CAPÍTULO 23
Leah
Dominar a un hombre es fácil. Más aún cuando es poderoso.
Sí, tienen dinero, contactos, poder y un sinfín de personas a su cargo que se encargarían de deshacerse de mí con solo una orden.
Pero es precisamente eso lo que los lleva a errar.
Se sienten invencibles, intocables, como si con la punta de su dedo dictaminaran todo lo que puede o no puede pasar.
Ya ninguno de ellos se le pasaría por la cabeza que una pelirroja inocente, con ganas de pasar una noche loca con un hombre importante, fuera a jugársela.
Así que no me ha costado más que un par de paseítos delante de él y una mirada coqueta detrás de una copa para conseguir que me invitara a seguirle a su salita privada.
Cuando el guardia de seguridad cierra la puerta y nos quedamos solos en la sala, una mesa redonda se ilumina en el centro y los dos mandatarios de Salrath se sientan a ella para jugar a las cartas con el Dirigente.
A pesar de la poca luz que hay, puedo ver una pequeña barra de bar a un lado. Las otras tres mujeres que han entrado conmigo y yo nos sentamos en los taburetes altos.
—Ponme un vaso de whisky, ¿quieres, preciosa? —Gifford le da una palmadita en el trasero a una de ellas antes de que se siente.
—¿Usted qué quiere? —le pregunto al Dirigente, un hombre que, a pesar de su edad y su pelo blanco, conserva el atractivo de su juventud en sus ojos azules y su barba acicalada.
—Tú no tienes que trabajar. —Me sienta encima de su regazo y saca esos dedos poderosos que creen dictaminar el destino de todos los presentes y los sube por mi pierna hasta asomar un poco por debajo de mi vestido.
—Pero quiero que tenga todo lo que desee esta noche. —Le doy con un dedo en la nariz para acentuar mi lado más inocente—. Yle aseguro que hago los mejores cócteles.
—Sorpréndeme entonces. —Me ayuda a levantarme poniéndome la mano en el culo.
Busco entre los cajones del bar los vasos de margarita y los coloco en la barra mientras doy con los licores que necesito.
—¿Cómo va la cosa por el puerto? —pregunta el Dirigente cuando el crupier ha terminado de repartir las cartas.
Levanta la mirada hacia sus subordinados después de ver la mano que le ha tocado. No parece muy contento; mira brevemente al crupier como si fuera culpa suya y le fuera a hacer tragarse las cartas.
—Seguimos recibiendo los cargamentos marcados con normalidad —afirma Gifford.
—¿Y los problemas que está habiendo con los melhanäis? —El Dirigente se enciende un puro y el humo parece subir directo al foco de luz que hay encima de la mesa.
—Todo bajo control. —Es la primera vez que escucho a Gifford con la voz temblorosa.
—Asesinaron a dos policías en La Brada, ¿no? —insiste mientras comienzan a echar las primeras cartas a la mesa—. Ya otros dos hombres a la salida de su turno en la central, en el río.
Cuatro muertes, una asesina. Ups.
Puedo oír desde aquí cómo Gifford se traga su miedo junto con la saliva que se le ha acumulado en la garganta.
—Hechos puntuales, señor. El vampiro causante de dichas muertes está cerca de ser apresado. —El mandatario de Elmbound sale en su rescate.
Miro con discreción a derecha e izquierda por si los agentes de seguridad que guardan la puerta sacan las esposas de repente.
—La problemática melhanäi está concentrada en el sur, para desviar las miradas indiscretas de Wicksole. Tal y como nos pidió —añade el mandatario.
—Solo aguantamos a esos monstruos entre nosotros porque los necesitamos. —El Dirigente sonríe con el puro entre los dientes—. Pero es cuestión de tiempo que dejemos de necesitarlos.
Me esfuerzo tanto en mantener la boca cerrada que el vaso que sujeto estalla entre mis dedos. Todos se me quedan mirando.
—¡Qué estúpida soy! —Me tapo la boca—. Se me ha caído sin querer. —Giro sobre mí misma, exagerando ciertos movimientos para que mis curvas sobresalgan de la barra—. Creo que esto es muy estrecho para mí.
El Dirigente me mira con el puro a punto de caerse de su boca y los ojos embobados.
—No te preocupes. —Se ahueca el pantalón de manera exagerada en la silla y se recoloca—. Pero intenta no romper nada más.
Le dedico una enorme sonrisa inocente y me agacho para recoger los cristales. Mi mano ya está curada, y puedo limpiarme la sangre con una bayeta.
—¿ Él estará de acuerdo con eso? —pregunta Gifford—. Sé que los acuerdos firmados se ajustan a todo lo que ha sucedido hasta ahora, pero lo que ocurrirá cuando consigamos estabilizar la energía en la central de Wicksole...
—Sabe lo suficiente como para no comenzar otra guerra, y eso es todo lo que necesito que sepa por el momento.
—Sus donaciones a la causa son altas, pero siguen siendo imperceptibles para la población, por lo que no hay peligro de que nada salga a la luz —afirma sonriente el mandatario de Elmbound—. Esos contenedores cada vez están más cerca de traernos la solución.
Me pregunto quién será él. Tampoco entiendo a qué se refiere con «donación» y «solución». Me centro en mezclar la ginebra con el vermú seco para no hacer estallar otro vaso.
—Eso no es del todo cierto, ¿no, Gifford? —El Dirigente roba una carta que parece que decanta la balanza a su favor y disfruta poniendo al mandatario de Wicksole contra las cuerdas.
—Estamos a punto de recuperar las fotografías, señor. —Ha comenzado a sudar tanto que sus entradas brillan—. Es solo cuestión de tiempo que...
—¡Pero es que no tenemos tiempo, Gifford! —le grita—. Nunca hay tiempo para ese tipo de errores. —Le lanza la carta que iba a descartar a la cara—. Quiero en una bandeja de plata la cabeza de quien esté matando a tus agentes e inmiscuyéndose en la central.
No me preocupa el hecho de que el humano más poderoso del continente esté pidiendo mi cabeza.
Yo podría salir de aquí con la suya en mi mano sin dificultad.
Me perturba lo que podría suponer una redada de esa magnitud para la rebelión melhanäi.
Como se pongan a rebuscar en profundidad en La Brada.
.. La última vez la rebelión se libró de milagro gracias a los pasadizos secretos de The North Shotbag.
Las luces de la estancia flaquean de repente.
—Puta electricidad irregular... —gruñe el Dirigente. Apenas se le oye.
—Así lo proveeré, señor —asegura Gifford.
—Visitaré la central para revisar mi lumiriate y comprobar que todo esté en orden. —Detiene al mandatario, que iba a robar la próxima carta—. Y,escúcheme, Gifford, más vale que todo esté en orden.
¿Mi lumiriate? , pienso. El lumiriate es solo nuestro, pertenece a los melhanäis.
El mandatario asiente, mientras su homólogo de Elmbound exhala un profundo suspiro, como dando gracias por no ser de Wicksole.
—¿Por qué tardas tanto? —me pregunta el Dirigente, ya en un tono más autoritario.
—Me he tomado la libertad de preparar uno para cada uno —respondo risueña. Aveces mis habilidades para la interpretación me sorprenden incluso a mí. Vierto la mezcla en los vasos y hundo unas banderillas.
Llevo los vasos en una bandeja hasta la mesa y, cuando paso por detrás de los mandatarios, puedo ver lo fácil que sería para cualquiera de ellos ganar la partida. Las cartas del Dirigente no tienen nada que hacer.
—Uno para ti. —Le doy un vaso al mandatario de Elmbound—. Uno para ti. —Le doy otro al mandatario de Wicksole—. Yotro para usted. —Acompaño el vaso con una sonrisa idiota.
Los tres hombres asienten, complacidos por la bebida. Entonces, el Dirigente me coge por la cintura, me sienta de nuevo en su regazo y empieza a magrearme.
—Siempre me ha gustado tener donde agarrar —me susurra y me agarra fuerte el culo.
Qué suerte la mía.
—Muestren sus manos, señores. —Pide el crupier.
De algún modo, las manos de los mandatarios han cambiado y ahora ambas son peores que las del Dirigente, que estalla en carcajadas cuando ve que ha ganado.