CAPÍTULO 22
Theodore
Llegada la noche, a nosotros no nos ha costado tanto como a nuestras chicas elegir la vestimenta.
Sí que nos ha costado sacudir las toneladas de polvo que tenían nuestros trajes de gala y cambiar nuestros habituales pañuelos rojos por unas ridículas pajaritas, pero nada comparado con las horas que se han tirado ellas enclaustrándose en ajustados vestidos con flecos y abalorios que llaman tanto la atención como sus pintalabios y sus tacones.
—No es culpa mía —dice Gina, señalando a sus amigas, que se acercan detrás de ella.
—Y, aun así, vas incluso más guapa. —Elías le ofrece una mano para subir al carruaje que se ha detenido en la puerta de la fonda.
Gina sonríe y, tras subirse, se estira los pantalones y el chaleco. Un traje muy similar al nuestro.
Cuando los miembros de los Bane que he decidido que acudiremos a la gala de recepción del Dirigente hemos llenado dos carruajes, estos se ponen en marcha hacia la mansión del mandatario, en el punto más al este de la ciudad.
—¿Y dónde pretendéis esconder las armas? ¡Esos vestidos son como una segunda piel! —se burla Elías.
Winnifred, con su corto cabello marcado hoy en profundas ondas rubias, apoya un pie en el banco entre sus piernas y se sube el vestido para que veamos una pernera ajustada al muslo de la que cuelgan una pistola y un cuchillo.
—Nuestros flecos hacen mejor trabajo que vuestros pantalones —le dice.
Yo me río desde la esquina en la que estoy y Elías disfruta del desparpajo de nuestra compañera subiendo sus manos por su pierna.
—Siempre te puedo ayudar a comprobar que está bien ajustada.
Winnifred le da un manotazo para detenerlo. Todos reímos.
—Os necesito concentrados. —Sé que sueno como el padre gruñón de la familia—. No vamos a beber y a bailar. Vamos a escuchar, aprender y apuntar.
—Ya lo sabemos, Theo. —Elías estira un poco más su mano por encima de los hombros de Cornelia para darme un golpecito en el brazo—. Ylo haremos, pero déjanos pasarlo bien. Nos lo merecemos después de todo.
«Después de la muerte de Horace», quiere decir. Todos lo entendemos entre líneas, pero ninguno lo dice.
—Está bien, pero nada de numeritos —les advierto.
Tengo que mirar por la ventana el resto del camino para no contagiarme de su entusiasmo y ánimo, sé que como me deje llevar no querré centrarme en lo que realmente voy a hacer allí.
Los sirvientes nos dan la bienvenida y se ofrecen a guardar nuestros abrigos.
Para no llamar la atención nos movemos en grupos de dos o tres; juntos seríamos tan llamativos como intimidantes, aunque después de cómo me ha mirado una mujer al fondo del pasillo, quizás tenga que trabajar mi gestualidad facial para eliminar definitivamente el factor intimidatorio.
—¿El cabrón de Gifford vive aquí? —Elías no puede dejar de mirar a los altos techos del soportal por el que avanzamos y, a través de las columnas que los sostienen, a la inmensidad de sus jardines.
—El edificio pertenece al Dirigente, que se lo ha cedido al mandatario —explica Gina—. Su título es lo único que lo sustenta.
—Recordadme entonces que presente mi candidatura la próxima vez —les pido.
—Wicksole ardería bajo tu mandato.
—Pero ¡qué llamas!
Les hago reír.
—Buenas noches —nos saluda el guardia apostado ante los portones principales—. Sus nombres, por favor.
—Señor Tutcher y compañía —respondo con una enorme sonrisa.
A él se le va de un plumazo y comienza a sudar. Levanta la vista de la lista de invitados y me mira tembloroso.
—¿Señor Tutcher?
—Así es.
—¿Y compañía? —Se asoma por encima de mi hombro para ver al grupito que se ha parado detrás de mí.
—Exactamente.
Desvía sus ojos de mí para posarlos en Elías. Traga fuerte y, sin volver a consultar la lista, nos da paso.
—Disfruten de la velada, caballeros y señoritas. —Hace una breve inclinación hacia delante y pide a sus compañeros que abran las puertas.
—Muchas gracias.
Nos dan la bienvenida a un gigantesco salón a dos plantas en las que las mesas y las sillas quedan a los lados repletas de copas de champán y puros, mientras la pista central queda libre con una orquesta al fondo.
—¿Se puede saber qué le hiciste a ese hombre? —le pregunto a Elías mientras nos comenzamos a mezclar con la muchedumbre y el grupo se disuelve.
—Asegurarme de que hoy nos dejaría entrar.
—¿Le pagaste el soborno?
—Claro que sí, y también le dije que como no nos dejara pasar, asesinaríamos a toda su familia mientras él estaba aquí.
—Joder, luego me llevo yo la fama.
—Mi cara más oscura es la más luminosa tuya. No te quites mérito, amigo. —Me da dos golpecitos en un hombro.
Me quedo solo apoyado en una mesa alta mientras cojo un puro de la cigarrera que han dispuesto en cada mesa.
Comparto un par de diálogos breves y coloquiales con un par de hombres, me bebo una copa de champán mientras observo a mi alrededor todos los patrones de seguridad que ha montado el mandatario Gifford con sus agentes, pero no me llego a encender el puro.
Mis labios se quedan abiertos sin llegar a acomodar el puro entre ellos cuando una figura llena de curvas aparece entre el gentío al otro lado de la pista. Con el pelo rojo liso hasta la curva de la espalda y un vestido a juego que podría hacerme perder la cabeza.
Se pasea por la sala fingiendo que no se da cuenta de que todos la miran, mientras se recoge con gesto de inocencia el pelo detrás de las orejas, que ha decorado con dos enormes pendientes plateados que resaltan sus ojos grises.
Me gustaría decir que me he fijado antes en eso que en el escote que lleva, pero no puedo.
Cuando comienza a cruzar la pista central, eleva la mirada y sus ojos chocan con los míos, quedándonos ambos paralizados por lo que la presencia del otro en esta gala supone.
Leah parece a punto de salir corriendo en dirección contraria, y yo deseo que lo haga, porque no hay nada que me guste más que una caza en la que yo soy el depredador. Pero, entonces, el mismo sirviente al que Elías amenazó eleva la voz desde los portones y anuncia la llegada estrella de la noche:
—Con todos ustedes, caballeros y señoritas, el Dirigente Emory Fleming, gobernador y regente de nuestro continente.
Todo el mundo estalla en aplausos y vítores y se aglomera en la entrada para estrecharle la mano.
Yo ni siquiera he podido verlo, pero busco a mi gente por la estancia e intercambio un breve gesto de asentimiento con cada uno de ellos.
Comenzamos.
Cuando bajo la cabeza, Leah ya no está.
Tú no te escapas, pienso.
Y, a pesar de mis advertencias a los demás, acabo siendo el primero que rompe el plan cuando voy tras ella.
Su pelo va dejando reflejos rojos como un rastro para mí. Uno que me es demasiado fácil de seguir mientras esquivo a todo el que se empeña en ponerse en mi camino, pues la necesidad de descubrir todo lo que Leah oculta me vuelve loco.
—¿Qué haces tú aquí? —Por fin la acorralo en un pequeño vestíbulo cerca de los baños.
A pesar de que es de noche, Leah no renuncia a su fino collar de plata y esconde la gema roja de odites entre sus pechos.
—Me invitaron.
El vestíbulo está lleno de espejos y candelabros que me dejan ver cada uno de los maravillosos ángulos de sus curvas.
—Sigues siendo una mentirosa.
—¿Y tú? ¿Qué haces aquí?
No niega mi acusación.
—Yo he sobornado al de la entrada. —Mi sinceridad la pilla tan desprevenida que frunce el ceño—. Intento averiguar qué esconden las autoridades en la central eléctrica del puerto.
—Ah, ¿sí? ¿Desde cuándo te interesan a ti esas cosas? —Su curiosidad es genuina.
—Ya has hecho demasiadas preguntas. Me toca —la corto—. ¿Qué esperabas conseguir tú hoy aquí?
—Verte. —No sabe dónde colocar las manos, así que las acomoda suavemente en las caderas que yo me muero por rozar.
—¿Solo a mí? Con este vestido pareces querer la atención de todos.
—¿Preferirías que me lo quitara?
De repente me encuentro preguntándome cómo la simple imagen de su cuerpo desnudo puede provocarme un nudo en el estómago.
He visto a muchísimas mujeres desnudas, más de las que admitiría en una conversación con cualquier otro caballero medio decente, pero Leah es distinta.
Leah me ha visto manchado de sangre, negociando con delincuentes, ha visto mi lado más sombrío.
.. Yaun así no se deshace en halagos. No me tiene miedo.
Ni siquiera respeto. Yeso es algo inaudito para mí.
Las ganas de ponerla contra uno de los espejos para demostrarle por qué debería respetarme se mezclan con algo perverso, con la afirmación de que rompería mis ideales por tenerla.
—Preferiría que no lo hicieras, no querría tener que matar a nadie hoy.
—Qué violento. —Apoya su espalda en la pared e inclina sus caderas hacia delante para entrelazar sus piernas con las mías.
—Tanto como tú, me temo.
—¿Qué te lleva a decir eso?
—Las voces del río me hablan, ¿sabes? Dicen que fue una vampira quien mató a aquellos tres hombres que aparecieron desangrados en el río.
—Las voces del río deberían estar más calladitas, entonces.
—¿No lo niegas?
—No has hecho ninguna acusación.
—Podría hacerla. Entregarte a cualquiera de los agentes que hay en esta mansión hoy. Incluso al Dirigente en persona.
Leah intenta separar sus piernas de mí, pero yo aprieto las mías para impedírselo.
—No serás capaz —me dice.
—Eso mismo me dijiste cuando te apuntaba con una pistola, y... disparé.
Su mente debe de ser tan retorcida como la mía; sonríe cuando lo recuerda.
—Entonces nos encontramos en una carrera para ver quién hablará con él antes. Yo también he venido a verlo.
Se acomoda en sus palabras y deja que le robe el aliento mientras paso mi mano de su espalda baja al muslo y lo elevo hasta tenerlo alrededor de mi cadera.
—¿Solo a hablar? —Le saco un cuchillo de la liga de cuero que lleva escondida.
—Como si tú no llevaras ningún arma encima.
—Adelante. —Me separo un poco de ella y estiro los brazos para dejar que me cachee.
Comienza a pasar sus manos por encima de mi traje, revolviendo la camisa y el pantalón, hasta llegar a un bulto en mi bolsillo que le resulta sospechoso.
—Por mucho que no quieras creerlo, eso no es una pistola —me río—. Aunque la vas a cargar como no dejes de tocarla.
Leah mantiene sus manos en el bulto para no parecer sobresaltada, pero pronto sus mejillas comienzan a enrojecerse.
—Por muy... impresionante que sea, no te ayudará a captar la atención del Dirigente —me dice—.
Veamos quién llega a él primero: uno de los criminales más reconocibles de Wicksole, que no ha sido invitado, o la exótica extranjera del oeste del continente.
—Aprieta su mano alrededor de mi bulto y me obliga a soltar un quejido grave que retumba por los cristales—.
Suerte, Theo. —Me da un beso en la mejilla, dejándome la marca roja de sus labios, y se desliza por debajo de mí para volver a la gala.
Me miro en el espejo y me dedico la más dura de las miradas. Me culpo de mi poca voluntad en lo que respecta a esta mujer. Debería entregarla.
Con ella fuera de la ecuación, no solo habría hecho que otro melhanäi se encontrara con su fortuna, sino que habría limpiado Wicksole de uno más y mi camino a la cordura estaría asegurado para poder seguir luchando por lo que siempre he luchado, para seguir creyendo en lo que siempre he creído.
—¡Eres un idiota! —le grito a mi reflejo.
Me doy la vuelta para encontrarme a dos señoritas que van de camino al baño y que se estremecen por mis formas bruscas.
—Disculpen. —Hago una pequeña inclinación de cabeza con una mano en el pecho y vuelvo al salón principal, donde la muchedumbre ya parece haberse disuelto y el Dirigente está sentado a una de las mesas más arrinconadas junto con los mandatarios de Wicksole y Elmbound.
No pasan ni cinco minutos antes de que mis compañeros intenten acercarse a pedir algo tan inocente como un mechero o alguna copa de champán a la barra que tan cerca está de la mesa del Dirigente, pero enseguida son expulsados de la zona a empujones.
Elías me mira desesperado. Yo niego con la cabeza y le pido que se aproxime, poniéndome de espaldas a ellos para que no me puedan reconocer.
—Como sigamos intentándolo con tanto descaro, acabarán pillándonos. El mandatario Gifford conoce nuestras caras.
—¿Qué hacemos entonces? —Elías se bebe una copa de un solo trago.
—Rendirnos a la situación que se nos ha dado. Quizás no podamos escuchar, pero mantengamos los ojos pegados a todo lo que hacen o escriben, quiero que me consigáis hasta la servilleta en la que dibuja penes cuando se aburre.
—Eso va a ser difícil —se queja, sin dejar de mirar en dirección a la mesa de los altos cargos.
—¿Por qué?
—Se van a una sala privada.
Me doy la vuelta justo a tiempo de ver cómo los dos mandatarios y el Dirigente entran en una salita del fondo. Varias señoritas los acompañan, entre ellas Leah, que va de la mano de Emory Fleming. Se asegura de mirarme antes de entrar.
—Será... —musito.