CAPÍTULO 8
Theodore
Paso la noche en The Silver Siren, pero no por la compañía. De hecho, he dormido solo. Un jodido nudo se me ató en el pecho tras la conversación con Leah y no se ha desatado en toda la noche.
He dormido aquí porque no me apetecía recorrer las calles en plena madrugada cuando hoy tengo que tomarme el café aquí. Tengo negocios que atender a primera hora en la trastienda.
Mi fonda está siempre rodeada de policías que se creen de incógnito, aunque Elías y yo ya tenemos localizados al turista con la cámara de la esquina norte, al dueño del pobre perro que debe de tener las patas abrasadas de tanto pasear, y a la señora que no hace más que leer siempre el mismo maldito periódico en el banco de enfrente.
Son unos inútiles, pero no me puedo arriesgar a meter contrabando en The Bane y que den un aviso al mandatario Gifford.
—Buenos días —saludo a los camareros que preparan el desayuno.
Tienen que mostrarse tranquilos, saben la calaña que les meto, y no me puedo permitir tener a nadie tenso cerca mientras cierro un trato como el de hoy.
Elías llega justo a tiempo.
—Asumí que ya estarías aquí cuando he llamado a tu puerta en la fonda y no contestabas. —Se quita el sombrero y me acompaña a la enorme trastienda del burdel.
—Asumiste bien.
Nos sentamos a la mesa que han dispuesto en el centro de la sala, rodeados de estanterías llenas de botellas de alcohol y cajas que prefiero no saber qué contienen.
«Juguetes», cita una de las cajas. Yestoy bastante seguro de que no se trata de caballitos de madera ni de aros.
—¿Va a ser lo de siempre? —me pregunta Elías.
—Lo de siempre. —Me meto entre los labios el primer cigarrillo de la mañana.
Cuando aún estoy saboreando la paz de la nicotina, un hombre y una mujer irrumpen en la trastienda. Caminan toscos y se sientan enfrente, con las espaldas rectas.
Pasan unos segundos en los que nadie dice nada. Ellos nos analizan a nosotros, y nosotros a ellos. No es la primera vez que hacemos negocios, pero la desconfianza no es algo que desaparezca tras treinta y cinco o cuarenta tratos productivos sin problema alguno.
Para mi sorpresa, una muy grata, Leah es una de las camareras que entran en la trastienda con bandejas cargadas de tazas, pastas, café y leche.
—¿Volviste a bailar anoche? —le pregunto como saludo. Yo me fui a la cama al poco de terminar mi copa de bourbon.
Ella mira, incómoda, a mis acompañantes, sin saber muy bien cómo responder, así que lo hago yo por ella:
—Esta mujer de aquí —la señalo mientras miro a los demás— baila de infarto, ¡tendríais que verla! Tiene unos movimientos que...
Se me cortan las palabras cuando noto una quemazón repentina en la entrepierna y parte del muslo izquierdo.
—Lo siento muchísimo, señor Leville —me dice Leah, ofreciéndome una servilleta de tela para que me limpie la leche hirviendo que me ha derramado encima. Ignora las miradas asesinas de su jefa y las carcajadas sofocadas de Elías, que parece sorprendido de que no la haya encañonado.
—No te preocupes. De todos modos, me gusta el café sin leche. —Elevo mi taza para asegurar que esta vez vierte el líquido en ella.
—Qué suerte la mía.
Tras servirnos a todos, se retira junto con el otro camarero al lado de la puerta.
Antes de mirar al suelo, tal y como le han enseñado, me mira rápidamente y deja que nuestros ojos se crucen para mantener el jugueteo durante lo que dure mi reunión.
—No hemos venido por el café. —La mujer sentada frente a mí aparta su taza.
Su acento sureño siempre me pilla desprevenido. Ambos son de Cross Posse, una región mucho más al sur del continente humano que Salrath.
—Lo sé, hay mucho que hablar.
—No tanto —dice el hombre, que nunca ha sido de muchas palabras.
Chasquea los dedos y las tres mujeres que han entrado con ellos despliegan una lona blanca repleta de armas. Diferentes tipos de rifles y pistolas ocupan la mesa. No hay nada como el brillo de un cañón pulido nuevo, sin manchas de pólvora quemada ni mellas de metralla.
—Estupendo. —Ni siquiera me molesto en examinar las armas, sé que están en buen estado—. Lo de siempre.
—Sí... Con un pequeño aumento en el precio. —La mujer carraspea.
No respondo al instante, me tomo mi tiempo para expulsar todo el humo de la siguiente calada mientras Elías me mira de reojo.
—¿Aumento en el precio?
—No esperarás que cobremos lo mismo con todos los problemas que está habiendo en el puerto.
Veo a Leah elevar la vista del suelo durante una fracción de segundo.
—¿Con vuestra profesionalidad? ¿Qué tipo de problemas vais a encontraros?
—Tus adulaciones no te sacarán de esta, Leville. Hay más vigilancia, incluso en las horas más inesperadas. Si he de pedirle a los míos que se metan en la boca del lobo, tengo que pagarles bien.
Joder, lo peor es que la entiendo. Pero sigo poniendo gesto serio.
—Venga, Leville, bastante es que no nos hayamos negado a seguir trayéndote material —añade su acompañante—. En Elmbound no tenemos estos problemas.
Si esperaba que eso ablandara mi rostro, consigue justo lo contrario.
—Te haremos un regalo. —Estira el brazo, preparando su mano para que se la estreche—. Elige una. —Con el mentón, señala las armas—. Elige una y será tuya ahora mismo; sin coste.
Ladeo la cabeza mientras le doy la última calada al cigarro.
—¿Puedo coger la que yo quiera de todas las que hay en esta sala?
—La que tú quieras.
Me levanto y paso de largo de mis vendedores, dejándolos con la duda en la cara.
Llego hasta Leah, la cojo por las piernas y me la cargo al hombro derecho.
—¿Qué haces? —Comienza a darme puñetazos en la espalda sin reparos.
—El señor ha sido claro: puedo coger la que yo quiera. —Abro la puerta de la trastienda.
—¡Suéltame!
—Elías, ¿te encargas del pago? —Ni siquiera me doy la vuelta antes de que la puerta se cierre detrás de mí.
Fuera de la trastienda, no soy capaz de avanzar mucho antes de que mi espalda empiece a resentirse por los golpes de Leah. Tiene fuerza, una que no deja ver a simple vista.
—En verdad te estoy haciendo un favor. Esa trastienda, llena de delincuentes indecorosos, no es el sitio adecuado para una mujer como tú.
—¡Te he dicho que me sueltes! —Su voz reverbera en cada espejo del local—. ¡Puedo con veinte como tú!
La suelto en el suelo, contra una columna.
—Con que aguantaras conmigo toda una noche me bastaría para creerte. —Me planto frente a ella y hace un par de fintas para volver a la trastienda, pero yo soy más rápido.
Leah aprieta la mandíbula a cada intento de huida frustrado.
—¡Esto no es un juego! —se queja.
—Ah, pero te gusta jugar.
Me empuja. Tiene el pelo por la cara y las narinas dilatadas.
—¿Por qué me has sacado de ahí así?
Vuelve a empujarme por los pectorales, pero yo no retrocedo ni un centímetro. Por cómo deja sus palmas plantadas en mi torso, sé que no quiere lo que pide. Está conteniendo su fuerza.
—¿Lo que de verdad te molesta son mis maneras o el hecho de que ya no puedas escuchar lo que los buenos criminales de Cross Posse tienen que decir del puerto de Wicksole?
—Alargo un brazo para apoyarme en la columna que tiene detrás y, con gran delicadeza, midiendo su mirada asesina, le aparto los mechones cobrizos que le cruzan la cara.
Ella me lo permite. Se le eriza la piel del cuello cuando el pelo la roza.
—¿Y por qué me iba a importar a mí una mierda lo que ocurra en el puerto?
—Eso mismo me llevo preguntando yo desde que he visto tu reacción ahí dentro. —Señalo atrás con un breve movimiento de cabeza—. ¿Por qué no me lo dices tú?
—¿Es que crees saberlo todo solo por una mirada que asumes haber interpretado correctamente? —Apoya su cabeza en la columna y habla mucho más relajada que antes.
—Cuéntame tus secretos —le pido a sus ojos grises, los mismos que supe que escondían algo desde el momento en que los vi—. Los averiguaré de todos modos. ¿Por qué no ahorrarnos la espera?
—¿El mayor criminal de Wicksole no tiene otra cosa que hacer que averiguar las cosas que oculta una camarera del burdel?
Ahora noto la presión de sus manos distinta, demandante.
—Conque afirmas que ocultas algo. —Entrecierro los ojos para acompañar mis susurros.
—¿No lo hacemos todos? —Juega con el cuello de mi camisa.
—No hablo de tener un primo lejano en la cárcel o lo escandalosa que puede ser tu ropa interior. —Estoy ya tan cerca que podría robarle un beso.
—Pero es que puede ser muy escandalosa. —Pone su dedo índice delante de sus labios como para pedirme que le guarde el secreto.
Me fijo en cómo el dedo hace que se abulten a los lados. Ahora tengo ganas de morderlos. Me enciende demasiado que esta mujer sepa jugar tan bien a mi juego.
Estiro mi cuello hacia Leah, pero al final es ella la que me deja a mí sin aliento.
Yde la manera más vil y rastrera que podría elegir.
Me agarra de la pechera y me propina tal rodillazo en la entrepierna que tanto el aire como las palabras se me quedan atascados en la garganta.
Me aferro a la columna en la que ya estaba apoyado y me llevo la otra mano a la zona dolorida.
—Eso no... No ha esta... No ha estado bien —me cuesta hablar.
—Tampoco lo ha estado que me sacaras así de la sala. —Se quita el delantal de camarera y lo tira encima de la barra—. No vuelvas a hacerlo.
Sale del burdel como la única persona en todo Wicksole, seguramente sobre la faz de este mundo, que se atreve a dejarme con la palabra en la boca de una manera tan literal.
Esta noche hace demasiado frío, y yo no soy tan despiadado. Salgo a la calle con un par de vasos de plástico que he cogido de las cocinas de la fonda y que he llenado con el mejor puchero de todo Wicksole: el que hace Isaiah, el cocinero de The Bane.
—Buenas noches —saludo a la mujer que sigue leyendo el mismo periódico desde las ocho de la mañana—. Tome. Lo necesitará si planea seguir ahí toda la madrugada. —Le entrego uno de los vasos de los que sale una fina y densa capa de vapor debido a lo caliente que está el puchero.
—Yo... no sé por qué...