CAPÍTULO 14
Leah
Mierda.
Mierda, mierda y mierda.
Me ha descubierto.
Toda sensación de seguridad me abandona en cuanto huyo del callejón.
Esto no tendría que haber pasado. No me lo perdonarán.
Me valgo del denso humo de las chimeneas que cubre los tejados para saltar de uno a otro y llegar a The North Shotbag.
Cuando aterrizo en el suelo, en un recoveco paralelo a la calle principal, me doy cuenta de la cantidad de sangre que me mancha la cara y la ropa.
Uso mi densa mata de pelo para tapar mi rostro y camino hasta la entrada del hotel.
Estoy a punto de darme la vuelta cuando el mismo bruto de siempre me la abre desde dentro.
—Te están esperando —me dice en un tono neutro.
Creo que por dentro está vacío, no debe de tener sentimientos. Neuronas tampoco. El único cuerno que le queda, escondido bajo un extravagante sombrero de copa, es la prueba de los incontables golpes que se ha llevado en la cabeza.
—Gracias —respondo, intentando sonar como siempre: decidida y audaz.
Aunque no me siento así en absoluto.
El recepcionista no se alarma por las pintas que llevo, ni tampoco los clientes que van de un lado a otro buscando sus habitaciones; mucho menos los trabajadores, que son más conforme bajo pisos y me adentro en el subsuelo.
Seguramente, la cantidad de sangre que llevo encima sea lo más tranquilo que han visto estas paredes hoy.
En cuanto llego a la planta más baja, empiezo a escuchar los vítores de los melhanäis entusiasmados por el espectáculo.
—Vengo a ver a Frederick Barton —le digo a la melhanäi que guarda la entrada.
No dice nada, solo asiente y abre la puerta de la sala de juegos preferida de La Brada. Aquí los melhanäis pueden desahogarse y jugar con los humanos tanto como ellos juegan con nosotros fuera del hotel.
Me asomo entre las espaldas llenas de pelo, plumas y escamas de mis compatriotas para ver cómo hoy se pelean una mujer y un hombre por el último colocón de esta noche.
Si algo nos ha dado un mínimo de poder en el continente humano ha sido el efecto que algunas de nuestras sustancias pueden tener en ellos; un adicto haría lo que fuera por conseguir cualquier droga melhanäi.
Vivimos en las sombras de toda la región de Salrath, pero sabemos qué hacer en la oscuridad. Los humanos no.
Mis ojos se pasean entre los rostros ya rojos de tanto gritar.
Hasta que doy con unos ojos que ya me estaban mirando a mí antes: los de Frederick Barton.
Mueve tan ligeramente la cabeza para indicarme que lo acompañe a la parte trasera y se mueve tan sibilinamente, que nadie más notará su ausencia. Se mueve como las mismas sombras.
Cruzo la estancia y lo sigo de cerca. Su cara es suficiente petición para que nos abran el resto de puertas hasta la sala privada.
Todo melhanäi lo conoce: pelo rubio despeinado, ojos de un ámbar tan claro que es casi amarillo y una boca que rara vez prescinde de colmillos.
Yo no entiendo por qué; los vampiros somos de los pocos melhanäis que nos podemos camuflar entre los humanos.
Vale, sí, el sol nos mataría de no ser por nuestras joyas de odites, una gema que solo se puede extraer de las entrañas de nuestro continente.
También es verdad que apenas necesitamos horas de sueño.
Pero con una buena alimentación nuestra piel no clarea y nuestros impulsos están controlados.
No es como si lleváramos dos alas pegadas a la espalda o dos cuernos saliendo de nuestra cabeza.
En una región como Salrath, siempre encapotada de humo y nubes y con un suministro de comida regular, podemos llevar una vida parecida a la suya. Si dejamos a un lado lo de la vida eterna y que nuestra pirámide alimenticia tenga como base la sangre humana, claro.
—¿Cómo te ha ido? —me pregunta Frederick antes de que entremos en la sala, donde el resto de superiores melhanäis nos espera. No se molesta en darse la vuelta para mirarme.
—Podría haberme ido mejor —le respondo directa; jamás me ha gustado perder el tiempo. Si tiene que arrancarme el corazón, que lo haga ya.
—Eso no les va a gustar. —Se para y me mira por encima del hombro.
Habla como si él no fuera el primero en pedir resultados sin importar el precio.
—Lo sé —le digo, controlando la temblequera de voz.
—Intentaré que no sean muy duros contigo. —Se da la vuelta y me acaricia el pómulo con un dedo, llevándose consigo rastros de sangre. Después se lo mete en la boca y lo limpia—. Mmm, no estaba muy rico, ¿no? —Me sonríe, en un intento de hacerme sonreír a mí también.
Solo lo hago por no enfadarle, hoy ya no me queda energía para soportar a un Frederick cabreado.
—Te lo he dicho: podría haber estado mejor.
Suelta una carcajada antes de darse de nuevo la vuelta. Se piensa que soy perspicaz y punzante solo por ponérsela dura, cuando en realidad tengo ganas de cortarle la lengua.
Abre el portón doble del final del pasillo e incrusta los pomos en las paredes solo para hacer saber que ha llegado. Parece incluso que hace fuerza de más con los brazos para marcar sus músculos debajo de la camisa.
Es patético que se esfuerce tanto, puesto que nadie lo mira a él, todos los líderes de la rebelión melhanäi me miran a mí.
—¿Y bien? —me pregunta una melhanäi ponzoñosa de escamas verdosas en el cuello y lengua bífida.
No me da tiempo a acercarme más a ellos; tampoco lo intento.
Me quedo quieta mientras Frederick se sienta en el único sillón que queda vacío.
Otros melhanäis recién llegados de nuestro continente son los encargados de traer bebidas, carne cruda, copas de sangre o lo que sea que se les antoje a nuestros líderes.
Los halógenos titilan en fuertes idas y venidas hasta que llega un breve apagón que agita aún más al público.
—No he podido enviar las fotografías al continente. —Hago un esfuerzo enorme por mantener las manos dentro de los bolsillos de mi abrigo cuando vuelve la luz.
—¿Por qué? —pregunta la misma melhanäi antes de coger, de una bandeja, un ratón vivo por la cola y tragárselo.
—Me estaban esperando, los humanos sabían que habíamos estado en la central haciendo fotos.
Montaron un control exhaustivo. No encontré la manera de entregárselas a mi contacto en el barco.
—Las saco de uno de mis bolsillos. Una de las esquinas del sobre de las fotografías está manchada de sangre, y eso desespera aún más a los superiores.
—¿Qué ha ocurrido? —me pregunta el licántropo.
Suele ser mucho más tranquilo que los demás, apenas interviene en las sesiones de control.
Acumula todo el sosiego que la luna llena echará por tierra.
Lo único que ahora mismo delata que no es humano son los arañazos de la cara y las cicatrices que nunca parecen sanar en sus muñecas, pues las heridas se vuelven a abrir cada ciclo lunar.
Tanto él como los suyos se suelen atar a gruesas cadenas de acero reforzadas con odites, en sótanos profundos.
—Dos agentes me vieron rondar por el puerto y comenzaron a seguirme. Los arrastré hasta La Brada, pero he tenido que deshacerme de ellos.
—Te estás volviendo descuidada, Leah.
Esto último quizás sea lo que más me molesta de todo. Seguro que a ninguno de mis padres jamás les llegaron a decir nada similar. Aunque seguro que también tiene parte de razón... Mis ganas de contribuir a la causa a veces me llevan a cometer errores.
—Primero fueron los humanos del río y ahora estos dos... —dice la ninfa que ocupa apenas medio sillón.
—Muertes necesarias para mantener mi tapadera intacta —me excuso.
—Tu tapadera acabará con tantos cadáveres apilados que terminará por delatarse sola como no busques otros.
.. métodos —vuelve a hablar la ponzoñosa—.
Mucho me temo que, si en el siguiente barco a nuestro continente no van esas fotografías, irás tú.
Te dejamos formar parte de la rebelión por tus padres, Leah; por lo que sabemos que significa para ti.
Pero no confundas nuestra piedad con estupidez.
Un fallo más y volverás al continente con una orden de cadena perpetua.
—Y eso, para vosotros, vampiros —un sátiro con dos cuernos retorcidos en la cabeza y pezuñas en los pies mira a Frederick y luego me mira a mí—, es muchísimo tiempo.
Me muerdo la lengua hasta casi hacerla sangrar para no gritarle a la cara que usarme para el trabajo sucio y luego quejarse a la mínima que algo no sale como se esperaba no es piedad.
—Lo entiendo. —Miro al suelo apretando los puños.
—Necesitamos que las evidencias de lo que están haciendo en esa central lleguen cuanto antes a nuestro rey —repite lo que ya me ha dicho en un millón de ocasiones—. Si no, jamás ordenará a las tropas atacar, y no podremos recuperar lo que es nuestro.
—No volverá a suceder —les prometo.
—No, claro que no, porque la próxima vez te cortaremos la lengua antes de que oses plantarte delante de nosotros con noticias similares —dice Frederick sin parar de jugar con su anillo de odites. La gema roja brilla tanto como la sangre que tiene en la copa.
En el consejo hay solo una vampira más además de Frederick, pero se queda siempre sentada a un lado, con su corta melena castaña detrás de las orejas, dejando relucir sus siempre preciosos pendientes dorados; sin intervenir, pero tampoco sin llegar a estar de acuerdo con nada.
Puedo verlo en su gesto de indiferencia.
Ella, al igual que los representantes de las demás especies, está aquí para ver, oír y dar su punto de vista cuando los superiores lo precisen.
Hasta el momento en que eso ocurra, no pueden hacer más que callar.
Estar aquí, seleccionados de entre todos los melhanäis que viven en el continente humano, es un honor, un privilegio.
El que yo buscaba para ascender en el futuro, pero Frederick decidió joderme los planes poniéndome sobre el terreno, obligándome a jugarme el pellejo día sí y día también.
Puedo ver en su postura y en lo poco que le cuesta mirarme a los ojos que hoy la vampira está de mi parte. Eso es bueno, calmará las ansias de Frederick por hacerme lo que sea que quiera hacerme.
—El próximo barco llegará en diez días. Hasta entonces recopilaré más evidencias y me aseguraré de que mi contacto se lo haga llegar todo a nuestro rey —digo.
Ignoro a Frederick y su amenaza hueca; y eso a él no le gusta, se bebe la siguiente copa de sangre de un solo trago.
—Quedamos a la espera.
Con un movimiento de mano, me despacha.
Salgo del laberíntico subsuelo de The North Shotbag para irme a casa y dormir lo que la rabia y la impotencia me permitan.