CAPÍTULO 19 #2
—No —digo cortante. No saco las manos de la gabardina—. Yo no.
—Debes ser tú —insiste Cornelia, acercándome más el madero ardiente.
—No.
Gina se acerca y le coge la antorcha a Cornelia para después acercarse a mí y seguir hablando por ella:
—No es culpa tuya, Theo —me dice, consiguiendo que la mire—. Tú no le pediste que se metiera en Elmbound y sacara una pistola.
—No se lo tenía que haber encargado a él.
—Tú solo le pediste que se moviera por La Brada, pero él...
—No necesito tu consuelo, Gina. —Mi mirada es dura y punzante.
—Lo vas a recibir igual. —Estira el brazo y me pone las llamas tan cerca que me obliga a coger la antorcha para que mi gabardina no arda.
Cuando lo hago, todos asienten con la cabeza, aprobando mi cometido en el funeral de nuestro amigo. Todos menos Elías, que no despega los ojos de la sábana blanca que cubre a Horace.
Doy los pasos más inseguros que he dado en mi vida, como si no estuviera en el lugar que me corresponde en este momento. Como si yo no fuera quien sujeta la antorcha y Horace no esperase a ser quemado. Como si esto no fuera más que otra de mis pesadillas macabras.
Pero no lo es, por desgracia no me despierto por mucho que alargue el momento.
—Descansa en paz, amigo.
Tras la muerte no hay nada, solo una profunda, eterna y absoluta paz.
Oeso es lo que nos gusta pensar a los veteranos, pues si hubiera una vida después de esta seguro que sería tan puñetera como la que nos ha tocado vivir.
Así que a Horace le deseo que no haya nada; que su cuerpo se consuma y que su mente duerma para siempre.
Cuando tiro la antorcha a su regazo, las llamas lo engullen por completo en cuestión de segundos. Me echo hacia atrás para quedar a la altura de los demás, y al poco en la roca solo quedan cenizas.
La fonda se hace demasiado siniestra sin los chistes malos y las estrepitosas risas de Horace hasta las tantas de la madrugada. Ni siquiera los opiáceos me ayudan a conciliar el sueño hoy, aunque creo que he fumado poco... Tengo una incómoda vocecilla en la cabeza que me frena de dar una calada:
No quieres acabar como él, me advierte.
—¡Él no murió por esto! —le grito yo a mi subconsciente mientras le doy un golpe a la cama—. ¡Murió por esas mierdas melhanäis!
Murió por tu culpa .
Me aprieto la cabeza tan fuerte para hacerla callar que creo que voy a reventarme el cráneo.
—¡Cállate!
Salgo de la cama y de mi habitación con los pantalones del pijama medio caídos y sin camiseta, solo una fina bata burdeos que he cogido y que ni siquiera me molesto en anudar.
Abro la puerta del bar de la fonda con unas ansias poco comunes en mí. Unas ansias que se ven algo disipadas cuando veo que ya hay alguien con un vaso en la mano, sentado a la barra.
—¿Tú tampoco puedes dormir? —le pregunto a Elías.
Me meto en la barra y me pongo a buscar el mejor bourbon que tenemos.
—Lo raro sería que tú pudieras —balbucea con la boca pequeña.
No respondo de inmediato; ahora solo me importa dar con la botella que me salvará de una noche de tormentos y de una creciente necesidad de buscar a cierta pelirroja para hacérselo pagar.
—¿Por qué dices eso? —Cuando por fin encuentro la botella, me sirvo un vaso bien cargado y la dejo cerca. No será el último de la noche.
—Fuiste tú quien lo mató —me lo dice con tal parsimonia que por un momento creo que es mi subconsciente.
—Sabes que tenía que hacerlo, Lucrezia no le habría dado una muerte limpia, lo habría hecho sufrir —me justifico igual que si fuera mi cabeza atacándome.
—Podrías haber luchado por él, haber llegado a un acuerdo por su vida.
—También sabes que eso estaba fuera de mis posibilidades. —Le pego el primer trago—. Pero si eso es lo que quieres decirte a ti mismo para tener una cara a la que culpar, adelante. Únete a mi espejo y señaladme entre los dos.
Levanta los ojos de su bebida y por fin me mira.
—No me mires así —le digo.
—Así, ¿cómo?
—Con esa cara de lástima. La misma de cuando éramos pequeños y dejabas que yo asumiera la culpa por algo que habías hecho tú.
—¡Eso jamás sucedió! —Su enfado se diluye en la sonrisilla que ya le asoma.
—Claro que sí, ¿te acuerdas de aquel barco pesquero?
—Las cuerdas de las redes se rompieron porque ya estaban viejas. —La sonrisa ya no le cabe en la cara.
—Por supuesto, tu navaja no tuvo nada que ver. —Ambos estallamos en risas mientras pegamos otro trago—. Sigo teniendo agujetas de la noche que me tocó compensar a los pescadores por tus travesuras.
—Solo fue una jornada de pesca.
—¡Y yo solo tenía diez años!
—Siempre te has quejado demasiado.
Otro trago. Más risas.
—Mis padres podían llegar a ser demasiado estrictos, pero los echo de menos. —El alcohol comienza a apoderarse de la lengua y los recuerdos de Elías.
—Yo a los míos también —reconozco.
Sus últimos días me asaltan y se mezclan con la muerte de Horace.
Este tuvo una despedida limpia, rápida, sin sufrimiento.
Mis padres en cambio... Fue una agonía. Una noche estaban bien, acomodándome en mi cama y dándome besos en la frente, y de madrugada estaban tirados en el suelo de la planta baja, con la piel flácida y pálida, las venas hinchadas y unas toses tan estridentes que me despertaron.
Había sangre por todas partes. Apenas pude verlos bien, ya que los vecinos enseguida entraron en tropa a sacarme de ahí y no recuerdo los detalles.
Lo que sí recuerdo es lo mucho que estos me atormentaron durante meses, años incluso.
—Más pronto que tarde nos reuniremos con ellos. —Elías eleva el vaso y me saca de mi ensimismamiento para brindar con él.
Él se acaba lo que le queda de whisky de un solo trago y se levanta del taburete.
—Sigo sin estar de acuerdo con lo que has hecho. —Me señala.
Aprieto los labios para no volver a soltar una justificación tonta tras otra, dejo que afronte la pérdida a su manera.
—Descansa —le digo.
—Sí, aunque no lo haré en paz.
Mi amigo desaparece detrás de la puerta y mi misión pasa a ser vaciar la botella tan rápido como pueda.