CAPÍTULO 19
Theodore
Ninguna mañana es de mi agrado, pero lo es menos aún si Lucrezia se cree que puede citarme en el puente que une nuestras ciudades a la hora que quiera.
No tendría que haber venido. Si lo he hecho es solo por la tontería de «es cuestión de vida o muerte» con la que ha decidido terminar su carta. Lucrezia no se anda con medias tintas, así que me he convencido de que realmente la vida de alguien está en peligro.
Se confirma cuando, entre los árboles que delimitan el comienzo de Elmbound, aparecen varios miembros de los Steelson con Lucrezia en cabeza y Horace a la cola, atado por las muñecas a una soga de la que tiran hasta hacerle caer una y otra vez sin importar las heridas que se está haciendo en las rodillas.
—¿Qué cojones...? —Elías no tarda ni un segundo en sacar su pistola y apuntar al cabrón que tira de nuestro amigo.
Cornelia y Winnifred, que también nos acompañan, lo imitan. Los hombres de Lucrezia hacen lo mismo; pero ni ella ni yo nos inmutamos. Yo simplemente la miro con una cara de incredulidad que espero que refleje la rabia que contengo.
—Tienes huevos para presentarte delante de mí con uno de mis hombres maniatado y arrastrado, Lucrezia —le digo con las manos aún en los bolsillos—. Cuando hablabas de morir en tu carta, no pensaba que lo dijeras por ti.
—Huevos no tengo, pero sí un par de razones más grandes que los tuyos para hacerlo —me responde con la mandíbula tensa.
Pensé que jamás llegaría a ver el día en el que alguien hablara con la lengua más afilada que yo, así que mi rabia se relaja en un intento de descifrar lo que ocultan sus ojos enrojecidos e hinchados.
—¿Por qué has llorado, Lucrezia? Si tanta pena te da el pobre Horace no deberías estar tratán...
—Hoy no estoy para aguantar tus tonterías, Leville. —Pocas veces me llama por mi apellido—. Horace ha matado a uno de mis hombres.
De las poquísimas cosas en toda la faz de la Tierra que podrían hacerme callar, usa una de las más efectivas. Me quedo petrificado en el sitio, sin necesidad de preguntarle si está segura. Sé que lo está, si no, no se habría atrevido a convocarme así.
—Mentira, eso no es posible —dice Winnifred—. Horace conoce los acuerdos entre los Bane y los Steelson, jamás los rompería.
—Haz algo —me pide Elías con la boca pequeña, sin dejar de apuntar al hombre que tira de la soga de Horace.
Doy el primer paso hacia nuestro amigo, que desde la última caída ha desistido de volver a levantarse y, agotado, está arrodillado en el suelo. Me acuclillo frente a él, pero tarda en atreverse a mirarme. Ni siquiera llega a abrir del todo uno de los ojos.
—Lo he hecho, jefe —me susurra.
— Shhh. —Le pongo una mano en la nuca y pego mi frente a la suya.
Aprieto nuestros cráneos en un intento de que mis pensamientos salten de mi cabeza a la suya.
Idiota, te dije que esas drogas acabarían contigo.
—Yo estaba en La Brada y... la vi... Entonces la seguí y, sin darme cuenta, acabé en Elmbound, y no pude controlarme cuando... Me temblaba demasiado el pulso, sudaba muchísimo, no fui capaz de pensar y...
— Shhh. —Vuelvo a pedirle silencio.
Cuanta menos información tenga Lucrezia, mejor.
Me levanto, borrando cualquier atisbo de agobio de mi rostro, y me vuelvo a colocar delante de la líder de los Steelson.
—Veamos cómo solucionar esto.
—No, Leville. —Da un paso hacia atrás—. Aquí no hay nada que negociar. Te he citado para que lo presencies por el respeto que te tengo, no por nada más. Ambos sabemos que, de haber sido al contrario, ya me lo habrías enviado en trocitos.
Razón no le falta, pero a mí tampoco me faltan ganas o motivos para luchar por la vida de Horace.
—Ambos sabemos que no es él cuando se coloca, y es evidente que anoche no estaba en su mejor momento. —Señalo las evidencias que su rostro deja a plena vista—. Se desorientaría y...
—¿Y sacó una pistola, apuntó a mi hombre y disparó a quemarropa hasta que acertó? Es un yonqui, no un alma desamparada.
Le voy a arrancar el sarcasmo de la lengua como siga hablando de él así.
—Son las mierdas melhanäis que tú has dejado que introduzcan en la región lo que le ha causado esto.
—No culpes a otros de lo que solo es culpa de un hombre. —Saca una pistola de su cinturón y apunta a Horace.
Cuando el frío cañón se apoya sobre su sien, Horace reprime un quejido a medias que me sirve a mí como señal para apuntar a Lucrezia. La miro por encima de mi pistola con unos ojos tan serenos como decididos.
Al instante, todos los demás sacan sus armas y se apuntan mutuamente.
—Hoy Horace va a morir —me dice—. Es tu elección que solo muera él o que otros le acompañemos a la tumba.
—Tiene que haber otra manera... —Cornelia no ha podido despegar la mirada de los tiernos ojos de Horace, y eso le ha pasado factura. Se deshace en lágrimas.
—¡No la hay! —grita Lucrezia—. Son los acuerdos que firmamos. Hombre por hombre. Quien derrama sangre, ofrecerá la suya. —Me mira para recordarme el documento que yo mismo firmé—. Si quieres mantener la paz entre el norte y el sur de Salrath, dejarás que lo mate.
—No... —Sé que Elías disparará en cuanto le dé la orden.
Pero no se la doy. No puedo dársela.
—Déjanos despedirnos —le pido a Lucrezia, bajando la pistola. Ella aprieta los dientes y ladea la cabeza—. Por favor.
Juraría que es la primera vez que pido algo educadamente, y es el asombro lo que hace que Lucrezia permita a Horace levantarse y llegar hasta nosotros.
Winnifred y Cornelia se olvidan de las pistolas y se deshacen en lloros y abrazos con nuestro amigo mientras yo tengo que bajarle el brazo que aún sujeta una pistola a Elías.
—No, Theo —me suplica—. Aún podemos...
—No podemos hacer nada, Elías —le corto—. Son acuerdos que yo mismo firmé y con los que todos estuvimos de acuerdo.
—Pero...
—Despidámonos de él.
Muy a su pesar, nos acercamos a Horace. Elías le da un abrazo en cuanto Cornelia lo deja ir de su prisión de adulaciones y palabras cariñosas.
—Te queremos, Horace —le dice—. Muchos de nosotros no estaríamos hoy aquí de no ser por ti.
Le agradezco enormemente que se lo haya dicho porque, por mucho que yo piense igual, no soy capaz de expresarlo en palabras. Yme alegra saber que Horace lo ha escuchado antes de dejar de escuchar para siempre.
Cuando se ha despedido de todos, se gira hacia mí.
—Lo siento, yo...
—No. Pedimos sangre, no perdón —le recuerdo.
—Ha sido un honor servir bajo tu mando, Theo —me dice.
No «capitán», no «jefe». Solo «Theo», porque jamás he necesitado de él ninguno de los otros títulos.
—Ha llegado tu momento de descansar, soldado. —Le pongo una mano en el hombro—. Lo has hecho bien.
—¡Vamos! —exige Lucrezia desde el otro lado del puente.
Horace agarra fuerte la mano que le ofrezco estrechar y me abraza.
—Los están ayudando —me susurra, demasiado asustado para usar más palabras.
Yo asiento para darle a entender que he recibido el mensaje. Aunque no lo entienda.
—¡Eh! ¡Ya es suficiente! —grita Lucrezia cuando ve que nuestro abrazo dura más de lo normal.
No tengo tiempo de preguntarle a Horace qué ha querido decir. Me grabo la advertencia a fuego en la cabeza mientras me incorporo para mirar de nuevo a Lucrezia y dejar claro lo muy dispuesto que estoy ahora a ser desafiante.
Horace nos da la espalda a mí y a los demás para caminar hacia ella.
Sus pasos son pesados y rítmicos, se mueven a la velocidad de un réquiem.
No mira hacia atrás, no me suplica que luche por su vida; asume lo que está por venir, y yo lo acelero.
Estiro el brazo y aprieto el gatillo antes de que Lucrezia pueda impedírmelo.
Acierto de pleno en el centro de la cabeza de Horace, que se tambalea, cae de rodillas al suelo y se desploma.
—¡Leville! —se queja Lucrezia cuando el charco bajo la cabeza de Horace empieza a agrandarse.
—Sabemos que no le darías una muerte justa. Era un buen hombre y no se merecía otra cosa. —Bajo mi pistola—. De todos modos, se han cumplido los acuerdos. Aquí ya no tienes nada que reclamar.
Todos los Steelson miran a Lucrezia, esperando una orden.
—No siempre conseguirás que todo se haga a tu manera, Theo —me advierte la mujer. Es increíble lo mucho que un poco de sangre derramada la ha relajado—. Entierra a tu hombre. Yo enterraré al mío. Yeste episodio entre Wicksole y Elmbound quedará atrás.
Asiento, y hasta que los Steelson no abandonan el puente no nos acercamos a recoger el cuerpo de nuestro amigo.
Tanta muerte durante la guerra acumuló más cuerpos de los que el cementerio de Wicksole podía albergar y los cadáveres empezaron a amontonarse en fosas comunes que sobresalían de la tierra.
La putrefacción generó tantas enfermedades que el aire llegó a ser imposible de respirar.
Por eso, una vez pasada la guerra, quemamos todos los cadáveres.
Gina y Elías transportan a Horace en una camilla de tablones de madera que colocan encima de una piedra plana en mitad del prado que antes era el cementerio.
Los árboles parecen sollozar al viento tanto como los Bane, que no podemos evitar mirar el fuego que se enciende en la roca funeraria unos cuantos metros más adelante.
Sabemos que Horace no es el centro del mundo, que no es el único que ha muerto.
.. Pero sí es el único que nos ha dejado a todos con un hueco enorme en el pecho.
En las trincheras no hacía más que ver a hombres y mujeres con los que había confraternizado caer muertos a mis pies; pero yo seguía, debía seguir.
Seguir cargando mis escopetas, seguir corriendo por campos de minas, seguir obligándome a dormir por las noches para poder levantarme al día siguiente.
.. Me insensibilicé ante la muerte. Pero esta es diferente; esta me ha dado en el estómago tan fuerte como un cañonazo.
Me cuesta seguir cuando un buen hombre, un mejor amigo, ha caído por órdenes directas mías.
Dos compañeros lo cubren con una sábana blanca y Cornelia enciende la antorcha, que inmediatamente me cede a mí.