CAPÍTULO 10
Leah
En cuanto pongo un pie fuera de The North Shotbag, el hotel de La Brada en el que me veo obligada a pasar más tiempo del que me gustaría, respiro mejor.
Aunque no del todo bien. El aire aquí no es como en Adewin.
Allí el aire corre libre entre las casitas de la montaña y acaricia los árboles y los páramos llenos de flores de colores inimaginables, los animalillos escurridizos que habitan entre los helechos y los ríos.
Mientras avanzo por La Brada, mi nariz intenta ahuyentar los diferentes hedores que se empeñan en hacerme sentir lejos de casa y tomo la siguiente bocanada recordando cómo mi padre me enseñaba a buscar la mejor madera del bosque para calentar nuestra casa.
—¡Este! —le decía cuando encontraba un árbol lo bastante fino como para poder cortar sus ramas.
—No. —Siempre se reía ante mi impaciencia—. Ese está demasiado verde. Estaríamos matando a un árbol muy joven y que tardaría muchísimo en prender.
Una tarde opté por señalar el tronco más grueso que pude encontrar por ver si era cuestión del tamaño.
—Entonces este.
—Tampoco.
—No lo entiendo, ¿es que este es también demasiado joven?
Mi padre se acercó al tronco, que no podía rodear con los brazos, y pegó su oreja a la madera. Nos sumió a ambos en unos minutos de silencio. Asintió con la cabeza y acarició el árbol, como si pudiera entender el crujido de su madera cuando el viento soplaba.
—No, este ha vivido más que tú y que yo. —Le dio dos golpecitos con los nudillos.
—¿Más que tú? —Me sorprendí.
—¿Qué insinúas, jovencita?
Nos hizo reír a los dos.
—Entonces, ¿qué árboles podemos cortar?
—Los que estén secos, los que vayan a proporcionarnos un fuego rápido y que el bosque no vaya a echar en falta.
Antes de que yo le preguntara cómo identificarlos, me había acercado a un árbol que, además de no poseer ya ningún tipo de hoja, tenía una parte de las raíces fuera del suelo. Le dio dos golpecitos en el tronco, tal y como había hecho con el otro, pero esta vez sonó diferente, hueco.
—¿Lo ves?
—Sí —asentí, contenta.
De una sola patada, mi padre fue capaz de terminar de levantar las raíces del suelo y derribar el árbol. Una vez en el suelo, sacamos nuestras hachas y lo convertimos en leña.
Camino sin querer demorarme mucho más; en Wicksole hay demasiados ojos, muchos más que en Elmbound.
Ydos ojos verdes en particular me tienen en su punto de mira.
Dos ojos verdes que no me quiero cruzar estando en este barrio, pues daría pie a demasiadas preguntas que no estoy dispuesta a responder.
Cuando salgo de la ciudad y llego al puente que cruza a Elmbound, camino más tranquila, pero la calma me dura poco. En el río aparece una barquita en la que dos hombres susurran. Aunque eso para mí no es un problema; llevo escuchando a las libélulas del río batir sus alas desde que llegué aquí.
—¿Y por qué quieren que lo dejemos tan lejos esta vez? —se queja uno de ellos, el más grandote.
—Ya son muchos los que se han tirado al mar y han ido a parar al puerto. ¡No pueden arriesgarse a que sigan apareciendo cadáveres en el mismo sitio!
—¡Pero nosotros sí nos podemos arriesgar! —Da un golpe al agua con su remo, desestabilizando la barca.
— Shhh.
—¡No es justo! Si nos pillan...
—Si te callas igual no nos pillan.
Me asomo por el puente, dando por supuesto que están demasiado enfrascados en su discusión como para mirar hacia arriba, y eso me permite ver el cuerpo que llevan envuelto en unas sábanas blancas que apenas están manchadas de sangre y que marcan la silueta de un cadáver demasiado consumido como para ser fresco.
—¿Ha sido un vampiro esta vez? —les pregunto curiosa desde arriba.
Casi les da un infarto al escucharme y, de manera automática, me apuntan con sus pistolas, descompuestos. La barca queda a merced de la corriente y se tambalea y gira mientras los hombres intentan mantener el equilibrio.
—Señorita, ¿qué...? —comienza uno de ellos.
Enseguida se sienten seguros y bajan sus pistolas para seguir remando sin perder el ritmo. Odio que estos zafios confundan el hecho de llevar tacones con la debilidad.
—No las bajéis, por favor. No me lo pongáis tan fácil —les digo. Ellos se miran sin entender nada—. Preguntaba si al muerto que transportáis lo ha matado un vampiro.
Pasan por debajo del puente y refunfuño cuando me toca colocarme en el otro lado, pero cuando vuelven a aparecer, están demasiado pendientes de las rocas que tienen que sortear como para pensar una respuesta inteligente.
—¿Sabéis qué? No respondáis a eso, no es necesario, ya sé que la respuesta es sí. —Me cruzo de brazos—. Lo que sí me interesa es por qué hay tantos humanos asesinados por melhanäis últimamente. ¡Más de los que contaba si decís que aún hay más en el fondo del mar!
—Pero ¿cómo nos ha escuchado desde ahí arriba? —El que va delante es algo más listo y vuelve a sacar su pistola cuando la barca se atasca en las rocas.
—Tiene que ser agotador remar a contracorriente, ¿es que queréis empezar a apilar cadáveres en el gran lago que hay un poco más arriba? ¿No creéis que el movimiento de la cascada hará el mismo efecto que la marea y acabará llevando vuestros muertos a las ciudades?
—Quizás tenga razón —le susurra el grandote al otro.
—¡Cállate!
Me dispara sin darnos opción a seguir hablando, ni a mí ni a su compañero, pero yo ni me inmuto por la bala que pasa rozándome la onda cobriza que se ha soltado de mi recogido.
—Eso ha estado feo, Roger —le digo.
—No me llamo Roger —me dice con la voz temblorosa antes de disparar una segunda vez.
Cuando el grandote ve que tampoco esta segunda bala consigue inmutarme, también reacciona y saca su pistola, aunque el brazo le tiembla aún más que a su compañero.
—Sabía que era improbable... Pero es que tienes cara de Roger, y yo no tengo tiempo de preguntarte tu nombre, Roger. Tengo hambre y tú ninguna gana de responderme, ¿no?
—¡Eres uno de esos bichos ! —Me acusa con un tercer disparo que por fin me acierta de lleno en la frente.
Ante el impacto de la bala, mi cuello se tuerce hacia atrás y he de esforzarme por mantener el equilibrio y no caer.
Entre quejidos recupero la compostura y me crujo el cuello mientras noto cómo mi cuerpo, sin que yo haga nada, va expulsando el trozo de acero que se ha incrustado en mi cráneo.
Noto los trozos de hueso que se han roto soldarse y cómo la piel comienza a regenerarse.
Cuando la bala cae al suelo, solo tengo una fina gota de sangre cayendo por mi frente.
—Uno de los peores. —Sonrío mientras crecen mis colmillos y mis ojos se oscurecen.
Cuando salto del puente, sus gritos no caben en la barca.