Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Leah

Las horas han pasado demasiado rápidas. Yno culpo a la cantidad de trabajo que he tenido en The Silver Siren, pues el turno de tarde es más ameno que el de la noche.

Culpo a las insufribles reuniones que he tenido con los superiores de la rebelión melhanäi en The North Shotbag después de que Frederick me obligara a ver más de una pelea encarnizada entre humanos por un mordisquito de mierda.

Mordisquito que además me ha obligado a dar.

Sabe que no me gusta, que lo odio; y aun así me ha hecho hacerlo.

Pero mi vida en estos momentos pende del fino hilo que suponen mis habilidades para conseguir pruebas que demuestren lo que los humanos tienen escondido en esa dichosa central eléctrica cerca del puerto, así que por supuesto que he hincado los colmillos en el cuello del yonqui.

Muchos de mi especie están dispuestos a dejar de lado la intimidad que supone para nosotros morder sin hambre; yo no.

Cuando todo nuestro cuerpo se adapta al depredador que llevamos dentro y hasta el último nervio nos pide comer, es lo único que podemos ver en los humanos: comida.

Pero cuando nuestra hambre está saciada y nuestra sed tranquila, recibir sangre extra acelera nuestro ritmo cardiaco y llena nuestro cuerpo con un calor que este no esperaba; como una sobrecarga del mismo líquido que nos hace respirar, por lo que dejamos de hacerlo para que las sensaciones se disparen y todo comience a multiplicarse, hasta el mínimo roce.

No solo supone un colocón para los humanos, para nosotros también. Lo que pasa es que aquí, la mayoría de los vampiros que lo hacen tienen hambre, por lo que el efecto no es el mismo...

No me gusta esa sensación, no me gusta dejarme llevar, no cuando no me lo puedo permitir.

Tengo que estar consciente y concentrada del todo en todo momento.

Aotros les da igual vender su cuerpo y sensaciones con tal de conseguir dinero o discreción; yo no estoy dispuesta a hacerlo nunca, pero esta tarde. ..

«Eres mi putita», es lo que ha querido decir Frederick. «Puedo hacer contigo lo que quiera porque tu vida depende de mí».

—¡Joder! —Le pego una patada llena de rabia al último árbol del sendero tras el puente y lo hago vibrar.

Me recompongo enseguida y, tras colocarme el pelo, sigo caminando hacia Elmbound. Sé que no es lo correcto, que no debería perder los nervios de este modo, pero detesto tragar órdenes crueles solo por hacer justicia por los nuestros, por mis padres...

Me pregunto quién puso al imbécil de Frederick al mando.

Supongo que la mirada despiadada que me dedicaba mientras me veía doblegarme a él, mordiendo al humano, tiene mucho que ver.

Sé que es difícil ganar una guerra sin ese punto de ambición y crueldad, pero lo de Frederick roza el salvajismo.

Yeso fue lo que nos hizo perder la guerra contra los humanos.

Aunque supongo que, para nosotros, los melhanäis, nunca terminó.

.. Nosotros hemos seguido en guerra incluso cuando ellos mataron a nuestro rey y la dieron por finalizada, cuando obligaron a su hijo a firmar un nuevo Tratado de Ilshule que reconocía a Emory Fleming, el Dirigente del continente humano, como máxima autoridad del continente melhanäi.

Aquel día, la ciudad melhanäi de Ilshule lloró las vidas perdidas en vano y la cobardía de nuestro nuevo rey, pues se negaba a actuar contra los asesinos de su padre sin pruebas de lo que los superiores de la rebelión afirmaban que los humanos nos habían empezado a robar: el lumiriate, un árbol milenario sin el cual el continente melhanäi se va marchitando día a día mientras los bosques son talados por los humanos.

Es la mayor fuente de energía de los ríos, pastos y bosques de nuestras tierras, y la estamos perdiendo.

Moriremos igualmente, con o sin guerra, y nuestro rey no está dispuesto a hacer nada.

Ano ser que docenas de nosotros se jueguen el cuello en Salrath para conseguir lo que él no puede desde la comodidad de su trono, a pesar de la evidencia a su alrededor de que nuestro continente está marchito y más de una estirpe está al borde de la extinción.

El caos y jolgorio de Elmbound, como todas las noches, me dan la bienvenida.

Aquí siempre parece haber un bar repleto o un burdel con las ventanas abiertas.

Los gritos, las risas y los gemidos llenan, a estas horas, la avenida principal de la ciudad.

No es necesario adentrarse en los entresijos oscuros y escondidos para encontrar lo que no se molestan por esconder.

El mandatario de Elmbound se pasea por las calles mucho más tranquilo que el de Wicksole.

Seguramente también con el bolsillo más lleno; se cruza con un sátiro y un alado que están llevándose a una mujer, y él solo necesita ver que es consentido para no detener su pesado y lento paso. Los sobornos tienen que ser abundantes.

Aunque cierto es que en Elmbound son bastante más liberales que en Wicksole en lo que respecta a nuestra casta; aquí sí se ven familias adineradas que cuentan con el servicio de algún melhanäi como su sirviente o criado.

Se me rompe el alma al ver a grandes alfareros o sanadores de mi tierra limpiando el suelo por el que sus amos humanos pasan, pero al menos siguen con la cabeza sobre los hombros, en un continente que no está muriendo.

Tras la guerra, muchos de los soldados melhanäis apresados en el continente humano fueron entregados con dos opciones: servidumbre o muerte. Otros no tuvieron esa suerte; todo dependía de la ciudad en la que hubieran sido capturados y la mano dura que tuviera el mando del ejército en ese momento.

Las calles siguen tan vivas a mi alrededor y el humo de las fábricas de su puerto queda tan lejos que Elmbound parece respirar un aire diferente.

Aquí, entre amables señores y agentes corruptos, no tengo que ocultar mi naturaleza, pero prefiero guardarme los colmillos para cuando realmente los necesite.

— Chst. —Escucho entre las sombras de un callejón—. ¡Chst!

Miro a un lado y a otro antes de acercarme a la silueta que tan poco me ha costado diferenciar entre las sombras.

—Buenas noches, Jebediah —le saludo—. Qué bien que hayas decidido visitarme esta noche. Tenemos mucho de lo que hablar.

El hombre, lánguido y alto, apoya su espalda en los ladrillos después de tirar un cigarrillo al suelo.

—¿Qué ocurrió? ¡Te esperé durante horas en el barco, pero no apareciste!

—Había controles por todo el puerto, no pude llegar hasta ti. —Siempre me ha dado pereza explicarme; más ante humanos.

—Y por culpa de eso perdí la oportunidad de embarcar.

Algo se cae al otro lado de la calle perpendicular. Miro hacia allí, pero no veo nada.

—¿Y qué quieres que haga yo al respecto, Jebediah? —Vuelvo a centrarme en él—. Es tu trabajo, para eso te alistó nuestro rey.

—Ese niñato de orejas puntiagudas no es mi rey.

En menos de lo que él tarda en pestañear, aparezco a escasos milímetros de él y le comprimo la garganta contra la pared con el antebrazo derecho.

—Mientras trabajes para él y los melhanäis, lo es; es tu rey y harás y aguantarás lo que sea necesario para cumplir el juramento que te ata a él.

Aunque a mí tampoco me caiga bien, tiene que aprender a respetarlo y saber dónde y cuándo puede hablar como le venga en gana. Delante de mí no.

Él se retuerce y abre la boca de manera exagerada mientras intenta coger aire, pero cuando consigue introducir una pizca de oxígeno en su garganta, se la corto apretando más su nuez.

—Está... bi... sí... Está bien —balbucea.

No lo suelto hasta que su rostro empieza a ponerse morado.

Jebediah se echa hacia adelante apoyando las manos en las rodillas y empieza a toser como si se hubiera fumado todo el paquete de cigarrillos.

Clic.

Otro sonido que llama mi atención. Acero tenue, escurridizo... Aunque pronto la tos de Jebediah lo acapara todo mientras la saliva se le escapa de la boca y los ojos le lloran.

Una incómoda sensación de estar convirtiéndome en mis superiores me comprime el pecho y me tuerce el rostro de preocupación, pero solo por unos segundos. En cuanto el hombre me mira, vuelvo a ser la melhanäi dispuesta a partirle el cuello si es necesario.

—Quería decir... —intenta enfocar su queja de una manera que no acabe con su cabeza por el suelo— que perdimos una muy buena oportunidad. Hasta dentro de unos días no volverá el barco, y para entonces, el mandatario Gifford podría haber dado con nosotros o las fotografías.

—Eso no ocurrirá —le aseguro.

Jebediah es un veterano de guerra. Luchó contra nosotros. Al menos hasta que el ejército melhanäi lo capturó junto con su pelotón y lo hizo rehén durante casi dos meses.

La gran mayoría de los humanos de ese pelotón murió tras torturas e interrogatorios inimaginables; pero otros más espabilados, como Jebediah, vieron la oportunidad de pagar su vida con su lealtad. Y,desde entonces, tenemos ratas capaces de meterse en cualquier cloaca para escuchar por nosotros.

—Sabes que estás protegido y que, si sucediera cualquier cosa, se te daría asilo en el continente melhanäi.

—Eso si llego vivo.

—¿No gozáis los Steelson de una reputación en Elmbound? ¿Quién se atrevería a arremeter contra ninguno de vosotros? —Ya he perdido el interés por seguir escuchando sus quejas—. Ni siquiera el mandatario de esta ciudad se mete en vuestros asuntos.

—Pero estamos hablando del barco de Wicksole —me corrige—.

Esa ciudad se rige por normas muy diferentes a las nuestras; allí hay algo oscuro que no.

.. —Corta su palabrería cuando analiza mi cara de indiferencia—.

Es el único barco que el Dirigente permite que viaje de un continente a otro.

Los controles para acceder a él y sus secretos, todo lo que transporta de un continente a otro.

.. Yya me has hecho... —Cuando se da cuenta de que lo que va a decir no es muy inteligente, rectifica—: Yal no embarcar a tiempo la última vez, los jefes del cotarro han dejado de fiarse de mí.

Tengo solo una oportunidad más de meter en ese barco lo que queráis que le lleve al rey.

Pero no podemos volver a fallar, tendrás que encontrar la forma de superar los controles.

—Por fin es capaz de respirar sin pitidos en la garganta—.

Como vuelva a fallar, sospecharán de mí y me meterán una bala en la cabeza.

—Deja de preocuparte y estate en el puerto cuando llegue el barco —le ordeno—. Estaré allí con las pruebas.

—Eso espero. —Intenta hacerlo sonar imperativo, pero ahora, con el pelo revuelto, la garganta amoratada y la voz tocada, jamás lo conseguiría.

—Conque es eso. —Un hombre calvo y rechoncho sale de la esquina que lleva llamando mi atención desde que me adentré en el callejón—.

Los Steelson ahora colaboran con los melhanäis para traer al ejército enemigo a nuestras costas.

—Eleva la pistola y, con la mano temblorosa, intenta decidir a quién apuntar.

—¿Horace? —Jebediah se lleva la mano al cinturón para coger su pistola—. ¿Qué haces aquí? Estás rompiendo los tratados entre los Bane y los Steelson.

—¿ Yo estoy rompiendo tratados? —Dispara por primera vez, pero falla.

Jebediah se sobresalta y saca su arma. El disparo resuena por la calle principal y los viandantes se escandalizan, atrayendo toda la atención a nosotros.

—A Theodore Leville le encantará saber esto —dice el tal Horace.

—¿Trabajas para Theo? —le pregunto, mucho más tranquila que su mano.

—Desearás que no lo hiciera —me amenaza.

—No saldrás de aquí con vida. —Jebediah se dispone a disparar, pero Horace se adelanta y aprieta el gatillo primero, incrustándole una bala en medio del pecho.

—¡No! —Dejo que Horace se vaya corriendo para socorrer a Jebediah. Es mi contacto directo dentro del barco, y sin él, estoy perdida. Sin él, soy yo quien corre peligro.

Quiero decirle que siga respirando, que llamaré a un médico, pero ni siquiera me da tiempo a hacerlo; para cuando me agacho a comprobar el estado de la herida, Jebediah ya ha dejado de respirar.