CAPÍTULO 11
Theodore
Si las fotos que busca el mandatario Gifford no están en mi fonda, lo más seguro es que estén en algún lugar de La Brada y las tenga alguien que quiera molestar a los agentes de seguridad tanto como yo.
Solo por eso le perdonaré la vida antes de arrebatarle las fotografías por las que las autoridades parecen estar perdiendo la cabeza.
Es sencillo seguir un rastro, más de lo que la gente cree. Es cuestión de plantarse en una esquina hasta que algún borracho dé un hilo del que tirar.
La luna ilumina mis ojos mientras saltan de una persona a otra sin interés alguno... Hasta que doy con ella.
—¿Otra vez tú por aquí? —le pregunto desde las sombras cuando pasa a mi lado.
No es hasta que veo cómo se estremece por el susto que entiendo que he formulado la pregunta en voz alta; hubiera sido más inteligente callar, pero hay algo en ella que me arrastra a ser impulsivo.
Por alguna razón, la que tengo con ella es una sensación muy parecida a la que tenía en plena batalla.
—¿Theo? —Entrecierra los ojos para intentar ver lo poco que ilumina la farola.
—Señor Leville para ti. —Tiro el cigarrillo al suelo—. Quienes dan patadas a mis partes nobles no merecen tutearme.
—¿Qué haces aquí, Theo? —Pone especial énfasis en el nombre.
A mí me encanta que tense la cuerda, pero jamás se lo diré.
—Por mucho que me desagrade, La Brada sigue siendo parte de Wicksole, y Wicksole es mío, por lo que no tengo por qué darte explicaciones de nada. —Me acerco a ella—. En cambio, tú...
—Tampoco tengo por qué decirte nada. —Me frena poniendo un dedo en mi pecho—. ¿Oes que ya te has cansado de intentar descubrir mis secretos?
—Te tendrías que esforzar mucho más para cansarme. —Doy un paso más y consigo que su mano se plante entera en mi pecho.
—Siempre puedo intentarlo. —Sonríe sin dejar de mirarme la boca, engullida por la sombra que mi cuerpo proyecta sobre ella.
Mis latidos retumban en mis oídos mientras la observo, tan cerca que puedo sentir su aliento húmedo acariciando mi piel.
Cada detalle de su rostro es único. Mi mente no puede evitar analizarlos con minuciosidad.
Sus facciones son corrientes, pero no lo es lo que esconden.
Hay un brillo, una sensación que no me produce ninguna otra mujer.
Me reencuentro con mi soldado interior, el mismo que apuntaba con una escopeta aquello que le parecía tan letal como único, como un depredador acechando a su presa.
Ella se acerca con una suavidad que me hipnotiza. Sus ojos brillan con un destello travieso. Estoy a punto de lanzarme hacia delante, desesperado por sentir sus labios, cuando de repente se aparta con un tono juguetón. Su risa suena como una burla, pero en mi mente el juego ha perdido su encanto.
La agarro por el cuello y la atraigo hacia mí. Nuestras miradas se encuentran y, en ese instante, todo se detiene. Sus ojos reflejan un miedo que solo aviva mi fuego, aunque es la determinación de ambos la que hace chocar nuestros labios en un beso que me aseguro de teñir con posesión.
Cada sensación, cada vez que mi lengua se enrolla en la suya o ella emite un ligero gemido, es una confirmación de que he ganado el juego. Por fin puedo confirmar que las fresas me gustan en sus labios.
—¿Por qué me has agarrado así? —me pregunta después de separarse un segundo para coger aire.
—¿Es que no te gusta? —le pregunto con una sonrisa ladeada, apartando mi mano de su cuello muy lentamente. Sus suspiros no me han pasado por alto.
—No, es que quiero que me digas qué te ha llevado a hacerlo, para repetirlo siempre que quiera que lo hagas. —Voy a replicar, pero me calla añadiendo—: Porque no te confundas, Theo: pase lo que pase, será porque yo lo he permitido. Tú aquí no decides nada.
Estoy dispuesto a quitarle la razón cuando se lanza de nuevo hacia mí y pierdo la cordura mientras recorro sus pronunciadas curvas.
—¿Qué haces aquí, Theo? —insiste—. ¿Es por mí? ¿Tan obsesionado estás conmigo?
—Eso querrías, ¿verdad? —me burlo—. Hay cierta información con respecto a la central eléctrica que me interesa, ¿no sabrás tú algo? —Se lo consigo preguntar a duras penas, segundos después mis labios vuelven a estar sellados por los suyos.
—Solo que por estas calles se habla mucho de ella. —Me hunde los dedos en el pelo, tirando mi sombrero al suelo.
—¿Y qué se dice?
Mi cuerpo responde de manera mucho menos racional ahora mismo. Mi cabeza hace todo lo posible por centrarse en la conversación, pero mi entrepierna se ha dejado llevar. YLeah parece disfrutar de la situación y se roza contra mí como por casualidad.
De repente, siento un mordisco suave en los labios, y un quejido escapa de mi garganta.
La dulce mezcla de dolor y placer es tóxica, y mis manos se aferran con más fuerza a su cuerpo.
Me sigue mordiendo hasta que quizás llega demasiado lejos y noto una punción en mi labio inferior que comienza a sangrar.
Detecto el sabor a hierro de mi propia sangre y me sorprende ver que Leah no se separa de mí a pesar de ello.
Nuestra saliva se mezcla con el rojo y Leah aprieta tanto su cuerpo contra el mío que amenaza con hacerme perder el equilibrio.
Cuando nota que tengo que dar un paso atrás para equilibrar mi peso y no caer, se separa de mí y tarda en mirarme. Se lame los labios para borrar todo rastro de saliva y sangre, y se relame en lo que para ella es una victoria: haberme dejado sin palabras.
Me pongo recto, separando mis manos de ella y metiéndolas en los bolsillos de la gabardina para no darle la satisfacción de volver a ser yo quien pierda los estribos.
—No te vas a ir sin responderme.
—¿A qué? —A pesar de mi orden, ella sigue alejándose.
—No me has dicho lo que se dice por las calles de La Brada.
—Pensé que lo sabías todo sobre tu ciudad.
Solo la dejo ir porque ahora mismo lo único que me importa es seguir descifrándola. Yhacerlo tan pronto no sería divertido.
—¡Todo el mundo a su casa! —grita de repente la policía que dirige la patrulla que ha entrado como un tsunami en La Brada. Aporrean puertas, empujan a viandantes y apresan a algún que otro melhanäi.
Yo vuelvo a mi escondite para observar desde lejos lo que sucede.
—¿Por qué hacéis esto? —se queja una anciana a la que levantan de mala manera del suelo. Por las pupilas verticales y alargadas, además de por la lengua siseante, deduzco que es una melhanäi ponzoñosa. Vete tú a saber qué hará su veneno.
—Por su bien —responde la policía todo lo sarcástica que puede.
Parece que no es la persona que buscan y la vuelven a tirar al suelo.
La patrulla sigue avanzando y atemorizando a cuantos se encuentra.
Los melhanäis se refugian en casas o locales y cierran puertas y ventanas, mientras los humanos que deambulaban por las calles salen corriendo para no ser vistos y mantener su reputación intacta.
— Chst, chst —llamo al patán del policía al que siempre consigo sacarle información.
—¿Qué quieres, Leville? —me pregunta, poco entusiasmado por mi presencia.
—¿A quién buscáis?
—No puedo decírtelo.
No tengo ni el tiempo ni la paciencia, por lo que hurgo en uno de los bolsillos de mi gabardina y le tiro a la cara el dinero que sé que le hará hablar.
—Buscamos a un vampiro, ayer por la noche aparecieron tres cuerpos nuevos con marcas de colmillos en la orilla del río. Uno envuelto y otros dos... destrozados.
—¿Están relacionados con los cadáveres del puerto?
—Aún no lo sabemos, pero localizamos una barca que había arrastrado un poco más lejos la corriente, por lo que podrían venir de ahí.
Asiento. Él vuelve a la patrulla para seguir aterrorizando melhanäis y yo me camuflo entre el humo que sueltan las alcantarillas para salir de La Brada.