Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Leah

Elmbound lleva unos días sumido en el lado más oscuro que los Steelson pueden mostrar.

Desde que Jebediah murió a manos de un hombre de los Bane, han aumentado la seguridad y reforzado sus bruscos métodos de identificación y control de la población que entra y sale de la ciudad, y la paranoia se puede respirar por las calles.

Incluso el mandatario parece mirar con ojos diferentes todo lo que sucede a su alrededor.

Como si la lujuria y el desenfreno que siempre han poblado estas calles no fueran nada comparado con la desconfianza que ahora albergan.

Salgo a regañadientes de la comodidad de la casita en la que estoy viviendo al sur de Elmbound.

Lejos de lo que algunos humanos puedan pensar y de la imagen que algunos de mi casta puedan dar, a los vampiros no nos gusta dormir en sitios derruidos y polvorientos.

Al menos a mí no. Cierto es que la luz directa del sol nos hace daño en los ojos por muchas joyas de odites que llevemos, por lo que la oscuridad siempre es algo que agradecer, pero eso no obliga a restarle calidez al hogar.

Paso por delante de los adornos de conchas que colgué en el marco de la puerta del salón el primer día que llegué de la playa, e inevitablemente me viene la imagen de mi madre explicándome cómo agujerear las conchas sin llegar a romperlas.

Su cariño, su dulzura... Su imagen en mi cabeza se va transformando y paso a verla como lo hacían todos en sus últimos días de vida: dando órdenes, ensangrentada, con los colmillos siempre dispuestos a desgarrar la carne que se le pusiera por delante.

La guerra le robó mucho más que la tranquilidad en la que mi continente vivía, le quitó la ternura.

Sacudo la cabeza para centrarme en mis tareas de hoy y camino cabizbaja hacia el puente fluvial que cruza a Wicksole.

No quiero meterme en problemas, pero hoy no he podido librarme del turno nocturno en The Silver Siren.

Tengo que ir a trabajar y aguantar a borrachos si no quiero que mi tapadera se vaya a la mierda.

Aunque supongo que eso es mejor que aguantar a Frederick, quien me ha citado después de mi turno para ponerlo al día de mis avances.

Han asesinado al único humano dispuesto a jugarse la vida por nuestra causa. Tenemos más humanos aliados, sí. Pero nadie es tan intrépido —o estúpido— como para jugársela en ese barco... ¿Cómo le digo eso al superior que me tiene con un collarín?

Llego al puente, pero no me atrevo a poner ni un pie sobre él cuando lo veo. Amitad del puente, sin poder despegar los ojos de una mancha roja oscura que tiñe el suelo de piedra.

—¿Theo?

Sé que me ha oído por cómo se le han sacudido los hombros en un espasmo involuntario, pero no se mueve, no levanta la mirada del suelo.

Camino cautelosa, lo último que necesito ahora es atraer más atención hacia mí. Me molestaría bastante que cruzar un simple puente me costara la vida cuando llevo años esquivando las muertes que me han salpicado, tanto aquí como en mi continente.

—Theo, ¿qué es...? —Cuando estoy lo suficientemente cerca, no hace falta que siga insistiendo, sé qué es la mancha que Theo está mirando—. Horace...

Theo no me da opción a seguir avanzando, me agarra del cuello y me pone contra uno de los murillos del puente, dejando que la mitad superior de mi cuerpo se incline hacia atrás peligrosamente.

Miro hacia abajo, a las lejanas piedras que entorpecen el recorrido del agua.

No me matarán, pero sí me dejarán en un estado del que me costará recuperarme. Demasiados huesos rotos.

—Todo esto es culpa tuya.

Tiene una mirada inyectada en remordimientos.

Conozco esa mirada. Es la misma que tenía mi madre cuando llegaba a casa después de sus periodos en el frente melhanäi.

Siempre hablaba del progreso que se estaba haciendo en las filas con la muerte de tantos humanos, sonreía cuando altos cargos del ejército venían a casa a felicitarla, pero yo, desde mi escondrijo bajo la mesa del salón o detrás de las sillas de la cocina, siempre lo veía: ese atisbo de autodestrucción que la guerra le estaba costando a mi madre, lo mucho que se culpaba a sí misma por todas las vidas que arrebataba.

Eso veo en Theo ahora mismo.

—Yo no... Theo, por favor, yo no... —Intento coger el aire suficiente para hablar, pero él solo aprieta más al ver que aún puedo articular alguna palabra.

—Vosotros y vuestra corrupción del alma humana. Vuestros intentos por dominar nuestra voluntad... Fue eso lo que mató a Horace.

Me empujo en el murillo para impulsarme y apartar su mano de mi cuello con un golpe seco en el antebrazo.

—Deja de engañarte, Theo —le digo entre toses—. Lo que mató a Horace fue su propia necesidad de destruir su realidad.

—Y es por culpa de vuestras mierdas que...

—¡No! —Le doy otro pequeño empujón. Controlo mi fuerza para no lanzarlo por encima del murillo opuesto—.

Horace decidió su destino él solito. —Endurece su mirada, sin ceder ni un ápice.

Ypuede que esa sea la razón que me lleva a añadir—: Aunque me pregunto por qué estaría en Elmbound.

¿Siguiéndome, quizás? Desde luego no se habría visto en esa situación de no ser por. ..

—¡Cállate! —Hace aspavientos.

Lo estoy rompiendo, y hay algo en las cosas rotas, no sé qué, que me encanta.

—De no ser por tus órdenes —sigo, sin importar lo mucho que parece que va a perder la cabeza.

—¡Que te calles! —Se lleva las manos a la cabeza y su sombrero acaba en el suelo—. ¿Qué hacías? ¿Qué estabas haciendo para que Horace se volviera loco de esa manera?

—En mi defensa diré que no parecía demasiado difícil conseguir tal cosa.

—No hables así de él. —Se acerca tanto a mí que casi puedo notar el regusto a ira que tienen sus palabras—. «Los están ayudando». Esas fueron las últimas palabras que Horace me dijo, las palabras en las que decidió gastar su último aliento. ¿De qué me advertía, Leah?

—Mucho me temo que tendrás que averiguarlo tú. —Muevo la cabeza para hacer que nuestras narices se rocen—. Eso no te lo puedo decir, pero sí que puedo hacer algo por ti.

Paso mis manos a milímetros de su cara, solo rozándola, cuando aún no he recuperado mi pulso normal, y me doy cuenta de que me está dejando acariciarle. Mis dedos llegan hasta su cuello y se posan en la yugular, en la que puedo notar la fuerza y la velocidad de la sangre que bombea.

Siempre me ha atraído la oscuridad. Supongo que va implícito en los de mi especie.

Pero no hablo de la oscuridad retorcida y malévola que puede ser Frederick, sino de la oscuridad destrozada que se empeña en mantenerse en pedacitos por mucho que Theo intente recomponerla.

Es el hombre vulnerable que veo tras ella lo que me arrastra a él sin remedio. Su fragilidad.

Me apoyo en su hombro para ponerme de puntillas y llegar a su cuello.

—Puedo hacer que el dolor desaparezca —le digo—. Aunque sea por unas horas.

Mis labios rozan su piel, estremeciéndola tanto como la mía, que se eriza con solo pensar en hincarle los colmillos.

—No... —Pero no lo dice convencido.

Le paso una mano por el pelo y se lo revuelvo, consiguiendo que cierre los ojos y se deje llevar por mi voz.

—No será nada, apenas un pinchacito. —Le doy un beso en el cuello y él retiene en su garganta el aire que iba a soltar.

No se debería jugar con la comida, pero disfruto de su indecisión. Le paso la punta de la lengua por la marcada yugular y me relamo de lo mucho que sé que lo desea.

—He dicho que no. —Me mete la mano entre el pelo y tira de él para alejarme de su cuello.

—Una lástima, la oferta no seguirá encima de la mesa siempre.

Me zafo para seguir mi camino.

—¿Adónde vas?

—Siento defraudarte, pero no voy a La Brada, voy a trabajar.

—¿A trabajar? Pensé que te estabas follando y mordiendo a Thalia para que te dejara los turnos libres que quisieras. —Ahí está esa medio sonrisa traviesa que me da una patada en el estómago.

—¿Acaso he dicho yo que no sea así? Thalia es una buena distracción, y es muy flexible...

—Claro —repite él.

—Pero si te replanteas mi oferta, estaré por La Brada después de mi turno.

Cuando me giro, me doy cuenta de una cosa: no tengo hambre. Lo que me mueve a morderlo viene de un sitio diferente. Uno en el que jamás me he aventurado; y no es buen momento para hacerlo.