Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Theodore

Hoy todo me ha parecido insípido. Desde la reunión que hemos tenido en la fonda al mediodía para repartirnos los encargos de la semana hasta el que me ha tocado a mí.

Y no es que me queje por la complejidad.

En verdad me ha venido bien centrar mi cabeza en infiltrarme en uno de los edificios más vigilados del barrio financiero de Wicksole.

Es solo que ahora que he dejado al guardia de seguridad de la cuarta planta inconsciente en una esquina del despacho del abogado que le está intentando joder la vida a mi cliente, todo vuelve a mí mientras revuelvo los papeles que me han pedido que haga desaparecer.

Facturas, firmas notariales, requerimientos judiciales... No, nada de esto es lo que busco. Así que sigo rebuscando en los cajones de la infinidad de muebles y aparadores.

Ninguno de los Bane ha querido mencionar a Horace esta mañana, pero todos respiraban un aire de venganza que sé que tengo que redirigir de alguna manera.

Como no pueda controlarlos, el conflicto con los Steelson será inminente, y eso es algo que no nos conviene.

Salrath ha visto la paz después de muchísimos años.

No necesitamos otra guerra, menos aún entre humanos.

Me valgo del enorme reloj de pie que hay contra una pared para calcular el tiempo que me queda antes de que la reunión en la que está metido medio bufete termine.

En mi búsqueda de la titularidad de unos terrenos a las afueras de la región en la que se están haciendo cosas cuestionables, doy con una carpeta que me interesa aún más: «Central eléctrica de Wicksole. CLASIFICADO».

—¿Qué tenemos aquí?

Abro la carpeta e inmediatamente sé que estoy ante información que muy poca gente conoce: habla de una ampliación de la central hecha hace unos pocos años firmada por el mismísimo Dirigente.

—¿Una ampliación para qué?

Miro el reloj y me dejo llevar un poco más por mi curiosidad. Tengo tiempo.

De entre los papeles siguen saliendo estadísticas, estudios y pruebas de los fallos energéticos durante el desarrollo industrial de nuestra región.

Ninguno de los resultados parece alentador hasta que una extraña palabra comienza a repetirse en las anotaciones de los márgenes de un informe: lumiriate.

Jamás he escuchado esa palabra.

—¿Qué nos estáis ocultando? —Miro a mi alrededor hasta dar con el guardia inconsciente, que parece vigilarme incluso con los ojos cerrados—. No hace falta que me respondas.

Cuando el reloj comienza a sonar, marca las ocho en punto de la tarde.

Mierda.

Me he quedado sin tiempo para encontrar los papeles que me han pedido que destruya.

Tendré que quemarlos todos. Vacío hasta el último cajón y acumulo todos los papeles en una pira en mitad del despacho.

Saco el mechero y enseguida las llamas comienzan a propagarse por las alfombras, los muebles y las cortinas.

—Eh, eh. —Me acuclillo delante del guardia y le doy un par de bofetadas para hacerle reaccionar—. Se te quema el edificio.

Está tan aturdido que la preocupación por cómo ha llegado ahí y el hecho de que no se acuerde de nada pasan a un segundo plano y sale corriendo a pedir ayuda. Yo salgo detrás y, conforme voy bajando las escaleras, me voy cruzando con gente que sube a intentar sofocar las llamas.

Cuando ya estoy fuera del edificio, elevo la vista para ver que el fuego ya sale en violentos latigazos por la ventana y el humo asciende en nubes oscuras hacia el cielo.

Ahora solo me queda pensar en qué gastar lo que me queda de noche. Miro la luna subir por el horizonte y son la misma curiosidad y el poco sentido de la autoprotección que me ha llevado a quemar un edificio conmigo dentro los que me dicen adónde debo ir.

Sin soltar el tercer cigarrillo que llevo desde que llegué, me paseo por los alrededores de The North Shotbag, donde sé que Leah suele rondar.

—Eh, tú. —Me llama la atención el bicho descomunal que guarda la puerta del hotel—. Largo de aquí.

Parece un sátiro, pero es demasiado grande, como si alguno de sus padres hubiera sido un toro.

—¿Me hablas a mí?

—¿A quién si no?

Desde luego, no es humano. Si lo fuera me conocería y respetaría. Aunque todo tiene solución, claro. Puedo conseguir su respeto antes de lo que tardaré en limpiar su sangre de mi navaja.

—Vamos a intentarlo de nuevo. —Apago el cigarrillo que tiro a sus pies—.

Tú me das las buenas noches y me invitas a pasar como el buen portero que eres.

Además, usarás las palabras «bienvenido, señor Leville», «sí, señor Leville» y «por supuesto que puedo chupársela si es lo que precisa, señor Leville».

El melhanäi se debate internamente entre reírse o clavarme el cuerno que le queda. Por su bien espero que no sea ninguna de las dos.

—No eres...

—¿Theo? —Leah se asoma desde detrás de su espalda y lo para antes de que diga algo que le cueste la lengua. De esas solo tiene una. La echaría en falta más que un cuerno.

Sale del hotel y me agarra por una muñeca para alejarme a zancadas de la puerta.

—¿Qué haces? —me pregunta cuando por fin estamos solos en un callejón.

—Aceptar tu invitación, pensé que querrías enseñarme qué os traéis entre manos tú y los tuyos ahí dentro.

—¡Yo no te dije eso! Has sido... ¡Has sido un inconsciente, Theo! —Me da un golpe en el pectoral—. Quizás para ti, el todopoderoso e intocable Theodore Leville, todo pueda ser un juego, pero los demás nos tomamos estas cosas muy en serio.

Está muy alterada. Tiene los ojos llorosos y el pelo pegado a la cara.

—Un momento. —Alargo la mano y aparto el mechón cobrizo que le oculta uno de sus pómulos para descubrir el moretón que cubre un corte que le perfila el hueso de la mejilla. Ya se está curando, pero aun así...—. ¿Quién te ha hecho esto?

Un remolino candente se forma en mi estómago mientras me imagino reduciendo a cenizas ese hotel de mierda tanto como el bufete de abogados que acabo de hacer arder. En algún momento de mi vida tendré que quemar dos edificios en una misma noche, ¿no?

—Ah, no, ahora no vengas con falsas aspiraciones protectoras —me advierte Leah, señalándome con un dedo después de apartarme de un manotazo—. No necesito un salvador.

—Bien.

—¿Y por qué te importo tanto de repente?

—Cuando me intentaste inculpar por unas muertes de las que tú eras responsable, pasaste a contraer una enorme deuda conmigo. Aser mía. —Doy un paso hacia ella.

—Yo no soy tuya. —Ella retrocede.

—Eres de mi interés, de mi atención; y serás de mi conveniencia y mi provecho cuando quiera. Mía —aclaro—. Esta solo es mi manera de dejar claro que ningún otro niño puede jugar con mis juguetes.

No sé si es lo que digo o cómo lo digo, quizás sea mi manera de no querer desprenderme de Leah por imposible que me haga la vida, pero algo en ella se despierta como lo que se despierta en mí, y ambos reaccionamos de manera física a la mirada del otro.

—¿Has venido a jugar? —Sus ojos se entrecierran.

—¿Quién te ha hecho eso, Leah? —insisto.

—Uno que no está contento con mi trabajo —responde rápido para no dejar que los recuerdos de lo que ha pasado dentro de ese hotel cambien su humor ahora que ha conseguido distraerse.

—Ese otro trabajo del que me vas a hablar más ahora mismo, ¿verdad?

—Mucho me temo que no puedo. —Se acerca para susurrarme al oído—: Tanto como me temo que mi oferta ha caducado. Hablas mucho, Leville.

Me da un mordisquito en el lóbulo y desaparece entre el humo de La Brada.

A la mañana siguiente, estoy solo en la sala de reuniones de The Bane.

Hoy no me apetece estar en mi despacho, no me apetece perder el tiempo con clientes mediocres que me harán encargos mediocres.

Dejo que mis compañeros se encarguen de ellos mientras yo me como la cabeza con los papeles que encontré anoche en el bufete de abogados.

Estoy intentando descifrarlos por mi cuenta antes de recurrir a mi abogado, al cual interrogaría y después me vería obligado a matar.

Lumiriate.

—¿Qué cojones significa? —Apoyo mi frente en el frío vaso de bourbon—. ¿Qué es?

—¡Theo! —Cornelia entra en la estancia moviendo su larga coleta castaña de un lado a otro.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué no estás sentada con ningún cliente?

—Vengo de terminar un encargo. —Llega hasta mí con la respiración entrecortada. Parece haber corrido por toda la ciudad.

—Ya, puedo ver parte de tu encargo sobre ti. —Con dos dedos le retiro un trocito de carne ensangrentada del pelo y señalo las mangas blancas de su camisa manchadas de rojo—. Ten más cuidado.

—Lo siento, es que no he tenido tiempo de perfeccionar mis métodos.

—¿Cuál es el problema?

—Este. —Saca de su bolso un trozo de piel que coloca encima del reposabrazos de mi sillón sin importarle lo mucho que lo mancha.

Estoy a punto de gritarle las mil impertinencias que se me pasan por la cabeza por su falta de profesionalidad trayendo la prueba de un crimen a la fonda, pero entonces me fijo en el tatuaje que decora el trozo de piel que le ha arrancado a algún desgraciado.

—Una espiral despuntada —digo en voz baja mientras recorro el tatuaje con un dedo.

—Este es el símbolo que viste en los cargamentos del puerto, ¿no?

—Este es. —Asiento—. ¿A quién se lo has quitado?

—A un hombre que trabajaba en el barco.

—¿Cuál, el que cruza el mar de un continente a otro? —Cornelia asiente—. ¿Yqué te ha contado?

—El muy cabrón no ha querido hablar mucho.

He de reconocer que era leal a su causa, pero sí me ha dicho que no me interesaba seguir preguntando por ese símbolo, que me metería en problemas con el Dirigente si continuaba investigando.

—Se acerca para recorrer el tatuaje con los dedos, tal y como hago yo—.

No es una tinta cualquiera, Theo. Este tatuaje está hecho con tinta melhanäi.

Tiene un ligero brillo muy peculiar y es demasiado suave al tacto. Más que la propia piel.

—La central, sus fotografías desaparecidas, la titularidad con la firma del Dirigente, los cargamentos marcados, los asesinatos en el puerto... ¿Yahora esto?

Cornelia no me pregunta por las cosas que he dicho que no comprende; me conoce lo bastante bien para saber que no es el momento de interrumpir mi conexión de ideas.

—¿No ha dicho nada más?

—Solo una cosa más. —Me mira como si me fuera a dar la noticia más insólita del mundo, pero le roban la oportunidad.

—¡Leville! —El mandatario Gifford atraviesa las puertas de la sala de reuniones sin frenos y viene hacia nosotros sin apenas darnos tiempo de reacción.

Leah se guarda el trozo de piel en el bolso y se agarra las manos a la espalda para ocultar sus mangas manchadas, y yo coloco el vaso de bourbon encima de la sangre que ha dejado el trozo de piel en mi reposabrazos.

—Gifford, siempre con su ( maldita ) costumbre de venir sin avisar —le saludo.

—¿Es que tienes algo que ocultar?

—Ya sabe la respuesta.

No me considero mentiroso. ¿Retorcedor profesional de la realidad? Sí, eso quizás sí, pero no mentiroso.

—¿A qué debo el placer de su visita? —le pregunto cuando veo que se queda demasiado tiempo mirando a Cornelia, no sé si porque ha visto algo llamativo en su ropa o por depravación.

—Vengo a advertirte, Leville. —Coge aire y me señala con su gigantesco dedo índice—. El Dirigente visitará Wicksole mañana y se quedará unos días.

A mi lado, Cornelia se revuelve.

—¿El Dirigente? ¡Qué honor! —Elevo la mano con la que no sujeto el vaso—. Me encantaría conocerlo y hablar con él acerca de las ambigüedades que rodearon el envío de nuestras tropas a la guerra contra los melhanäis.

—Y las pocas ayudas que después se nos han dado a los veteranos —añade Cornelia, mirándome.

—Sí, eso también; me lo apunto para preguntárselo.

El mandatario refunfuña, desesperado por nuestro juego.

—No quiero tonterías, ni desafíos, ni provocaciones en el tiempo que nuestro Dirigente esté aquí.

—Me está pidiendo que deje de ser yo, Gifford. —Dejo que se me escape una sonrisa que sé que le llevará al límite.

—Te estoy ordenando que te comportes y mantengas la calma en las calles.

—¿Por qué? ¿Quedaría fatal ante el Dirigente si este supiera que no es capaz de controlar a la población como es debido?

—Hablas demasiado y sabes muy poco, Leville. —Esta vez es a él a quien se le escapa una sonrisa.

Es la segunda persona en decírmelo en menos de cuarenta y ocho horas. Voy a empezar a creer que debería cerrar más la boca.

—¿Ese es el motivo de la visita del Dirigente? ¿Las cosas que ocultan a la población? —le pregunto. Él balbucea sin llegar a emitir una respuesta clara—. ¿Qué está ocurriendo en esa fábrica, Gifford?

—Entiendo entonces que tú tampoco has conseguido dar con las fotografías.

—Darle la vuelta a las preguntas es cosa mía, no se apropie de mi estilo.

No me gusta que me tomen por imbécil.

—Hazme caso y no sufrirás ningún castigo, Leville —me dice, ya de espaldas camino a la salida—. Pórtate bien.

—Siempre lo hago. —Es lo que opto por decir como despedida.

—Es un cabrón —dice Cornelia cuando nos quedamos solos.

—Sí, pero eso no le resta razón: hay en marcha algo que estamos pasando por alto, y si queremos controlar la ciudad, tenemos que averiguar qué es. —Levanto el vaso de bourbon para darle un trago—. Entiendo que era lo del Dirigente lo que me ibas a decir.

—Sí, mañana se celebrará un banquete y un concierto de música clásica en su honor.

—¿Y no nos han invitado? —Finjo una enorme desilusión.

—Por supuesto que sí, solo que ellos aún no lo saben. —Cornelia me guiña un ojo.

—Prepara a los demás —le digo—. Yasegúrate de que van vestidos para la ocasión.