CAPÍTULO 8 #2
Le corto para evitar que siga haciendo el ridículo:
—Dígale al mandatario Gifford que les haga una mejora en la jornada laboral, trabajan demasiado. —Le ofrezco una sonrisa compasiva antes de alejarme.
Ella sigue balbuceando sin llegar a emitir palabras coherentes cuando ya he llegado a su compañero y le doy el otro vaso.
—Que tengáis buena ronda de vigilancia. —Le doy un golpecito en el hombro después de darle una galleta a su perro—. Estaré por el centro si me necesitáis.
Se queda tan anonadado como su compañera. Él ni siquiera intenta rebatir mi inesperada actitud.
Me mezclo con los pocos desgraciados que vagan por las calles en un momento tan oscuro. Lo único que hay fuera a estas horas son putas, malhechores y condenados... Yyo no tengo claro cuál de todas esas opciones soy. Quizás un poco de todas.
Me cubro la boca y la nariz con el cuello de mi gabardina cuando me cruzo con tres personas en un callejón. Tosen de manera desagradable, sudan en exceso, están pálidos y parece que les cuesta enfocar los ojos.
Otro maldito brote de fiebre blanca, pienso.
El último, hace menos de seis meses, se llevó a varias docenas de personas en Wicksole.
Yno es que me importe una mierda, es que me molesta que la gente muera gratis, sin que nadie nos pague ni una moneda a cambio.
Eso, y que son las mismas fiebres que se llevaron a mis padres hace ya tantísimos años, por lo que prefiero no contraerlas.
El recuerdo de sus cuerpos pálidos, con las venas marcadas y el vacío blanco de sus ojos me revuelve más que ninguna imagen de la guerra.
Esto es La Brada. La parte de la ciudad de cuyas alcantarillas sale el mismo humo que de las chimeneas. Los tejados están a nada de derrumbarse; muchos aún esperan ser reconstruidos después de la guerra.
La muerte se hace más evidente en los recovecos más escondidos, donde hombres y mujeres suplican atención. Unas pocas almas caritativas se apiadan de ellos y los limpian con paños que, por su color, dudo mucho que estrenen.
Sigo serpenteando por las callejuelas hasta dar con lo que busco: una camarera con mucho genio.
—Te tengo —murmullo. Reprimo las ganas de encenderme un cigarrillo de victoria, pues hasta la llama más mínima podría llamar la atención.
Solo he necesitado un par de días para conocer su ruta al salir del burdel, y el humo de las calles me lo pone fácil; me valgo de él para ocultarme cada vez que se gira.
Leah camina tranquila. Apesar del miedo y el peligro que acechan a la vuelta de cada esquina, parece querer encontrarse con ellos para plantarles cara.
O degollarlos. Según le pille la noche. Tiene pinta de poder hacerlo.
La degradación de las personas con las que me cruzo se hace cada vez más evidente. La ropa está dada de sí, con los botones de las camisas rotos y los cuellos abiertos. Reparo en que las manchas rojas que cubren sus hombros son de sangre.
Todo a mi alrededor comienza a adquirir un desagradable olor a hierro. Veo a decenas de hombres y mujeres con los tatuajes verticales de sus yugulares a la vista. Se ríen estrepitosamente y caminan agarrados a seres que, al reírse, dejan ver sus largos y afilados colmillos.
Puedo afirmar con seguridad que los vampiros son los melhanäis más despreciables de todos.
Ni siquiera el intento de pájaro que tengo ahora delante, con unas extensas alas de plumas blancas desplegadas, sería tan letal como lo fueron los vampiros en la guerra.
Esos cabrones aparecían de la nada, acechándonos sin producir ni un sonido.
Indetectables, indestructibles. En una ocasión descargamos cinco rifles en el torso de uno para apenas retrasarlo un poco y que al final solo dos de nosotros saliéramos con vida. Al principio éramos veinte.
Ninguno aquí se dejaría morder si hubiesen visto lo que yo vi.
Leah llega a un hotel de mala muerte: The North Shotbag. Me dan ganas de ofrecerle una habitación en The Bane. No debería caminar por estas calles todos los días.
La miro por última vez antes de que se meta en el hotel.
—¡Jefe! —me grita alguien, entusiasmado, desde una esquina maloliente.
Desearía no haber reconocido la voz de inmediato.
—¿Qué haces aquí, Horace? —Me acuclillo para quedar a su altura y él lucha por mantener la cabeza estable, dando bandazos de un lado a otro mientras el cuello se le dobla de manera brusca.
—Es mi noche libre —se ríe.
—¿Y así la malgastas?
No me atrevo a tocar nada de lo que hay a su alrededor en el suelo: mecheros, jeringas, cucharas... El opio dejó de ser suficiente cuando esos malditos melhanäis trajeron con ellos drogas más potentes, como la saliva de ninfa o la pezuña de sátiro en polvo.
En las trincheras se pasaba hambre, por lo que, cuando teníamos la suerte de pasar una noche tranquila, teníamos que recurrir a cualquier cosa masticable.
Yasí, durante los tres años que duró la guerra, los humanos fuimos descubriendo que ciertas sustancias biológicas melhanäis tenían efectos extraños en nosotros.
A unos les afectó más que a otros. AHorace, demasiado.
—¿Por qué te haces esto, amigo? —Le pongo una mano en el hombro.
Él solloza como respuesta mientras intenta mantener una sonrisa temblorosa.
—Vamos a casa. —Lo ayudo a levantarse y prácticamente lo remolco hasta la fonda.