CAPÍTULO 15
Theodore
No es la vez que más me pita la cabeza. Ni por asomo. La noche en la que por fin conseguimos asediar las costas del continente melhanäi, esos malditos cabrones detonaron las bombas que transportábamos en nuestros cargueros.
Lo que ahora zumba en mis tímpanos es una pequeña parte de eso, una vibración a la que me acostumbro pronto mientras abro los ojos y me froto la sien dolorida.
—¿Dónde...? —me callo para evitar hacer una pregunta estúpida cuando mis pupilas por fin enfocan y entiendo que estoy en un calabozo—.
¡Eh, Gifford! —grito en cambio. Los desgraciados que están en las celdas contiguas me miran con temor en los ojos, como si estuvieran cometiendo un acto suicida con solo mirarme—.
¡Gifford! —Me agarro a los barrotes y consigo levantarme.
Mi voz retumba por las húmedas paredes del enorme agujero que son estos calabozos.
—Cállate —me espeta el mandatario después de aparecer por las escaleras de piedra desgastada.
El resto de presos se pega a la pared, alejándose de él. Por los cortes y moretones que veo en sus cuerpos, entiendo que los interrogatorios no han sido precisamente cariñosos.
Yo, cuando miro al mandatario Gifford, solo veo a un hombre patético que esconde todas sus inseguridades detrás de ese bigote torcido.
—¿Qué hago aquí? —le pregunto, ya cansado de su presencia.
—Estás arrestado por el asesinato de dos de mis agentes, Leville. —Usa un tono mucho más cómico del habitual.
En cuanto los pocos presos que no me habían reconocido escuchan mi apellido y entienden quién soy, también se apartan de los barrotes contiguos a mi celda.
—Venga, Gifford, ahora en serio. —Fuerzo una sonrisa que sé bien que le sacará de quicio.
—Encontramos dos hombres muertos a escasos metros de ti, llevabas una pistola y tenías las manos manchadas de su sangre... —Apoya la espalda en la pared frente a mí y eleva el mentón tras encenderse un cigarrillo y darle una buena calada.
No sé si tengo más ganas de partirle la cara o de arrebatarle ese cigarro.
—¿En serio? —Ladeo la cabeza—. Pensé que podía hacerlo mejor.
.. ¡Qué decepción! ¿Es que cree que con eso va a conseguir que me condenen?
—Me froto los ojos con una mano—. En cuanto el juez sepa que los cuerpos se encontraron en La Brada, que ambos han muerto por desangramiento y desgarros en la piel, y le cuenten lo de los huesos triturados y los orificios en la yugular, sabrá que ha sido un vampiro.
—Los presos ahogan un grito conjunto tan dramático que casi me suena poético—.
Yyo soy muchas cosas, Gifford, pero no un chupasangre.
Intenta disimular lo mucho que ha apretado su mandíbula de pura rabia detrás de la densa capa de humo de tabaco.
—No te preocupes, tenemos donde elegir. ¿Por qué otro crimen quieres que se te juzgue?
—¿De cuál tiene pruebas?
Vuelve a apretar la mandíbula. Se acerca a los barrotes y me echa todo el humo de su siguiente calada en la cara.
—De que eres un auténtico cabronazo.
—Si eso fuese un delito, a usted lo habrían colgado el primero —le digo antes de sacar un brazo a través de los barrotes y arrancarle el cigarrillo de los labios.
El mandatario Gifford golpea con rabia los barrotes y gruñe cuando me echo hacia atrás para empezar a fumar.
—Joder, gracias, lo necesitaba —digo mientras echo la cabeza hacia atrás y expulso el humo.
—Estás acabado, Leville. —Les da otro golpe de impotencia a los barrotes—. Dime quién fue el vampiro que mató a mis agentes o no volverás a ver la luz del sol.
El rostro de Leah, oscurecido por la sed y la necesidad de cazar, cubierto de sangre, me mira a través de mis recuerdos en el siguiente pestañeo. Intento disimular el escalofrío.
—¿Qué le hace pensar que conozco al melhanäi que asesinó a sus hombres?
—Entiendo que estarías en alguno de tus habituales trapicheos y lo verías, ¿por qué sacaste la pistola, si no? — Vaya, no es tan tonto como creía —. Tu información a cambio de tu libertad.
—¿Mi libertad? Nadie me la ha arrebatado. —Me río—. Estoy aquí libremente, decidiendo pasar mi tarde sin denunciarlo por coacciones, mientras me fumo un cigarrillo. Antes de que se acabe —lo elevo en el aire—, habré salido de aquí.
—¿Tanta fe le tienes a tu suerte?
—A mi suerte no, esa es una hija de puta. —Le doy una enorme calada al cigarrillo, hasta casi consumirlo—. Se la tengo al mejor abogado de todo Wicksole.
—¡Gifford! —dice una voz. Un hombre muy menudo baja las escaleras mucho más recto que el bigote de Gifford y se le planta delante—. ¿Por qué retiene a mi cliente esta vez? ¡Es la tercera en el último año, mandatario! El señor Leville está en su derecho de tomar represalias si lo desea.
—No será necesario, señor Reed. —Miro al mandatario para añadir—: El mandatario Gifford estaba a punto de soltarme.
—Última oportunidad para darme la identidad del vampiro, Leville. —Agarra un barrote y lo aprieta—. Ocuando lo localicemos y lo relacionemos contigo se te considerará cómplice de asesinato. Ypor fin tendré la oportunidad de encerrarte para siempre.
Miro a mi abogado de reojo. El tic involuntario de su párpado izquierdo me indica que, efectivamente, con eso podrían ponerme entre rejas.
—Y yo le repito, por última vez, que no vi al asesino.
El mandatario aprieta los dientes mientras gira la llave que abre la puerta de mi celda. Cuando pongo el primer pie fuera de ella, lo hago para apagar el cigarro que acabo de tirar al suelo.
—Nos vemos, Gifford. —Cojo mis pertenencias del banquillo en el que están tiradas y subo las escaleras seguido de mi abogado.
Cruzamos la comisaría con todas las miradas puestas en nosotros. Por un momento casi me pongo celoso, parecen mirar al señor Reed peor que a mí.
—Sea sincero conmigo, Leville: ¿lo vio? —me pregunta cuando salimos a la calle, subido al bordillo elevado para quedar a mi altura—. ¿Vio al melhanäi que asesinó a esos agentes?
No le respondo, miro a lo lejos.
—Se la está jugando, Leville —me advierte cuando entiende mi silencio—. Si lo relacionan con ese asesino de cualquier manera y se le considera cómplice...
—Eso no ocurrirá. —Sigo sin mirarlo—. Me voy a encargar personalmente.
—Está bien. —Se alisa las pocas arrugas de su americana—. Pero intente que no lo detengan en el proceso.
Este hombrecillo sabe que yo soy el dueño de Wicksole, pero también sabe que sus habilidades buscando vacíos legales y la enorme cantidad de dinero que le pago son dos de las principales razones por las que sigo libre, por lo que le permito el tono altivo.
—No te preocupes —insisto—. Te avisaré cuando haya despejado el peligro.
Meto las manos en los bolsillos de mi gabardina y me bajo un poco el bombín para ocultar mi rostro entre las solapas del cuello alto, no quiero que nadie me pare en mi camino a The Bane.
Lo único en lo que puedo pensar ahora es en limpiarme la sangre de las manos que, por primera vez en mi vida, ha llegado ahí por causas ajenas a mí.
Me levanto cuando el sol ya se ha puesto. Sigo teniendo el cuerpo dolorido de la postura de la celda y, a pesar de las incontables duchas que me di antes de tirarme en la cama, sigo oliendo a preso. Aesa asquerosa mezcla de polvo y óxido. Curiosamente, es un olor muy similar al de las trincheras.
—¿Theo? —pregunta Elías desde el pasillo después de llamar a la puerta—.
¿Estás despierto? —No se espera a recibir respuesta, entra para interrumpir mi tranquilidad sin permiso.
Le gruño desde la cama—. ¡Venga! Que todos hemos pasado alguna noche en el calabozo.
Eso no es excusa para evitar tus responsabilidades. Mucho menos esta noche.
Se queda a los pies de mi cama con las manos en los bolsillos del pantalón.
—Elías, amigo, si lo único que querías era verme dormir, deberías haber entrado a hurtadillas. Sabes que me gusta que me miren. —Me froto la cara y me incorporo para hacer mi desnudez evidente cuando las sábanas resbalan por mi torso.
—¿Siempre duermes en bolas?
—Para nada. Solo para ti. —Le lanzo un beso, haciendo un ruido exagerado con los labios.
—Las señoritas de Wicksole quedarán defraudadas.
—¡Y los señoritos! —Me levanto para acercarme al armario y sacar el elegante traje que Gina me preparó para esta noche.
—Todo el mundo siente mucho que no te desnudes para ellos, Theo, pero ahora mismo te necesitamos vestido. —Sale por la puerta y la deja abierta para gritarme desde el pasillo—: ¡Date prisa!
Me visto con muchas menos ganas de las habituales en esta fecha.
La noche del 1 de noviembre es especial.
Los veteranos celebramos el final de la guerra desde hace ya cinco años.
Es el único momento del año en el que toda la región de Salrath se une para conmemorar el comienzo de nuestra nueva vida, aquellas que los melhanäis no consiguieron arrebatar.
Wicksole y Elmbound bajan las armas para disfrutar de una velada que resuena con la fraternidad de los cañones que compartimos en las trincheras.
Pasada la escasa media hora que Elías me ha concedido, no me doy cuenta de lo tarde que es hasta que llegamos a la playa fronteriza entre Wicksole y Elmbound.
—Ya era hora, Leville —me amonesta Lucrezia, entregándome una antorcha igual a la que sujeta ella. Enseguida el calor me asfixia a pesar del frío nocturno.
—No presumas, Lucrezia —le advierto—. Los Steelson no sois precisamente conocidos por vuestra puntualidad.
—En aras de pasar una buena noche, me ahorraré lo que os caracteriza a los Bane. —Levanta una ceja en dirección a Horace, que ya está colocado y se ríe a carcajadas mientras tira a la arena las botellas de alcohol dispuestas en una mesa.
Le hago una ligera seña a Elías con la cabeza para que vaya a ocuparse de él y no nos deje en evidencia delante de todos los veteranos.
—Vamos, los demás llevamos ya un rato queriendo beber. —Lucrezia se sitúa a mi lado y, hombro con hombro, avanzamos a través de la arena que se empeña en engullir nuestros pies, hacia la enorme hoguera a escasos metros de la orilla.