Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Theodore

No son sus andares. Ni siquiera la forma en que contonean las caderas. Son los colmillos los que me hacen imposible alejarme de la realidad.

Desde el tronco en el que estoy sentado, miro cómo un hombre sin tatuaje de tinta melhanäi se deja devorar la yugular. Esas heridas no curarán rápido. Seguramente le dejen una buena cicatriz.

Agarro la pistola y agudizo mi mirada de desprecio al hombre. Él se deja embaucar por los sensuales movimientos y caricias del vampiro. Yo jamás lo haría. Yo he visto lo que esos dedos y esos colmillos son capaces de hacer cuando se aferran a la piel de un humano.

Cierto es que yo he deseado que Leah me manoseara.

De incontables maneras. Pero eso es diferente.

Entonces no sabía lo que era. Un monstruo.

Unos ojos grises vacíos por los que se escurre el último ápice de humanidad mientras su boca se llena de sangre.

Sangre que ella intentó evitar y que, de alguna manera, yo la forcé a.

.. No. No lo justifica. Incluso aunque fueran dos agentes insufribles dispuestos a cualquier cosa con tal de chuparle el culo al mandatario Gifford y que hubieran puesto su vida en peligro solo por abrir la boca, no lo justifica.

—Tienes que beber más —me dice Elías, sentándose a mi lado—. Aún no vas lo bastante borracho. Joder, ni siquiera te has terminado la primera copa.

Todos los miembros de The Bane han mantenido las distancias con los melhanäis, saben cómo me siento al respecto y lo que haría si alguno de ellos se dejara chupar cualquier parte del cuerpo por esas cosas.

—¿Y bajar la guardia con esos bichos entre nosotros?

Ni siquiera Horace, que ya se ha puesto hasta el culo de alguna droga que le hace ver luces en el cielo, se les acerca demasiado.

Él es el más acostumbrado a ellos, a su presencia, a su olor.

.., a su simple existencia. La Brada está repleto y no parece importarle que justo a su lado una mujer esté a punto de tener un orgasmo solo por el roce de la pluma de un alado.

Él está ahí, tirado en la arena, contando estrellas, feliz como un niño. .. Aveces lo envidio.

—No parece que vayan a hacernos nada, están controlados.

—Todo lo controlados que los mandatarios de cada ciudad o región quieran. —La siguiente calada que suelto es perezosa—. En cuanto nuestro queridísimo Dirigente se canse del trabajo que supone gestionarlos, volverá la guerra.

—Eso no va a pasar. —Con su risa les quita importancia a mis teorías.

—Cincuenta monedas a que sí. —Le ofrezco la mano.

—¿Estás apostando por el comienzo de una nueva guerra? Serás cafre... Está bien, Theo. Te daré cincuenta monedas si comienza una segunda guerra contra los melhanäis. —Vuelve a reír y me estrecha la mano.

—Me lo apunto.

Una sensación serpenteante me paraliza los nervios de la espalda y me obliga a sentarme más recto mientras intento sacudirme el frío.

De pronto, las olas parecen haber dejado de romper en la orilla y el crepitar de las llamas ya no quiebra la madera. Todo ha desaparecido, ahora solo existe el brillo del fuego que se refleja en la larga y ondulada melena cobriza que acompaña a un nuevo grupo de melhanäis.

—¿Theo? —Elías me agarra del brazo para que no me caiga del tronco.

—Estoy bien, estoy bien. —Me zafo, no necesito que me sujete. Nunca me he caído y no lo voy a hacer ahora. Mucho menos por ella.

—¿Esa es...? —Elías es el único otro Bane que ha estado en The Silver Siren conmigo últimamente—. ¿Es una melha­näi?

—Tú sigue bebiendo. —Tiro el cigarro a la arena—. Yo me encargo.

En cuanto me pongo en pie, Leah me localiza.

No oculta su sonrisa cuando me ve acercándome a ella.

Parece que incluso disfruta más al sentarse en el regazo de un veterano de Elmbound.

El hombre, que, a pesar de faltarle ya algo de pelo, mantiene unos músculos más duros que las rocas de los acantilados al norte de Salrath, manosea con sus asquerosas manos los muslos de Leah, que quedan al descubierto entre las rajas de su vestido blanco.

Así vestida y con el pelo revuelto por la brisa y la humedad, parece una sirena; y yo me veo atraído como por una de esas canciones infernales.

—¿Qué haces? —le pregunto.

No me mira de inmediato. Tiene las manos apoyadas en las rodillas para equilibrar su peso y contonear mejor sus caderas encima del hombre.

—El mordisco tiene más efecto si el sujeto está... Bueno... Ya sabes.

—Vete —le exijo.

—No. —Por fin me mira, pero lo hace con la cabeza apoyada en su hombro.

En cuanto el hombre ve la boca de Leah, se excita tanto que bufa. Tan patético como asqueroso.

—¿Por qué ya no ocultas que eres melhanäi? —pregunto, haciendo acopio de toda la tranquilidad que me queda.

—No recuerdo haberlo ocultado jamás. —Lleva una mano al cuello del hombre—. No al menos en Elmbound.

Entonces reparo en el colgante de plata que siempre se pierde entre sus pechos, seguramente una gema de odites muy bien escondida.

—Nunca lo has dicho en Wicksole.

—Pero yo en realidad vivo en Elmbound. Por lo que no tienes ningún poder sobre mí.

Enseguida me viene la mañana en que la pillé cruzando el puente que conecta ambas ciudades.

—Pero trapicheas en La Brada; y ese territorio es mío —le recuerdo—. Yasumo que no te traerás nada bueno cuando vives en una ciudad y trabajas en otra.

Todas las preguntas sin responder solo consiguen que tenga más ganas de descifrarla.

No me dice nada, les quita importancia a mis palabras y acerca los colmillos al cuello del hombre mientras este cierra los ojos y comienza a subir las manos por sus muslos.

—Suficiente. —Hago todo lo posible porque mi puño no vuele hasta la mandíbula del tipo y, en cambio, se dirija hasta la muñeca de Leah. La agarro y tiro de ella.

—¡Eh! —se queja él. Se levanta brusco y violento, enfadado porque le acabo de robar un colocón y, seguramente, un orgasmo.

—Siéntate —le ordeno con la voz más autoritaria que he usado jamás.

Él mira de reojo a Lucrezia, que le pide con un movimiento de manos que se relaje y me deje ganar. Es lista. Sabe lo que le conviene.

Leah se muerde el labio inferior y se ríe de la situación hasta que tiro de ella y la llevo lejos, detrás de un matorral que nos oculta de los demás. No puedo amenazarla por algo que pone mi propia libertad en juego delante de todos.

—Tendría que haberte quedado claro a estas alturas que tengo poder allá donde pongo un pie. Si te digo que te vayas, te vas; y si te digo...

—Que te bese, te beso. —Asiente como la buena niña de escuela que sé que no es—. Lo pillo.

—Jamás te pediría tal cosa. —Le suelto el brazo de mala gana.

—Lo harás. —Se aprovecha de nuestra proximidad y frota su cadera contra mi entrepierna.

Esta vez me cuesta más mantener la cara neutra, pero lo consigo. Creo.

—¿Qué has venido a hacer a la celebración de los veteranos? No creo que hayas venido solo para hacérselo pasar bien a los más desesperados.

—Te encantaría saberlo, ¿verdad? Entender lo que busco entre los susurros de las dos bandas criminales más importantes de Salrath.

—Debería entregarte —le digo cuando entiendo que no me lo va a decir.

—¿Por qué no lo has hecho ya? —Se separa solo un poco para empezar a juguetear con una de las largas hojas del matorral.

—Porque soy yo quien merece dictar tu sentencia, no un juez. —Sueno convencido. Bien. Porque esa es la única verdad. El único motivo por el que no la he entregado.

—¿Crees tener el mazo que dictará mi destino?

—No. —Saco la misma arma con la que le apunté la última vez—. Creo tener la pistola que te atravesará el corazón.

Se ríe. Yeso solo me da más ganas de apretar el gatillo. Pero entonces comienza a deslizar sus dedos por el cañón; lo acaricia y recorre cada una de las hendiduras y salientes del diseño del arma.

—Si aún no te he entregado es porque pienso descubrir qué tramas y desmantelar cualquier operación que tú y los tuyos os traigáis entre manos; y el mandatario y sus agentes no me permitirían hacerlo según mis términos.

—Bajo la pistola a pesar de que sus ojos y mi entrepierna pidan lo contrario—.

No dejaré que escoria como vosotros mancille Wicksole.

—Ouch. ¿Yyo soy el monstruo? Tú tienes unos cuantos ahí dentro. —Planta una uña en mi pecho.

—No te haces a la idea. Mis monstruos internos dan tanto miedo que los que están sueltos en las calles me temen a mí.

Leah pretende que no me dé cuenta, pero puedo ver cómo estira la espalda y reprime un escalofrío. Compartimos una mirada tan intensa, que ambos agradecemos que sea breve.

—Procuremos hacer que nuestro próximo encuentro sea más parecido a esto que a la última vez —me dice—. Me gusta más cuando me miras embelesado que cuando me disparas.

—Tú procura que no haya una próxima vez, porque entonces significará que he descubierto otro de tus secretos.

—Y tú procura dejar de mirar mis labios así.

—Así, ¿cómo?

Inconscientemente, lo hago. Miro sus labios rojos y carnosos y me maldigo por ello.

—Como si te preguntaras cómo quedarían alrededor de tu polla —me susurra.

—Estás muy equivocada.

Tengo que aguantar un carraspeo.

Me dedica una última sonrisa y se escabulle entre las hojas del matorral, dejándome a mí dándole las gracias al destino por bajar la pistola a tiempo y pidiéndole que me ayude a bajar otra cosa.