Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Theodore

Doy un paso hacia atrás con un hormigueo doloroso en las piernas. Leah agarra a un agente de la muñeca para lanzarlo contra la pared y después esquiva los disparos de su compañero mientras se acerca con movimientos tan rápidos que apenas levanta polvo a su paso.

Los gritos aterrados del agente se convierten en los chillidos de mis compañeros de trinchera mientras eran descuartizados y desangrados por esos monstruos.

Estiro un brazo hacia la pared de mi derecha para apoyar en ella todo mi peso y mantener el equilibrio.

Cierro y abro los ojos con fuerza, consciente de lo mucho que de repente he empezado a sudar.

Estoy a un grito más del agente de trasladarme por completo a la guerra y abandonar mentalmente este callejón.

Leah no deja que eso ocurra. Agarra la mano con la que el agente sujeta la pistola y la aplasta hasta que todos los presentes somos capaces de escuchar el crujido de los huesos rotos.

Pero ni siquiera le da tiempo a gritar: Leah le muerde la cara y con sus dientes le desgarra medio pómulo, llevándose los labios y parte de la nariz.

Se me había olvidado el sonido de la piel al rasgarse; porque sí, hace ruido, y es un ruido demasiado sencillo de recordar. Me revuelve el estómago y se me nubla la vista cuando veo el trozo de carne ensangrentada en el suelo.

Cuando Leah se aparta de él, el agente ya ha perdido el conocimiento y cae a plomo al suelo. Quizás ya esté muerto.

Ojalá lo esté, pienso, por su bien.

El otro agente ya se ha recuperado del golpe en la espalda que ha debido de cerrarle los pulmones, pero no vuelve a la carga.

Intenta correr en dirección contraria a la vampira con una mano en el costado.

Puede que tenga un par de costillas rotas, pero ese, ahora mismo, es el menor de sus problemas.

Es la sonrisita burlona de Leah lo que me hace buscar mi pistola. Mira al agente como si no fuera más que un cervatillo y ella el lobo que acecha detrás de un arbusto, como si no fuera más que un trozo de carne tan insignificante como el que le ha arrancado a su compañero, pero con patas.

De sus labios carmesí chorrea la sangre que recorre el contorno de su boca.

Esa misma boca que yo he probado. La que me prometí volver a probar.

La que hace que me cuestione mis principios cuando la oscuridad de su retorcida sonrisa se entrelaza de manera perturbadora con mi innegable fascinación por ella.

En solo un pestañeo, Leah aparece frente al agente: un mar de ondas pelirrojas que se mueven con el aire a su alrededor de manera casi irreal.

Aunque parece que solo yo me he fijado, pues Leah le pone una mano en la boca al agente y ahoga sus gritos, al tiempo que lo obliga a girarse de espaldas y lo aprieta contra su pecho.

Le gira la cabeza en un ángulo tan pronunciado que por poco no le rompe el cuello antes de hincar sus colmillos en él, tan profundo que la yugular se convierte en una fuente roja que salpica su cara.

No deja de mirarme al hacerlo. No deja de mirarme mientras yo me alejo de la pared y le quito el seguro a mi pistola.

No deja de mirarme mientras el hombre al que está devorando grita cada vez menos, cuando sus manos ya no tienen la fuerza suficiente para intentar zafarse ni sus pies, para sostenerlo.

En los últimos momentos, lo único que lo libra de caer desplomado es Leah, que sigue sujetando a su presa con esos ojos sumergidos en la oscuridad que baña su alma.

Cuando considera que ha terminado de comer, despega su boca del cuello del agente y coge una enorme bocanada de aire para después relamerse las comisuras de los labios.

Empuja el cadáver drenado al suelo y pasa por encima con una zancada mientras sus colmillos desaparecen y sus ojos recuperan su dulce tono claro.

—¿Qué pretendes hacer con eso? —Camina hacia mí y señala la pistola.

—Te dije que descubriría tu secreto. —Levanto el arma; no me tiembla el pulso al apuntar a su corazón.

Sé que, por muy certero que fuera, un tiro en la cabeza no serviría de nada. Ole corto la cabeza o le clavo madera en el corazón.

—¿Y pretendes matarme por eso? —Odio cómo contonea las caderas, cómo se lame la punta de los dedos mientras me mira—. ¿Es que matas a cualquier vampiro con el que te cruzas?

—A cualquiera que me dé una mínima razón. —Miro a los agentes muertos—. Ytú me has dado dos.

—Venga, por favor... ¡Como si esto no te viniera bien! —Se ríe y se pone justo delante de la pistola—. Además, con esto no podrías matar a ningún vampiro. —Pasa los dedos por encima del cañón, acariciando aquello que acabaría con la vida de cualquiera.

—Apretaré el gatillo y veremos qué es más rápido, tu sed de sangre o las astillas de mis balas.

—Chico listo. —Se muerde la parte inferior del labio en una sonrisa que me deja claro que está disfrutando—. Balas Haren. Se me había olvidado que eras un veterano.

Plata, madera, acero... Dependiendo del monstruo al que te enfrentes, necesitas un tipo de bala.

Yen las trincheras no nos podíamos permitir cambiar cada dos por tres los cargadores, por lo que los mejores ingenieros de la industria armamentística desarrollaron balas que contenían un poco de esos tres elementos principales.

Si teníamos la mala suerte de enfrentarnos a un ser cuya única debilidad fuera el oro o algún otro elemento raro, sobrevivía el soldado que tuviera la imaginación suficiente para averiguar cómo acabar con él sin balas.

Al terminar la guerra dejaron de fabricarlas en masa, ya que son caras, pero siempre procuro tener un buen arsenal.

—¿Por qué me da la sensación de que no vas a dispa...? —No le dejo terminar la pregunta—. ¡Me has disparado! —Solo su rapidez antinatural la libra de acabar con el corazón astillado.

En cambio, la herida que le ha hecho la bala en el brazo izquierdo se va regenerando mientras la piel se une sola, como si los extremos fuesen imanes de polos opuestos.

—¿Te sorprende? —Vuelvo a apuntar a su corazón. Ahí está otra vez esa sonrisita maliciosa—. ¿Por qué te seguían los agentes? ¿Qué quieren de ti?

—¿No te basta el simple hecho de que sea una melhanäi?

—Habla.

Las ciudades humanas cada vez están más infestadas y nadie hace nada, solo sacar tajada. Ningún melhanäi de La Brada ha sido capturado, ejecutado o repatriado a su continente sin razón.

—No te confundas, Theo. Yo no soy uno de tus soldaditos. —Agarra el cañón de la pistola y tira de ella para bajarme el brazo y aprovechar el tirón para ponerme cara a cara con ella—. Amí no puedes darme órdenes.

Estoy tan cerca que no sé lo que predomina: las ganas de agarrarla de la cintura para acercarla aún más o las náuseas por el fortísimo olor a sangre de su boca.

—Y ya te lo he dicho: esta sangre está en tus manos —sigue ella.

Con la mano que tiene libre, se limpia la barbilla y recoge el exceso de sangre para después restregarla por mis manos.

No me impresiona. Fue demasiada la sangre que tuve encima durante la guerra.

Mi expresión no se altera—. Deja de meterte en mis asuntos.

—Ya veremos.

—No sé si podrás. —Exagera un puchero que deja su labio inferior colgando. Me entran ganas de morderlo—. Será difícil después de que te sentencien a muerte por el asesinato de estos dos hombres.

El puchero se borra en un suspiro y, antes de que pueda apretar el gatillo de nuevo, Leah estampa mi cabeza contra la pared, y lo último que veo antes de que todo se vuelva negro son sus piernas alejándose por el callejón.