CAPÍTULO 17
Theodore
—¿Por qué tuviste que hacerlo, Byron? —Es la primera pregunta que le hago desde que Cornelia y Elías lo trajeron a mi despacho.
—No sé a lo que te...
Le doy otro puñetazo en la cara que vuelve a salpicar sangre por todo el suelo.
—No termines una frase que solo vaya a ser una mentira —le advierto antes de cogerle la cara con una mano y apretar los dedos contra sus pómulos.
La silla a la que está atado se tambalea—.
Ya te he roto dos costillas y la piel de la cara por más de un sitio; y es muy probable que en el próximo golpe te desencaje la mandíbula.
.. ¿Crees que yo le haría eso a un amigo?
—¿Es que ya no lo somos? —Comienza a llorar, consciente de lo que en el fondo significan mis palabras.
—Los amigos no venden a sus contactos, Byron.
—Yo solo quería sacar el negocio adelante...
—Así que me meten una noche en el calabozo y tú asumes que los Bane estamos acabados y que tienes que empezar a hacer negocios con los Steelson. ¿Es eso lo que me quieres hacer creer? ¿Que solo ha sido una cosa puntual?
—¡Lo juro!
—Entonces eres mejor traficante de lo que creía, Byron. ¡Mueves tus contactos rápido!
—Por favor...
Levanto mi mano de nuevo, dispuesto a hacerle tragar sus mentiras, pero llaman a mi puerta y me detienen. Byron suspira aliviado entre sollozos.
No hay nadie mejor para evitar una trampa que el ratón que ya ha sido atrapado otras veces. Por eso es Horace quien entra en mi despacho.
—¿Qué necesitas, jefe? —me pregunta incluso antes de cerrar la puerta tras él.
Siempre tan servicial. Dispuesto a cualquier cosa por el bien del pelotón.
—Quizás sea Byron el que necesite ayuda —comenta.
Byron le saluda con un movimiento de cabeza.
—Este pobre desgraciado necesitará más que tu mano para salir de esta —le digo.
—¡Theo, por favor! —sigue suplicando.
—¿Qué tal estás, Horace? —Ignoro a Byron y señalo la bandeja que me han subido, repleta de pastas y con un termo de café humeante, para que Horace se sirva lo que quiera desayunar.
No duda ni un segundo en hacerlo y, con la misma sonrisa que un niño glotón, se abalanza sobre el dulce.
—Un poco aturdido, la verdad —habla con la boca llena mientras se sirve una taza de café—. Es muy pronto, Theo.
—Deja de quejarte.
Cierto es que, con el paso de los años, Horace se ha ido convirtiendo en un búho: siempre trabajando de noche y durmiendo durante el día; pero hoy le tengo preparado un encargo especial.
—¿Qué tal va el movimiento de mercancía? —Cruzo las manos sobre mi estómago, acomodándome en el sillón—. De sustancias, me refiero. Porque el del alcohol casi lo perdemos —digo alto para que Byron me escuche.
—¡Os haré descuento! —grita él, desesperado.
—Ve pensando entonces cuánto vale tu vida y réstaselo.
Gimotea.
—A decir verdad... —Horace pinza hacia abajo el labio inferior y mueve la cabeza torpemente de un lado a otro—. No se vende tan bien como antes, jefe. —Se sienta en la silla frente a mi escritorio.
—¿Cuál es el problema?
—¡Ninguno! Tenemos los mismos puntos de venta, los mismos acuerdos con los locales, ¡incluso el precio ha bajado! —Abro los ojos de manera exagerada pidiendo de una vez el «pero»—. Pero se vende menos.
—¿Por qué?
—Es como si la gente ya no..., no estuviera interesada.
Los opiáceos ya no llaman tanto la atención.
—Se encoge de hombros—. Las sustancias melhanäis proporcionan un colocón más duradero y suelen ser gratis.
—Arrugo el entrecejo para que elabore su explicación—.
Con tal de que no se les delate, los melhanäis están dispuestos a complacer a cualquier humano que vaya a buscar sus. .. servicios.
Los hijos de puta no solo nos quitan nuestros terrenos, también se introducen en nuestros mercados para destruirlos.
—¿Un colocón a cambio de su libertad? ¿Es eso?
—Solo algunos humanos son así, otros les pagan gustosamente.
Aprieto la mandíbula para conseguir que mi lengua sea lo único afilado que le corte hoy:
—Y tú, ¿cuál de los dos tipos eres? ¿De los que paga o de los que no?
Casi se atraganta.
—¿Yo? —se señala—. Yo no...
—Vamos a saltarnos el momento en el que intentas convencerme de que jamás te has metido nada melhanäi y vamos directos a tu respuesta. Yespero que la respuesta, al menos, sea un «no, jamás he pagado ni una moneda a los melhanäis que nos están jodiendo».
Pero por cómo es Horace, por el buen fondo que tiene, sé que les habrá pagado en cada una de las ocasiones; y bien pagado, además. Su mirada de perrito desamparado me lo confirma.
—Joder, Horace. —Me froto los ojos—. ¡Estás saboteando tu propio negocio!
—No es eso, jefe; es solo que... No sé cómo explicarlo...
—Que necesitas olvidarte de tu mierda de vida. —Bajo la mirada—. Eso sí puedo entenderlo.
—Una vez que pruebas algo melhanäi, los opiáceos apenas hacen nada.
—Horace tiene razón... —Byron intenta poner a mi amigo de su lado.
—¡Cállate! —Miro al traficante antes de devolver mi atención a Horace—: ¿Qué has probado tú, exactamente? —Me mira sin llegar a responder—. Juro que mi castigo no aumentará dependiendo de tu respuesta.
—¿Ya asumimos que habrá un castigo? —Eleva ambas cejas.
—Uno grande. —Mi tono desenfadado le relaja—. Te metas lo que te metas, ya les has dado nuestro dinero, así que no te cortes ahora.
—Está bien. —Deja la taza en mi mesa y estira los dedos de una mano para ir contando todas las sustancias que ha probado—. Polvo de cuernos, infusión de alas, inyección de veneno, crines masticadas...
—Joder, Horace —repito. Pero esta vez mucho más asqueado que antes.
—Puedo parar, si es lo que quieres. —Al cabrón se le escapa una sonrisa. Está disfrutando de mi repulsión.
—¿Y el mordisco de un vampiro? —Desvío mis ojos por la oficina de manera casual antes de posarlos sobre él. No me responde de inmediato, se queda mirándome con el ceño fruncido—. ¿Horace?
—Eh... eh...
—¡Horace!
—Sí, alguna vez.
—¿Y?
—Pues es diferente a lo demás. —Intenta poner en palabras lo que seguro que le cuesta demasiado expresar, más teniendo en cuenta a quién tiene delante—. No te hace evadirte ni olvidarte... Ni siquiera te hace perder la noción del tiempo. Por eso no es lo que más me gusta.
—¿Resulta que también tienes una lista con tus drogas melhanäis favoritas?
Horace ignora mi pregunta y sigue explicándome la mordida de vampiro:
—Es como si tus sentidos se vieran multiplicados por mil. —Recorre su cuerpo de rodillas a cabeza moviendo los dedos—. Tus sentimientos, emociones, sensaciones no caben dentro de ti, en tu existencia de carne y hueso.
—Suena demasiado místico. —Aunque mentiría si dijera que no me intriga.
—Lo es —asiente, efusivo—. ¡Todo a tu alrededor brilla con más intensidad! Los colores vibran, los sonidos ensordecen y solo un roce... excita.
Voy entendiendo la connotación sexual que se le da siempre a esos bichos con colmillos.
Y,de manera incontrolable, mi subconsciente me ataca con imágenes de las curvas y los labios de Leah.
Pero no de los perfilados con brillo de fresa, sino de los que están acompañados por un par de caninos que gotean sangre.
Carraspeo y me recoloco en el sillón, sin darle opción a mi cuerpo a manifestar lo que quiere manifestar.
—Horace, te necesito centrado en las calles. —Corto el tema de raíz—. Ahora más que nunca.
—¿Qué ocurre?
—Pasas mucho tiempo en La Brada. —Saco la fotografía de Leah que he conseguido del expediente de trabajadores de The Silver Siren y se la paso por encima de la mesa—. Necesito que le eches un ojo.
Silba.
—Si me atrajeran las mujeres lo más mínimo...
—No la pierdas de vista, averigua qué trama por La Brada —le ordeno—. Qué lugares frecuenta, con quién habla, qué comercios visita... Todo.
—¿Puedo preguntar por qué, jefe? —Se guarda la fotografía en el bolsillo pequeño de la pechera.
Me echo hacia atrás en mi sillón, valorando si darle algo más de información.
—Creo que tiene relación con todo lo que está ocurriendo en el puerto.
—¿Con los asesinatos?
—Los asesinatos, los cargamentos marcados, la central...
—Cuenta con ello. —Se levanta de un salto, lleno de orgullo y alegría por lo que le acabo de encomendar. Se siente importante.
Y lo es. Siempre lo ha sido. Desde que sus anécdotas y sus chistes nos permitían conciliar el sueño en las trincheras. Nos salvó la vida de maneras que ni siquiera él llega a comprender.
—Gracias, Horace. —Puede que haya sido el tono más dulce que he utilizado en años.
Él se pone su sombrero y, tras dedicarme una sonrisa, mira a Byron.
—Espero que salgas de aquí —le dice a modo de despedida—. Si es así, te veo la semana que viene para restablecer nuestros acuerdos.
—Yo también lo espero —musita él, apenado por la despedida de Horace, consciente de que vuelve a quedarse a solas conmigo.
—Eso está aún por ver. —Le guiño un ojo a Horace.
Byron solo necesita un tirón de correa, un recordatorio de quién es su dueño. Saldrá de aquí con menos orgullo, pero con las cosas claras.