Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

—Un año más siendo tú y yo quienes llevamos las antorchas —me susurra Lucrezia, mientras saluda con ligeros movimientos de cabeza a quienes nos hacen un pasillo—. Los capitanes de pelotón.

—Yo jamás llegué a ser capitán —la corrijo.

—Y, aun así, aquí estás. —Cuando llegamos a la hoguera, se gira hacia mí para preguntarme—: ¿Por qué crees que la gente te sigue entonces, Theo? ¿Qué te hace ser líder?

—Haber matado a mi antiguo capitán, supongo.

Sé que no está bien, que, de haberse enterado algún superior, me habrían condenado y ejecutado en el mismo instante en el que mi sable atravesó su estómago en mitad de la noche. Pero no podía permitir que ese inconsciente nos dirigiese a una muerte segura al día siguiente.

Quería que invadiésemos uno de los castillos del continente melhanäi tras nuestro desembarco sin esperar a los refuerzos.

Nuestro pelotón estaba muy mermado y no aguantaríamos ni el asedio al castillo. Tuve que tomar cartas en el asunto para asegurarnos los refuerzos antes de actuar.

—Pero nadie supo de tus actos hasta pasada la guerra —me rebate.

—Algunos sí.

Elías me descubrió saliendo de la tienda del capitán, y Horace y Gina me ayudaron a limpiarme la sangre. Me guardaron el secreto.

—Pero no todos los que te siguen. Algunos te respetan por lo mismo que yo.

—¿Me respetas? —Arrugo el gesto mientras pienso en la cantidad de veces que nos hemos amenazado, apuntado con un arma, robado o saboteado.

—Eres buen líder, Theodore Leville, pero sigues siendo un hombre demasiado simple. —Se ríe y suelta la antorcha sobre los maderos, que enseguida comienzan a arder.

Yo también suelto la antorcha y arrancamos los primeros vítores de la multitud: Bane, Steelson y veteranos que no tienen nada que ver con nuestras bandas, que siguen vidas mucho más tranquilas, pero que una vez al año se juntan con la calaña con la que ganaron la guerra codo con codo.

Una mujer se acerca a nosotros y nos ofrece un vaso lleno de alcohol.

Lucrezia y yo brindamos y le damos un primer trago que enseguida baja como una cascada caliente por mi garganta.

El segundo trago no llega al estómago, lo escupimos sobre las llamas para avivarlas, tal y como nuestra sangre avivó la guerra y nuestras lágrimas, la victoria.

—¿Qué pedimos? —gritamos Lucrezia y yo a la vez.

—Pedimos sangre, no perdón —responden todos.

—¡Feliz primero de noviembre! —añade Lucrezia.

Se aleja hacia una mujer que no le quita los ojos de encima y comienza a beber con ella.

—¡Jefe! —me reclaman los inquilinos de mi fonda. Me acerco a ellos sin muchas ganas de que la noche se alargue, pero acepto el vasito que me da Winnifred—. ¡Por nosotros! ¡Por los Bane!

Los chupitos chocan en el aire, derramando algo de alcohol sobre nosotros.

—Por el fin de la guerra —añado.

Todos nos los bebemos de un solo trago.

—¿Lo fue? —pregunta Horace, perdido en sus alucinaciones, mirando de un lado a otro, paranoico—. ¿Fue el final de la guerra?

—¡Pues claro que lo fue, cabeza de chorlito! —Cornelia le da una colleja amistosa—. Fue larga... Tres años dan para mucho, para treinta y siete ciclos lunares exactamente, ¡pero se acabó hace ya cinco años!

—¿A qué te refieres, Horace? —le pregunto.

—No siento que la guerra haya acabado...

—¿Qué...? —No llego a entender lo que dice.

—No-me-jodas. —Elías me da dos palmaditas en la espalda para que mire en la dirección que señala.

Una docena de melhanäis avanza hacia nosotros desde la costa de Elmbound.

Me alejo de los míos y doy pasos decididos hasta la hoguera, cerca de la cual me planto y los apunto con la pistola que saco de mi riñonera.

—Un paso más y os vuelo los sesos. —Ni siquiera lo considero una amenaza. Es simplemente un hecho.

Los melhanäis detienen sus pasos, todos saben el tipo de balas que uso.

—Baja esa pistola. —Lucrezia me agarra del brazo.

—¿Los has...? ¿Los has traído tú? —He de mantener la pistola apuntando al suelo, pero cada célula de mi cuerpo me ordena que ahora la apunte a ella.

—Vienen a hacérnoslo pasar bien.

Los de Elmbound enseguida se acomodan al lado de algún melhanäi, los de Wicksole son más reticentes.

—Son veneno, Lucrezia. —Me zafo—. Son aquello mismo que este día hace cinco años celebrábamos haber derrotado. ¿Ylos invitas?

—Nos merecemos pasarlo bien, ¡es nuestro día! —exclama—. ¿Qué mejor manera de celebrar la paz que atando lazos entre especies?

—Te piensas que tienes una correa puesta alrededor de su cuello —miro a los vampiros que han venido—, pero sabes que son criaturas despiadadas e imprevisibles.

—Y desesperadas —añade—. Tanto como para hacer cualquier cosa por ganar un poco de dinero y convencernos de que no llamemos a las autoridades.

—Juegas a un juego peligroso.

—Siempre lo hemos hecho. —Me guiña un ojo—. Va siendo hora de que lo asimiles y te dejes llevar.

—Que me deje clavar un par de colmillos, quieres decir.

—Si eso es lo que hace falta para conseguirlo... —Se encoge de hombros mientras se recoge el pelo en una coleta que despeja su cuello por completo, dejando a la vista el tatuaje de tinta melhanäi de su yugular.

Se mezcla entre la muchedumbre y anima a los curiosos a acercarse para comenzar a alejarse de la realidad. ¿Yno es eso lo que yo mismo busco siempre? ¿Alejarme de la realidad?