agarra por las piernas—. ¡Paso! ¡Paso, por favor! Vamos con una herida, ¡paso!
Quizás sea algo brusca, pero no puedo poner en duda la efectividad de los métodos de Cornelia cuando la gente comienza a abrirles un pasillo.
—Yo iré después —le digo a Winnifred y al resto de compañeros.
Sigo buscando por la estancia ese precioso pelo rojo que ya es como un imán para mí y, cuando doy con él, veo que está en más apuros de los que pensaba.
La tienen rodeada tres agentes, pero no parece tener intención de desvelar su verdadera naturaleza, que sería lo único que la salvaría en estos momentos.
Saco mi pistola de la riñonera y le quito el seguro mientras me acerco a la escena.
—No es muy cortés por vuestra parte acorralar así a una señorita —digo. Leah gira el cuello para mirarme, tan sorprendida por mi presencia como los policías—. Si estáis necesitados de la compañía de alguien, ¿por qué no os pasáis por The Silver Siren? Le diré a la jefa que os haga precio.
—La señorita se viene con nosotros —dice uno de los agentes.
—No puedo permitir que eso pase, yo también quiero interrogarla.
—No tienes la autoridad para hacer eso.
—Pero sí la desfachatez.
Apenas me permiten terminar de hablar; se abalanzan sobre mí. No debe de gustarles el aplomo de mi discurso.
Las palabras han perdido su poder; ahora la única salida es hacer que se coman un par de puños que les quiten las ganas de volver a contradecirme.
El primer golpe marca el inicio de la pelea cuando desarmo al que tenía una pistola. El intercambio de golpes se convierte en mi terapia, cada puñetazo libera un poco de mi ira acumulada.
En este momento, no hay espacio para la reflexión ni el arrepentimiento, solo una vorágine de emociones crudas materializándose en una pelea que me lleva al límite.
Un dos contra uno nunca ha sido justo. Apunto con la pistola a uno de ellos y, cuando veo que arremete contra mí con la porra, aprieto el gatillo como si estuviera en las trincheras y su mera presencia supusiera una amenaza para mi vida.
Con el disparo solo llega más caos, más gritos, más empujones.
El otro policía sale espantado en cuanto ve a su compañero en el suelo, encima del charco de sangre que comienza a salirle por la espalda.
Busco a Leah, pero ella también ha aprovechado el momento de pánico para huir.
Todo el mundo a mi alrededor intenta escapar, mientras yo, aquí de pie, con la pistola en la mano y un muerto a mis pies, solo quiero escapar de mis propios pensamientos, de lo que acabo de hacer por protegerla.