Pedimos sangre, no perdón CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Theodore

No me apetece estar aquí. La manera en la que la mujer que tengo delante solloza y moquea mientras me pide algo incomprensible no era lo que había planeado para esta tarde.

—Tranquilícese, señora —le pide Elías, mirando asqueado el pañuelo que la mujer se restriega por la cara.

—Es que él... no ha poudiaosn... —Rompe a llorar de nuevo.

«¿Qué?», me pregunta mi amigo con voz muda y una mirada entrecerrada.

Me encojo de hombros.

—Y mi hermana... Los pillé hauciond...

—Déjeme ver si hemos entendido bien —empieza Elías—. Usted quiere que matemos a su marido y a su hermana porque se han acostado.

El grito lastimoso que pega nos confirma que es así.

Joder. Pues sí que lo ha entendido. Este cabrón podría haber sido traductor en la guerra y lo acabo de averiguar.

De repente, las luces de toda la fonda parpadean y se apagan durante unos minutos, pero nadie se inmuta: estamos más que acostumbrados a estos fallos eléctricos. La mujer guarda silencio hasta que vuelve la luz y pega un grito desgarrador para que nos fijemos bien en sus lágrimas.

—Ya pudo ser un buen polvo —comento después de terminar mi vaso de bourbon.

A la mujer la pilla tan de sopetón, que detiene sus sollozos de golpe para mirarme a través de las lágrimas que abotargan sus ojos.

—¡Ha sido una humillación! —chilla.

—¿Tan grande como para llevar a su familia a dos funerales? —Por la cara que pone, no se esperaba que un criminal como yo le fuera a poner pegas.

—Le vi hacer cosas con ella que conmigo nunca... —Carraspea.

—Ya veo... Ilumínenos, por favor. —Recargo mis palabras con ironía—. Dependiendo de lo escandaloso que lo consideremos, lo mataremos o no.

La mujer asiente brevemente antes de comenzar:

—Pues ella estaba encima y de espaldas a...

—¡Señora! —se queja Elías. Él sí ha entendido el sarcasmo.

Menos mal. No me apetecía escuchar los relatos de una pareja de cincuentones con problemas en la cama.

—Váyase —le digo a la mujer después de reprimir una carcajada.

—¿Cómo ha dicho? —Aprieta el pañuelo entre sus dedos.

—Que se vaya.

—¡Tengo el dinero!

—Elías. —No hace falta que le dé la orden, sabe lo que tiene que hacer.

No solo trapicheamos con opio y sustancias alucinógenas; las herraduras de un medio animal, los ojos de un acuático, las plumas de un alado o el veneno de un ponzoñoso son sustancias bien pagadas en el mercado negro.

La anatomía melhanäi es motivo de estudio y aprovechamiento humano.

No es mi terreno como proveedor, pero sí como potencial comprador.

Elías saca una pequeña cápsula de veneno azul que introduce en una jeringuilla que inyecta en el cuello de la mujer. Cuando saca la aguja, la mujer se lleva la mano a la zona dolorida.

—Pero ¿qué se ha creído? —Se levanta de la silla para caer inmediatamente inconsciente al suelo.

—Sácala de aquí —le pido a Elías.

Se despertará en un banco dentro de dos horas sin acordarse de nada; y si se le vuelve a ocurrir visitar la fonda, Gina no la dejará acceder. No importa que no entienda por qué.

Cuando Elías sale por la puerta, me froto los ojos. Estoy cansado de la estupidez de la gente y ni siquiera es mediodía.

Gina se dispone a entrar en mi despacho para entregarme el siguiente expediente, pero el mandatario Gifford se lo impide. Aparece de pronto, la aparta de un empujón y cierra la puerta tras él.

—He de reconocer que es la primera vez que me pasa con un hombre —digo—. Aunque creo que con usted no me apetece replicar lo que ha ocurrido siempre que alguien me ha encerrado y me ha echado una miradita así.

—No te lo creas tanto, Leville. —Cuando ninguno de sus policías está presente, deja que su lado más descarado salga a la luz. Se acerca a mi minibar y, sin preguntar, se sirve una copa.

—¿A qué ha venido entonces?

—A averiguar en qué estás metido —dice antes de sentarse en la silla frente a mi escritorio.

—¿Y eso cuándo le ha funcionado? —De verdad que intento esconder la sonrisita de suficiencia, pero me es imposible.

Este juego del ratón y el gato no es divertido si siempre me llevo el queso.

—¿Qué te traes con la central eléctrica del puerto? —Le pega un trago a su vaso sin bajar la vista.

Sé que espera una reacción. Una cara, un tic, un movimiento de cuello que delate el enorme interés que acaba de despertar en mí, pero me contengo. Sigo mirándole impasible.

—¿Qué le hace pensar que tengo negocios con la central eléctrica?

No me responde. Suspira y su bigote me increpa. Se levanta bruscamente y comienza a revolver los cajones de los aparadores y los armarios.

—¿Qué busca? —le pregunto lo más tranquilo que puedo. No querría darle una bofetada por haber roto una de mis plumas más caras y que me detuviera por desacato—. Quizás pueda ayudarle.

—¿Dónde escondes las fotografías, Leville?

—¿Qué fotografías? —Aprieto la mandíbula.

Juro que al próximo pisapapeles de cristal que tire al suelo, saco mi pistola.

—¿Dónde están? —Se agarra al respaldo de la silla en la que había estado sentado.

Me doy cuenta de las venas que se le marcan en el cuello y las manos, de las bolsas moradas bajo los ojos y de los pocos mechones que han escapado de la gomina. El mandatario Gifford jamás va despeinado. Las fotografías de las que habla deben de ser importantes.

—Hemos encontrado fosfato de magnesio en la central eléctrica. Así que está claro que alguien se ha colado para conseguir pruebas —explica.

—El fosfato de magnesio es lo que usan los fotógrafos para conseguir ese destello que ilumina la foto, ¿verdad? Ya... ¿Pruebas de qué exactamente? —Ladeo la cabeza y elevo una ceja.

—¡De cualquier avance! —me responde. Amí no me convence la respuesta—. Te han contratado para ayudar en el espionaje industrial de nuestra ciudad.

—¿Yo? ¿Ayudando a alguien de Elmbound para competir tecnológicamente con Wicksole?

Creo que, por mucho que me apetezca, no es momento de exponerle al mandatario Gifford los motivos por los que eso jamás ocurriría.

Relatarle aquella vez en la que recibí un disparo en la pierna por parte de Lucrezia Steelson y ella uno mío en el brazo me libraría de esta sospecha, pero me pondría en el foco de muchas otras.

—Ándate con ojo, Leville —me advierte antes de estrellar el vaso de cristal contra el suelo y salir a zancadas de mi despacho.

Interesante. Ahora yo también quiero encontrar esas fotografías.