CAPÍTULO 12
Theodore
No veo el puente que cruza de Wicksole a Elmbound igual desde que encontraron en la orilla aquellos tres cadáveres drenados por un vampiro.
La paz que me inducía este sitio la ha corrompido la sangre que arrastró la corriente aquella noche.
Como si los arbustos, las raíces y las flores estuvieran aún perturbadas por lo que vieron.
Tanto como las ninfas que corretean entre ellas.
Salgo del empedrado y me adentro en la naturaleza. Esquivo ramas y pequeños terraplenes para llegar a las pequeñas melhanäis que se esconden de mí.
—Solo quiero hablar —le digo a la nada, consciente de que me están escuchando escondidas tras las rocas y los troncos.
—Pero nosotras no queremos hablar contigo, humano —dice una de ellas, la que parece llevar la voz cantante.
Sale de detrás de un árbol y me mira, curiosa, con sus enormes ojos redondos de color morado y sus puntiagudas orejas asomando por el pelo azul.
Siempre se me olvida lo pequeñas que son hasta que vuelvo a tener una delante y veo que no me llega ni por la rodilla. Todo en ella es color, camuflada con la naturaleza que le rodea, lejos de lo grisáceo y oscuro que es Wicksole.
Se sienta en una roca y sus finas alas iridiscentes se elevan aún más por encima de su cabeza.
Tiene el aspecto de un ser delicado, pero conozco bien ese destello travieso, no me va a poner las cosas fáciles.
Ninguna de ellas lo hizo nunca en los interrogatorios que les hicimos durante la guerra.
Son los melhanäis más retorcidos y difíciles de entender; jamás dan una respuesta directa y sus palabras suelen salir caras.
—No os haré daño —le aseguro.
—Tampoco te lo permitiríamos —susurra, con una voz que suena como el viento riéndose entre las ramas.
—Necesito información —digo sin rodeos, acercándome a una distancia prudente—. Sé que hace un par de noches hubo un asesinato múltiple aquí.
El hada suelta una risita, cubriéndose la boca con una mano del tamaño de una hoja. Sus ojos brillan con algo entre la burla y la diversión.
—¡No me digas!
—No te hagas la tonta. Sé que siempre estáis aquí, seguro que visteis algo. —Recolecto hasta la última pizca de paciencia que no suelo tener para no mandarla a la mierda.
—Vemos muchas cosas, Theodore Leville.
—No es justo que tú conozcas mi nombre y yo no el tuyo.
—Me resulta curioso que hables de justicia por cómo hablan de ti las calles, pero puedes llamarme Rosaly —me dice después de deambular en sus propios pensamientos. Tanto ella como yo sabemos que ese no es su verdadero nombre.
Las ninfas tienen un tipo de magia extraña que las liga a su nombre de nacimiento.
Si controlas el nombre, puedes controlar a la ninfa y, por ende, los elementos de la naturaleza con los que esta esté en contacto; así que siempre evitan decir su nombre verdadero.
Es el mayor secreto de cada una de ellas.
—Dime, Rosaly, ¿no veríais un vampiro por aquí la noche de los asesinatos?
—Un vampiro, dices... Qué criaturas tan encantadoras. Siempre tan... sedientas.
Aprieto los dientes y me froto los ojos.
—¿Lo viste o no? —pregunto, intentando mantener la calma—. Dejó tres víctimas, no tuvo que ser precisamente sigiloso.
Ella ladea la cabeza, como si estuviera reflexionando, pero sé que está jugando conmigo.
—¿Víctimas? Hmm... ¿Qué es una víctima en realidad? Algunos dirían que es alguien que no supo jugar bien sus cartas. Pero otros... Otros dirían que una víctima es alguien que estaba en el lugar equivocado. ¿Tú qué opinas?
Me inclino hacia ella, tratando de hacerme oír a través de su laberinto de palabras.
—Opino que la próxima vez podría ser tu cuello el que corra peligro —gruño.
El hada sonríe, pero no es una sonrisa agradable. Es afilada, casi peligrosa.
—¿Mi cuello? Qué dulce eres por preocuparte. Pero no te preocupes por mí, humano. Mi cuello está seguro. ¿Puedes decir lo mismo del tuyo? —Su sonrisa se ensancha—. No creo que debas inmiscuirte en asuntos melhanäis. Lo que sucede en esa fábrica no es de tu incumbencia.
—¿La central eléctrica del puerto? Entonces, ¿los asesinatos del río están relacionados con los cadáveres que están apareciendo en el puerto?
— Ups .
Mi corazón se acelera un poco. Es la primera vez que se acerca a darme algo útil.
—¿Qué viste?
Ella gira en el aire, dando una vuelta perezosa antes de detenerse ante mí, a una distancia casi incómoda.
—Vi unos ojos, rojos como el fuego, que brillaban en la noche. Vi unos colmillos, afilados como cuchillas... —Hace una pausa demasiado dramática—. Pero, claro, ¡esos ojos podrían haber sido de cualquier vampira! Después de todo, ¿quién no tiene secretos escondidos entre el humo de esta ciudad?
—Espera... ¿Has dicho vampira? ¿Una mujer? —pregunto, mordiendo el anzuelo, aunque sé que me llevará por otro desvío.
La ninfa hace una mueca de fingido horror.
—La más sedienta que he visto jamás.
—¿Quién era? Quiero un nombre —digo, mirándola a los ojos—. No más juegos.
La ninfa suspira, como si mi seriedad fuera lo más tedioso que ha visto en los siglos que lleva vividos.
—Y yo quiero volver a mi continente y vivir cerca de un río que no esté tan contaminado por fábricas... Pero supongo que a veces la realidad se impone a los sueños. —Se vuelve a sentar en la roca.
—¿Y por qué no lo hacéis? ¿Por qué no volvéis? Nadie os quiere aquí tampoco, estáis rompiendo todos los acuerdos de paz solo por salir de vuestro continente.
La dulzura fingida desaparece de su rostro, y todas las miradas que desde un principio estaban puestas en mí se agudizan. Al final ha sido ella la que se ha quedado sin paciencia.
—Buen día, Theodore Leville —me dice, ya dándome la espalda—. Haznos un favor y no vuelvas por aquí. Recuerda: no todos los monstruos necesitamos colmillos para poneros en vuestro sitio. —Me mira de reojo por encima de su hombro.
Pasados unos días, sigo sin haber averiguado nada más.
Las autoridades no avanzan en los casos de asesinato y nadie en Wicksole parece tener ni idea sobre el origen de los cargamentos marcados con la espiral despuntada que siguen llegando ni sobre los cadáveres que siguen apareciendo en el puerto.
Lo único que tengo claro es que he debido de estar demasiado rodeado de idiotas; mis reservas de ponzoña melhanäi desmemoriadora han disminuido drásticamente esta última semana.
Solo un encargo me ha convencido lo suficiente para implicarme, y no puedo hacer nada hasta dentro de unos días.
Quizás también sea culpa mía. Estoy distraído.
Lo sé. También sé que es una cagada... Pero es que no puedo evitar ir cada noche a The Silver Siren para ver a Leah.
Para que se disculpe por cómo se fue sin darme explicaciones la última vez que nos vimos.
No por nada más... Aunque no entiendo muy bien el latigazo que he sentido cada vez que he ido y ella no estaba.
—Se ha pedido el otro turno. —Es lo único que consigo sonsacarle a Thalia cada vez que pregunto por ella en la barra.
Tras una de las muchas ocasiones en las que me respondió esto, se llevó uno de sus finos dedos al pañuelo que desde hace un par de semanas tiene en el cuello y lo apretó para tapar la tinta negra.
¿Tú también? , pensé alzando una ceja que enseguida ella interpretó. Se apresuró a tapar más su yugular y carraspeó antes de alejarse.
Ella me conoce, como todos en Wicksole, y sabe lo poco que me gusta esa mierda melhanäi.Por algo así, la jefa de The Silver Siren está tan cerca de perder su empleo como Leah de hacerme perder los nervios.
Cuando atravieso el callejón que me da la bienvenida a La Brada, el olor de las calles es inconfundible. Doy pasos decididos a la casita derruida en la que mi habitual proveedor vende venenos melhanäis y, de pronto, veo un destello cobrizo que conozco ya demasiado bien.
Actúa como un faro y giro sobre mis talones para seguirla. Me olvido por completo de mis recados y elevo el cuello de mi gabardina para tapar mi nariz mientras la sigo a lo más profundo del barrio y pasamos cerca de varias personas que se están muriendo por culpa de la fiebre blanca.
Está nerviosa , me digo tras analizar su forma brusca de darse la vuelta cada pocos pasos. Todo el aplomo y la determinación con la que la he visto actuar hasta ahora han desaparecido para convertirse en miedo y confusión.
Doy zancadas más grandes para acorralarla en un callejón.
No sé de lo que huye, pero así no lo va a conseguir.
Se está metiendo de lleno en lo más profundo de La Brada, dejándose engullir por el humo más denso de todo Wicksole, y cualquier monstruo del que huya será mejor que los que encuentre aquí.
—¿Todo bien? —le pregunto después de hacer que choque conmigo y se disipe el humo que quedaba entre nosotros.
Ella no contesta, actúa. Ydoy gracias a mi entrenamiento militar; de no haber esquivado el puño con rapidez, ahora tendría la mandíbula colgando.
—¡Joder! —Le agarro el puño con mi mano derecha—. ¿Dónde aprendiste eso?
—En el mismo sitio que aprendí esto. —Me da una patada lateral en la rodilla que me obliga a flexionar las piernas y me deja arrodillado, con la cabeza pegada a uno de sus muslos mientras me sujeta la otra mano en un ángulo que, al mínimo movimiento, me la partiría.
—Bueno, esto no está tan mal —digo en alto.
—No me sigas —me dice después de mirar hacia atrás de nuevo. Tiene prisa por desaparecer.
Con el brazo que tengo libre, le doy un codazo en el estómago que casi le hace vomitar el desayuno y retrocede unos metros.
—¿Por qué pasas tanto tiempo en La Brada? —le pregunto cuando consigo ponerme de pie, haciendo caso omiso a su advertencia.
—¿Y tú? —Hace aspavientos con los brazos.
—Yo soy un criminal, ¿cuál es tu excusa?
No recibo de ella la reacción que suele dedicarme la gente cuando hablo abiertamente de mi oficio. No hay sorpresa en su rostro, tampoco asombro. Sigue habiendo hueco solo para el agobio. Y,aun así, no baja su barbilla. La mantiene altiva ante mí.
Ese acopio de fuerza que la sujeta incluso cuando todo parece estar saliéndole mal es lo que actúa como un espejo para mí.
—Solo iba a... —Intenta cruzar el callejón, pero no se lo permito, no me aparto ni un centímetro—. ¿Qué más te da a ti? ¿Por qué te importa tanto?
—No, no, no. —Vuelvo a ponerme delante de ella después de que me haya empujado.
Nuestros rostros quedan muy cerca tras su traspiés.
Una de sus inspiraciones se queda a mitad de garganta cuando me mira.
Yo lo disimulo algo mejor... Oeso espero—.
Tus asuntos me importan bien poco, pero sí lo que ocurre en Wicksole. Me gusta estar informado de todo.
—Aquí no hay nada que rascar, puedes seguir con tu vida de asesino psicópata. —Está intentando zafarse de mí cuando dos agentes del mandatario Gifford aparecen al principio del callejón.
—¡Eh, tú! —grita uno de ellos y señala en nuestra dirección.
—¿Yo? —decimos Leah y yo a la vez, señalando nuestros respectivos pechos—. ¿Te buscan? —Nos miramos y nos señalamos el uno al otro, hablando de nuevo a la vez.
—Suelen hacerlo —respondo yo primero, mientras los agentes de seguridad se acercan—, pero normalmente no se atreverían a hablarme así... Por lo que deduzco que están aquí por ti.
Leah resopla mientras mira a izquierda y derecha para asegurarse de que no hay nadie más en el callejón.
—Su sangre manchará tus manos, no mi boca. —Ya le importa bien poco que los agentes corran hacia ella, como si lo que hubiera decidido la liberara de las esposas que blanden en el aire.
—¿Qué?
—¡Es culpa tuya! ¡Yo quería evitarlo! —Habla como una niña caprichosa a la que le han estropeado los planes.
—¿Qué cojones quieres decir con eso? —Estoy empezando a hartarme.
Aunque me dura poco: en un abrir y cerrar de ojos, los agentes nos alcanzan y Leah cambia el habitual gris de sus iris al negro más oscuro y el blanco de sus córneas, a un rojo sangre. Sus colmillos se alargan dentro de su boca de vampira.